Imprimir Republicar

Economía

¿Cómeme o tómame?

Los dilemas del crecimiento económico brasileño son bastante más antiguos y complejos de lo que supone nuestra fútil filosofía

En el inicio del libro de Lewis Carroll, la entrada de Alicia en el País de las Maravillas era, esencialmente, una cuestión de crecimiento o no. Frente a un  frasco con el rótulo ?¡Tómame!?, la niña toma el contenido y nota que “se está encogiendo como un telescopio”, lo que le permitiría pasar por una pequeña puerta y llegar a un jardín encantado. Pero la situación cambia y ella necesita crecer. Aparece entonces un pastel, con la inscripción ?¡Cómeme!?. Ella obedece y crece hasta el punto de golpear con la cabeza en el techo de la habitación. Y estalla en llanto. ¿Cuál es la lección que los economistas brasileños podrían aprender con Alicia? Bien, por encima de todo, que, desafortunadamente y por más que el ex ministro Delfim Netto no crea en eso, una torta no hace que un país crezca. Segundo, que decrecer y crecer con tanta rapidez no lleva a nadie al País de las Maravillas sin la ayuda de un conejo mágico.

“El crecimiento económico brasileño se encuentra estancado desde hace 25 años, a merced de los humores del mercado y de posibles situaciones de desequilibrio. Se trata de una cuestión compleja, porque son dos los conjuntos de políticas importantes en una economía: la macroeconómica, que lidia con la estabilidad, y las de desarrollo, responsables del crecimiento económico a largo plazo. No hubo en Brasil modificación significativa en ninguno de esos conjuntos, a largo plazo”, observa el economista de la Unicamp Ricardo Carneiro, organizador del recientemente lanzado estudio — Supremacía dos mercados (Editora Unesp/ FAPESP). Mucho más intrincado que el sube y baja de Alicia, el crecimiento del PBI nacional es igualmente errático. “El crecimiento reciente no escapó al patrón ‘stop and go’ de las últimas décadas, lo cual se hace evidente en la volatilidad del PBI, pero sobre todo en la de las inversiones”. O también, en las palabras del economista de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) Carlos Lessa, ex presidente del BNDES (Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social), en una entrevista reciente, “lo máximo que el país consigue es un ‘vuelo de gallina’: un año la tasa mejora un poquito, la gallina da un saltito, pero no tiene sustentación, entonces regresa de nuevo al suelo del gallinero”.

Vamos a las cifras. La economía brasileña crece, hace diez años, a un ritmo inferior al de la media internacional. El fenómeno no es reciente. El PBI nacional se amplió 2,3% en 2005, mientras que en el resto del mundo, según el FMI, aumentó 4,3%. Por 19 veces en los últimos 25 años, la economía brasileña creció menos que el promedio mundial. Cada centésima importa: si Brasil crece, como afirma el gobierno, 3,5% en lugar de 4,5% en 2006, significará que R$ 19,7 mil millones dejaron de ser generados como riqueza. El país pierde importancia relativa en la economía mundial y queda más pobre en relación con otras naciones. Según un estudio que acaba de ser divulgado por el Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea), vinculado al Ministerio de Planficación, el denominado “Agenda para el crecimiento económico y la reducción de la pobreza”, el país sólo logrará crecer a tasas de 5% anuales en 2017. Aún así, se hace necesario un pesado reajuste fiscal y tributario, tratando de reducir la carga tributaria y el aumentando el nivel de las inversiones, en especial en obras de infraestructura para evitar “cuellos de botella” energéticos y logísticos, que impiden el crecimiento.

“¿¡Bébeme! o ¡Cómeme!?” “La idea de stop and go puede tomarse a partir del siguiente sentido: existe un proceso, en general, de bajo crecimiento, y además de ser bajo, es volátil. La caracterización empírica de stop and go es justamente el bajo crecimiento del producto y de la inversión con alta volatilidad. Eso demuestra que no tenemos un modelo de crecimiento implementado en la economía, que se mueve en función, tanto del escenario internacional, más o menos favorable, como del manejo de la política macroeconómica de intereses y cambio”  analiza Carneiro. Mientras el bajo nivel de desarrollo brasileño sea particularmente preocupante, según el estudio “América Latina y el Caribe: proyecciones 2006-2007” de la CEPAL, que revela “una relativa homogeneidad en las tasas de crecimiento en 2006 de los países de América Latina, entre 3% y 6%, con excepción de Argentina y Venezuela, que crecieron a tasas mayores al 6%”. El éxito argentino puede ser una clave para entender nuestro “fracaso”. “El ejemplo argentino es emblemático. Kirchner, más conservador que Lula, fue obligado a promover cambios, porque la coyuntura llevó a una ruptura. Eventualmente, podrá haber una reversión en Brasil que lleve al punto de ruptura. Una profundización del cuadro, puede abrir campo para que el modelo actual sea sepultado, como fue el caso de Argentina”, evalúa Carneiro. ¿Qué modelo?

