Imprimir Republicar

Entrevista

Angelita Habr-Gama: Una victoria en campo minado

La médica Angelita Habr-Gama posee tres rasgos de la personalidad comunes a los profesionales de éxito: perseverancia, gran capacidad de trabajo y un optimismo contagioso. Junto a esas cualidades, un enorme talento en su especialidad, la cirugía del aparato digestivo, es suficiente para despegar a Angelita de la lista de personas exitosas y catapultarla a un nivel superior, entre las que crean y hacen escuela. Para llegar tan lejos fue preciso alguna osadía: ella fue la primera mujer residente en cirugía general del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo, Brasil (FMUSP), en 1958, una época en que ese era un reducto exclusivo de los hombres. Ese acto pionero fue el primero de muchos otros. Fue también la primera mujer practicante de esta especialidad médica en el conservador y tradicional Saint Mark´s Hospital de Inglaterra, en 1961; la primera profesora titular de cirugía del Departamento de Gastroenterología (FMUSP) y la responsable de que la coloproctología se convirtiera en una disciplina autónoma en 1995, en vez de dejarla como una subespecialidad de las cirugías del aparato digestivo.

Angelita perfeccionó técnicas quirúrgicas y fue importante en la estructuración, desarrollo y avance de la coloproctología en Brasil. Fue ella, por ejemplo, quién organizó el primer curso práctico y teórico de colonoscopía, el examen del interior del colon, sin descuidar la clínica que posee con su marido, el cirujano Joaquim José Gama Rodrigues, profesor titular en cirugía de la FAMUSP, con quién está casada desde 1964. También mantiene un pie en la investigación. Es participante desde la primera hora de los proyectos Genoma su laboratorio trabajó en el secuenciamiento de la bacteria Xylella fastidiosa y ella sigue trabajando en el del Genoma Humano del Cáncer. En los últimos años ha puesto énfasis especialmente en la prevención del cáncer de intestino. Creó además una organización para eso, la Asociación Brasileña de Prevención del Cáncer de Intestino, que promueve eventos en todo Brasil.

Hija de inmigrantes libaneses, nacida en Ilha de Marajó, en Pará, Brasil, la cirujana recibió en abril de este año su más reciente galardón en Zurich, Suiza. Fue la primera especialista latinoamericana y la primera mujer en obtener el título de miembro honorario de la Asociación Europea de Cirugía por la carrera médica, premio sólo otorgado hasta hoy a 17 médicos en el mundo.

Angelita atribuye buena parte de la repercusión de su trabajo a su condición femenina. Aún hoy en día causa extrañeza que una mujer sea tan exitosa en una especialidad dominada por los hombres, dice.

¿Qué la llevó a escoger la cirugía en una época en que tan pocas mujeres estudiaban la carrera de medicina y prácticamente ninguna optaba por esa especialidad?
Recorrí varias ramas de la ciencia médica y mi idea inicial era llegar a clínica. Comencé a hacer rondas de internado en la Facultad de Medicina, donde los alumnos pasan por varias especialidades. Es importante ver diferentes tipos de enfermedades, de pacientes, de médicos y de profesores. El alumno va reconociendo cuál es su verdadera vocación dentro de la medicina. Todo influye, porque hasta el quinto año no sabe exactamente lo que quiere hacer, si pediatría, dermatología u ortopedia, por ejemplo. Cuando tenía clase de técnica quirúrgica yo no me interesaba mucho. Consideraba que nunca haría cirugía porque en aquella época no era una especialidad para la mujer. Éstas eran, clínica o ginecología a lo sumo. En aquel tiempo se permitía a los alumnos hacer prácticas en la Casa Maternal de São Paulo. Fui para allá como académica y comencé en la obstetricia. Pero entré en el quirófano y me dieron una aguja para suturar una pared abdominal. En aquél momento sentí que el acto de operar era natural para mí.

