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Sérgio Mascarenhas

Sérgio Mascarenhas: La física del mundo presente

MIGUEL BOYAYANEl físico Sérgio Mascarenhas, 79 años cumplidos el 2 de mayo pasado, recibió el 4 de junio el Premio Conrado Wessel de Ciencia General, que es en la actualidad uno de los más significativos honores concedidos en Brasil en ciencia y cultura. En los días siguientes, lejos de dormirse en esos laureles y disfrutar el reconocimiento merecido por su fecunda contribución científica a la física y otras áreas, estaba concertando encuentros con Ruth Rocha, otra laureada de este año de la Fundación Conrado Wessel (FCW), en el área de literatura, con Ricardo Brentani, el premiado en medicina, y los demás científicos que dividieron con él el escenario de la Sala São Paulo en la elegante noche de la entrega de premios. Había una instigadora propuesta de trabajo para cada uno, y otra para todos: realizar en São Paulo un conjunto de conferencias bajo los auspicios de la FCW, a imagen y semejanza de las Nobel Conferences que se llevan a cabo luego de la distribución del Nobel, el más prestigioso y envidiable premio científico y literario del mundo.

La entrega a la actividad intelectual incesante, incansable, pragmática en gran medida, junto con una imaginación hirviente, un burbujear de ideas sin final, es la cara del profesor Sérgio Mascarenhas, cuya biografía es, sin la menor duda, una de las más ricas y polifacéticas en la comunidad científica brasileña. Así, si entre sus contribuciones al conocimiento están los descubrimientos de los Bioelectruros y de nuevos métodos de dosimetría y datación arqueológica, en el plan del montaje y la organización de la infraestructura institucional del conocimiento hay que destacar la creación del área de investigación en física de la materia condensada en el campus de São Carlos de la Universidad de São Paulo (USP), a finales de los años 1950, la creación de Embrapa Instrumentación Agropecuaria, en el final de la década del 60, en la misma ciudad, y la creación de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), a comienzos de los años 70 -entre otras diversas iniciativas a las que él hace referencia a continuación.

Sérgio Mascareñas es actualmente profesor jubilado de la USP, al mismo tiempo  que dirige el Instituto de Estudios Avanzados de esa universidad -en São Carlos, claro, la ciudad que ese carioca de Copacabana adoptó, determinado a dar sustancia a un campo de la física al que no se le asignaba mucha importancia en Brasil a mediados del siglo pasado, y que hoy es el fundamento de algo que está en la apariencia y en la esencia del mundo contemporáneo: las computadoras, la informática, la tecnología de la información, las telecomunicaciones. Un poco de los desdoblamientos de ese campo del conocimiento a lo largo de medio siglo emerge de las palabras del investigador brasileño que trabajó con respetados colegas de otros países, varios de ellos Premio Nobel, en sus andanzas por las universidades de Princeton, Harvard y Londres, entre otras. Por estos días, mientras cuida de un nuevo portal de divulgación científica, Mascarenhas finaliza su más reciente invento: un aparato para medir de manera no invasiva la presión intracraneal. Una enfermedad inesperada lo desafió, y él respondió así, en su propio campo, creativamente. La palabra de Sérgio Mascarenhas, una personalidad fascinante y un ser humano apasionante, lo refleja fielmente: es fecunda, generosa, está siempre abriendo nuevos campos, a la manera de las mil y una noches, o de babuchkas invertidas, o de pantallas modernas de computadora que permiten el compartimiento de múltiples ventanas en una misma jerarquía. En sus propias palabras, está llena de fractalismos -nada de un aburrido pensamiento lineal con él, es mejor pensar en una conversación enteramente radial, de la cual la entrevista que sigue es una muestra.

Empecemos por sus contribuciones al conocimiento. Si no me equivoco, en el comienzo de la carrera su especialidad eran los dieléctricos, en especial el Efecto Termodieléctrico, que tomó el nombre de Efecto Costa Ribeiro. En uno de sus experimentos se verificó la aparición de cargas eléctricas durante la sublimación de un sólido, el primero de sus variados descubrimientos. Yo quería saber qué peso eso tiene para la física hoy.
Ese efecto termodieléctrico -no se llamaba aún efecto Costa Ribeiro- se refiere la apareción de cargas eléctricas durante cambios de fase. Costa Ribeiro había verificado eso durante la fusión de un sólido, y yo pensaba que ese era un efecto más universal. De ahí fui a buscarlo en otros cambios de fase y lo encontré también en la sublimación de ciertos materiales. Después yo lo encontré en materiales biológicos. Así, hubo una generalización del efecto Termodieléctrico, y cuando mis trabajos se hicieron más conocidos,  pasé a llamarlo efecto Costa Ribeiro, en homenaje a ése mi querido profesor quien, además, cumpliría 100 años en este año. [César] Lattes, muy generosamente, me dijo que ése era el único efecto de la física descubierto enteramente en Brasil. Vea como era precisamente una persona generosa: él también hizo el descubrimiento de un gran efecto en el área de partículas elementales, con los mesones pi. Pero como tuvo que salir de Brasil para eso, fue para Inglaterra y después a Estados Unidos, reconoció así un gran mérito en Costa Ribeiro, solito en Río, en un ambiente mucho menos favorable, haber hecho ese descubrimiento de un efecto experimental. Vea, una cosa es hacer el descubrimiento teórico en el gabinete, y otra cosa es ver que la naturaleza está hablando con usted. ¿Cuál es el lenguaje con que la naturaleza habla? Son las interacciones físicas. Después, tiene que revestir aquello con el lenguaje matemático para que el descubrimiento pueda, entonces, volar por los espacios teóricos, por el espacio de nuevos efectos. Es fundamental, en un país como Brasil, apropiarse del conocimiento por la creación del conocimiento experimental, como Oswaldo Cruz, Carlos Chagas y otros hicieron. Pero no desprecio el conocimiento teórico, que es sumamente importante para organizar lo que descubrimos. Podemos entender eso estableciendo una línea entre Galileo y Newton. Galileo destruyó una cultura de 2.500 años con un experimento. Y Newton vino y dio a aquello una gran vestimenta teórica, que más adelante se consolidó incluso en una filosofía, la filosofía kantiana. Entonces, se parte de lo empírico-experimental, después se viste aquello con el andamiaje teórico, más abstracto, y después viene la consolidación en un modelo de mundo, en un modelo filosófico. Eso sucedió varias veces en la historia de la ciencia. Sucedió con los griegos, con Arquímedes, Pitágoras etc., todo consolidado después en la filosofía aristotélica, y más adelante recuperado por Santo Agustino y por Santo Tomás.

