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Henrique Lins de Barros

Henrique Lins de Barros: Del átomo al avión

En la sala de Henrique Lins de Barros, del Centro Brasileño de Investigaciones Físicas (CBPF, sigla en portugués), en la Orca, Río de Janeiro, hay un cuadro en la pared del lado derecho. En la pared del lado izquierdo hay un afiche con detalles sobre el organismo multicelular Candidatus Magnetoglobus multicellularis. En el computador, músicas compuestas para un documental sobre Santos-Dumont. En los estantes y sobre la mesa, artículos científicos de física, biología e historia y de divulgación de la ciencia. En común, todos los trabajos tienen la autoría del dueño de la sala, incluyendo la música y la película.

A los 60 años, Lins de Barros tiene el perfil típico del investigador inquieto, que no se limita a la propia área y usa la física como puente para alcanzar otros territorios. Fue así cuando emigró de la física atómica, teórica, a la biofísica, muy cercana la biología. Las investigaciones en conjunto con investigadores de la Universidad Federal de Río de Janeiro redundaron en el descubrimiento de una bacteria multicelular (lea en Pesquisa FAPESP nº 137) en lagunas de Río. Enamorado de los aviones desde siempre, el físico descubrió a Santos-Dumont en la década de 1980 y en algunos años se convirtió el mayor especialista en el inventor y su obra, una referencia para otros investigadores de Brasil y del exterior. De ahí a la inmersión en la historia de la ciencia fue una consecuencia natural, que supo aprovechar durante la estadía de 14 años en la dirección del Museo de Astronomía y Ciencias Afines (Mast), en Río. El Mast es una institución del Ministerio de Ciencia y Tecnología que trabaja con historia científica y tecnológica de Brasil y impulsa la divulgación y la educación en ciencias.

Músico, guionista, pintor, escritor y poeta, el biofísico Henrique viene de una familia que hizo historia en la física brasileña. Su padre, el oficial de la Armada Henry British, y los tíos Nelson, poeta y músico, y João Alberto, político influyente que fue uno de los líderes de la Revolución de 1930, tuvieron un rol protagónico en la creación del Centro Brasileño de Investigaciones Físicas (CBPF, por sus siglas en portugués), en 1949, junto a César Lattes y José Leite Lopes. Casado con la antropóloga Myriam, con tres hijos, Lins de Barros se refirió a su diversificada vida de investigador a pedido de Pesquisa FAPESP.

Su grupo de biofísica publicó recientemente un artículo sobre un organismo multicelular hallado en lagunas de Río. ¿Qué está haciendo un físico en la biología?
Normalmente, cuando hablamos de un organismo y entramos en la discusión de que si es multicelular o esas categorías que vienen de la biología, asociamos eso a los biólogos. Estamos trabajando en el CBPF con las propiedades físicas de un organismo que tiene muchas propiedades físicas. El aporte que podemos hacer consiste en ayudar a descubrir cómo es que un conjunto de células suministra informaciones organizadas. Ese organismo que hallamos no está compuesto por una única célula, sino por un conjunto de células, con un comportamiento descrito por magnitudes vectoriales, velocidad, magnetización… Estas células poseen una coordinación que se manifiesta, entre otras maneras, por las características físicas que observamos. Para hallar las coordinaciones de magnitudes vectoriales es necesario sumar esos vectores para lograr una componente. El vector no se suma como un número. Si sumáramos un vector que apunta para un lado con un vector que apunta para el otro, [si los dos son iguales en valores numéricos – nota del traductor],  da cero. Para tener un comportamiento homogéneo necesito una cierta organización. Y si yo tengo organización, entonces eso es un organismo, y no solamente un agregado. Buena parte de nuestro trabajo consistió en observar el movimiento, las propiedades magnéticas, el momento magnético total. Con esas informaciones se puede llegar a un modelo matemático. Eso significa que aquel organismo tiene un orden precedente, quiere decir, que puedo describir una determinada realidad que estoy viendo a partir de un modelo abstracto, racional. Con una sola ecuación describimos el ciclo de vida del organismo.

