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Sociología

Una piedra en el medio del camino

O de cómo la adolescencia "se tragó" a los adultos del planeta

Cuando en un programa de entrevistas, le preguntaron a Nelson Rodrigues que consejo le daría a los jóvenes, el escritor, mirando a la cámara, dijo, casi implorando: Envejezcan. Lo más rápidamente posible. Al final, él creció, palabras suyas, en un Brasil que era un paisaje de viejos donde los jóvenes no tenían función, ni destino, una época que no soportaba la juventud. Hoy en día parece haber lugar de sobra para ellos y son los adultos los que desaparecieron. La juventud se convirtió en un icono moral del espectáculo, o sea, de condición de cambio pasó a ser un objetivo de cambio. La cultura somática es marcada por el empeño encarnizado de la mayoría de las personas en permanecer joven para seguir siendo y permaneciendo joven, afirma el psicoanalista Jurandir Freire Costa en Adolescentes, estudio recién lanzado, organizado por Marta Rezende Cardoso. Al mismo tiempo, consternados por la muerte del niño carioca João Hélio, la sociedad, los medios y el parlamento intentan resucitar la anticipación de la mayoría de edad penal, aunque, entre los cinco involucrados en el caso, solamente uno era adolescente.

¿Cómo entender esa relación de amor y odio que la sociedad mantiene con la adolescencia, curiosamente una invención moderna, un mito del siglo XX (tan joven, además, como el ideal de la infancia sagrada), que se consolidó apenas en la post-Segunda Guerra Mundial? El adolescente es una creación de la cultura occidental contemporánea, en que prevalece un culto de la infancia, que se acompaña con un movimiento de postergación de la entrada en la fase adulta, ya sea porque fortalecía la idea de aprovechar al máximo un período supuestamente exento de preocupaciones, ya sea porque se tiene en vista el favorecer un desarrollo que posibilite una preparación para la asunción de tareas adultas de la vida, observa Jacqueline Barus-Michel, de la Universidad de Paris VII, en su artículo Entre sufrimiento y violencia.

Los adolescentes están cada vez más en la imaginación de los adultos. El problema es que, cuando ellos miran para nosotros, esa nuestra idealización se hace manifiesta, queda evidente que a los adultos les gustarían ser adolescentes, afirma el psiquiatra Contardo Calligaris en el III Dossier universo joven, presentado el año pasado por la MTV. En él descubrimos que 55% de los jóvenes manifiestan inconformidad con la ausencia de la porción padres y el exceso del lado amigo que ellos asumieron en la relación familiar. La juventud se transformó en valor máximo, obsesivamente preservado por quien naturalmente la tiene y arduamente perseguido por quien está biológicamente  distanciándose de ella, afirma la investigación. La vacante de adulto en nuestra cultura está desocupada. Nadie quiere estar del lado de allá, el lado enmascarado del conflicto de generaciones, de modo que el conflicto bien o mal se disipó. Podemos entender el aumento de la delincuencia juvenil en nuestro tiempo como efecto de la teenagización de la cultura occidental, afirma la psicoanalista Maria Rita Kehl. El adolescente sin ley, o al margen de la ley, es el efecto de una sociedad en que nadie quiere ocupar el lugar del adulto, cuya principal función es ser representante de la ley delante de las nuevas generaciones. Cuando los adultos se reflejan en ideales teen, los adolescentes se quedan sin parámetros para pensar el futuro. ¿Cómo y por qué ingresar en el mundo adulto, donde ningún adulto quiere vivir? ¿Qué es lo que los espera, entonces??