Permítame interrumpir este desvelo filosófico para preguntarle ¿qué es exactamente lo que caracteriza el efecto Costa Ribeiro?
Su impronta característica es que es un efecto sumamente interdisciplinario, porque uno toma una cosa del calor, de la termodinámica  del estado sólido y lo transporta para un efecto eléctrico. Voy a dar un ejemplo práctico: pensemos en las nubes; las nubes tienen agua; el agua se congela. Si durante ese congelamiento ocurre la presencia del efecto Costa Ribeiro,  tendremos aquellos efectos maravillosos de tempestades eléctricas. Fui a buscar el mismo efecto en sustancias biológicas, como el ADN, las proteínas…

¿Y lo encontró?
Lo encontré en todas ellas y, a mi modo de ver, fue esa una de las contribuciones mayores que di: la creación del concepto de bioelectruros. ¿Por qué electruros? Por que en el cambio de fase el efecto Costa Ribeiro acabó creando un material que quedó eléctricamente cargado. En la realidad, el significado de la vida como nosotros encontramos en la Tierra está vinculado a aquellas estructuras de las fuerzas físicas más importantes y las fuerzas químicas, que vienen de la interacción de los electrones, de las cargas eléctricas, interacciones también cuánticas. Después están las interacciones gravitacionales, que son importantes. En un árbol, por ejemplo, la subida de la linfa puede alcanzar 40, 50 metros, y ¿cómo ella sube si la gravedad está halando hacia abajo? Son efectos muy interesantes vinculados a la fuerza de superficie y también a fuerzas gravitacionales. Pero, vea bien, el efecto Costa Ribeiro es una cosa, y el concepto de electruro, aunque relacionado, es otra cosa. Tenemos que tomar cuidado.

¿Quién introdujo el concepto de electruro?
Un físico japonés, mucho antes de que trabajásemos en eso. Costa Ribeiro y Bernardo Gross redescubrieron ese nicho, y yo, como estudiante de ellos, continué. En el caso del efecto Costa Ribeiro teníamos efectos eléctricos en transición de fase, por ejemplo, la electricidad atmosférica, la aparición de cargas eléctricas en semiconductores, en cristales, o en la sublimación. Con relación a los electruros, eso fue lo que, en el fondo, indujo Costa Ribeiro al descubrir el efecto de él, dado a que él se interesó mucho por materiales que se quedaban cargados eléctricamente cuando eran fundidos. Como dije, los electruros fueron descubiertos por un japonés, usando cera de carnauba, y su grupo llegó a hacer membranas electrizadas que sirvieron para hacer micrófonos.

¿Eso se da más o menos en 1950?
Entre 1943 y 1950, época en que Costa Ribeiro, Gross y otro gran profesor, hoy en día más o menos olvidado, que es Armando Dias Tavares, estaban todos haciendo física experimental en Río, en la Facultad Nacional de Filosofía, en la antigua Universidad de Brasil, hoy Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Allá también eran profesores Lattes, [José] Leite Lopes, [Jaime] Tiomno… Yo vería adelante que, quedándome en Río, no iba a conseguir estructurar mis ideas, mis sueños, porque allá era la tierra de los rayos cósmicos, de las partículas elementales… Pero yo veía, con una claridad que hasta hoy no entiendo, que el futuro de la sociedad estaba en los semiconductores en estado sólido. Aquello que dio el transistor, y después la explosión de las computadoras.

Eso determinó su venida a São Carlos y la creación del primer grupo de investigaciones en física del estado sólido.
Sí, en 1956 inicié el grupo aún dentro de la Ingeniería de la USP, que había sido creada un año antes, porque no había Instituto de Física. Llegué con 26 o 27 años, con Yvonne [P. Mascarenhas], que era más joven aún. Afrontamos ese desafío de venir de nuestro Río de Janeiro tan amado porque veíamos la posibilidad de abrir un nuevo camino para la física en Brasil, que sería la física de la materia condensada, como es llamada hoy. Y realmente hicimos el Primer Congreso de Física de la Materia Condensada aquí en São Carlos. Pensábamos que ella era portadora de futuro, y eso no era muy aceptado en la época porque los físicos la consideraban cosa de ingeniero.