Entre los años 1930 y 1970, Brasil y los demás países de América Latina crecieron a tasas extraordinariamente elevadas. El modelo desarrollista o nacional desarrollista se aprovechó del debilitamiento de las posturas de centro para formular estrategias nacionales de desarrollo que implicaban la protección de la industria nacional naciente y la promoción forzada por medio del Estado. “La nación fue capaz de utilizar a su Estado como instrumento para definir e implementar una estrategia nacional de desarrollo. No se trataba de sustituir el mercado por el Estado, sino de fortalecer al último para que él consiguiese crear condiciones para que las empresas pudiesen invertir, para que los empresarios pudiesen innovar”, observa Luiz Carlos Bresser-Pereira en su más reciente artículo, “El nuevo desarrollismo”. Según él, a partir de los años 1980, hubo la llamada “crisis de la deuda externa” que indujo un fuerte recorte político en la economía. Con el alza de los intereses americanos, Brasil se vio obligado a generar superávit comerciales significativos para enfrentar la retracción de las fuentes externas de financiación y colocó como prioridades la retención de importaciones y el aumento de las exportaciones. El contexto internacional no era favorable y esas acciones fracasaron, generando la denominada “década perdida”.

Esa frustración fue fundamental, en los años 1990, para que la estrategia neoliberal de estabilización y desarrollo proliferase en Brasil, sea bajo el nombre de “Consenso de Washington”, sea como “ortodoxia convencional”. “Fuera del modelo liberal de gestión de la economía nada parecía posible o viable. Los postulados estaban a la vista: la estabilidad económica con control de la inflación es condición necesaria y suficiente para el crecimiento, la apertura al exterior, independientemente del tiempo o de la extensión, es siempre virtuosa, la intervención del Estado, es, en la mayoría de los casos negativa y debe ser minimizada, restringiéndose a la creación de un ambiente de seguridad jurídico-institucional para la operación de las fuerzas del mercado”, observa el economista Luiz Gonzaga Belluzzo en su “Bloqueos al crecimiento”. “La incapacidad de esa política para promover el crecimiento sustentado es indisimulable. A despecho de eso, las propuestas de cambio han sido descalificadas”.

Una vez derrotada la inflación, se consideraba que la nueva estrategia daría inicio a una ola de intensa modernización productiva, en especial en la industria. Las empresas más aptas sobrevivirían al desafío de la competitividad y los intereses corporativos, vistos como responsables del estancamiento, serían desmontados. Brasil podría contar con el apoyo generoso del capital extranjero, con aportes financieros y tecnológicos devenidos de una economía globalizada.

“Fue el fin del desarrollismo y la aceptación de que los Estados-Nación habían perdido relevancia. Los mercados libres, incluso los financieros, se encargarían de promover el desarrollo económico de todos”, escribe Bresser-Pereira. Con un detalle fundamental y sintomático. “Mientras los países latinoamericanos perdían el control de la tasa de cambio, a través de la apertura de las cuentas financieras, y veían que sus tasas se incrementaban al aceptar la estrategia de crecimiento con economía externa, propuesta por Washington, los países asiáticos mantenían superávit y control de sus tasas cambiarias”. Pero: mientras los países latinoamericanos aceptaron indiscriminadamente las reformas liberales, realizando, nota Bresser, “privatizaciones irresponsables de servicios monopolistas y dividiendo su capital”, los asiáticos fueron más prudentes. Hoy en día los economistas envidian el crecimiento del PBI de naciones como Corea y China. “Era fundamental promover la competitividad a través de los mecanismos de mercado. La elección a priori de sectores y empresas estratégicas se tornó un anatema. En lugar de políticas sectoriales, políticas horizontales que estimulasen simultáneamente a todos los sectores a producir en las condiciones de precio y calidad del mercado mundial”, observan Mariano Laplane y Fernando Sarti, ambos de la Unicamp, en su estudio “Prometeo encadenado”, parte de la supremacía de los mercados. “Encadenado, como Prometeo, en la obra de Esquilo, por la propia incapacidad de retomar el desarrollo industrial, Brasil desperdició y desperdicia oportunidades disponibles en un contexto internacional favorable”, evalúan.

