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Sociología

“¿De dónde viene esa gente?”

Estudios reiteran que la invisible desigualdad brasileña no será resuelta solamente con el crecimiento económico del país

EDUARDO CESAR“Los pobres tendrán preferencia en nuestro gobierno. Yo tengo la convicción de que la solución para los problemas brasileños no es hacer al pueblo sufrir más con ajustes pesados, que terminan cayendo encima del pueblo; la solución está en el crecimiento de la economía”, disertó el presidente Lula inmediatamente después de ser reelecto. “El concepto de clases, entre  nosotros, todavía no es percibido en el registro economicista (que no percibe la construcción cultural y simbólica de la distinción social) del viejo marxismo. El progreso económico es visto como una panacea para resolver problemas como desigualdad,  marginalidad y sub-ciudadanía. Es una creencia fetichista, que hace esperar del crecimiento la resolución de nuestras cuestiones sociales”, dice Jessé Souza, titular de sociología de la Universidad Federal de Juiz de Fora (UFJF). Curiosa trampa ideológica, púes Lula, al defender soluciones economicistas como estas, precisamente afirmando que “si usted conoce a una persona muy anciana e izquierdista es porque ella está con problema”, muestra que continúa envuelto por ilusiones marxistas.

“El debate sobre la desigualdad brasileña ha sido entablado bajo el signo de la fragmentación del conocimiento y de la percepción de la realidad.  Criticar el tecnicismo económico, y el liberalismo que es su ideología más acabada, no significa  no reconocer  la importancia fundamental de la economía y del mercado. Pero es necesario ir contra la lectura superficial y traicionera de un mundo complejo y desigual, como si la única variable fuese la económica”, reitera el investigador, que acaba de publicar La invisibilidad de la desigualdad  brasileña y defender su libre docencia sobre el tema en la Universidad  Flensburg, en Alemania. “El libro es el primer resultado para la ‘elaboración de una teoría de la acción social’ para una interpretación más adecuada sobre el Brasil contemporáneo que no perciba al marginalizado como alguien con las misma capacidades disponibles de un individuo de la clase media. Si así fuese, el miserable y su miseria serían fortuitos, mero acaso del destino, siendo su situación de privación reversible, bastando ayuda pasajera y tópica del Estado para que él pueda andar con sus piernas. Esas, por otra parte, es la lógica de las políticas asistenciales nacionales que están condenadas al corto plazo y a la miopía”, evalúa. Una ceguera  que alcanza al ojo izquierdo y al derecho.

“Los economistas desconocen que la reproducción de clases marginalizadas involucra la producción y la reproducción de la precondiciones culturales y políticas de la marginalidad. Por otro lado, la ‘glorificación del oprimido’ es la mejor  manera de reproducir la miseria y el abandono indefinidamente”, critica.  En sus estudios, Jessé Souza va en sentido contrario del consagrado pensamiento social brasileño que siempre identificó las causas de nuestros males, en especial la desigualdad vista con total naturalidad, como un residuo de nuestros orígenes “pre-modernos”. “La naturalización de la desigualdad es más adecuadamente percibida como consecuencia, no de nuestra herencia premoderna y personalista, sino de hecho contrario, como resultado de un efectivo proceso de modernización ‘importado’ de afuera hacia adentro”, señala. Entonces, la desigualdad es invisible no porque sea un rescoldo del pasado sino justamente por su “impersonalidad”, típica de los valores e instituciones modernas, lo que según el investigador, la hace opaca y de difícil percepción en la vida cotidiana.

Teorías culturales, como las de Gilberto Freyre, Sergio Buarque de Holanda y el mismo Roberto Da Matta, tienden, según el investigador, a interpretar al brasileño como un tipo homogéneo, que nos mostraría  “más calurosos y humanos” que los individuos de las sociedades avanzadas. Esa “teoría emocional de la acción”, sería una “fantasía compensadora” que entendería a los brasileños como una sociedad “integrada emocionalmente”, sin ninguna división de clase, solamente diferenciándose en la renta ganada por cada uno.  De ahí el progreso económico tomado como la solución para todos los males. “Eso coloca en un segundo lugar a aspectos fundamentales y no económicos de la desigualdad social, como la ausencia de autoestima, de reconocimiento social, de aprendizaje familiar de papeles básicos, así como la realidad de la reproducción social de una ‘ralea’, cuyo substrato moral, político y social es diferente del de la clase media”, observa. El investigador da un ejemplo práctico: un europeo que atropella, por negligencia, a un ciudadano pobre tiene grandes oportunidades de ser castigado, lo inverso de lo que ocurre en el Brasil. “Eso no significa que las personas no se importen. Pero el valor de un brasileño pobre, es comparable al que se le da a un animal doméstico y la averiguación;  aún abierta, no tendría ningún resultado, por un acuerdo implícito entre los agentes   involucrados en la situación”.

