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Cambios Climáticas

Vientos verdes

El estímulo a la producción puede combinarse con créditos de carbono para evitar el estancamiento de la economía

Marabá, Parauapebas, Curionópolis, Tucumã, Pau D’Arco, Rio Maria, Xinguara y otras localidades del sudeste del estado de Pará forman una región económicamente dinámica. En las décadas de 1960 y 1970, esta zona fue escenario de la implementación de grandes proyectos ganaderos, incentivados por el gobierno brasileño. La agricultura familiar retrocedió, pero posteriormente volvió a expandirse, en simultáneo con la minería, tanto la de las grandes empresas como la de los cientos de miles de buscadores de metales y piedras preciosas anónimos. Las ciudades se ensanchan sin parar. En razón de la rápida transformación de la Selva Amazónica en tierras para uso agropecuario, el balance neto de gas carbónico (la emisión menos el secuestro) del año 2004 se estima en casi 300 millones de toneladas, el equivalente al 35% de las emisiones en toda la región norte del país ese año.

El gas carbónico liberado en la atmósfera favorece el calentamiento del planeta y acelera los cambios climáticos. A simple vista, no habría razón para inquietarse, pues estas emisiones pueden reducirse. Uno de los mecanismos que se piensan para evitar la deforestación y las quemas que liberan gas carbónico, consiste en compensar a los hacendados mediante créditos de carbono, para mantener la selva en pie. Los dueños de la tierra ganarían por mirar el bosque en vez de sembrar o de criar ganado. Con todo, esta alternativa puede ser desastrosa para la economía regional, debido a que generaría un dramático encogimiento de la actividad económica, de impuestos y de empleos, de acuerdo con un estudio del economista Francisco de Assis Costa, profesor visitante del Centro de Estudios Brasileños (CEB) de la Universidad de Oxford, Inglaterra.

Esa estrategia para reducir la emisión de carbono no va a beneficiar el desarrollo regional de la Amazonia, ni ayudar a incorporar la Amazonia a la economía nacional si es que se la usa solamente como forma de compensación económica volcada a un solo agente económico, los productores rurales, advierte Costa, investigador del Núcleo de Altos Estudios Amazónicos (Naea) de la Universidad Federal de Pará, con sede en la capital del estado, Belém. Para que tenga éxito, el dinero tiene que entrar en la economía como fuerza productiva, no meramente como renta. Según Costa, transformar hacendados en rentistas equivale a hacer que el dueño de una pequeña fábrica de muebles, por ejemplo, la cierre y que viva solamente del alquiler de su inmueble: los proveedores de madera y de otras materias primas para muebles tendrían menos compradores y tendrían que producir menos o vender a precios más bajos. El supuesto cuento chino de ganar sin hacer nada, está por supuesto lejos de representar un desarrollo cimentado en bases productivas, ya que los eslabones que hacen que la economía funcione, generando y distribuyendo riqueza, estarían rotos.

Las conclusiones a las cuales arribó Costa se desprenden de simulaciones matemáticas que reprodujeron el funcionamiento real de la economía del sudeste del estado de Pará en 2005, al cual añadió una nueva mercancía, el aire. Con base en una metodología clásica de entradas y salidas de productos planteada por el economista ruso Wassily Leontief en los años 1970, Costa analizó la circulación de los 101 productos de la producción rural identificados en el Censo Agropecuario de Pará de 2004 en 18 sectores de actividad económica y sus desdoblamientos desde la producción agropecuaria y la minería hasta el consumo final de las familias en los 31 departamentos del sudeste del estado, un área un 20% mayor que todo el estado de São Paulo.

Y los resultados no son nada alentadores. En el primer caso, el mecanismo de compensación por la reducción de emisiones aunque por medio de un acuerdo justo con los productores y de valores equivalentes a los que ellos recibían con la agricultura o con la ganadería repone solamente parte de los ingresos perdidos por la renuncia a la producción. Si los productores redujeran la producción a la mitad, recibiendo el 50% de las utilidades anuales generadas por la tierra para mantener la selva y reducir también a la mitad las emisiones de gas carbónico, la economía local recibiría 435 millones de reales extras, por medio de créditos de carbono. No es eso tanto así, porque el valor bruto de la producción económica de la región, equivalente a la circulación total de mercadería, es casi 60 veces mayor. En ese escenario, la producción cae un 50% y la emisión de gas carbónico hasta un poco más de la mitad (un 56,7%), pero al costo del retraimiento de la economía local (del 9,3%) y de la masa de salarios (un 11,3%). Se encogen también las utilidades (un 10,5%) y levemente, los impuestos (wl 0,1%). Pero la cantidad de empleos sufre el mayor impacto: cae nada menos que un 41,9%

Otro escenario que Costa analizó considera una estrategia que mantuviera el bosque nativo y al mismo tiempo evitase estas pérdidas por medio del incentivo a la rentabilidad en las áreas que permaneciesen intocables mediante los mecanismos generadores del crédito de carbono (la producción de otros hacendados sustituye la de los que entraron en el programa de reducción de emisiones de carbono). En este caso, la economía local crecería un 5,4%, los salarios un 9,8%, el empleo un 9,9%, las utilidades un 4,7% y los impuestos un 3,8%. La economía estadual ganaría 90 millones de reales y la nacional 340 millones de reales. El problema radica en que las emisiones de gas carbónico también crecerían (un 6,7%). ?El fracaso de la política de contención de emisiones de gas carbónico correspondería en este caso a un notable éxito económico?, concluye Costa.