El culto al adolescente (y, al mismo tiempo, la preocupación con ellos, el miedo y la rabia de ellos, llamados aborrescentes) surgió de la divinización de la infancia, observada por Freud en Sobre el narcisismo (1914), en que el padre del psicoanálisis habla del amor extremado de los padres por los hijos como una forma de alimentar el narcisismo paterno. Ya que la muerte sería el fin de todo, los hijos son la esperanza de la continuidad  o hasta de la inmortalidad. En la corrida de la vida, los adultos ven en los hijos una extensión que haría la triste existencia moderna soportable, ya que habría para quien pasar el bastón.   Por medio de su majestad, el bebé, como escribió Freud, se intentaría burlar las leyes de la naturaleza, el envejecimiento, la enfermedad, la muerte, al  recuperarse, por una procuración dada al hijo, el período de felicidad irresponsable perdida. En esa línea, si la criatura, asexual, sería el ángel, el adolescente, para usar la expresión feliz del psicoanalista francés Bernard Nominé, encarnaría el papel del ángel caído, envidiado y temido. Imposible  no concordar con Calligaris en su separación de adolescencia y pubertad, en que esta última sería una fase de maduración sexual, mientras que la primera tendría que ser analizada como fenómeno cultural, una fase no natural del desarrollo humano.

La adolescencia en la modernidad tiene el sentido de una moratoria, período dilatado de espera por los que ya no son más niños, pero que aún no se incorporaron a la vida adulta, analiza Maria Rita. El ángel caído se mira en el espejo y nota que perdió la gracia infantil que cautivaba a los adultos. Esa seguridad perdida debería ser compensada por un nuevo mirar de los, que reconocieran la imagen púber como la de otro adulto, su par inminente. Pero  ese mirar falla y el adolescente vive la falta del mirar apasionado que merecía cuando niño y la falta de palabras que lo admitan como par en la sociedad adulta. La inseguridad se torna, así, el trazo propio de la adolescencia, escribe Calligaris en Adolescencia. ¿Cómo reconquistar el espacio perdido? ¿Qué ellos esperan de mi?, son las preguntas que hacen. Para empeorar, se desarrollan en una sociedad, nota el psiquiatra, en que ?el imperativo cultural dominante es el individualismo, es desobedecer, probar su autonomía. Entonces, desobedecer puede ser, en la cabeza del adolescente, una manera de obedecer. Y obedecer, quien sabe, tal vez sea la manera cierta de no  conformarse. Como nota Calligaris, quieren que el adolescente sea autónomo y le recusan esa autonomía. Quieren que persiga el éxito social y amoroso y piden que postergue esos esfuerzos para prepararse mejor. ¿Es justo que el adolescente se pregunte: Quieren que yo acepte esa moratoria, o prefieren, en verdad, que yo desobedezca y afirme mi independencia, realizando así los ideales de ellos?.

Si el ángel recibe toda la carga de perfección y felicidad que no conseguimos cumplir y proyectamos sobre nuestros niños, entonces los adolescentes reciben el fardo de llevar adelante los ideales adultos de libertad, transgresión y gozo sin límites. Si la adolescencia es una patología, entonces ella es la patología de los deseos de rebeldía reprimidos por los adultos, explica Calligaris. Así, si los adultos idolatran y estetizan sus fantasías de que sea una infancia feliz, ellos temen y rechazan los obscuros deseos proyectados sobre los jóvenes. Esa relación delicada se expresa en la propia etimología de las palabras: adolescente vienen del participio presente del verbo en latín adolescere, crecer. Ya el participio pasado adultus dio origen a la palabra adulto. En portugués, las palabras serían equivalentes a creciente y crecido. Aumentar de tamaño implica desequilibrio, cambio del status quo, que siempre viene acompañada por el dolor. ¡Que desgracia! Perdí toda la energía, me veo caído en una inquieta indolencia; no puedo hacer ninguna cosa. Ya no tengo imaginación ni sensibilidad; la naturaleza ya no me impresiona y los libros me aburren, lamenta el patrono de los adolescentes, el Werther, de Goethe, al depararse con las pérdidas inherentes a la adolescencia, como la de la libertad y la tranquilidad de la infancia. La adolescencia provoca una fragilización identitaria. La imagen del cuerpo en el espejo es un teatro de cambios  incontrolables y el joven vive, del mismo modo, impulsos desordenados. El mirar de los demás se modifica, el otro deja de ser continente y apoyo, como fue el padre de la infancia, para tornarse rival y predador, en medio de la relaciones conflictivas de poder, evalúa Barus-Michel. El adolescente se lanza en conductas de riesgo, juega con la muerte para sentirse vivir, para probar que es alguien, que vale algo, para driblar un malestar emparentado con la infelicidad de vivir en un universo en que ya no ve sentido. Atacar el cuerpo, con piercings y tatuajes, da al joven la sensación de existencia y de valor personal, probado por medio de tales pruebas.