Para colmo, la crisis fiscal de los años 1980, que era un subproducto de la crisis externa, hizo que, en el imaginario del ciudadano, la distorsión se asociase directamente a la ineficiencia del Estado, transformándolo en villano. “Las elites locales dejan de pensar con la propia cabeza, aceptan las presiones y los consejos venidos del Norte, y los países, sin estrategia nacional de desarrollo, observan estancarse su progreso. Era una propuesta negativa, que suponía la posibilidad de que los mercados coordinaran todo automáticamente y el Estado dejase de realizar el papel económico que siempre sostuvo en los países desarrollados: complementar la coordinación del mercado para promover el desarrollo y la equidad”, nota Bresser-Pereira. El resultado neoliberal no fue mejor que el de la “década perdida”.

Fracaso
“Si el éxito de cualquier estrategia de desarrollo debe ser la reducción de la distancia que nos separa de otros países en similar situación, que han aprovechado sus oportunidades, la estrategia neoliberal debe evaluarse como un fracaso rotundo”, observan Laplane y Sarti. Desde finales de los años1980, las empresas brasileñas, reorientaron su crecimiento hacia el mercado externo, realizando inversiones localizadas y defensivas (racionalización y modernización de la capacidad existente), en detrimento de las inversiones en expansión o en instalación de nuevas unidades de producción. El ajuste de los años 1990 empeoró el panorama. Las empresas reaccionaron a la apertura externa aumentando la especialización y la racionalización, con fuerte reducción del empleo. Todo ocurrió con baja inversión, con la búsqueda de colaboradores extranjeros, en un intenso proceso de desnacionalización. “Los productores quedaron restrictos a los avances anteriores realizados en el exterior y no hubo esfuerzos internos innovadores. Era la adopción de tecnología incorporada, lo que llevó al aumento de la importación, visto como el camino más económico y corto para tener acceso a las innovaciones externas y adquirir competitividad”, observan los investigadores.

La opción fue por el ?¡Bébeme!?, que llevó, noten, a una “especialización regresiva” de la producción industrial brasileña y, como consecuencia, la expansión industrial sólo se dio con aumento en la demanda de divisas. Los autores rechazan la explosión que hubo de los factores exógenos (las crisis de México, Asia, Rusia, etc.) como atenuantes explicativos del fracaso del modelo. “Los resultados insatisfactorios fueron consecuencia de las propias transformaciones productivas ocurridas, independientemente de las debacles externas”, advierten. Finalmente, por más que exportásemos, importábamos mucho más. La denominada obsesión por la estabilidad inflacionaria, característica del modelo neoliberal, observan Bresser y Carneiro, se tornó el objetivo central de la política macroeconómica, obtenida por medio de la gestión cambiaria, monetaria y fiscal. “La tan alabada estabilidad de precios, a costa de un crecimiento erróneo, al asentarse en un primer momento en la sobre-utilización del anclaje cambiario y, en una segunda instancia en una precaria política de metas inflacionarias, demandantes de tasas de interés reales, muy elevadas, acabó por producir la inestabilidad macroeconómica al ampliar la deuda pública interna e impulsar a un nuevo ciclo de endeudamiento externo, en parte por la atracción de capitales externos de corto plazo (los denominados ‘capitales golondrina’)”, evalúa Belluzzo. Las divisas externas llegaban, pero permanecían poco tiempo en Brasil

China
Mientras tanto, en Asia, países como China, invertían en un programa de reformas que combinaba una estrategia exportadora agresiva, con la atracción de inversiones extranjeras directas en las zonas liberadas, todo ello regulado con una fuerte intervención del Estado. De este modo, los chinos, con su competitividad creciente (aunque ya se pueda temer un freno en ese crecimiento de 10% anual, visto como insostenible por los economistas), se convirtieron en el mayor receptor de inversión directa americana, al mismo tiempo adquiriendo participación creciente en el mercado de Estados Unidos. La ruta de doble mano no adoptada por Brasil (que sólo se preocupaba con el ingreso de capitales externos) fue fatal para nuestro modelo de crecimiento. Aún, la “desconcentración concentrada” del PBI mundial benefició a China y a los demás países asiáticos en desarrollo. Tomamos otro camino y continuamos en él. “Frente a una fuerte ampliación de la liquidez y del comercio internacional, en 2003, la opción escogida fue la de prolongar la ganancia inmediata por medio de la apreciación de la moneda nacional. Si bien eso mantuvo las tasas de inflación bajas y permitió el consumo en el exterior, sacrificó el aumento de las reservas internacionales, obtenido con la mejora de las exportaciones, y una mayor competitividad de las exportaciones de manufacturados”, nota Belluzzo.