Ése no parece ser un comportamiento muy común en la biología.
Me parece que no. El biólogo tiene una tendencia mayor para los procedimientos tradicionales de colocar a los organismos estudiados dentro de categorías preestablecidas. La contribución que pude hacer como físico fue la visión del no biólogo. Es una visión en cierta más forma más desprovista de prejuicio. Tenemos los prejuicios de la física, pero no los de la biología. Al mirar de este modo, podemos decir: “Eso no es lo que ustedes están diciendo”.

¿Ese trabajo es pionero?
Sí que lo es. La biología, es casi como un postulado, piensa en la bacteria como si fuese unicelular. Al pensar en la posibilidad de un organismo multicelular constituido por células bacterianas, trabajamos en aquella estructura básica de la biología en que existen, desde hace mil millones de años, el origen de la vida por algún punto y, después, la división para un grupo de células que no tienen núcleo – las procariontes –, y otro grupo de células que tienen núcleo celular, donde está el ADN – las eucariontes. Y ese grupo procarionte, que no tiene organizaciones o complejidad suficiente, se va a desarrollar siempre como unicelular. Un otro grupo comienza a su vez, a tener un desarrollo diferente que lleva al multicelular. Y mientras tanto, encontramos algo que cae en el  medio, que es la bacteria y el multicelular. Tengo una corazonada, que ese organismo multicelular a lo mejor tiene un origen en la revolución cámbrica, hace unos 570 millones de años. En el momento en que hubo una explosión de formas de vida, incluso de organismos multicelulares, ocurrieron muchas variaciones. Tal vez en esa ocasión hayan surgido multicelulares bacterianas que no sobrevivieron después, tal como sucedió con la mayor parte de la vida que surgió en aquel momento. Pero quedó algo. Esto es interesante pues permite repensar un poco la biología y sus evoluciones.

¿Cómo fue la repercusión de este trabajo?
Antes de la publicación del trabajo yo lo presenté en algunos congresos y me llevé muchos palazos. En algunos momentos sencillamente no hubo tiempo para exponer correctamente el descubrimiento y las personas no entendieron. En una ocasión hice una presentación en Barcelona, con Jorge Wagensberg presente. Wagensberg es el  director del Museo de Ciencias de Barcelona y me invitó para ir allá cuando estuvo en Brasil. Cuando yo estaba trabajando con estas cosas, siendo aún director del Mast, le conté sobre nuestro trabajo y no me creyó. Dijo, “lo dudo”. Pensé: “Ah, todo bien, ya vas a ver”.

¿Y lo vio?
Le mostré el material investigado y quedó fascinado. En la ocasión, Wagensberg había montado una exposición en el Museo de la Caixa y colocó a nuestros organismos en uno de los módulos. La idea era mostrar el nivel de organización de esos organismos. Se multiplican de uno a dos sin pasar por una célula: de 20 células, de repente se dividen en 40 células más o menos y generan dos nuevos organismos de 20 células. O sea, no pasan por el proceso de crecimiento a partir de una sola célula, ya salen listos para seguir el ciclo, y eso es nuevo en biología. El modelo matemático describe eso con un solo parámetro. Cuando fui a Barcelona por invitación del Wagensberg, hice una presentación para la gente de biología de allá. Yo hablaba en portugués, aunque el público hablase español, y noté a todos muy escépticos. Terminé la presentación y dejé un video pasando en la pantalla para responder a las preguntas. Fue muy interesante porque las personas observaban el video y comenzaron a preguntar sobre él, si aquello era tiempo real, si era filmación de un microscopio, si era un modelo… A la medida que el video corría ellos fueron convenciéndose. El cambio fue total. Cuando la persona ve, dice: “Es increíble”.