¿Ésa era una visión vigente sólo aquí en Brasil o internacionalmente?
Sólo aquí. Internacionalmente eso dio el Nobel de Física en 1956 para tres científicos del Bell Labs, los inventores del transistor: Walter Brattain, John Bardeen y William Shockley. Digamos que aquí había una falta de visión, de perspectiva de la gran innovación que estaba ocurriendo en un área de la física que no era tan respetable y tradicional como la física de partículas, de los grandes aceleradores etc. Yo creía que vía, olía, un camino mayor para Brasil, el más factible, más fácil… Y realmente, algunos años después, la física del estado sólido pasó a representar 60%, 70% de todas las contribuciones brasileñas en el área. Y hoy ella es aún mayor que eso si consideramos la interdisciplinaridad con biofísica, física de los materiales, con las ingenierías, la biotecnología, la nanotecnología etc. Recuerdo que Bardeen, a quien conocí personalmente, después compartió otro Nobel por las investigaciones de la superconductividad, y él bromeaba diciendo que ganó dos Nobel que sumados no daban uno ¡porque los dividió con otros científicos! Pero el descubrimiento del transistor fue una cosa que cambió a la humanidad. Porque llevó a la computadora, y la computadora llevó a un metalenguaje que no existía, el lenguaje realmente globalizado de los bits, a la teoría de la información. La teoría de la información llevó a una visión de mundo mucho más amplia, a una Weltanschaung. Parece que a usted no le gustaron mucho mis fractalizaciones, pero…

¿Quién dijo que no me gustaron?
Bueno, entonces voy a pasar por [Jacques] Lacan, que me encanta. Y si usted lo prefiere, Freud, recuerdo que Lacan dijo ante el auditorio en una de sus famosas clases: “Ustedes pueden ser lacanianos, pero yo soy freudiano”. Vi de estudiar a Lacan y veo que hoy, si alguien es astuto y tiene visión lateral, puede entrar en la red ignorante, a las seis horas de la tarde, y al otro día ser PhD por el Google.

¿Y dónde entra Lacan?
Usted conoce la teoría de los tres registros, en que el Lacan dividió la evolución humana bajo el punto de vista psíquico: tenemos allí lo imaginario, lo real y lo simbólico. Y desde antes, desde el feto en la panza de la madre, dando puntapiés, chupando el dedo, haciendo la circuitaria en la neocorteza, todo es preparación para la cosa fundamental en la biología, que es la supervivencia. Entonces, la supervivencia es la construcción de conocimiento, y eso es la base de la estructura de la vida, la negentropía, la transformación de ruido en señal. Vamos así de lo imaginario para lo real y más tarde para lo simbólico, que es realmente lo que caracteriza al Homo sapiens sapiens. En el habla el bebé asciende a lo simbólico, y ahí completó la estructura psíquica del humano. Pero creo que es posible extender a Lacan al nuevo lenguaje de internet, de los bits, de la globalización de lo simbólico en un metalenguaje que él no conoció porque murió antes. Y veo ese campo de lo simbólico creciendo y unificándose por la articulación con la tecnología de la información. Ese negocio de “pienso, luego existo” es el mayor error de Descartes (según el gran Antonio Damasio). Yo existo, es decir pienso, ahí vamos bien. Pero lo que quiero resaltar es  que ante el metalenguaje de la red, de la globalización, el gran problema es que no tenemos aún la cultura preparada para lo que vivimos hoy. Permanecemos en la cultura de 500 años atrás.

¿Por qué, según su mirada, la computadora y la red de computadoras amplían esa noción de lo simbólico lacaniana?
Vea, lo que quiero resaltar es que la tecnología siempre viene adelnte de la cultura. Es difícil armonizar la cultura con lo que la tecnología anuncia, y que ahora es: estamos volando hacia las esferas extra-planetarias. El hombre, entonces, tiene que cambiar porque él no va a quedarse sólo aquí en la Tierra. Él va a tener que ir a Espacio, sin dudas.

¿Pero no le parece que nuestro destino está vinculado exclusivamente a la Tierra?
De ninguna manera. La vida debe haber venido, en los principios, de fuera de la Tierra. Esa es la visión de Carl Sagan, por ejemplo.

Volvamos a la época de su venida para São Carlos. En aquel momento ocurrió su descubrimiento de un nuevo fenómeno: la variación de la conductividad térmica de un dieléctrico líquido bajo la acción de un campo eléctrico. Hablemos sobre eso.
Fue una cosa interesante, porque Costa Ribeiro y Gross pensaban en el efecto inverso del efecto Costa Ribeiro: ¿si yo pusiera un campo eléctrico puedo generar un cambio de fase? ¿Una fusión, por ejemplo? Intentaron y constataron algún efecto. Se aplicaba un campo eléctrico en una fase sólida o líquida y ella fundía más rápidamente con el campo eléctrico. Pero no creí en aquello y dije: “Espera ahí, necesitamos primero ver si el campo eléctrico no afecta la conductividad térmica del líquido, porque ahí él lanza más calor en el sólido, y se funde no por causa del campo eléctrico, sino por causa de la conductividad térmica inducida”. Ahí fui a trabajar en el líquido y vi que mi idea era correcta: cuando apliqué el campo eléctrico al líquido, cambió la conductividad térmica del líquido, él se volvió un paso más fácil para el calor.

