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Lilia M. Schwarcz

Lilia Moritz Schwarcz: Casi Negros, casi blancos

MIGUEL BOYAYAN“Si nos herís, ¿no sangramos?; si nos envenenáis, ¿no morimos?; si nos agraviáis, ¿no debemos clamar venganza? Si somos como vosotros en todo o en parte, en esto también seremos semejantes. Si un judío agravia a un cristiano, ¿Qué mansedumbre muestra éste? La venganza. Si un cristiano agravia a un judío, ¿cuál tendría que ser su resignación, a ejemplo del cristiano? Pues la venganza”, dice Shylock, el polémico personaje de “El mercader de Venecia”, de Shakespeare. Lejos de promover la violencia, el poeta retrata un sentimiento, desgraciadamente tan humano, aunque de “cientificismo” newtoniano, de “acción-reacción-acción”, etc., cuando la cuestión se refiere a las supuestas diferencias raciales. La ministra Matilde Ribeiro, de la Secretaría Especial de Política de Promoción de la Igualdad racial, expresa, en una reciente entrevista, que “no existe racismo cuando un negro se rebela contra un blanco, porque quien fue maltratado toda su vida, no tiene la obligación de gustar de quien lo maltrató”. ¿Coincidir o no?

El dilema hamletiano, es de los más complejos. Como además, es todo lo que se refiere a la raza, especialmente en un país como Brasil. Al fin y al cabo, acá “nadie es racista”, como determinó, en 1988, en el centenario de la Abolición, una investigación cuyos resultados fueron sintomáticos: el 97% de los entrevistados afirmó no tener prejuicios. Pero, al preguntárseles si conocían personas y situaciones que revelaran la discriminación racial en el país, un 98% respondió con un sonoro “si”. “La conclusión informal era que los brasileños parecen sentirse como en una ‘isla de democracia racial’, cercados de racistas por todos lados”, evalúa la antropóloga Lilia Moritz Schwarcz, del Departamento de Antropología de la Universidad de São Paulo, autora, entre otros, de “Retrato en blanco y negro”, “El espectáculo de las razas” y “Las barbas del emperador”. ¿Democracia racial o infierno racista? “El primer procedimiento consiste en destacar el carácter pseudo científico del término ‘raza’, incluso porque su sentido es diverso de lugar en lugar, y sus determinaciones de carácter biológico tienen solamente efecto relativo o estadístico. No hay manera de imputar a la naturaleza algo que es de índole cultural: la humanidad es una, las culturas son las que son plurales”, analiza Lilia.

Curiosamente, el racismo es un tema engendrado con la modernidad, que “a pesar de hallarse tan globalizada, se encuentra marcada por odios históricos, nacidos a partir de la raza, la etnia y el origen”. Somos “casi blancos, casi negros”, como cantan Caetano Veloso y Gilberto Gil, en “Haití”, y por eso venimos en esta historia a discutir ese “casi”. “Lo racial, en Brasil, siempre fue un tema usado (y abusado) por ‘personas’ fuera de los estatutos de la ley. En esta sociedad signada por la desigualdad y por los privilegios, lo ‘racial’ es y forma parte de una agenda nacional pautada por dos actitudes paralelas y simétricas: la exclusión social y la asimilación cultural. Pese a que gran parte de la población permanece alejada de la ciudadanía, la convivencia racial se encuentra paradójicamente inflada bajo el signo de la cultura y reconocida como un icono nacional”. Eso no es nuevo.