¿Cómo fue que se montó el grupo multidisciplinario para hacer el trabajo?
Esto sucedió hace casi 20 años. Yo ya había terminado mi doctorado y trabajaba con teoría de la física atómica.  Darci Motta, aquí en el CBPF, había terminado el doctorado en física experimental, y conocimos el área de magnetorrecepciones. Eso unía dos cosas que nos interesaban. Una era la biología, que es muy pesada cuando la aprendemos en el colegio, pero que es fantástica cuando la profundizas. La otra es la física, nuestra área de trabajo. Había problemas para conciliar las dos cosas: en un instituto de física como el CBPF no existían microscopios biológicos. Teníamos que trabajar con un equipamiento adaptado. Y, naturalmente, faltaba conocimiento. Para nosotros, cualquier cosa pequeña, menor que lo visible, ya era una bacteria. Comenzamos muy por el olfato y eso nos llevó a ver algo – ese organismo en particular – que el biólogo no veía porque estaba buscando otras cosas, tales como bacterias o algas. Lo que aparecía y no era objeto de estudio él lo apartaba.

¿Por qué escogió la física atómica como objeto de estudio inicial?
Al momento de decidir por la maestría, el área que tenía disponible era la física atómica. Hice algunos trabajos en esa área, pero descubrí que me gustan las dos cosas experimentales. Hago la teoría, pero tengo que tener lo experimental en la mano. Cuando surgió la ligación con la biología, que es un camino paradigmático de la ciencia del final del siglo XX, me entusiasmé.

Viendo su biografía parece muy natural la selección por la física, dado que su padre y sus tíos fueron importantes en la creación del CBPF y de la mayoría de los mejores físicos de aquella época lo conociese. Antes de la decisión por la física, sin embargo, hubo un paso por la música y la ingeniería.
Yo entré en una crisis, de aquellas de adolescentes, y fui a ingeniería en el ITA [el Instituto de Tecnología de la Aeronáutica] por causa de la aviación. Mi hermano mayor, Mauro, ya estaba en el ITA. Y los aviones siempre fueron importante allá en casa. Mis hermanos y yo hacíamos avioncitos todo el tiempo. Tengo 200 avioncitos dentro de la casa, aún monto modelos en miniatura. En la época vivíamos en Copacabana y reconocíamos los aviones por el ruido: sabíamos exactamente cuándo valía la pena correr a la ventana. Creo que la aviación era una contraposición al barco de guerra. Mi padre era oficial de la Armada y nosotros creamos un espacio, la aeronáutica, en vez de un espacio naval. Pero sucede que no pasé en el ITA porque no estudiaba. Aquí en Río acabé por entrar en la Universidad Federal Fluminense, en ingeniería. Pero yo no quería ingeniería y me quedé un año y medio intentando convencer a las personas de que no tenía capacidad para las matemáticas, y que por eso no podía hacer ingeniería. En esa época comencé a hacer música, como en broma.

¿Qué tipo de música?
Música popular. Era la época de los festivales, entonces hacía unos sambas. Mi tío, Nelson Lins de Barros, era compañero de Carlos Lira, y me dio un impulso. Hice unas cositas, nada que valga la pena oír. De cualquier forma, probé que yo no daba para las matemáticas. Como no daba para las matemáticas, salí de ingeniería. Me quedé seis meses anunciando que iba a hacer música o teatro, hasta que comencé a noviar con Myriam, mi mujer, que aún no estaba en la universidad. Me quedé sin escapatoria, tenía que hacer algo. Cuando abrió el examen di ingresos de física en la Federal de Río [UFRJ], lo hice y lo aprobé. Con dos detalles: en primer lugar y sin haber hecho la prueba de física.