A decir verdad, el campo eléctrico de una facilitada en el aumento de la conductividad térmica del líquido.
¡Exactamente! Pero la conductividad térmica es un fenómeno complejo, hay varios tipos. Hay una más sutil, que es la de la vibración de los átomos y moléculas. Así como la luz tiene fotones, un sólido o líquido puede tener fonones, que son vibraciones colectivas de los átomos, y yo creí que, allá en el fondo, el campo eléctrico podría afectar esos fonones. Y ahí encontré ese negocio y sucedió una cosa linda en mi vida, que me dio una auto-confianza tremenda. Primero, yo estaba en vieja metodología de Sócrates, “duda que da resultado”, estaba con Einstein,  “lo importante en la vida es no parar de cuestionar” y entonces… allí me veía ampliando lo que mis profesores proponían.

¿Qué tipo de efecto práctico tuvo eso?
Dos contribuciones y bien prácticas, porque en un transformador allí en el poste siempre tiene líquido dieléctrico allá dentro, y hay también un campo eléctrico. Muy importante en un transformador es librarse del calor generado allí para él no calentar de más, y con el campo eléctrico se ayuda a salir el calor. Eso fue publicado en ruso: “Efecto descubierto por Mascarenhas”. Ahí cuando yo vi el artículo en el libro ruso, y ni entendí, me dio aquella emoción… Y ese efecto me dio otra cosa maravillosa… Hubo un Premio Nobel llamado Lars Onsager, de Yale, un tipo maravilloso, de una creatividad tremenda, considerado un monstruo sagrado, a quien le gustó mucho la interpretación que yo di al trabajo. Él tenía una visión realmente amplia, interdisciplinaria, e hizo unas ecuaciones, un modelo que dice lo siguiente: todo lo que sucede en la vida común son estados de equilibrio. Y esos estados no llevan a mucha cosa porque no se tienen excitaciones, fluctuaciones fuera del equilibrio. Él comenzó a ver que importante en la física era también lo que salía del equilibrio. Eso vale mucho más conceptos y situaciones, claro, pero Onsager consiguió relacionar cuantitativamente, por la primera vez, efectos físicos fuera del equilibrio. De ahí, yo apliqué las ecuaciones de él para entender cuantitativamente aquel efecto que yo describiera, y publiqué en una revista famosa en aquel tiempo, Il Nuovo Cimento. Las cuentas que hice con la ecuación de Onsager coincidieron con la parte experimental. Y cuando Onsager vio mi trabajo dando base real a las ecuaciones de él, le gustó mucho. Cuando presenté el trabajo en Europa, él fue de una inmensa gentileza. Y yo, de repente, me vi sentado a la mesa en un hotel, en Suiza, ¡explicando las ecuaciones de Onsager para Onsager! ¡Nuestra Señora! ¡Sólo el propio brasileño es carioca! Él calmado, quietico, no se quedó ofendido. Acabé quedando grande amigo de él.

¿Ustedes llegaron a trabajar juntos?
Sí, tengo el honor de haber publicado un trabajo con Onsager, uno de los únicos trabajos de él en esa área de transiciones de fase con aparecimiento de campos eléctricos. Me enorgullezco mucho de eso, porque él era muy bueno y muy generoso. Hay científicos así y hay otros muy arrogantes. Yo soy medio tragicómico, pero no soy soberbio.

¿Por qué tragicómico, profesor?
Porque me divierto conmigo mismo, ¿entiende? Porque no le creo a la gente que se mira por la mañana en el espejo y no sabe que es medio burro y que comete errores. Me gustan los ingleses, ese rasgo de reírse de sí mismos… Es un peligro si lo lleva muy en serio. Tengo memorias muy emocionantes del Onsager. Me acuerdo, por ejemplo, que después de que él se jubiló de Yale y fue a la Universidad de Miami, de una vez en que fue a buscarme al  aeropuerto y me llevó para la casa de él. Y en el jardín cogió una naranja y la descascaró para mí. Me emociono hasta hoy con esa escena.

¿Cuál era la diferencia de edad entre ustedes?
Por lo menos 20 años, él ya era Premio Nobel cuando lo conocí.

En un resumen de sus trabajos tenemos la información de que su teoría de la electrotermoconductividad fue desarrollada usando la termodinámica de los procesos irreversibles.
Cuya base es exactamente la gran contribución estructurada teóricamente por las ecuaciones de Onsager.

Un tercer efecto estudiado en su producción fue el de la apareción de enormes tensiones eléctricas de 50 kilovoltios o más durante la formación de hielo seco.
En verdad, 100 kilovoltios… yo estaba en la ruta de la intuición de la transición de fase, en 1962, por ahí. Ese fue un efecto descubierto por nosotros en São Carlos y que se  transformó en una bella demostración experimental en la enseñanza de la física: el generador electrostático de CO2. Ganó realce internacional en el American Journal of Physics.