“Pasado el secular período del esclavismo, entre 1890 y 1920, la elite brasileña se debatió con angustia en cuanto al origen genético mestizo de nuestro pueblo y su capacidad para sustentar el tan anhelado desarrollo económico, político y cultural. Limitados en la interpretación racista, y dados los orígenes mestizos del pueblo brasileño, seríamos incapaces de lograr desarrollo y progreso”, escribe el profesor del Departamento de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro, Marcelo Paixão, en su artículo “El combate justo”. El concepto de “raza” ahora encuentra a Brasil “fuera de contexto”, y necesita de la “viveza” brasileña para funcionar. “Si hablar de lo racial parecía inoportuno, el tema generaba paradojas: implicaba admitir la inexistencia de futuro para una nación de razas mixtas como la nuestra. La opción fue preconizar la adopción del ideario cientificista, aunque, sin su corolario teórico, o sea, aceptar la idea de la diferencia ontológica entre las razas sin la condena a la hibridación, ya que el país, a esas alturas, se encontraba irremediablemente mestizado”, observa Lilia. “Incómoda por tanto era la situación de esos intelectuales, que oscilaban entre la adopción de modelos deterministas y la verificación de que el país, pensado desde ese punto de vista, era inviable”. Peor aún: modelo de éxito en la Europa de mediados de 1800, las teorías raciales llegaron tardíamente a Brasil. “La raza, desde entonces, aparece como un concepto de negociación, siendo que las interpretaciones eran variadas”.

El debate anacrónico se dio en varios terrenos: las escuelas médicas de Recife y Río de Janeiro (donde nació la “medicina política”), las facultades de derecho, el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, los museos etnológicos y la literatura, por ejemplo la de ficción. Representante médico, el maranhense-baiano (de los estados homónimos) Nina Rodrigues asumía un darwinismo racial que preconizaba la separación de las razas: la selección natural daría cuenta, según un proceso competitivo, de las inferiores, que serían sometidas a control o eliminadas. Con ello, la medicina adquirió fueros políticos en la medicina legal: “Los ejemplos de embriaguez, alienación, epilepsia, violencia, etc., llevaron a otorgar sustento a los modelos sociales darwinistas en su condena al cruzamiento, en su alerta contra la ‘imperfección de la herencia mixta'”, observa Lilia. El médico alagoano (del estado de Alagoas) Arthur Ramos, representante del siglo XX, prefirió dar continuidad al doctor Nina, modificando raza y mestizaje por cultura y aculturación. “Los problemas nacionales pasan entonces a ser vistos bajo una luz referencial cultural, y no biológica. De este modo, contrariamente a los defectos de los genes, supuestamente eternos, los de la cultura eran alterables mediante procesos que modificasen los hábitos sociales heredados”, explica Paixão. El racismo a la brasileña.

Desde el aspecto jurídico, Sílvio Romero, de Recife, comenzó a defender que “el proceso de caldeamiento sería de importancia fundamental para la adaptación a los trópicos de los descendientes de europeos y, de ese modo, los brasileños descendientes de europeos, sin perder sus atributos originales, incorporarían el legado de los otros grupos raciales, absorbiendo sus mejores cualidades”. De allí al entusiasmo racial de Guillermo Freyre sólo fue un pequeño paso, cuya gran innovación, nota Paixão, consistió en valorar las matrices genéticas y los hábitos culturales ordinarios que conformaron al pueblo brasileño, sin perder tiempo con los pudores de orden ético-racial. El brasileño ahora debería sentirse orgulloso de su mixtura. Aunque no sea un concepto directamente forjado por Freyre, enseguida se comenzó a hablar, por todo el globo, de la “democracia racial” brasileña, aunque ella surge en un momento en el que ni siquiera la democracia política existía en el país. En São Paulo, Florestan Fernandes, encolerizado con Freyre, retruca ese optimismo (en realidad, el autor de Casa-Grande e Senzala no esconde el sadismo que existía en la relación entre esclavos y amos, entre negros y blancos) con la tesis basada en que la asimetría de la esclavitud permaneció en pie.