¿Cómo fue eso posible?
No era el examen unificado todavía. Existía la parte de portugués, que yo saqué 10. Era una redacción y tenía una prueba de matemáticas. Pero matemáticas, bien o mal, yo ya había visto en la ingeniería, hice cálculo 1, cálculo 2 y cálculo 3. Saqué 9 y pico en la prueba. Como no había más postulantes, pasé. La física aún no era en Ilha do Fundão, sino en el centro de la ciudad, al lado de la Maison de France. En el año en que entré, 1967, la universidad se mudó para Fundão. Fue lo que bastó para que yo pidiera la transferencia a la PUC. Fue fácil porque yo había pasado en primer lugar, pero comencé en las matemáticas porque no tenía vacantes en física. Es bueno que se diga que la física, para mí, no tenía una perspectiva de futuro. Yo creía que un físico que valiese era César Lattes, que frecuentó la casa de mis padres, Richard Feynman, José Leite Lopes, Jayme Tiomno… Ellos están allá arriba y yo no creía que llegaría al mismo nivel – y no llegué. Una cosa es ser pintor de brocha gorda, y otra es ser pintor. Hay un escalón en el medio difícil de sobrepasar.

¿Qué pensaba César Lattes de eso?
Él me peleó mucho cuando yo fui a hacer física en vez de continuar haciendo música. Lattes decía que todo lo que él había hecho no valía una sinfonía de Mozart. Yo le contestaba, “No voy a discutir, pero yo tampoco soy Mozart”. Él estuvo, en determinados momentos, muy cerca de mi familia, incluso en los momentos de crisis suyos, y después hubo un alejamiento muy grande. Cuando vine al CBPF, él aún estaba aquí, pero venía poco. En el año en que murió, en 2004, fui a Campinas para dictar un seminario y lo visité. La mujer, Martha, ya había muerto, así como mis padres. Yo quería conversar con él, recuperar un poco de mi pasado. Fue gracioso cuando llegué en coche a su casa. Lattes abrió el gran portón del garaje y dijo, “Para un Lins de Barros este portón es pequeño”. Él era amigo de mi padre y de mis tíos y yo entré en aquella casa con toda una familia de espectros. Fue bueno. Conversamos mucho sobre las cuestiones de la vida y de la muerte.

Después de la física atómica y de la biofísica, en un determinado momento su interés se volcó a la historia de la ciencia y de la técnica. ¿Cómo fue ese tránsito?
Existía el embrujo por el avión, que venía desde siempre, y eso acabó por aflorar cuando me vi delante de algunas cuestiones básicas de la historia del vuelo. ¿Por qué es que un avión no vuela en el siglo XIX, sino vuela en el siglo XX? Hay algo secreto, alguna cosa que no es obvia. Recuerdo que cuando yo dicté el curso de física II, en el ciclo básico aún, centré todo el curso en el avión, para intentar entender el equilibrio, la sustentación, las resistencias, las rotaciones…

¿Y entendía? La física del vuelo parece no haber sido aún completamente explicada.
Aún no, si es que la intención es entender la sustentación, algo sumamente complicado. El avión sigue siendo un objeto de laboratorio, no es un aparato que se pueda hacer y construir en serie del mismo modo que un coche. Del prototipo hasta la producción hay un largo examen. Ahora bien, por otro lado, es posible entender cómo es que se equilibra el avión en el aire, porque se sabe cuáles son las fuerzas que componen esto, no se está entrando en el origen de la fuerza de sustentaciones. Estos estudios son interesantes porque da para operar con campos variados de la física, convergiendo hacia un mismo objetivo. El avión no está sujeto al suelo, sino suelto en el aire, tiene todos los grados de libertad. Tenemos toda la física del cuerpo rígido en un objeto que se puede ver. Conocer la historia del vuelo ayuda a entender algunas cuestiones. Cuando vine al CBPF y terminé el doctorado, sin embargo, esos términos de historia de la ciencia no aparecían en el día a día del centro de física. Aún hoy en día el centro no está preocupado con la historia.