¿Sencillamente así?
Así es. Sentí inmediatamente que yo podría desarrollarme en aquello porque tengo un espíritu práctico, combativo. Los resultados de los tratamientos en aquella época eran precarios, en cardiología los medicamentos existentes eran pocos, principalmente la digitoxina. Los pacientes de cardiopatías evolucionaban mal, vivían con falta de aire. En la gastroclínica las enfermedades eran de larga duración, no se resolvían fácilmente. Tengo temperamento de cirujana, me gusta de tratar y ver el resultado. Uno ve un paciente mal, opera y éste en general queda óptimo, eso es fantástico.

Usted nació en la Ilha de Marajó, Pará, y vino para São Paulo cuando tenía 7 años. ¿Fue difícil conseguir llegar a la FMUSP?
Yo había estudiado un poco allá, pero no sabía casi nada. En São Paulo cursé solamente en escuelas públicas que eran excepcionales en aquel tiempo. Cuando hacía el científico (uno de los cursos de la época, en paralelo al clásico, la actual enseñanza media), yo estaba sin rumbo. Sabía que tenía facilidad para estudiar y que mi vocación estaba en el área biológica. Terminé influida por mi grupo de voleibol. Coincidentemente, aquellas personas querían hacer medicina porque tenían un médico en la familia. Yo no conocía médicos, mis padres eran inmigrantes libaneses con recursos limitados. Yo era una pelagatos en la vida. Pero eso no fue problema ya que soy optimista. Un cirujano precisa ser optimista. Nunca le digo a un paciente que va mal o que está mal. Considero que va a estar todo bien. Hago todo lo posible para que lo esté, y siempre creo que va a ser así.

Pero algunas veces, no es así.
Realmente algunas veces no lo es. Una convive con una realidad muchas veces penosa, pero el médico debe ser optimista.

Me imagino que ese espíritu que tiene ha contribuido para que usted enfrente algunas adversidades dentro de la universidad.
Mucho. Cuando ingresé a la facultad apenas tenía una compañera que se especializó en cirugía plástica, pero se fue al interior y no tuve más noticias de ella. En la facultad y después, ya como cirujana yo tenía un empuje increíble, trabajaba violentamente. Para demostrar que tenía capacidad de vencer como cirujana, siempre trabajé más de lo que la media de los que trabajaban bien. Me mantengo entre los mejores de mi sector porque sigo trabajando mucho. No fue fácil aquí en Brasil y fue aún más difícil en el exterior, en Inglaterra, el Saint Mark´s Hospital me aceptó luego de dos años, en 1961. Ellos me decían que aquél era un hospital de varones. Pero conseguí convencerlos y fui la primera mujer en practicar allá. Ellos no estaban acostumbrados, yo iría a romper toda la rutina del Saint Mark´s. Recuerdo muy bien, en la hora del almuerzo se sentaban todos los asistentes y el más viejo era quien servía la mesa. Ellos me apodaban la big mother (gran madre), o sea, que haga de cuenta que es una madre y nos sirva. El hospital era muy famoso y muy convencional. De repente yo, mujer, cirujana, llegaba allá y no tenía ni vestuario para cambiarme. Por cierto, esto también ocurría en Brasil.

¿Y cómo hacía?
Usaba el vestuario de las enfermeras. Ellas enseguida me aceptaron y se convirtieron en mis amigas y pacientes. Al poco tiempo lograr revertir la situación. Los pacientes me veían y preguntaban: ¿dónde está el médico??. Años después cuando asistía a las reuniones del Colegio Americano de Cirujanos, o en Europa, era la única mujer. Hoy en día no, está lleno.