El investigador pone como atenuante, en un primer momento, el deseo de construcción de una esfera de credibilidad por parte del actual gobierno. “La inflexibilidad del régimen brasileño ante la característica de la formación de precios trae aparejado un uso abusivo de la tasa de interés y sacrificio del crecimiento de producto y del empleo para alcanzar las metas prefijadas”, asevera. Para Carneiro, la situación es aún más precaria. “El mantenimiento de políticas pasadas generó una vulnerabilidad externa. Las ganancias provinieron de las exportaciones y, así, el crecimiento no sucedió por causa de una política específica practicada por el gobierno. Al contrario. La valorización del Real va en sentido contrario al aumento de exportaciones, y luego llegaremos a un dilema para sustentar ese crecimiento, así como estimula importaciones”. Además, se puede crecer un 4% en un año y, en otro, nada. “El gobierno no delineó un horizonte de largo plazo para el desarrollo. El estado precisa tener una actuación más decisiva, señalar cuáles son los sectores prioritarios, crear incentivos de crédito, arancelarios y fiscales. Precisa asimismo mantener políticas de desarrollo social. Si no existe política de crecimiento acelerado, la política social, individualmente, no se sostiene”. Las tasas de interés elevadas tampoco ayudan.

“Tasas de interés en plataformas elevadas son un poderoso recurso para desanimar el crecimiento. Basta destacar la noción de costo de oportunidad presente en la tasa. En el caso brasileño, se ofrecen tasas de interés elevadas, en títulos de alta liquidez y bajo riesgo, que ofrecen una alternativa a la inversión productiva”, analiza Belluzzo. Además, es preciso ampliar la infraestructura del país. “Difícilmente la ampliación de la inversión será realizada sin una decisiva participación del sector público, lo cual es contradictorio con la actual magnitud del saldo primario”. Bresser-Pereira plantea la adopción del nuevo desarrollismo, que rehúsa la idea de que países de desarrollo medio necesiten de inversión extranjera para crecer, como pregona la ortodoxia liberal. “La historia enseña que los países se desarrollan casi exclusivamente con recursos internos. Los asiáticos han recurrido muy parsimoniosamente a la inversión externa, en general, creciendo con superávit en cuenta corriente”. El nuevo desarrollismo, continúa, considera la administración del tipo cambiario, lo que implica una tasa de interés moderada, que permita la compra de reservas cuando los flujos de capital son muy elevados.

“Para asegurar la continuidad del crecimiento, en particular el reinicio del crecimiento, sería necesario contraponer, al Estado regulador, el estado desarrollista. Su principal misión sería viabilizar el alza de la tasa de inversión, aunque no necesaria ni prioritariamente por medio de la minimización del riesgo jurisdiccional (como en el caso de la Ley de Quiebras, las Agencias o la independencia del Banco Central)”, ponderan Belluzzo y Carneiro. “El papel crucial del Estado sería la creación de mecanismos de coordinación y apoyo que permitiesen a los inversores privados una menor inseguridad en cuanto a la trayectoria de largo plazo de la economía. La superación de ese constreñimiento es más un desafío para la superación de la insustentable levedad del crecimiento”. ¿Será posible? Para Laplane y Sarti, si “el desperdicio de oportunidades para el crecimiento es el resultado del sesgo anticrecimiento de la política macroeconómica y de la ausencia de una estrategia industrial desde la era de Fernando Henrique Cardoso (FHC), el gobierno de Lula no fue capaz de revertir ese cuadro”. También, según el economista Eduardo Gianetti, del Ibmec (Instituto Brasileño de Mercados de Capitales), “no es con golpes de políticas monetaria y cambiaria que retomaremos el crecimiento sustentable; vamos a tener que involucrarnos con cuestiones estructurales que hasta ahora no fueron objeto de atención del gobierno”.

“No haré magia en la economía”, afirmó el presidente recién electo. Ciertamente no llegaremos al País de las Maravillas con pociones o pasteles encantados. “Pero aún con un vendaval a favor, sólo un simposio de magia negra será capaz de producir un crecimiento sostenido de 5% anual con los elementos clave de la economía, cambio y tasas de interés completamente fuera de lugar”, escribió Belluzzo en la revista Carta Capital. Desafortunadamente, hay más sombrereros locos que conejos mágicos en nuestra economía.

Republicar