Es más: como nota Calligaris, recusado por la comunidad de los adultos, indignado por la moratoria impuesta, él se aleja de los adultos e inventa micro-sociedades que van de grupos de amigos a pandillas, siempre buscando la ausencia de la moratoria o, al menos, una integración más rápida y con criterios de admisión más claros y precisos. Anthony Burgess recreó genialmente ese gregarismo en Naranja mecánica. El adulto demoniza el grupo adolescente temido, como una especie de tribu en la tribu. La propia constitución de grupos adolescentes es, del punto de vista adulto, una trasgresión, observa Calligaris. La contradicción es cada vez mayor entre discurso y práctica de los adultos. Ya en Brasil del siglo XIX surge, oculta bajo el discurso higienista, la relación entre adolescencia y delincuencia juvenil, ya que las familias pobres no tendrían, era el pensamiento de la época, condiciones de crear ciudadanos decentes. En el siglo XX, con el discurso científico, la adolescencia se presentó como una fase del desarrollo humano en que el riesgo de trasgresión e, inmediatamente, de delincuencia era un dato de la naturaleza, rondando los jóvenes. La vigilancia era el arma de combate y la segregación fue tomada como solución, revela Maria Rita César, psicóloga de la Universidad Federal de Paraná, en De la adolescencia en peligro a la adolescencia peligrosa. Nace la juventud trasviada, de inicio vinculada a los lambretistas y playboys, auténticos desamparados de la familia, según el pedagogo Imídeo Nérici, y, más tarde, asociada a la idea de subversión política, pasando todavía por el estigma de las drogas, de los estupefacientes usados en la búsqueda insaciable del goce.

Para la marginalización urbana actual fue un salto. Un joven pobre y negro es un ser socialmente invisible en las calles brasileñas. Saltando para afuera de lo oscuro en que lo olvidamos, el joven, armado, adquiere densidad antropológica, se convierte en un hombre de verdad. El mundo se pone de pies a cabeza: quien pasaba sin verlo lo obedece a él. Se celebra un pacto faústico: el joven cambia su futuro, su alma, su vida, por un momento de gloria fugaz; su destino por el acceso a la superficie del planeta, donde se es visible, observa el antropólogo Luiz Eduardo Soares en Juventud y violencia. ¿No parece lógico que jóvenes invisibles, carentes de todo lo que la participación en un grupo puede ofrecer, procuren adherirse a grupos cuya identidad se forja en la guerra y para la guerra? Júntese a eso la transformación del joven, de angustiado perdido, en ?nueva tajada del mercado y la reacción es explosiva. El joven pasó a ser considerado ciudadano porque se hizo consumidor en potencial. La asociación entre el joven y el consumo creó una cultura adolescente altamente hedonista, en que el joven disfruta las libertades de la vida adulta sin responsabilidades, analiza Maria Rita. Del universitario al traficante, todos se identifican con el ideal publicitario del joven libre, bello y sensual. Lo que favorece, es claro, un aumento exponencial de la violencia entre los que se sienten incluidos por la vía de la imagen, pero excluidos de las posibilidades de consumo.Y no nos olvidemos: la cultura joven convoca a personas de todas las edades.

