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Historia

Entre la feijoada y el chucrut

Creado de acuerdo con el modelo original, el partido nazis de Brasil "se fue ablandando, abrasilerándose, tropicalizándose", dice investigadora

Cuando se habla de nazis en Brasil, la imagen que nos viene a la cabeza es la de una manga ridículo de “gaúchos” rubios levantando el brazo derecho en medio de la humareda de una parrillada. A decir verdad, la presencia nazi fue menos folclórica y de una importancia política notable, en especial para la consolidación del Estado Novo varguista, que cumple en este año, 70 años. ¿Nazismo tropical? “El partido nazi en Brasil”, tesis doctoral de Ana Maria Dietrich, recién defendida en la Universidad de São Paulo, echa nuevas luces sobre un viejo latiguillo. Investigando en archivos alemanes, entrevistando antiguos militantes del partido en el país y hasta a las hijas del Führer veráculo, Hans Henning von Cossel, el jefe de la célula nazi brasileña, Ana descubrió que incluso el nazismo es susceptible de tropicalización estando abajo del Ecuador. “Esta tropicalización ocurrió de acuerdo con los matices que la realidad brasileña impuso al nazismo. Así fue posible a los alemanes y descendientes al mismo tiempo celebrar el aniversario de Hitler y una Fiesta de São João, tomar cerveza alemana y comer caldo de gallina con arroz”, explica la investigadora.

Ése es el lado anecdótico del nazismo a la brasileña, pero hay factores más importantes e igualmente desconocidos: el partido nazi brasileño funcionó durante diez años en el país, actuando en 17 estados brasileños (incluyéndose improbables Bahía, Pará y Pernambuco), con 2.900 integrantes, un contingente sólo superado por el partido en Alemania. De los 83 países que tuvieron una “filial” del NSDAP hitlerista, Brasil ocupa el primer lugar, delante de Austria, país natal del Führer. Además, antes aun de que Adolf llegase al poder, en 1933, el partido nazi ya existía por aquí. En 1928, antecediendo en cinco años la ascensión de Hitler, fue creado un grupo en Benedito Timbó, Santa Catarina, no sólo la primera célula extranjera del país, sino la primera del movimiento nazi en el exterior. Así como el comunismo preconizaba su internacionalización, los nazis, sus rivales, querían lo mismo. “El partido nazi de Brasil era para Alemania mucho más importante que para Brasil. Mientras el gobierno brasileño no se molestó por diez años con su existencia, el gobierno hitlerista hizo de él el representante del pueblo alemán en territorio brasileño y las acciones contra este partido tenían consecuencias directas en las relaciones con el Brasil”, observa Dietrich. Su articulación y control eran hechos por la Auslandorganisation der NSDAP (Organización del partido nazi en el exterior, o A.O.), cuyo jefe, Ernst von Bohle, estaba directamente subordinado a Rudolf Hess, el segundo de la jerarquía nazi, y tenía el mismo status de dirigentes como Joseph Goebbels. El mandamiento central de la A.O. era el mantenimiento del Deutschtum, la “germanidad”, de los alemanes en el exterior, que no deberían mezclarse con los extranjeros o usar la lengua local. “En contrapartida, como solidariedad la Gastland (tierra de hospedaje), los países donde estaban las comunidades de alemanes, no era permitida a los partidarios la participación en la política local. Los nazis deberían mantenerse neutros con relación a la política interna y no podrían divulgar sus ideas a los nativos”, anota la investigadora.

La propaganda apelaba a la responsabilidad del alemán en el exterior con su patria. “La Alemania de Hitler rescataba y oficializaba el sentimiento de ‘pertenencia’ del pueblo alemán a la nación alemana, cuyas orígenes remontan al pangermanismo y al antisemitismo eliminacionista germánicos manifiestos desde la segunda mitad do siglo XIX”, afirma la historiadora Maria Luíza Tucci Carneiro, directora del Laboratorio de Estudios sobre la Intolerancia, de la Universidad de São Paulo (USP). La elección de Hitler, en 1933, contó con preciosos votos de esos “huéspedes”, incluso brasileños. La esvástica, sin embargo, no cobijaba a todos. Uno de los factores de la tropicalización, observa Dietrich, era que los “alemanes puros” eran considerados superiores a los teuto-brasileños, la generación nacida en los trópicos. Esa división sería la perdición nazi: “La creación de un movimiento fascista a la brasileña, el integralismo, se expandió y despertó una fascinación en la comunidad teuto-brasileña, con innumerables adhesiones, pues, en la década de 1930, el integralismo atrajo, por su contenido ideológico, a muchos alemanes y descendientes, en especial a los ‘despreciados’ por el nazismo internacional por sus orígenes mixtas”, anota la autora.