¿Y sus investigaciones en el área entonces nueva de efectos de radiaciones sobre  materiales?
En esa época, me compenetré de que debería hacer un poco de trabajo en esa área que estaba naciendo, la de los efectos de radiación en sólidos, en cristales. Usted irradia un cristal con rayos X o neutrones, y él se queda coloreado. Son los llamados centros de color. Ahora veo que eso ya era nanotecnología. El rayo X da un golpe en el átomo, lo desplaza, y el lugar donde él estaba se queda vacío, pero él no está más compensando las cargas eléctricas de donde salió. Entonces hay la captura de electrones o huecos de electrones (holes en inglés) que funcionan como se fuese un átomo virtual con niveles de excitación que pueden absolver la luz. Y, por lo tanto, queda coloreado. Teníamos un montón de ideas con eso, por ejemplo, intentar hacer memorias ópticas. Ahí fuimos Yvonne y yo para Pittsburgh, a trabajar con el grupo de Roman Smoluchovski. Allá había una nube de gente espectacular, muchos de ellos ganaron el Premio Nobel más tarde. Entonces me quedé en un ambiente donde ese personal todo estaba de con los ojos en el futuro, oliendo el futuro. Además, el padre de Smoluchovski había inventado, un poco antes de que Einstein, un efecto importantísimo en la física, el Movimiento Browniano. La teoría misma fue de Einstein, pero él tenía una gran admiración por Smoluchovski que describió el efecto antes de él. Cuando Smoluchovski hijo fue para Estados Unidos, Einstein lo recibió allá en Princeton con una pregunta: “What do you want to do?” (“¿Qué quiere hacer usted?”, en inglés) Yo me recuerdo de Roman Smoluchovski imitando a Einstein torciendo el cabello y fumando. Él respondió que quería hacer física atómica. Y Einstein: “Ah, entonces no es conmigo, es con Wigner”. Ese es otro monstruo sagrado, otros dos húngaros que ganaron el Premio Nobel. No trabajé directamente con Wigner, pero cuando Smoluchovski fue para Princeton y me llamó, encontré ¿a quien? A Wigner, que era el jefe del grupo. Conversaba, discutía mis ideas con él… esos tipos grandes son tan constructivos, ¿no? Sólo los pequeños necesitan empujar a los otros para abajo para pensar que subieron. Es el movimiento relativo de los mediocres.

Pero hablábamos de los centros de color.
Sí. Científicamente terminé embocando una… Cuando regresé a Brasil vi que era posible competir con los extranjeros con la tecnología que yo tenía aquí. Era fácil, era un tubo de rayo X. Yvonne tomaba el tubo con el que ella hacía la refracción de moléculas y cristales e irradiaba mis cristalitos. Brasil es el país de los materiales, está lleno de cristales, ahí yo los irradiaba, hacia las muestras aquí mismo. Y en mi cabeza estaba aquella idea de las memorias ópticas con centros de color. Una idea excelente que no pude realizar, y es bueno hablar de lo que no dio resultado también, para quedarnos un poco menos arrogantes y las nuevas generaciones entiendan como las cosas son. Regresé con un entusiasmo tremendo y con dinero. Porque tuve éxito allá de la Fundación Fullbright cuando propuse que, en vez de  unas bolsitas aisladas, me dieran auxilio para un proyecto entero, en verdad, un programa de tres años. Yo podía traer estudiantes americanos junto con los supervisores, mandar a brasileños para allá, ¡todo lindo!

¿Pero qué fue lo que no tuvo éxito, entonces?
Se me metió en la cabeza el crear el posgrado en São Carlos con ese programa de la Fullbright, y eso tuvo éxito. El programa fue extendido por dos años más. Traje un montón de gente do Río, el CNPq comenzó a ayudarme, después, en 1962 fue creada la FAPESP… y la física del estado sólido creciendo aquí en São Carlos. El negocio subió como un cohete, y de repente São Carlos se quedó siendo el centro en que todos los jóvenes de Río, de Belo Horizonte, Curitiba, Recife, Goiania etc., querían hacer la nueva física del estado sólido. Y más peruanos, argentinos… En 1967 descubrí que podía hacer todo aquí: irradiar cristales, crear los cristales, hacer crecimiento como se hacía con silicio en los Bell Labs. Comencé a ir y regresar de Estados Unidos, crié una relación internacional, fui a Alemania, para un montón de lugares, nos volvimos bastante conocidos, comenzamos, los alumnos y yo, a publicar en las mejores revistas del área… En fin, São Carlos salía de aquel guajirismo inicial e iba ganando una cultura científica de patrón internacional, a punto de haber venido estadounidenses del Naval Research Laboratory a hacer el doctorado conmigo aquí. Algunos se hicieron importantes en la ciencia estadounidense, como Herbert Rabin, jefe de investigaciones espaciales de la marina estadounidense. Vi que podríamos hacer memorias ópticas. ¿Qué es lo fundamental para una memoria? Es poder escribir, leer y borrar. Ya podía hacer esas tres cosas con un cristalito, en nivel atómico, una memoria mucho mayor de lo que la del silicio. Vi que podíamos competir y los estadounidenses decidieron financiar. Junté a mi grupo todo, entre 10 y 15 personas, Roberto Lobo, Milton Ferreira, Yvonne etc. y propuso que nos concentrásemos en eso. Y fue ahí que tuvo lugar un desastre: como yo ya era miembro del CNPq a esa altura, decidí consultar al Consejo con respecto de los recursos que los estadounidenses se estaban ofreciendo para hacer la memoria óptica. Estábamos en régimen militar, yo estaba siendo acusado de comunista, cogí hasta una úlcera, tuve después tuberculosis, algunos profesores de mi equipo estaban siendo perseguidos, había un gran miedo de que aquellos locos de repente acabaran con todo, ahí presenté el proyecto. El presidente del CNPq era el general Mascarenhas, figura hasta buena, muy vinculado a Geisel. El proyecto pasó en el CNPq y fue para el Consejo de Seguridad Nacional. Y ahí no pasó. Me fue dicho que el CNPq, de cualquier manera, debería financiar, pero nunca financió.