Usted ocupa puestos de liderazgo hace muchos años. Siempre médicas e investigadoras de excelente nivel que tienen dificultades para alcanzar cargos directivos. ¿Hay perspectivas de cambio?
Poco a poco esta situación va cambiando, en la Facultad de Medicina hay varias profesoras titulares. La de enfermedades infecciosas, de reumatología, de endocrinología. Es algo reciente, tal vez de cinco a diez años hacia acá. Aquél era un mundo masculino, en el Consejo de la Facultad no había mujeres. Fui la primera jefa de Departamento en la Gastroenterología, antes de ser titular, y la primera titular en la carrera quirúrgica. Es preciso aclarar que la facultad siempre tuvo también otro problema: existe una competencia enorme por ser titular, cuando debería tener mayor número de vacantes para titulares. En mi discurso de asunción en el Consejo, planteé que el título de profesor titular debería ser abierto. El profesor asociado que está produciendo, haciendo escuela, enseñando, debería tener derecho de concursar por vacantes para titular y no esperar a que alguien se retire o se muera. Llegar al final de la carrera es un hecho excepcional, no importan las buenas cualidades de los docentes. Hice un doctorado en 1966, la libre docencia en 1972 y recién fui titular en 1998. ¿Usted ve el gap? Y ya contaba con prestigio, todos sabían que yo tenía condiciones para ser profesora titular. Pero no había vacante. Debería ser posible llegar al final por méritos y no esperar eternamente por vacantes.

¿Hay posibilidades de que eso vaya a suceder?
Considero que sí, porque ya hay algunos departamentos con un mayor número de vacantes para titulares, es una tendencia de la universidad, en países como el nuestro, para facilitar el progreso de la carrera. No hay que confundir con vulgarizar la carrera. Se debe permitir que los que tienen condiciones alcancen el final de la carrera. Y mi éxito, en la vida profesional, así como en las sociedades a las cuales pertenezco, no es porque yo sea titular, fue porque trabajé toda la vida. Enseñé a muchos residentes, algunos de posgrado, practicantes de toda América Latina. Muchos de los médicos que contribuyeron a cambiar la coloproctología en América Latina estudiaron conmigo. También investigo y escribo trabajos científicos. En los últimos años, tal vez haya adquirido un prestigio mayor a costa de un trabajo pionero que comencé en 1991, sobre el cáncer de recto.

¿De qué se trata?
Dediqué mucho de mi vida profesional al cáncer de recto. Mi tesis de 1972 de libre docencia, fue sobre una técnica de conservación del ano para el cáncer de recto. En aquella época era raro hacer ese tipo de operación. Yo consideraba que muchos pacientes que tenían ese tipo de cáncer no precisaban hacer una colostomía definitiva, que supone la retirada de todo el recto, el ano y los esfínteres. Evito al máximo la colostomía.

¿Por qué el trabajo con ese tipo de cáncer fue pionero?
Un cirujano estadounidense, Norman D. Nigro, introdujo en 1974 el concepto de que el cáncer de ano puede ser tratado desde el comienzo con un programa combinado de radio y quimioterapia. En buena parte de los casos el tumor desaparece y no es preciso operar. Pensé: si es posible curar el cáncer de ano, ¿por qué no el del bajo recto? Comenzamos a tratar al paciente con radioquimioterapia antes de la cirugía. Y a diferencia de lo que hacen otros cirujanos, pasé a no operar de inmediato si el tumor desapareciera. Otros médicos, europeos y sur y norteamericanos, prescriben siempre la cirugía luego del tratamiento, aunque haya regresión total del tumor. Yo no. Tengo casuística (registros minuciosos de casos clínicos) que incluye 360 pacientes con cáncer de bajo recto. El recto tiene 15 centímetros. Cuando el cáncer es en el recto alto, no es preciso, en general hacer quimioterapia. Operamos de inmediato. Ahora, cuando el cáncer es cercano al esfínter, para curar al paciente si no se hace radio quimioterapia, hay que amputar el recto y los esfínteres y hacer colostomía definitiva. Cuando se hace radioquimioterapia, en alrededor del 25% al 30% de los casos el tumor desaparece.