Pero, como todo lo que es nazi, hay situaciones folclóricas. En un espíritu digno de los nazis hollywoodenses de Indiana Jones, hubo expediciones del Reich al Brasil, visto como un laboratorio racial, con el objetivo de verificar las condiciones de colonización de la raza blanca en tierras tropicales. En 1936, recuerda Dietrich, el Instituto Tropical de Hamburgo envió un grupo de científicos germánicos para estudiar a las poblaciones alemanas que vivían en Espírito Santo. Recibieron auxilio del gobierno brasileño y apoyo de Henrique da Rocha Lima, según la investigadora, saludado por los nazis como “nuestro viejo amigo, el profesor”. Rocha Lima (que recibió una condecoración de las manos del Führer) participó activamente de los estudios sobre la fiebre amarilla con Oswaldo Cruz y estuvo al frente de Manguinhos, casi llevando un Nobel por sus estudios sobre una variante de tifus transmitido por piojos a los combatientes en las trincheras. El resultado de esa investigación mostró que “la raza aria podría sobrevivir bien en los trópicos, siempre y cuando que evitara la mezcla con la población local”. Dentro de espíritu del Lebensraum (la busca del “espacio vital” vía expansionismo militar), Brasil tenía potencial, aunque, en las palabras del propio Führer, “no vamos a desembarcar tropas y conquistar Brasil con armas en la mano. Las armas que tenemos, para la acción en el exterior, son las que no se ven”. La Amazonia igualmente interesaba al Reich. Entre 1935 y 1937, otra expedición recorrió el río Jari hasta la frontera con la Guyana Francesa, resultando en un documental sobre el “enigma del infierno del bosque”, hecho por la UFA, el célebre estudio cinematográfico alemán. Hubo la “intención de hacer amistad entre alemanes e indios”, sin hablar de las cajas de pieles de animales, los esqueletos, los fósiles y los millares de artefactos arqueológicos llevados para la Vaterland, en sigilo, para su análisis posterior. Hasta hoy una cruz de madera amazónica, con la esvástica, marca el lugar donde está enterrado Josef Greiner, intérprete del grupo nazi.

Según Dietrich, el partido brasileño tenía vínculo ligación directo con el Reich y designó a Hans von Cossel para ser el jefe de la célula nacional, a partir de São Paulo. Él viajaba con frecuencia para Alemania, donde fue presentado a Hitler y elogiado por Joachim von Ribbentropp, el ministro de Relaciones Exteriores del III Reich, como “uno de los más bien afortunados y confiables jefes nacionales del NSDAP que comanda el mayor grupo nacional de la A.O.”. En 1938 tuvo el privilegio de tener una fiesta de despedida organizada por el vice de Hitler, Hess. Cossel llegó a Río en 1931, como agregado cultural de la embajada alemana e impresionó a sus jefes al punto de ser indicado a la jefatura del grupo, en 1934, en el lugar de un colega corrupto, gracias a su capacidad de transitar con facilidad entre brasileños y alemanes, como por su familiaridad con los estadistas Vargas y Hitler. Ana Dietrich, en la Alemania, consiguió entrevistar a las hijas de Cossel que revelaron que él era “muy bien visto por Vargas, que le dio de regalo una pintura suya con una bella moldura”. Ellas también contaron a la investigadora que, al dejar el Brasil, en 1942, después de la rumptura del Estado Novo con el Eje, Cossel, fue invitado a trabajar en el Ministerio de Relaciones Exteriores, se recusó y fue a servir en la Marina. “Mi padre dijo que los miró a los ojos y afirmó: ‘En eso yo no colaboro’. Él también nos dijo que no se impresionó con Hitler y sólo le enviaba los informes a él. El partido nazi en Brasil fue algo diferente. Como mi padre entró, las personas creen que él sabía de todo, pero no fue así. En el exterior, las personas son más alemanas porque existe un sentimiento de patria”, afirmó Gisela von Cossel. Las Memorias familiares no siempre son confiables. “La relación de Cossel con Hitler y Vargas (que, en carta al Führer, lo llamaba de ‘grande y buen amigo’) tienen un carácter especial que muestra la amplitud del movimiento nazi en Brasil. No era solamente un movimiento de colonos “nostálgicos”, y si algo que interfirió en los grandes escalones de poder de la sociedad”, prefiere creer, con razón, la investigadora.