¿Y la memoria óptica basada en esa impresión del color aquí nunca fue desarrollada?
Fue desarrollada fuera y hoy es lo máximo. Años después de mi pedido, la RCA, en Princeton, hizo la primera. Yo tengo todo eso documentado. Informamos a la marina estadounidense que no podíamos aceptar.

¿Fue una pérdida para Brasil?
Pero no hay ni sombra de dudas.

Perdimos ese tren en aquel momento.
Y otros. Yo mismo perdí otros trenes. Pero no perdí uno del que me enorgullezco mucho: haber creado el Programa Nacional de Centros Emergentes en el CNPq. Fue ahí que llevé a Sérgio Rezende para Recife, que hoy es uno de los mejores centros de física. También no me arrepiento de haber creado la Embrapa de instrumentación de alta tecnología, ahí surgió ese negocio todo en agropecuaria que explotó en menos de 25 años. No se hace nada en un año o dos, no hay milagros. Hay que tener continuidad, fuerza para aguantar los desastres, las discontinuidades brasileñas. Jorge Sábato, un maravilloso ingeniero de materiales argentino, hermano de Ernesto Sábato [autor de El escritor y sus fantasmas, entre muchos otros libros], creó un concepto, el Triángulo de Sábato: usted sólo consigue disparar un mecanismo virtuoso para el desarrollo de un país si hubiera una empresa, fuente de conocimiento y gobierno interactuando. Hoy yo introduzco  el Tetraedro: gobiernos, empresas, universidades e institutos de investigación y, muy importante: las ONGs, el Tercer Sector, sin el que no hay sostenibilidad  ambiental, social y hasta de una ética global, como podemos ver por los efectos antrópicos devastadores. Pero vuelvo al programa de los Centros Emergentes. Además de Sérgio Rezende en Recife, llevé un personal para Curitiba, que tuvo mucho éxito, para Goiánia, Mato Grosso, Río de Janeiro… Vi que el negocio era “forestar” Brasil con gente buena. Fue ahí que apareció en São Carlos, Ernesto Pereira Lopes, empresario y político, una persona espectacular. Junto con otro deputado, Lauro Monteiro da Cruz, proponían crear una universidad federal en São Paulo. Ahí fui a él y le dije  que deberíamos crear una universidad nueva, con visión de futuro. Mi idea era hacer una universidad federal en São Carlos y crear una nueva ingeniería en la América Latina, la  de materiales. Ahí Reis Veloso, Pereira Lopes y Lauro Cruz me costearon, toda la ciudad me costeó, por qué, ¿sabe?, conseguí unirme a la comunidad.

¿Y crearon en 1969 la UFSCar?
Sí, fui el primer rector, pro témpore, de la universidad. Si no fuese Pereira Lopes nunca yo habría conseguido eso. Ni sin Veloso. Él me decía que yo quería mandarlo para la cárcel, porque quería que me consiguiera dinero por fuera de las reglas del MEC. Él decía “yo no puedo”, yo decía, “Él, Veloso, o usted rompe la cáscara de huevo o va a continuar con esas porquerías de esas universidades iguales.” Entonces yo traje la ingeniería de los materiales, traje a [José Galizia] Tundisi, cuando nadie hablaba aún de medio ambiente, de ecología. Yo entendía que para hacer una universidad nueva, fundamental era hacerla pequeña y de alta calidad. Varios estudios en Estados Unidos mostraron que universidades con más de 5 mil alumnos comienzan a desamericanarse.

¿Fue posible conciliar la de la UFSCar con el trabajo en la USP?
Nunca salí de la USP. Trabajaba sin ganar nada en la UFSCar, porque yo tenía que tener moral para decir que no estaba detrás de la posición, pero detrás de una idea. De una visión del futuro. De tecnología educacional, al final, fui alumno de Anísio Teixeira. Por eso yo traje al creador del Basic, del famoso lenguaje Basic, de Estados Unidos para hablar aquí, traje gente de California, de Inglaterra y de Francia.