Según Fernandes, el proceso de modernización trajo una posibilidad de no hacer efectiva la realización de una democracia racial, ya que nuestro modelo, como el de la relación amo-esclavo, permanecía dependiente y periférico. La discriminación, lejos de ser excepcional, se convertiría en una tradición entre nosotros. En los años 1990, antropólogos como Lilia y Peter Fry retomarían en forma crítica el “mito de la democracia racial”, valorando especialmente el concepto de “mito”, ya que no se podía creer en esa democracia de razas. “Así como no se puede negar el racismo, no se puede profundizar demasiado en las singularidades de esta sociedad mestiza. No sólo por la mixtura biológica, sino por el mestizaje de las costumbres y la religión”, escribió Lilia. La democracia racial es un mito, de ello no hay duda. “Pero el mito guarda una importancia en si mismo, con la mira puesta en señalar un deseo colectivo, ausente de otras realidades, donde la discriminación racial no ocasionaría problemas si se manifestase en forma velada. Considerando que toda sociedad se articula en torno a mitos sobre su origen (como el modo de vida americano, o la libertad, la igualdad y la fraternidad de los franceses), el de la democracia racial sería solamente uno entre otros”, evalúa Paixão. “De esta manera, se aleja del contexto intelectual del siglo pasado; si científicamente ya no es legítimo hablar de diferencias raciales a partir de los modelos darwinistas sociales, la raza, no obstante, perdura como tema central del pensamiento brasileño”, considera Lilia.

Cuando hasta la secretaría Especial de Políticas de Promoción de la Igualdad Racial usa el “sentido común” para justificar el racismo, ¿qué se puede esperar de la sociedad?
Evidentemente fue una declaración desafortunada. Pero se hace preciso desentrañar lo que hay por detrás del sentido común, en ese discurso “emergente”. El racismo siempre es nocivo. Impide evaluar a una persona, partiendo de una formación física, sobre todo por el color de su piel, o que usted atribuya a la coloración de la piel una explicación de orden biológico. El racismo es siempre una perversión. No existe nada de natural en él, que es una construcción cultural nacida de las profundas diferencias sociales que nos dividen. Yo considero correcto que se profundice en la historia para intentar entender y modificar ese panorama, formar una política. Pero denominar natural a cualquier tipo de racismo es hacer de la historia un campo de batalla ideológico. No hay naturalidad ahí. Creo que eso puede de hecho, arrastrar a una excitación, a un odio, y sobre todo, a algo en lo que todos debemos discordar, que es transformar a la raza humana en una esencia, en una realidad. Ella no es raza, sino una construcción social y política.

MIGUEL BOYAYAN¿Cómo se relacionaron históricamente en Brasil, ciencia y racismo?
Brasil es un país de paradojas, porque al mismo tiempo que cargamos con ese tremendo pesimismo, que abarcó desde el siglo XIX hasta los años 1930, luego convivimos con un gran optimismo: la raza siempre fue tema de conversación en Brasil, para bien o para mal, como elemento de detracción o como elemento de positivismo. Ese sentido común, ya se hizo ciencia, es decir, el prejuicio devino en concepto. Hacia el final del siglo XIX, la punta de lanza científica brasileña e internacional, coincidían en que la mezcla de razas era perjudicial y en que un país conformado por razas muy diferentes estaba condenado a la decadencia. Nina Rodrigues, de la Escuela de Medicina de Bahía, era el propulsor de esa idea. Él pensaba que la esquizofrenia, la bebida, la locura, e incluso los tatuajes, eran síntomas de que los individuos eran degenerados y que esa degeneración se trasladaría al cuerpo de la nación. Ésta sería una nación sin futuro. Esta visión no era sostenida solamente por Rodrigues; podíamos hallarla también en Euclides da Cunha, cuyo relato maravilloso estaba plagado de confrontaciones: el interiorano (el habitante del sertón) es un desequilibrado, un degenerado, porque es fruto de razas muy equilibradas y diferentes. Al mismo tiempo, también es “roca viva, la dura roca”. Euclides da Cunha no atestigua de qué ni por qué en definitiva ese mestizo sobrevive. Silvio Romero, por ejemplo, acuñó una frase sensacional que revela el espíritu de la época: “Es preciso no tener prejuicios. Los hombres son diferentes.” Es decir, en esa época, tener prejuicios significaba afirmar la igualdad. Ahora eso devino en sentido común. En los años 1930 sobreviene una exaltación oficial del mestizaje como nuestra profunda singularidad, la cara que Brasil mostrará al mundo. La ciencia desmitifica la idea de que el mestizaje es malo. El sentido común también asume eso.