¿Por qué no?
Existe una práctica muy fuerte para hacer cosas actuales, aunque la historia sea fundamental para que se entienda lo que se está haciendo. Era eso lo que me molestaba en la física teórica. Las ecuaciones te dominan, es necesario seguir paso a paso, tener un enorme cuidado. Después de un tiempo, usted es una persona toda ordenada, toda disciplinada, que toma un problema, lo encaja en su metodología, desarrolla la metodología y llega a las resoluciones. Toma otro problema y repite el proceso. Es como si hablásemos solamente una lengua. Por eso, la cuestión de la historia del avión, que me interesaba tanto, quedó un tanto introvertida. Pero, aun así, escribí el libro Santos-Dumont, en 1986, que fue incluso Premio Jabuti por la diagramación visual. Fue con ese trabajo que Santos-Dumont apareció fuerte para mí. Antes, no tenía la menor simpatía por él.

¿No?
Ninguna simpatía. Apareció en la medida en que yo comencé a preguntarme, “¿dónde es que estaba el obstáculo para inventar el avión? ¿Cuál fue la clave?”.

¿En aquella época, sus hermanos aún compartían la misma pasión?
Siempre. Hablaba con Mauro, ingeniero en aeronáutica, y Flávio, que hace diseños industriales. Flávio mira al avión por la parte del diseño, del acabamiento. Mauro lo ve desde la óptica del proyecto aeronáutico. Y yo lo veo por la física. Es un gran hobby nuestro que perdura hasta hoy.

¿Cuál fue el momento en que surgió la pasión por el personaje de Santos-Dumont, que lo llevó convertirse la gran referencia en el tema?
Fue cuando pude, con un poco más de tiempo, entender que la historia del vuelo venía siendo contada de modo erróneo, que era falsa. Y pasé a entender cuál es la real contribución de Santos-Dumont, que no fue solamente realizar un vuelo. Aquello fue consecuencia de un intenso proceso creativo. Él es la síntesis de cien años de desarrollo para que se consiguiera volar.

¿Él tenía conciencia de eso?
Creo que sí, que la tenía, aunque no lo haya dejado escrito. El proyecto del 14-Bis es una síntesis en la él mostró que sabía todo. Santos-Dumont despegó con el 14-Bis en 1906, pasó un período haciendo experimentos, y en 1907 despegó con el Demoiselle. Es un desarrollo despampanante, además de demostrar un cambio conceptual completo.

¿Fue después de su primer libro que la historia de la ciencia entró definitivamente en su lista de actividades?
Tengo cuatro libros sobre Santos-Dumont. Hice una inmersión profunda en el tema porque la física era una profesión y el avión, un hobby. Junté las dos cosas. Al hacer eso, transpuse una barrera. El momento de ocio, que antes era de hacer avioncitos en casa, pasó a tener otra intención. El entrenamiento en física fue bueno para disciplinarme. Apunto un objetivo y determino: “Voy a llegar allí”. Y llego. Sobre Santos-Dumont, pensaba, “¿Por qué él birndó una contribución tan importante y fue olvidado? ¿Cuándo fue olvidado?”. Fue importante, por ejemplo, el período que pasé en Francia, poco menos de un mes, con un amigo, el filósofo Roberto Machado, que trabajó con Michel Foucault un tiempo. Roberto no tenía interés en la aviación, pero se ponía a pedir informaciones sobre eso. Son típicas cuestiones de quien está por fuera del objeto de estudio y hace aquellas preguntas obvias que el especialista no se detiene para pensar. Ésa es una gran contribución de quien no está involucrado en el tema. Me di cuenta de que no sé hacer un avión, pero se cuáles son los problemas que involucran hacer un avión. Mi instrumento para eso es la física. Reduzco el avión a una esfera o a un trazo y voy colocando las fuerzas: ¿cómo es que se equilibra eso? Pon el ala de un lado y de otro, ve caminando con los intentos y, cuando se hace eso, llegamos al 14-Bis. El 14- Bis es consecuencia directa de un razonamiento ingenuo, equivocado – porque no se consigue llevar en cuenta todas las variables –, pero es el primer razonamiento que un gran mecánico, un buen físico del siglo XIX tendría. Después que usted ve que no tiene éxito, corrige rapidito. Pero ese no es el razonamiento de un ingeniero aeronáutico. Ese ingeniero de hoy mira el 14-Bis y va inmediatamente diciendo, “Está mal acá y acá y acá…”.