Sus cálculos indican que la renta global de la economía regional pierde 1,8 reales por cada real retirado de la producción; en cambio, el ingreso de todas las cadenas de producción y de consumo gana 1,8 real por cada real incorporado por la economía. Mediante este estudio unió dos áreas de interés: el desarrollo regional en la Amazonia, sobre el cual publicó 12 libros (uno de ellos en alemán, como resultado de su trabajo doctoral, realizado en la Freie Universitat, en Berlín), y los cambios climáticos. Como profesor visitante del CEB, participó intensamente en los debates sobre los cambios  climáticos realizados de enero a julio de este año en Oxford, ciudad que concentra la producción científica mundial en el área.

El estudio de Costa muestra también que la implantación aislada de este mecanismo abre espacio para el efecto contrario al deseado: más deforestación y más polución atmosférica, ya que no todos los productores rurales ganarían para dejar de sembrar o formar pasturas. Un hacendado dejaría de deforestar y ganaría los créditos de carbono, pero su hijo seguiría deforestando, ejemplifica el investigador. La emisión de gas carbónico solamente caería efectivamente en un escenario utópico: si todos, los cientos de miles de productores mantuviesen la selva en pie, aunque el contrato fuese solamente con una parte de ellos.

Costa cree que las políticas de contención de la deforestación (y de reducción de emisión de carbono) deben estar vinculadas a las políticas de producción que concilien estrategias de desarrollo local endógenas y ambientalmente sostenibles, sin llevar al agotamiento los recursos naturales de la región. Debemos crear nuestras propias innovaciones, dice. No siempre las experiencias de otros países nos sirven.

Una de las posibilidades sería emplear la mitad de los estimados  435  millones de reales por año que los hacendados de la región percibirían para reducir las emisiones de gas carbónico en un sólido programa de investigación científica que desembocase una agricultura moderna, sin saldo de emisión; la otra mitad serviría para cambiar los actuales métodos de producción agrícola, manteniendo así la dinámica de desarrollo económico de la región.

Estímulo a la producción
Los 435 millones de reales se destinarían a un programa de reducción de las emisiones de gas carbónico que invirtiese la base productiva de los sistemas productivos que más emiten a los que emiten menos por medio de la investigación científica y tecnológica y de subsidios que hicieran factible esa conversión, por ejemplo. Según Costa, la economía local crecería así un 5,6%, la masa salarial un 2,7% y la masa de utilidades un 6,9%, al paso que la emisión de gas carbónico caería un 32,3%. Según él, es una situación de ganancias recíprocas: caen las emisiones y la economía se expande.

En otra simulación, en que otros sectores de la economía crecen más que la agricultura, también manteniéndose la meta de reducir las emisiones un 50% en cinco años, el empleo aumentaría un 155,3% y la masa de salarios un 112,3%. Pero ese impulso económico independiente de la agricultura hace que las emisiones de gas carbónico se eleven un 60% en relación con el año anterior: crece y se diversifica la economía local, pero la estrategia para contener las emisiones se malogra.

El mantenimiento de los bosques no es la única forma de que los países en desarrollo obtengan y negocien créditos de carbono. Existen otras, definidas como Mecanismos de Desarrollo Limpio (MDL), que implican alternativas menos contaminantes de producir bienes industriales tales como papel o cemento. Sin embargo, la mayoría de los proyectos de MDL desarrollados en Sudáfrica, en Brasil, en China y en la India, los países con más proyectos de MDL en el mundo, también implica la concentración de renta, muchas veces el desempleo y, paradójicamente, daños al ambiente, ya que los impactos de esos proyectos no siempre se explicitan, de acuerdo con un análisis del biólogo Eduardo Ferreira, del Environmental Change Institute (ECI), de la Universidad de Oxford.

Ferreira visitó en mayo ocho proyectos de MDL en andadura en Brasil y verificó que no todos logran retener tanto carbono como es de esperarse, mientras que los de pequeña escala, justamente los de mayor impacto positivo social, encuentran mucha dificultad para obtener financiación. Ya las empresas que desarrollan proyectos de MDL se resienten de la demora y de la burocracia del gobierno en la aprobación de los proyectos. En un artículo publicado en febrero en la revista Nature, Michael Wara, de la Universidad Stanford, Estados Unidos, refuerza la argumentación de que el mercado global de carbono hasta el momento no ha funcionado como se esperaba: no está ayudando a crear un mercado para las tecnologías limpias, de bajo consumo de carbono, ni permite que los países en desarrollo se conviertan efectivamente en partícipes activos en la lucha contra los impactos del calentamiento global, en la medida en que funciona como un subsidio indirecto e insuficiente para las economías periféricas.

No se trata de un problema sencillo incluso en otros países. En una entrevista concedida al periódico inglés The Guardian, Ngaire Woods, directora del Global Economic Governance Programme de la Universidad de Oxford, al refirirse a los debates sobre las perspectivas de reducción de emisión de carbono en el Reino Unido, sostuvo que los funcionarios del gobierno estaban mirando únicamente hacia ciertas partes del problema: algunos intentaban operar con los precios, otros con los impactos de los cambios climáticos, y otros aún con la pobreza en el mundo. En ningún lugar, según ella, había un plan estratégico coherente.

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