Yo tengo una duda: ¿cómo fue su trabajo con el láser en São Carlos?
Trabajé con el láser con Sérgio Porto en la Bell, tengo trabajos publicados en eso, pero quien hizo ese primer láser fue Robert Lee Zimmerman, un estadounidense que yo traje del MIT, tremendamente creativo y completamente exótico. Él tenía un avioncito, vino volando de Estados Unidos para acá, iba a ver los festivales del Quarup, de los indios brasileños. Son muchos casos…

¿Cómo fue su camino hasta la física?
Desde el punto de vista familiar, sociológico, yo tengo que ofrecer mi propia experiencia. Y mi padre era ciego, mi madre era secretaria, maestra de primaria y mi familia fue desestructurada, separada, cuando yo tenía 10 anos. Fui para un colegio interno, fui suspendido en el tercer año de bachillerato, en el primero científico, no asistí a clases, estaba destruyendo mi vida. Y superficialmente. Entonces encontré una familia en la escuela en que yo estaba. Eran tres muchachos y tres muchachas, con otra educación, leían la poesía de Drummond, oían música clásica, iban los domingos a oír el concierto de la juventud, uno de los jovencitos era atleta, en fin, era una gente seria que se convirtió en mi familia. Y aquel tipo mediocre, suspendido, aquel compañero se convirtió un individuo que descubrió un… ¿qué descubrí? Creo que la belleza del grupo, de la familia, a través realmente del amor, de la unión entre las personas. Yo cambié. Completamente. Y ahora en mi vejez, con casi 80 años, comencé a percibir que todos las computadoras y todas las máquinas no bastan para una verdadera educación. La inmensa violencia en la escuela, con maestras que salen llorando de las aulas, es culpa de una sociedad desestructurada, violenta, en donde se encuentra al marido alcohólico  desempleado, a la mujer que tiene cuatro hijos de cuatro padres diferentes en la periferia. ¿Cómo los niños en la escuela no reproducirían esa violencia social de la que estamos embebidos? ¿Hay alguna manera? No puedo esperar que mejoren la familia, eso es cosa para de aquí a 200 años. ¿Puedo mejorar a ese niño ahora? Puedo. Siempre que tenga una pedagogía, una metodología pedagógica que entusiasme, que permita, como sucedió conmigo, encender la llama.

Son muchas las vertientes por donde corre su vida.
Sí, pero componiendo más o menos así mi escenario: primero, ciencia básica y aplicada, y ahí me encaminé para áreas interdisciplinarias. Primero trabajé en la misma ciencia básica, fundamental, después yo fui para la parte de aplicaciones, y ahí fui, por ejemplo, para la física médica, en que me involucré con el personal de la medicina de Ribeirão Preto, con la Escuela de Medicina de Harvard, y con grupos en Italia. Toda la parte de, por ejemplo, imágenes tomográficas, o de cirugía criogénica está en ese ámbito, en São Carlos, después en Ribeiron Preto y también con el Hospital del Cáncer en São Paulo. Cuando me jubilé, Adib Jatene me preguntó si yo no quería dirigir a un grupo de bioingeniería aplicada en el Instituto Dante Pazzanesi. Acepté. Iba allá y orientaba a unos diez ingenieros y físicos, una belleza. Conseguí hacer varias cosas allá, pero un día le dije a Adib que todo el dinero que entraba en el instituto se iba en gasa, comida del enfermo, y que había que tener una fundación para dirigir recursos para investigación. Entonces acabé creando la Fundación Adib Jatene allá. Fui el primer presidente de la fundación, me quedé unos dos años, después vine a crear la Embrapa en São Carlos. Ya estaba con una visión de ciencia aplicada más en un área de empresas y pensé que para realmente ayudar al desarrollo brasileño necesitaba trabajar en un negocio en que el país es el rey absoluto: agronegocio tropical, donde la Embrapa abrió fronteras (y porterias…). Pero ahí yo comencé a ver que necesitaba trabajar con moléculas en el mundo microscópico, y no solamente en el mundo de los sistemas orgánicos, complejos, no en física médica, sino en biofísica molecular. Bueno, ahí yo fui para Trieste, convidado por Salam, otro Premio Nobel, y pasé a ser director de la biofísica y de la física médica allá en Trieste, un lugar bellísimo. Pasé 12 años yendo allá, organizando cursos para el mundo subdesarrollado entero, ayudando a Salam a crear la Third World Academy of Science, (La Academia de Ciencia del Tercer Mundo, en inglés en el original), de la cual soy miembro también. Fue una época realmente estupenda de mi vida. Resultado: continué trabajando en física médica, biofísica molecular, la idea de bioelectruros, preguntándome sobre el origen de la memoria, que moléculas están involucradas en la memoria etc.

¿Ese paso hacia la física médica fue por la invitación de Adib Jatene?
No, venía de mucho antes. Cuando tuve tuberculosis, fui para la Medicina de Ribeirão a tratarme. De ahí me vinieron ideas.