Esas teorías, ¿llegan aquí “copiadas” o son adaptaciones?
En Brasil, el movimiento iba a contramano, porque al tiempo que las teorías raciales se convertían en la consigna de la ciencia brasileña, daba comienzo su descrédito en Europa. Y en el momento en que las teorías raciales son desacreditadas en Brasil, allá por los años 1930 y 1940, en Europa regresan fortificadas, con el tema del nazismo. Las ideas, cuando surgen en ese momento de la historia brasileña, y en esa configuración social, política y específica, alcanzan una nueva dimensión e incluso, una nueva lectura, una selección. Finalmente, una cosa es pensar en la eugenesia en pueblos no mezclados, y otra es la eugenesia en los pueblos mestizos, los denominados como laboratorios raciales. ¿Qué pasó aquí? Una comunión de teorías que en otros lugares acabaría en un desastre. Claro que las teorías del evolucionismo son racialmente las más determinantes, porque el determinismo racial, ¿qué supone? No existe cómo mezclar. ¿Qué prevé el evolucionismo? La idea de que ciertas mezclas pueden ser benéficas y otras no, existe una selección. No fue entonces una copia, más bien una traducción.

¿Cómo pueden entenderse los intentos de “blanqueamiento” de la nación, por medio de los inmigrantes, separación de razas y otras iniciativas?
Esa solución, vía blanqueamiento, sólo es otro ejemplo de las soluciones típicamente nuestras, porque no puede decirse que Brasil evitó el blanqueamiento. Claro que no, porque existe todo un movimiento en Europa que promueve la política de la eugenesia. Aunque para poder aplicar la política del blanqueamiento en un contexto que ya es “blanco” sea diferente que pensar en la misma política en un país en el que la población se halla africanizada. Ahora se pide una política de emigración. João Batista Lacerda, del Museo Nacional, participará del Congreso Oficial de las Razas. En aquel momento, vivíamos en un contexto de panamericanismo, donde existía un recelo político de que Estados Unidos practicase una política de invasión de nuestros territorios y Lacerda aporta la solución con el blanqueamiento. Él muestra como, en un lapso de cien años, Brasil sería blanco, mediante la selección natural y la implementación de políticas migratorias de blancos. Para contar con una noción de su vigencia, Lacerda es considerado pesimista, porque habló de un siglo, lo que sería demasiado para el blanqueamiento de la nación. Eso sin olvidar las políticas inmigratorias implementadas sobre todo por Pedro II. Puede entenderse la política de migración, pero ¿por qué blanca? La explicación se encuentra en el contenido ideológico racial de esa política. Existió, por ejemplo, un profesor de la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, Renato Kehl, quien era partidario del modelo sudafricano. Él realizó un elogio de la política sudafricana, que seleccionaba la migración, los inmigrantes blancos y solicita un movimiento desde ambos lugares. Por un lado, la inmigración blanca y seleccionada, y por otro, hace un elogio a la esterilización de mestizos. Esto quiere decir, que el país de la promovida democracia racial, se encontraba a un paso del apartheid social.