No se pretende ver a los europeos “mejores” que los brasileños, sino entender histórica y filosóficamente, dos desarrollos diferentes. En el origen está el ascetismo protestante weberiano, que revela la valorización del trabajo, de la disciplina y de la razón, vistos como elementos constituyentes de la “dignidad” cotidiana. “Es el compartimiento, en Occidente de esa determinada estructura psico-social el fundamento implícito de reconocimiento social que hace posible hablar de ciudadanía.” En el caso brasileño el proceso de europeización se da por la importación, como artefactos listos, de las instituciones del mundo moderno, como el mercado capitalista. “La llegada a Brasil de la verdadera Europa moderna del individualismo moral y del capitalismo es tardía e irá a contraponerse diametralmente a un conjunto diverso potentados rurales con poca unidad entre sí, una sociedad visceral anti-individualista y anti-igualitarista”, anota. En ese contexto, Jesse Souza usa el concepto de hábitos (componente afectivo y emocional inscrito en el cuerpo y las manifestaciones espontáneas de los individuos, un tipo específico de socialización) de Bourdieu,  para explicar las diferencias.

EDUARDO CESAREl “hábito primario” sería la capacidad de reconocer al otro como igual por el compartimiento de una misma economía emocional y valorativa a partir de su reconocimiento como miembro útil de la comunidad. Al importar tardíamente la ideología de Europa, Brasil no consigue implantar aquí el “hábito primario” que permita el proceso de ecualización tanto de la economía emocional cuanto del proceso de reconocimiento básico. Sin ese consenso entre las clases, tendríamos una fragmentación interna del proceso de reconocimiento social, que es fundamental para el ejercicio de la ciudadanía. Cultivamos el  “hábito precario”. Más terrible: esa diferenciación se desarrolla bajo el velo de la modernidad, que le confiere un aspecto “opaco”, invisible e incómodamente natural. En Brasil no tenemos ciudadanos, que en condiciones de relativa igualdad, luchen por una oportunidad de clasificación social en las diversas esferas sociales de actuación que constituyen segmentos secundarios con base en el desempeño diferenciado como en los países centrales. “Entre nosotros existe un segmento primario que se reproduce molecularmente en la vida cotidiana de forma opaca e impersonal, que separa ‘la gente’ de la ‘no gente’. Un proceso moderno y eficaz”

Diapasón
Ese mecanismo de naturalización de inferioridad hace parecer a la propia victima del prejuicio (sea de clase, género o color) que su fracaso es personal, merecido y justificado, señala el investigador. En ese mismo diapasón es posible repensar la cuestión color/raza, visto como un factor definitivo para la desigualdad, acción que, según Jessé Souza, “simplifica y confunde causas múltiples y complejas en una única”. El investigador es escéptico con afirmaciones de que el color de la piel y el fenotipo clasifican y jerarquizan, por si solos, el acceso selectivo a los bienes. “¿No sería tal vez el proceso resultante del abandono de la población negra, de des-estructuración de la familia, de dificultad de acceso a la escuela y a la información, el responsable de la efectiva desclasificación de la población negra?” Aún de acuerdo con él, en ese caso, el color sería un índice suplementario más para indicar la “no-europeización”, en términos del “habitus primario”, que la causa primera de la discriminación. “El color de la piel, en ese contexto, actúa como una herida adicional a la auto-estima del sujeto, pero el núcleo del problema es la combinación de abandono e inadaptación que lo alcanza independientemente del color de la piel”, cree. Así, el “habitus precario”, aunque el investigador destaque la presencia virulenta del prejuicio racial, sería no “solamente el color de la piel”, sino cierto tipo de “personalidad”, juzgada como improductiva y disruptiva para la sociedad como un todo.

“Como no comprendemos, ya sea en el sentido común, sea en la reflexión metódica, como funciona el ‘racismo de la clase’ entre nosotros es que la raza pasa a ser el único aspecto visible de nuestra extraordinaria desigualdad. Eso no nos impide el reconocer la realidad del racismo de color/raza que exige que se cree una conciencia de su acción virulenta y mecanismos para combatirlo”, observa Jessé Souza. Para él, este tipo de pensamiento que enfatiza el dato secundario del color (que permitiría, supuestamente, atribuir la “culpa” de la marginalidad solamente al prejuicio), tirar agua al molino de la explicación economicista y evolucionista de tipo simple, que supone ser la marginalización algo temporal, modificable por la altas tasas de crecimiento económico, las cuales, por algún mecanismo oscuro, acabarían por incluir todos los sectores marginalizados. “De la misma forma la ‘escuela’ puede ser la panacea de diez entre diez economistas que escriben sobre desigualdad, como si la ‘plebe’ ya no llegase perdedora en la propia escuela (cuando hay escuela) antes de comenzar. Ante de la generalización general liberal del tecnicismo económico, se tiene que comprender que la realidad social es estructurada en ‘clases sociales’, cuyos chances son preestipulados”, evalúa.  Como el “racialismo”.

“Este percibe el prejuicio como la causa principal de la desigualdad brasileña, repitiendo de modo invertido, el oscurecimiento que siempre fue el núcleo de la importancia de la raza en Brasil: servir como icono de integración, oscureciendo todos los otros conflictos, especialmente los de clase. Eso no niega el caracter perverso de nuestro prejuicio racial, apenas lo contextualiza”, advierte el investigador, para quien este sería el típico ejemplo en que “la inercia toma el lugar toma el lugar de una explicación. La cuestión importante no es hecha, como bien observa Chico Buarque en Lodazal de la Cruz: “Pero hay millones de esos seres/que se disfrazan tan bien/que nadie  pregunta /de donde esa gente viene”.

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