¿Sin operar?
Sin operar. En el caso del cáncer de ano, el 70% desaparece; de bajo recto 30%. Operé algunos de esos pacientes con regresión completa y en la pieza quirúrgica no presentaban tumor. Ahí decidí: no voy a operar más a un paciente si no tiene tumor. ¿Cómo saber si el tumor desapareció? Examinamos con tactos y endoscopía en la evaluación hecha ocho semanas después del tratamiento y realizamos una tomografía. Como el paciente tampoco quiere que le amputen el recto, hacemos un pacto: el paciente y yo. Sigo a esos pacientes muy de cerca. Ellos vuelven siempre para consulta, porque saben que sólo opero cuando permanece la lesión residual después del tratamiento. Dejo claro que el tumor podría volver y hasta empeorar. Aviso: si vuelve tendremos que operar. De un grupo de 360 pacientes, estoy con 99 pacientes que no operé y que sigo controlando. Claro que ya tuve varias recidivas, los pacientes fueron operados y algunos precisaron colostomía. En los 260 pacientes en los que el tumor no desapareció, pero disminuyó mucho luego de la radioquimioterapia, muchas veces en lugar de amputar el recto, hacemos una cirugía de conservación esfinteriana, protegiendo la sutura con una estomía (apertura hecha quirúrgicamente en el abdomen) temporal. Cuando comencé a presentar nuestros trabajos, a partir de 1991, tuve dificultades para que fueran aceptados.

¿Por qué?
Había mucha resistencia por parte de los médicos, que creían que el no operar de inmediato no era ético, porque el tumor podría volver. Yo argumentaba lo siguiente: ¿Qué es ético para el paciente? ¿Sería operar al que clínicamente no tenía más el tumor, hacer una colostomía definitiva y en la pieza quirúrgica que fue removida no encontrar tumor? Nuestro equipo conversa claramente con el paciente y le dice: mi amigo, hoy el tumor desapareció, pero en cualquier momento puede volver. Si eso no sucede estaremos satisfechos y usted también. Pero si vuelve, tendremos que operar. Ya operamos a varios a causa de la recidiva, pero en la gran mayoría el tumor no regresó. Ahora nuestros trabajos sobre esta estrategia de tratamiento han sido publicados en buenas revistas. En países como los Estados Unidos, el caso es diferente, los cirujanos no tienen el mismo tipo de relación con los pacientes que aquí. Asimismo, los juicios por prácticas médicas son muy frecuentes.

¿Esa fue una contribución importante para su especialidad?
Fue, a mi entender, una buena contribución; demostrar que algunos pacientes con cáncer de recto bajo, con colostomía recomendada, pueden verse librados de una operación cuando son sometidos a radioquimioterapia. No todos, una minoría. Pero no importa. El paciente que no fue operado ganó mucho con eso. Seguimos con las investigaciones en esa área. Pero recientemente hemos aumentado la dosis de tratamiento y obtenido mayor número de respuesta completa, esto es, una regresión del tumor.

¿Dónde se hace ese trabajo?
En el Hospital de Clínicas (HC). Hoy en día la radioquimioterapia para el cáncer de bajo recto tiene consenso. Pero nuestra conducta de no operar no tiene consenso en el propio Brasil, es reservada para los centros de investigación. Porque, claro, si no hay disponibilidad de servicio especializado de radioquimioterapia y si el médico es responsable por el tratamiento de seguir al paciente rigurosamente podría generarse un gran problema.

¿Usted trabaja también en el sentido de reconstruir el esfínter, no es así?
Siempre fui entusiasta de la conservación de la función esfinteriana. Mi tesis de docencia fue sobre ello. Ya utilicé todas las técnicas descritas y mejoré algunas de ellas. Pero es raro hacer alguna cosa realmente nueva. En cuanto a la incontinencia fecal, hay personas con defectos congénitos, otras que tienen secuelas del parto o de traumatismos, etc. Nosotros conducimos en el HC una investigación sobre implante de un esfínter artificial. Es un sistema simple: consiste en una cinta que envuelve el canal anal y de un receptor en el escroto o en el interior de la vagina y de una bomba implantada en la región pubiana. El conjunto funciona como un sistema de tubos comunicantes y el propio individuo manipula cuando necesita ir al baño.