¿Y con respecto a la cuestión judía? ¿Cómo actuaron los nazis brasileños en relación a una comunidad que, en los años 1930, tenía 40 mil integrantes? “La convivencia de alemanes con judíos era rara, sólo hay pocos registros. El antisemitismo local era un discurso importado, es decir, en la práctica él casi inexistía (aunque haya existido) y, en la teoría, existía en la publicación de artículos contra los judíos. Pero el tono era de lucha entre los ‘judíos de allá’ contra los ‘alemanes de allá'”, dice Dietrich. El “racismo tropical” era más fuerte contra los negros y mestizos, clasificados como “brasileños” de forma peyorativa. Hay hasta casos desternillantes sobre casamientos “étnicos”, como el de un colono de SantaCcatarina que decidió “importar” una novia aria, solamente para descubrir que se casaba con una mujer “fea y con una pierna más corta que la otra”. Hay otros, más sintomáticos, como el de Roland Braun, de la directiva del partido nazi en São Paulo, que se casó con una brasileña y bautizó a su hija brasileña como Irene. “Igualmente, no hubo, al contrario de lo que se acostumbra afirmar, un aislamiento de esas comunidades, rurales o urbanas, que interactuaban con la sociedad local y absorbían hábitos y costumbres de esta.”

El Reich se hacía de la “vista gorda” para esos pecadillos tropicales, ya que la comunidad brasileña, además de los servicios diplomáticos informales que hacía para la Vaterland, igualmente era fuente de recursos: “Viviendo en Brasil desde 1924, Otto Braun coordinaba toda una serie de transacciones prohibidas de cambio y, al ser preso, en 1942, suministró detalles de como se hacían el espionaje y los fraudes financieros en Brasil por medio del Banco Alemán Transatlántico, que transfería dinero de la comunidad para bancos suizos, que después eran enviados a Alemania”, revela Dietrich. La verdadera faz tropical del nazismo, sin embargo, fue política y acabó siendo un “regalo” para el Estado Noo: la relación entre nazis y la Acción Integralista Brasileña (AIB), de Plínio Salgado, con sus camisas verdes y su “anaué”. “El integralismo puede ser visto como importante característica del nazismo tropical por ser algo extraordinario que no estaba en los planes originales de la organización del partido nazi en Brasil”, explica Dietrich. El canto de sirena integralista era dulce: “Se tú fueras alemán serías Nacional Socialista. Eres brasileño, inscríbete, por lo tanto, en las Legiones Integralistas y ven a vestir la camisa verde de los que se baten por el bien del Brasil”. Solo que, en lo referente al AIB, como movimiento nacionalista, no concordaba con el nacionalismo alemán (aunque, con fines de propaganda, se presentase como la solución factible para la materialización del Deutschtum tropical), el nazismo no quería la asimilación de la comunidad alemana en Brasil. “Caracterizándolo peyorativamente como nativista, el NSDAP era totalmente contrario a que los alemanes y sus descendientes se afiliasen al AIB, pues se creía que eso iría a afectar la germanización del Brasil. Bajo la visión del III Reich, el integralismo destacaba principalmente la cuestión racial, tendiendo a mejorar la raza con la disminución de negros e indios y el aumento de europeos. El gobierno nazi llamaba a eso  ‘lusitanización’, encarada como amenaza al Deutschtum.”