Lo ve demasiado rudimentario.
Sí, pero cuando participé en la construcción de la réplica del 14-Bis en Caldas Novas, hecha por Alan Calassa en 2005, quedé profundamente impresionado. El 14-Bis no tiene un solo tornillo fuera de lugar, todo se encaja perfectamente. Llevamos una paliza para descubrir de qué manera Santos-Dumont hizo el avión. El aparato no voló hasta que descubrimos un error de interpretación de nuestra parte, sobre el punto correcto del centro de gravedad. Cuando corregimos el error, recorrió unos tantos metros y voló.

¿Usted ya se quejó de que en Brasil se hace historia de la ciencia, pero pocos estudian historia de la técnica? ¿Cuál es la razón?
Creemos que Brasil no hizo técnica, no tuvo participación en la técnica. Pero sí la tuvo, por supuesto. En el caso del vuelo: los brasileños estaban pensando en el vuelo desde el siglo XVIII. Es el caso de Bartolomeu de Gusmão que hizo el primer globo de São João en 1709. Esta historia del vuelo fue el argumento del libro Desafio de voar (Metalivros, 2006). Nosotros llegamos a tener una industria naval importantísima en el siglo XIX. Brasil desarrolló una transmisión a distancia con el padre Landell, que no fue la radio. Tenemos estudios importantes en la década de 1930. Y tenemos pequeñas contribuciones, como la tarjeta de teléfono, que es invención brasileña. El otro día vi una noticia de un grupo allá en la triple frontera que desarrolló un software que es capaz de leer el chip de la tarjeta, para falsificarla. Si fuera en Estados Unidos, ya estaría patentado. Basta con meter presos a los bandidos y patentar el proceso. Es necesario valorar el pasado. Por ejemplo, ¿quién fue que inventó el automóvil? En Francia se lo atribuyen a uno, en Alemania a otro, en Estados Unidos a otro. Hay varios inventores del automóvil, por no entrar en la cuestión del avión. Ese hábito brasileño de dejar las cosas de lado es medio una herencia portuguesa. El sextante aéreo es una invención absolutamente genial de un portugués, Gago Coutinho. ¿Quién sabe eso? Ni en Portugal… Y es usado hasta ahora en el trasbordador espacial Columbia. Creo que no paramos para mirar nuestro desarrollo. Nosotros nos ponemos al margen del mundo y nos resentimos porque somos tan maravillosos, tan fantásticos y no nos dan reconocimiento.

¿Cuándo fue al Mast ya estaba determinado a trabajar con popularizaciones de la ciencia?
Entonces fue que logré nuevamente juntar lo que era en cierta forma un hobby más intelectual con una profesión. Fui para allá por invitación de Pedro Leitão, que era director  y me invitó para pensar un museo científico. Tengo una visión muy crítica de los museos y centros de ciencia. Creo que no son lugares agradables. No me refiero al sentido de ser lindo o estar arregladito. Creo que tienen un problema de concepciones, que es uno de los puntos que yo he  discutido con Jorge Wagensberg.

¿Cuál es su principal crítica a los museos de ciencia?
Que presentan a la ciencia como si fuese una metodología experimental, algo técnico, medio de interacciones, medio volcado a los niños. Hay museos grandes, llenos de demostraciones científicas que son hechas allá adentro. Pero las demostraciones presuponen una teoría por detrás en donde se construye el experimento. El visitante ve una demostración en el museo, llega a casa y no sabe más reproducir aquello – y no es porque no tiene habilidad. Todo experimento científico es una construcción: construyo un aparato para medir alguna cosa. Y la medida es hecha con la construcción teórica que se tiene por atrás. Creo que hay que demostrar eso.