¿De qué material está hecho?
De silicona. Pero es caro y sólo conseguimos hacer la investigación porque hubo apoyo de la FAPESP. Cuesta actualmente cerca de 7 mil dólares. Existe también otra técnica para restaurar la incontinencia que es la neuroestimulación. Es un sistema similar al marcapasos cardíaco. Para quién tiene incontinencia sin lesión grave esfinteriana funciona muy bien. Implantamos dos en el HC porque la firma que produce el material de suturas nos los proveyó. En el exterior ya se está acumulando experiencia. La FAPESP es gran patrocinadora de nuestras investigaciones.

¿Usted participó del Proyecto Genoma Humano del Cáncer?
Participo del proyecto genoma desde el primero de ellos, el de la bacteria Xylella fastidiosa. Ingresé junto con José Eduardo Krieger, de cardiología.
Posteriormente la FAPESP inició el Proyecto Genoma Humano del Cáncer, del cuál también participamos conjuntamente con los demás grupos de Gastroenterología del HC-FMUSP. Hemos colectado material de 450 piezas de tumores intestinales. Creo que no hay nadie que tenga ese material en el mundo. Esperamos la continuidad del patrocinio de la FAPESP para la evaluación de los genes.

¿Cuál es la incidencia de la genética en el tumor intestinal?
Muy grande. Hoy nosotros sabemos que, primero, todo cáncer tiene un origen genético, pero el cáncer de colon tiene una influencia genética importantísima. Desde 1976, pertenezco a un grupo de prevención del cáncer que actúa en Estados Unidos. Eso me entusiasmo para trabajar aquí en el Brasil. Nuestro grupo creó, en mayo de 2004, en sociedad con diversas asociaciones que lidian con el cáncer digestivo, La Asociación Brasileña de Prevención del Cáncer de Intestino, la Abrapreci. Redactamos el material educativo para distribución y construimos un modelo reproduciendo el intestino, de 30 metros. En el interior de la maqueta están representadas patologías como hemorroides, pólipos, divertículos y cáncer. Expusimos el intestino gigante durante un congreso internacional en Recife (Brasil), y diversos colegas americanos y europeos responsables de programas de prevención del cáncer estuvieron presentes y visitaron la muestra. Les gustó tanto que pidieron a la asociación, para llevarlo a Montreal, en Canadá, durante el congreso mundial de gastroenterología, el año pasado. Durante un mes la pieza circuló por varias ciudades canadienses.

¿Quién lo concibió?
Yo había visto un modelo pequeño, en Estados Unidos. Y aquí, ya tenía gente joven con excelentes ideas. Construimos un primer modelo, y luego uno mayor, de 30 metros, desmontable, para facilitar su transporte. Ya fueron llevados a Río de Janeiro, Maceió, Goiânia, Belo Horizonte, Vitória, São José dos Campos, São Bernardo do Campo y Fortaleza. Esta acción de conscientización es importante porque, si hay un cáncer cuya prevención debe tratarse con énfasis, éste es el cáncer de intestino.

¿Por qué?
En los demás tipos de cáncer, de mama, de pulmón, de páncreas, por ejemplo, cuando se hace campaña de prevención, en realidad lo que se hace es un diagnóstico precoz. En el caso de la campaña contra el cáncer de mama, por ejemplo, cuando se hace la mamografía, puede detectarse un tumor. Si fuera pequeño, se puede tratar con éxito. En el cáncer de intestino, cuando se hace una colonoscopía preventiva y se encuentra un pólipo, basta extirparlo para prevenir el cáncer. A diferencia del cáncer de mama o de pulmón, se sabe que el del intestino comienza con una pequeña lesión benigna, que es el pólipo. Y es tan ?compañero? que tarda 10 a 12 años en crecer y convertirse en tumor. Es altamente curable. La parte mala de la historia es que la incidencia del cáncer de intestino se encuentra en aumento en el mundo entero.