Visto con desprecio por los alemanes de Berlín, cuenta la investigadora, el integralismo se convirtió en un anatema después el patético intento de golpe contra Vargas, en 1938, con la sospecha de participación de nazis brasileños. Además de desobediencia a los dictámenes de la Alemania, el putsch tupiniquim también dejaba el Estado alemán en una situación indeseable con el gobierno brasileño, al cual trataba, sin éxito, agradar, aun estando consciente de que Oswaldo Aranha era el canciller de Getúlio. Éste prefería dar vuelta el juego a favor de Estados Unidos, que consideraba aliados más valiosos que la Alemania, aunque, en los años 1930, el comercio entre alemanes y brasileños fuese el doble de lo hecho con los yanquis. Plínio Salgado, con una piedra en el zapato del dictador brasileño, se convirtió un pedregullo en las botas de Hitler por un error de cálculo de Berlín. “Por culpa de la prohibición de descendientes de alemanes de entrar en el partido, este perdió una de sus mayores fuerzas en el Sur, donde la comunidad alemana más expresiva era de teuto-brasileños. Así, hubo una reacción al nazismo segregacionista, los líderes no fueron aceptados y el integralismo se convirtió la opción factible”, analiza la historiadora. Bebiendo de su propia medicina, el nazismo tradicional erró en el paso de ganso para su versión tropical. El movimiento conservador, derechista y nacionalista de Salgado atendía a lo que los alemanes nacidos en Brasil querían, pero eran alijados por la Vaterland.

Al fin de cuentas, al vencedor, muchas Kartoffel, “papas en alemán”. Ante de la confusión que involucraba a nazis e integralistas, Vargas pudo, sin problemas, poner varias organizaciones en la clandestinidad, incluso la célula del NSDAP en el país. “Al final, entre 1938 y 1942, dentro del proyecto de nacionalización del Brasil anhelado por Vargas, el alemán pasa de peligro ideológico, por la divulgación del ideario nazi, para peligro étnico, como alienígena al ‘Hombre Nuevo’ que se deseaba construir. Con la entrada de Brasil en la Segunda Guerra Mundial, en 1942, del lado de los Aliados, el peligro se convierte en ‘militar e ideológico'”, observa la investigadora. Vargas estaba con el mejor de los mundos políticos gracias a la inhabilidad de nazis e integralistas. De esa forma, no necesitaba preocuparse más con individuos que venerasen a Hitler, y no a él. Al mismo tiempo, nota, pudo canalizar a su favor toda la demanda autoritaria, xenófoba y nacionalista de esos grupos. Bastaba hacer que se sintiesen vinculados al Estado Novo, y no al III Reich. Allá estaba, para todos, un jefe “padre de la nación”, anticomunista, adepto del orden, del progreso y de las masas.

Lo mismo ocurrió entre la Italia de Mussolini y la AIB. “La acción fascista, que de inicio apoyó a Salgado, fue muy útil a la derecha nacional al popularizar las ideas autoritarias y estimular a muchas personas a una mayor simpatía en relación al Estado Nuevo”, observa el historiador João Fábio Bertonha, que, en su doctorado, trabajó con la contrapartida italiana de la tesis de Ana Dietrich. Los fascistas, mejores políticos que los germánicos, por un largo tiempo hicieron un doble juego con Vargas y sus enemigos, los integralistas, apostando en ganar en quien venciese en el futuro. Como el que hubo con los nazis brasileños, fueron los hijos de emigrantes italianos los que optaron por el apoyo total a la AIB, al contrario de sus padres o abuelos, italianos natos, que eran fascistas a la Mussolini. También, como en el caso alemán, había una preocupación étnica implicada en el apoyo al movimiento de Salgado y, después de 1938, un total descrédito en la capacidad revolucionaria de los integralistas. La italianidad hablaba más alto, como la germanidad. Aquí Salgado se salió mejor, pues antes de ser olvidado recibió grandes sumas de dinero venidas de Roma. Curiosamente, la poderosa burguesía paulistana, fervorosa apoyadora del fascismo italiano, cerró sus cofres al integralismo. “Sobraron los descendientes italianos que, influenciados por ese contexto político-nacional, por sus problemas de aceptación en la sociedad brasileña como hijos de emigrantes y por el clima general de apoyo a las ideas de derecha, suscitado por la propaganda italiana, podrían haber sido cooptados por los fascios, pero acabaron, dada su aculturación y el deseo de ser vistos como brasileños y de participar de la política brasileña activamente, por adherirse a la AIB”, anota Bertonha. Cuando ésta se rompió, dirigieron su entusiasmo al similar nacional que estaba en el poder: el varguismo. ¿Nazismo que terminó en ‘feijoada’?