¿Usted consiguió transformar el Mast en un buen museo de ciencias?
No. Creo que conseguí mostrar la importancia del Mast. Lo que conseguí hacer bien allá fue recuperar el edificio y gran parte del archivo, que se estaba perdiendo. Brasil ha tenido muy poco cuidado – ahora un poco menos – en lo que hace a preservar acervos históricos. Creo que tenemos que pensar seriamente en lo que llamo contrato tecnológico. Nosotros estamos en una crisis ambiental, de comprometimiento de los recursos terrestres. En algún momento, la humanidad, la cultura occidental va a tener que decir, “aunque esa tecnología me traiga confort y sea muy agradable, yo no la quiero, porque me mata”. Eso no quiere decir que tenemos que parar el desarrollo científico. Al contrario. Tendremos que avanzar mucho en el desarrollo científico, pero dejando de lado los avances tecnológicos innecesarios.

Hablando ahora sobre educación: ¿por qué el libro Física do parque: ciência, história e brinquedos (Mast/Vitae, 1997)?
Ese libro es consecuencia de unas situaciones cuando yo estaba en el museo y teníamos que reformar el parque de los niños. El Mast había construido un parque de diversiones dentro del Campus que divide con el Observatorio Nacional y era una especie de tarjeta de presentación. Y yo, como director, veía aquello como que estaba siendo un gran problema para mí, porque no me gustaba el parque. Creo que el Parque de la Ciencia es un haz de cuenta. Puede enseñar ciencia para un profesor. Para el usuario normal, es un juguete frustrante. El columpio no se hamaca bien, el balancín no funciona tampoco y así por el estilo. Conseguimos un financiamiento y el local se tornó un parque piloto para ser reproducido por otras instituciones, tal como sucedió en Vitoria. Pensé entonces en escribir un libro en que tomaba un juguete y hacía el camino inverso. En vez de hacer un libro sobre un juguete específico yo escribiría un libro sobre la física de aquel juguete. La idea fue sacar un poco la parte lúdica del parque, porque creo que no se aprende jugando. Y colocar un lado más formal, de enseñanza, que se pueda pasar para el otro.

¿Cómo fue su trayectoria con la poesía y como guionista?
Están los que escriben versos con rima y métrica y los que escriben poemas. Yo pertenezco al primer grupo. Sobre el guión, cuando llegué al Mast, había allá una isla de ediciones Sony, U-Matic. Creí fascinante poder trabajar con algo así. Y era necesario producir material de divulgaciones porque el museo no tenía. En ese momento comencé a jugar con el cine. Hice algunas películas, como El origen de la vida. Hice también sobre Santos-Dumont, todo basado en documentos. Con ésa tuve problema porque, cuando estaba editando la película, la cinta tenía 60 minutos. Como yo no sabia pasar para otra cinta, quedó con 59 minutos. La película acabó ganando el nombre Santos-Dumont – Una vida no se cuenta en una hora. Ese material fue ahora re sonorizado por el Departamento de Popularización y Difusión de la Ciencia y Tecnología del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Después vino la invitación de Nelson Hoineff de hacer el guión de la película Santos-Dumont, el hombre puede volar, con música de David Tygel. Ahí fue un trabajo profesional de alto nivel de calidad técnica y la película se exhibió en los cines y el DVD apareció en los quioscos de periódico y revistas. Pero lo curioso es que cuando yo estaba haciendo la película en el Mast, me dijeron que necesitaría pagar derecho de autor por el uso de las canciones. Como no sabía cómo se hace ese proceso, mi solución fue hacer las músicas.

¿Y musicalizó la película entera?
Compuse en la guitarra, transpuse para la partitura y lo pasé para la computadora, que tiene un programa que permite la orquestación de la música. Son unas 40 composiciones en un estilo más clásico.

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