¿Cómo saber si los pólipos existen si no hay síntomas?
Quién contara con 50 años de edad y no tuviera ningún antecedente en la familia debe hacer una colonoscopía, aunque no presente síntomas. Ahora, si tuviere en la familia padre, madre, hermano, abuelo o abuela con cáncer de intestino, debe realizar el examen a los 40 años porque la influencia de la genética es muy importante. Si tuviere pólipo a los 40 años, es posible detectarlo. Si lo hace a los 50 años, es muy posible que ya tenga un cáncer.

¿Por qué la incidencia crece a nivel mundial?
Si usted se atiene a las estadísticas, en el sur de Brasil está en el segundo lugar entre los distintos tipos de cáncer, sólo aventajado, en el caso de la mujer, por el cáncer de mama. El problema es la calidad de vida de la gente. Comemos mal, con muchas grasas. La mayoría de los alimentos que consumimos actualmente tienen que ser conservados, y para eso, exigen aditivos, conservantes y colorantes. Los embutidos salame, mortadela causan un buen estrago. Yo comía y los encontraba deliciosos, pero no como más. Es preciso enseñarle a la población a alimentarse mejor y eso forma parte del programa de Abrapreci, que incluye principalmente a la juventud. Cuando montamos el intestino gigante en el parque Ibirapuera, en São Paulo, numerosas escuelas llevaron a sus alumnos para visitar la pieza y oír las recomendaciones de enfermeros, nutricionistas y médicos.

Se sabe que la salud de la mujer no fue tan estudiada como la del hombre, históricamente, lo que ocurre especialmente en el área  de cardiología. ¿Eso vale para la gastroenterología?
No. En nuestra área las enfermedades son igualmente estudiadas. En operaciones como las del recto, por ejemplo, la mortalidad en el sexo femenino es menor. Cuando yo comenté que quería hacer cirugía a mi estimado profesor Alipio Correa Neto, él pensó un poco y me dijo: Muchacha, creo que usted puede hacer cirugía, sí, y va a tener mucha suerte. En el comienzo de su carrera sólo va a operar mujeres, los hombres no van a querer ser operados por usted. Pero como la mujer no muere, es resistente, usted casi no va a tener muertes.

Un consejo estimulante.
Y muy gracioso también. Mi carrera luego fue exitosa. Opero igualmente a hombres y mujeres. Quizás hasta más hombres que mujeres.

¿Usted es optimista con relación al uso futuro de las células madre?
Creo que ese es el camino hasta llegar al punto de hacer nuevos órganos a partir de las células madre. La tecnología brinda cosas increíbles, con cirugías mínimamente invasivas. Hoy en día hay proyectos de salas de operaciones totalmente virtuales, como un lugar sin médicos ni enfermeras, sólo el paciente con robots que harán toda la cirugía. De aquí a 15, 20 años, mucho de lo que hoy hacen las personas será hecho por robots. Cápsulas endoscópicas, que recorren el tubo digestivo por ejemplo. El paciente se va a casa y la cápsula recorre su interior captando informaciones. Operaciones hechas sin abrir el abdomen y otras cosas increíbles. Vi cosas increíbles, recientemente, en un congreso de tecnología virtual de avanzada, realizado en los Estados Unidos.