¿Algo aplicado a los huesos?
Yo logré hacer la consolidación de fracturas óseas con campos eléctricos, entonces me invitaron para el Departamento de Ortopedia del Children’s Hospital de Harvard. Eso porque ellos vieron que yo conseguía consolidar algunas fracturas en la mitad del tiempo usual, por ejemplo, fracturas de la llamada pseudo-artrosis, en que el niño nace con el piecito  todo blando, sólo cartílago. Publiqué unos artículos y orienté tres tesis en Ribeirón… Cuando comencé a pensar en las moléculas y en el negocio de la memoria, a introducir la idea de los bioelectruros, me llamaron para grandes conferencias internacionales de esa área. Eran cinco, con media docena de Premios Nobel, inclusive Onsager. Ahí yo conseguí introducir esa idea del bioelectruro como una idea fundamental en la Biología. Y hoy yo estoy trabajando en eso también con un personal de la Unicamp que está haciendo el modelo teórico de mis ideas. Publicamos un trabajo, el año pasado, sobre sistemas biomoleculares fuera del equilibrio… Ahí entran fenómenos cuánticos interesantísimos. Trabajé entonces con el grupo del profesor Roberto Luzzi, de física de la unicamp, hicimos varios trabajos en esa área de biofísica molecular. Antes, había creado en São Carlos un grupo de biofísica molecular, post-graduación, convidé para trabajar conmigo a un grupo de jóvenes, porque si Newton estaba apoyado en hombros de gigantes, yo estoy apoyado en el pie de la juventud. Y me quedo oscilando entre la biología molecular y la física médica, la física en la agricultura, pecuaria, la dosimetría de radiaciones, instrumentación, tecnología educacional, la difusión científica, la datación arqueológica, ciencia y arte, política científica, un verdadero desorden interdisciplinario… Ahora yo me enfermé, por tercera o cuarta vez, tuve una enfermedad que parecía Parkinson, pero un gran neurorradiólogo e investigador de la USP de Ribeirão Preto, Antonio Carlos Santos, me dijo que en verdad era hidrocefalia de presión normal, una enfermedad más rara y difícil de diagnosticar.

¿Y eso trajo un nuevo campo de investigación?
Leí unos 200 trabajos sobre ese asunto y decidí operarme en Ribeirao Preto. Me operé. Parecía que habían abierto una llave para el otro lado. Paró eso de andar dando tumbos, mareos sólo un poquito, pero salí de la depresión que tuve, porque cambiaron la red circuitos neuronal. Me hicieron una cirugía en la que me pusieran una válvula y una cánula de 6 centímetros en mi cabeza para botar el exceso de líquido en la cavidad peritoneal. Pero ese sistema es precario. Se puede obstruir de repente. Y entonces tendría que correr para la cirugía, porque si no me voy a volver más loco o morirme. Como yo necesitaba vengarme de esa enfermedad, traté de conocer la cosa mejor, hacer una investigación. Y estoy hace un año y medio trabajando en ese asunto. Tuve cinco ideas diferentes para medir la presión intracraneal sin el procedimiento invasivo en el cerebro. Tres ya estaban patentadas, una para la Nasa, otra para IBM y la otra para una Universidad de Lituania con una universidad estadounidense allá. Bueno, pero aún sobraron dos ¿entiende? Y yo mandando a ver. Ahí comencé a pensar en una manera brasileña, llena de simplicidad, para hacer la medida. De ahí me vino la idea de que si hay un aparato para medir la deformación de una viga llamado strain gage, (sensor de deformación) sería posible un aparato para medir la presión intracraneal por la vía de la deformación que el exceso de líquido produce en el cráneo. Ahí fui a la ingeniería, aquí de São Carlos, que es de altísimo nivel, preparé una prueba  con hueso de buey, un medidor, para probar si él iría a ver o no cuando yo deformase el hueso con un peso y si yo podría leer en el instrumento la deformación que fuese equivalente a la presión interna craniana, producida por líquidos, o sea, sangre y líquido céfalo raquídeo.

¿En cuanto debe estar esa presión?
De 10 a 15 milímetros de mercurio es normal. Si pasa de 15, mi caso, ya es patológico. De 20 para arriba es peligroso, y puede hasta hacer a la persona entrar en coma cerca de los 30. El hecho es que monitorear eso es importantísimo. Tomé tres cráneos en la Universidad Federal para estudiar. Sólo que el cráneo es un problema terrible para estudiar, él está lleno de huecos. De ahí tuve la idea de coger un globito de goma de mis nietos, le eché adentro un cráneo y soplé. Eso va a presionar el hueso, el hueso se va a deformar ¿y yo voy a medir con qué? Con el tal chip. Tomé mi aparato de medir la presión arterial, lo desmonté, entonces ya tenía la bombita y el aparatito de medición.   Sólo que ahora él está siendo usado para medir la presión en el cráneo. Lo llené, coloque el sensor em el mismo lugar em donde me hicieron el hueco en la cabeza.  La presión provocada por el globo simuló la presión intracraneal, ahí yo verifiqué que podría medir eso de una manera super sencilla. Desmonté el aparato de presión arterial, usé el aparato que estaba allá en la Ingeniería Civil. Lo gracioso es que ese mismo día estaban midiendo una viga del metro de São Paulo con el mismo aparato. Estaban haciendo un certificado técnico. ¡Yo me maté de la risa! ¡Un hueco en el metro en São Paulo y un hueco en mi cabeza! La ciencia es efectivamente universal y la naturaleza “no sabe” que existe la física, la biología, la ingeniería, solamente los pobres científicos unidisciplinarios, los currículos y capítulos de libros didácticos…

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