MIGUEL BOYAYAN¿En qué forma lo racial fue utilizado como forma de crear una identidad nacional?
Ese es un lento proceso, porque sabemos que las naciones son construcciones, proyectos erigidos sobre hechos. Como decía Walter Benjamin, “la memoria es un pasado hecho de ahora, repleto de ahora”. La memoria está construida con algunos recuerdos y muchos olvidos. Un proceso de formación de una memoria nacional es un proceso de olvido, de selección y de reelaboración. Hasta un estudio, como el de 1922, que mostró que creamos un Estado, pero no una nación. La identidad, es una construcción de contrastes y el material, el fermento de la identidad, era la idea de la diferencia. Entonces era necesario fermentar esa noción de diferencia. Esa torta se va cocinando durante el siglo XIX y la gestión de Pedro II es fundamental para entender ese modelo de Brasil que se va construyendo. Pedro II no era gran adepto de los modelos racistas, pero no puede decirse que no fuese influenciado por la época, pues, recordando a Silvio Romero, en ese momento, asumir las diferencias era no poseer prejuicios. De allí la selección del indígena como el icono de la nacionalidad, aunque un indígena romantizado. Esas teorías raciales entrarían a finales del siglo XIX en la Facultad de Derecho, en la Facultad de Medicina, en los círculos militares. Pero fue a comienzos del siglo XX, que ese debate en torno a lo racial se torna más evidente. Lo interesante es que para la conformación de la identidad, la raza tiene que ser positivada: así como en el imperio se positivaba al indígena, en el siglo XX se positiva el mestizaje. La mixtura de nuestro profundo veneno se transforma en la gran virtud: es el momento en que se oficializa la capoeira [expresión cultural-corporal afro-brasileña], del reconocimiento legal del candomblé [religión afro-brasileña], el fútbol se transforma en una práctica negra, Nuestra Señora Aparecida [advocación negra] se transforma en una santa mística, un icono nacional. En los años 1930 la raza se convierte de hecho en un elemento de la nacionalidad, pero como “la buena raza”, “la buena mezcla”, y un mestizaje racial que se transforma cada vez más en una mixtura cultural.

¿Cómo pueden unirse preocupación por la raza y racismo?
Realmente, no existe una solución de continuidad. Puede parecer, por la etimología, raza y racismo, que la hay, pero no obligatoriamente. Nos hallábamos al borde de una política de apartheid social, de políticas raciales evidentes. Estábamos por implementar una política oficial para lo racial, lo cual no sucedió. Entonces el ideario modernista transformó el tema de la raza en un tema de la humanidad. La primera definición de Macunaíma es un hombre sin raza; de ahí al hombre sin ningún carácter es volcar la cuestión hacia el fuero de la cultura. El ideario modernista transformó raza y cultura en etnia, y minimizó el tema para pensar de alguna forma en modelos de asimilación. La idea modernista de Macunaíma, de aquello que se asimila, de lo que se rechaza, es un poco esa idea de que se devuelve al hombre a la fuente de la cultura. Está claro que esa noción, de algún modo conduce el conflicto más hacia lo opuesto. La ventaja del ideario de Nina Rodrigues es que en ningún momento camufla el conflicto, antes bien, expone la diferencia. El problema de Rodrigues no era el diagnóstico, sino el remedio que él implementaba.

¿Y su idea de la “isla de democracia racial, rodeada de racismo”, los brasileños que sólo ven el racismo en el otro?
Arthur Ramos habría sido el primero en hablar de democracia racial, pero Freyre fue quien alcanzó la fama. Pero es importantísimo saber quien fue el primero, ya que el tema figuraba en la agenda nacional. Tanto es así que ganó un lugar en la discusión nacional, vía Estado Novo, y obtuvo resultados fuera de Brasil. No puede olvidarse el impacto que esa idea produjo en el exterior, como en el caso de la investigación de la Unesco que denominó a Brasil como un caso ejemplar, una gran democracia racial. La idea del mito es fuerte y adquiere diferentes connotaciones. Cuando hablamos de mito, no es en el sentido de una mentira. Hoy se piensa menos en lo que el mito esconde y más en lo que el mito revela. Cuando se traza un análisis estructural del mito, ellos trabajan en espiral, dialogan entre sí y todo el tiempo, de los elementos que se encuentran en nuestra realidad social. Entonces, yo pienso que es necesario tomar en serio al mito, porque éste ya fue destruido muchas veces y aún sigue presente. ¿Qué significa tomar en serio al mito? No lo es decir “tenemos democracia racial”. No, no la tenemos. Practicamos una política perversa de exclusión y de discriminación. Entonces, no existe tal democracia racial o social, aunque tampoco creo que debamos apostar a modelos foráneos, análisis que crean una dicotomía de la realidad entre negros y blancos. Esa tal vez sea la afirmación más infeliz de la ministra, apoyada en modelos que no son los que se practican en este país. El mestizaje es una realidad, pero el problema no es la constatación del mestizaje, pero la calificación positiva siempre connota mixtura. Mestizaje no es sinónimo de igualdad. Mestizaje no es obligatoriamente sinónimo de ausencia de discriminación. Ese es el vacío que me molesta.