¿Usted no siente una cierta frustración con la posibilidad de verse sustituida por máquinas?
No, lo que querría nacer de nuevo ahora, eso sí. Cada día vemos algo diferente que consideramos absurdo, para poco a poco, acabar comprobando que no lo es. Pero algunas veces pienso que fue bueno haber trabajado en una época en que la cirugía era sólo arte, en que hacíamos suturas puntito por puntito. Ahora realizamos muchas suturas con aparatos de grapas. Lo que diferenciaba a un cirujano de otro, básicamente, era su habilidad para hacer suturas. Hoy es la habilidad para utilizar el equipamiento. El cirujano acaba por tener que estudiar bioingeniería. Veo aún a la cirugía como un arte. Pero todo cambia rápidamente: ya existe un programa de computación en que se ingresan los datos del paciente y se realizan todas las hipótesis para llegar al diagnóstico y hasta a la receta. Vi uno de esos programas en Estados Unidos.

¿No es peligroso confiar en que el programa tomará la decisión correcta?
Lo creo peligroso. Para quién está acostumbrado a ser médico de verdad es difícil de aceptar. Con todo, cuando vi la primera cirugía laparoscópica de vesícula, hace algunos años, les mencioné a otros colegas, qué extraño, retirar la vesícula por medio de laparoscopia. Pero luego tuvimos que aprender la técnica.

¿Cuántas cirugías usted hace por semana?
En promedio ocho. Muchas son operaciones de gran porte. Hay días en que me dedico enteramente a operar.

¿Y le queda tiempo para hacer investigación?
Lo hago con mis colaboradores que son competentes y dedicados. Del mismo modo aquí que en mi instituto siempre hay académicos trabajando.

Usted optó por no tener hijos para dedicarse a la carrera. ¿Cómo fue esa decisión?
Cuando me decidí por la cirugía, decían lo siguiente en la facultad: ¿Para qué? ¿Ella va a ocupar una vacante de residente para después abandonar y no trabajar más?. De los 80 médicos que se formaban creo que la mitad quería ser cirujano. Tenían un concurso para ocho vacantes. Había ese miedo de que yo ganara una vacante, me casara, tuviera hijos y dejara la cirugía. De hecho en aquella época sucedía que la mujer se recibía y luego dejaba casi todo para encargarse de la familia. Hoy la mujer tiene hijos y sigue con su carrera. Porque cuenta con ayuda y el marido moderno es diferente al antiguo. Mis sobrinos cuidan a sus hijos tanto como las mujeres. Ellos les cambian los pañales, los bañan, los llevan a la escuela, al médico, les dan de comer, saben hasta cocinar. Antiguamente no era así. Entonces califiqué en el concurso en primer lugar y cuando me casé, con mi marido acordamos no tener hijos.

¿Si fuese hoy los tendría?
Tal vez. Con toda la asistencia y el cambio de costumbres, creo que incluso los podría tener. La familia es esencial. Tengo muchos sobrinos, sobrinos nietos y una vida familiar muy buena. Mi marido es excepcional, con el mismo nivel académico que yo. Si no esto no habría salido bien.

¿Por qué?
No hay celos ni envidia entre nosotros. El es cirujano del aparato digestivo, de los mejores que tiene Brasil. También es profesor titular. Pero como él, hay varios cirujanos del mismo calibre. Como yo, en mi categoría, como colega, siendo mujer, sólo era yo. Mi trabajo alcanzó gran repercusión. Trabajé mucho y mi gloria parece mucho mayor que la de mis colegas igualmente capaces. Pero no soy mejor que mis pares ni mejor que mi marido. Lo que sucede es que mi trabajo se publica más.

¿A qué atribuye ese reconocimiento?
Mucho al hecho de ser mujer. La gente dice: ¿Fue una mujer quién hizo esto? ¿Cómo es que esa mujer pudo pensar en eso? ¿Cómo es que ella opera tan bien?. Yo, modestia aparte, opero bien y tengo excelentes resultados.

Usted nunca dice su edad. ¿Eso no pesa?
Cuando me preguntan, digo: No sé, la desconozco. No lo sé realmente. Porque el tiempo pasó y yo no lo sentí. Puedo operar el día entero y ser capaz de a la noche ir al cine, al restaurante, a una fiesta y asimismo, bailar.

Republicar