El adolescente también no resiste al llamamiento del look de la periferia. Su hijo me imita/ Él se burla y habla jerga / Ese no es más suyo, tomé, y usted ni vio / Entré por su radio, fiuuu… subió!, canta el rapero Mano Brown. Los jóvenes están identificándose con los marginales, los niños y niñas de la periferia y de las favelas. Lo preocupante es cuando la curiosidad y la osadía en romper con el círculo estrecho de la vida burguesa desembocan en la identificación con la estética de la criminalidad, advierte la psicoanalista. Pero los padres tal vez se deben preocupar no solamente con el ejemplo de los traficantes, sino de los criminosos de la elite. La transmisión de valores por la familia tropieza cada vez más en la fragilidad de los valores culturales que serán transmitidos. ¿Cómo salir de la adolescencia en una cultura que desvaloriza la propia posición del adulto, como aquel que puede renunciar al goce de la inmediatez en nombre de un ideal a ser alcanzado?, se pregunta la psicóloga de la Universidad Federal de Río de Janeiro Luciana Coutinho en El adolescente y los ideales. Los adultos enseñan a los jóvenes a juzgarlos como personas desprovistas de mérito social o moral. Al criar a los hijos arribistas disparan en el propio pie. Comienzan por desvalorizar y ridiculizar a los honestos, mostrados como patos, y acaban por ser vistos como patos por los hijos, avisa Freire Costa.

Lo paradójico de la relación entre generaciones: los adolescentes infringen, hasta gravemente, no para burlar la ley, no en la esperanza de escapar de la consecuencia de sus actos, sino, al contrario, para excitarla, para que la represión corra detrás de ellos y así los reconozca como pareja de los adultos, o mejor, como la parte oscura y olvidada de los adultos, nota Calligaris. De ahí el peligro de dejar la puerta abierta para que el tribunal decida si los jóvenes deben ser juzgados como menores o como adultos. Si fuera juzgado y condenado como adulto, será la demostración del hecho de que los adultos sólo oyen el lenguaje del crimen y de que ese lenguaje funciona. La cuestión de la anticipación de la mayoría de edad penal es, desde luego, polémica, aunque muchos psicólogos adviertan ante el hecho de que existan psicópatas en cualquier edad y el artículo 121 del Estatuto del Niño y del Adolescente (que establece el período máximo de encarcelamiento de adolescentes de tres años) no da tiempo para que instituciones psiquiátricas puedan resolver problemas mentales graves. Sea como sea, la más reciente investigación Crime Trends, hecha por la ONU, revela que son minoría (solamente 17% de las 57 naciones analizadas) los países que definen al adulto como una persona menor de 18 años y que la mayor parte de ellos está compuesta por países que no aseguran los derechos básicos de ciudadanía a los jóvenes.

En los países investigados, los jóvenes representan un 11,6% del total de infractores, mientras que en el Brasil la participación adolescente en la criminalidad está alrededor  del 10% (sorprendentemente, en el Japón ella llega a 42% y la edad penal es de 20 años).  En los países desarrollados puede tener algún sentido argumentar que la sociedad dio a los jóvenes lo mínimo necesario y, con base en ese presupuesto, responsabilizar individualmente a los que infringen la ley. Pero en países como la India y Brasil eso es falso. Es inmoral equiparar la legislación penal juvenil brasileña con la inglesa o la estadounidense, olvidándose de la calidad de vida de los jóvenes de esos países, dice el científico de la Universidad de São Paulo Túlio Kahn.

En artículo reciente para la Folha de S. Paulo (La mayoría de edad penal e hipocresía: nuestra alma generosa duerme mejor con la idea de que la prisión es re-educativa), Calligaris hace una importante ponderación sobre el tema, sin pasiones exaltadas: En suma, la mayoría de edad penal podría ser reducida a 16 ó 14 años, pero no es eso lo que realmente importa. La hipocresía está en el artículo 121 del Estatuto del Niño y del  Adolescente. Caso él sea reconocido como menor o como portador de un trastorno de la personalidad, el joven sólo debería ser devuelto a la sociedad una vez completado su desarrollo o su cura, eso lleve tres años, o diez, o 50.

Dejando de lado las polémicas, ¿cuál es al final la moraleja de la historia? El deber de los jóvenes, como ya decía Nelson Rodrigues, es envejecer. Suma sabiduría. ¿Pero qué sucede cuando la aspiración de los adultos es  manifiestamente la de rejuvenecer?, pregunta Calligaris. Es tan difícil ponerse viejo sin un motivo/ Yo no quiero perecer como un caballo moribundo/ La juventud es como diamantes al sol/ Y los diamantes son para siempre, dice la música, de gusto dudoso, cuyo estribillo, sin embargo, es un primor: I want to be forever young. Quiero ser por siempre joven.

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