Hay cuatro variables que demuestran la tropicalización del nazismo en Brasil: el racismo tropical, es decir, además de los judíos, hubo prejuicio contra otros grupos, como los negros y los mestizos, que estaban más en contacto con el partido; la posibilidad de matrimonios interétnicos y cierta resistencia de la población local al germanismo, ya que hasta el director de la célula nazi paulista, Roland Braun, era casado con una brasileña y muchos alemanes decían “sentirse en casa” en la Gastland nacional; la presencia del integralismo que distorsionó la lógica del modelo; y la mezcla de hábitos, ya que, al contrario de lo preconizado, no hubo una formación de guetos teutónicos, sino una interacción con la sociedad local, en que los alemanes absorbían los hábitos y las costumbres”, enumera Dietrich. Aún así, las estrategias de propaganda desarrolladas surtieron efecto sobre los colonos del Sur, que, observa Tucci Carneiro, “se tornaron apáticos a la política brasileña con tendencias al auto-enclaustramiento”, conforme documentó un periódico de la colonia nazi: “Somos 1 millón de alemanes en Brasil. Somos un ejército sin soldados, una iglesia sin torre, acepten el desafío ahora. Vosotros fuisteis llamados para ser líderes de este pueblo, pues sois el pueblo más inteligente de esta tierra”. Igualmente la colonia alemana estaba fragmentada en relación a los judíos. “Getúlio Vargas se cercó de germanófilos convictos, políticos e intelectuales que no ocultaban su fascinación por las conquistas emprendidas por la nueva Alemania”, observa Tucci Carneiro. Parte de la comunidad alemana en el Sur del Brasil creía que reproducía, en “micro-regionalidades”, su “vieja Alemania” ahora reavivada por el Führer.

Esa aproximación de los teutos con la cultura original provocó un aislamiento lingüístico y cultural que, durante el Estado Nuevo, fue combatido por las autoridades políticas que interpretaban esa postura como “erosión del espíritu de brasileñidad”. Según la investigadora, ese discurso nacionalista no solamente sirvió para combatir a los quistes raciales, sino también para encubrir valores racistas y antisemitas sostenidos por la elite política que hablaba en “promover al hombre brasileño, defender el desarrollo económico y la paz social del país”. La profesora recuerda que el conjunto de decretos nacionalistas y xenófobos promulgados en 1938 por el Estado Novo, así como la Policía Política, sirvió para legitimar la acción represiva y preventiva contra aquellos que, según el discurso oficial, eran considerados como elementos amenazadores para la composición racial y para el orden político brasileños. “¿Quiénes eran los elementos corrosivos de la nación brasileña? Los judíos hechos apátridas por los nazi-fascistas. Se sumaban a esa ‘escoria’ los comunistas, los gitanos y los negros, tratados como parias de la humanidad.”

Así, según Tucci Carneiro, la postura de neutralidad de Vargas ante los países del Eje era una fachada, una máscara adecuada a los grandes estadistas coronados por los olivos del fascismo. “Esa lectura permite comprender el arduo proceso de gestación de los derechos humanos en Brasil. La historia del Brasil contemporáneo aún está por ser escrita trayendo al público la postura omisa del gobierno brasileño delante de la cuestión judía. Brasil, a partir de 1937, promulgó una serie de circulares secretas prohibiendo la concesión de visas a los judíos y facilitando la entrada de ‘arios puros’.” Hay varias cartas anónimas en archivos del Deops con denuncias del desembarco de judíos en los puertos de Río y Santos. Así como la historiadora descubrió una carta del canciller de Vargas, Oswaldo Aranha, que, como presidente de las Naciones Unidas, creó el Estado de Israel: “En ella, Aranha afirma la importancia de crearse Israel justamente para evitar la emigración de más judíos y poner fin a la entrada ‘indeseada’ de ellos en Brasil”, cuenta Tucci Carneiro. La unión del chucrut y la feijoada verdaderamente provocó indigestiones históricas que merecen ser recuperadas.

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