En fin, ¿podemos pensar que aún pueda mantenerse el concepto de “raza”?
La raza no es una realidad ideológica, pero raza es una construcción, muchas veces perversa, porque ella remite a un campo jerárquico. Planteado eso, raza es una construcción, e identidad es también una construcción. Nos hallamos en ese campo: identidad tampoco es una construcción que se realiza en contexto, y con luchas sociales y con tensiones sociales en todo momento. Entonces sería preciso pensar que en Brasil, lo racial siempre fue material para pensar en término de identidad y que es lo que sería ese racismo “a la brasileña”. Yo creo que existe, sí, un racismo a la brasileña, cuya gran complejidad reside en que es una idea que sobretodo, es de carácter privado. Eso se ha alterado y mucho. Ese racismo brasileño aún se manifiesta en la esfera de lo privado, por cuenta de la ausencia de movimientos en el marco de la ley. Lo que está sucediendo es una inversión. Estamos intentando poner en el cuerpo de la ley políticas de compensación, practicando políticas que de alguna manera están produciendo una reversión y racializando el debate. Ese racismo a la brasileña es de carácter privado, por no manifestarse dentro de un marco legal y por no manifestarse en las esferas oficiales. Además de todo, es también un racismo que siempre juzga en el otro la cuota de prejuicios. Puede ser el argentino, como es el caso del fútbol. El lado bueno del momento en que vivimos es finalmente que las personas están comenzando a reflexionar acerca de esa cuestión. No hablar al respecto no significa que uno no haya vivido el problema. Las personas niegan y juzgan en el otro el racismo que en verdad cada uno lleva dentro.

¿Qué sucede cuando se juntan la cuestión racial y la de género?
Ahí acontece una doble discriminación. No es una doble jornada laboral, pero es una doble jornada de prejuicios, porque si existe una gama de representaciones negativas con relación al “malandro”, al mestizo; cuando se refiere a la mujer, eso aumenta. La mulata es un ejemplo para la idea de que no es solamente la pereza, sino también los actos sexualmente condenables; establece la influencia de la prostitución, la traición, la mulata que es matrera.

En definitiva, como antropóloga, ¿cuál es su visión de futuro para el concepto de raza y del “ser brasileño”?
Nosotros construimos varias “brasileñidades” dependiendo del lugar, del momento y de la situación, porque es un concepto con sustento y mayormente contrastante. La identidad se construye por la imposición misma que ella presenta, por la posición que ella alumbra. Redacté un artículo para un periódico de Portugal acerca de un partido de fútbol, en Paraisópolis, que se titula “Negro contra Blanco es un partido de fútbol a fin de año”. En él, las personas cambian de posición: un año juegan para el Negro, otro para el Blanco. Ahí, usted nota como, primeramente, la identidad es una cuestión circunstancial, y la raza, una situación, un consenso “pasajero”. Las personas se “blanquean” o “ennegrecen”. Lo cual es una prueba de cómo la raza, no como un concepto biológico, sino como una construcción social, sigue construyéndose en nuestro imaginario. Lo que puedo decir, sin miedo al error, es que las razas siempre dieron que hablar en Brasil, porque, en fin, ellas siempre promovieron, en momentos estratégicos, que la identidad, también pensada como una construcción, se transforma en un elemento constructor de políticas públicas y de políticas de Estado.

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