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Historia oral

La historia enseñada por los alumnos

En los 70 años de la UNE, un estudio revela el papel del movimiento estudiantil

No es de hoy que los jóvenes no esperan por nadie y no esperan que algo suceda, dicen que es prohibido prohibir y no confían en nadie con más de 30 años. Hasta el profesor, a pesar de sus más de 30 consejos, desdichadamente, tiene más de 30 e, inmediatamente, no es digno de confianza. “No es posible pensar en ningún tipo de insurrección, resistencia o confrontación política sin los jóvenes estudiantes. Del siglo XIX, pasando por las grandes revoluciones del siglo XX, así como desde mayo de 1968 y la lucha armada en América Latina, los jóvenes demostraron esa disponibilidad especial, difícil de ser encontrada en los adultos. Históricamente, esa situación ha generado acciones radicales, intrépidas, voluntariosas. Para el bien y para el mal”, analiza Maria Paula Araújo, historiadora de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), donde coordina el núcleo de historia oral, autora del recién lanzado Memorias estudiantiles: de la fundación de la UNE hasta nuestros días (Relume Dumará). En el año en que la Unión Nacional de los Estudiantes “cumple” 70 años, el libro recupera, por medio de 300 horas de declaraciones con cien militantes de ayer y de hoy, la historia del Brasil contada del punto de vista de aquellos con menos de 30.

En conjunto con el libro, el cineasta Sílvio Tendler lanza dos mediometrajes, O dejar la patria libre o morir por Brasil y El afecto que se encierra en nuestro pecho juvenil, documentales que, al lado del estudio de Maria Paula, forman parte del proyecto Memorias del Movimiento Estudiantil (www.mme.org.br), fruto de una curiosa alianza entre la UNE, la Fundación Roberto Marinho y la Petrobras. Al final, si el tema es el movimiento estudiantil no siempre es prohibido prohibir polémicas. La propia fecha de creación de la entidad, observa la autora, es cuestionada: “Para unos, ella nació en 1937; para otros, su verdadera fundación ocurrió en 1938”. Ese intervalo de un año, no obstante, hace toda la diferencia. “El proyecto de creación de una UNE, a las vísperas del Estado Novo y bajo el sello del Ministerio de Educación, de Gustavo Capanema, tenía el propósito político de someter políticamente a la fuerza de ese segmento social que comenzaba a expandirse. La idea era crear una entidad despolitizada que permitiese el control de los estudiantes por el Estado”, explica la investigadora. Al año siguiente, el clima era bien diferente: “En el II Congreso Nacional de Estudiantes la disposición de los estudiantes era claramente la de participar del debate de los grandes temas nacionales, con un compromiso expresamente político”. El que sabe, no se queda esperando.

El ministerio Capanema valoraba la enseñanza universitaria, vista como el granero de las elites que dirigirían el país. “Fue el reconocimiento de la importancia de los estudiantes por el gobierno que generó las tensiones entre la UNE y el Estado Nuevo”, evalúa Maria Paula.

Al contrario de lo esperado, ya en 1938 ellos salieron a las calles denunciando la simpatía estatal por el nazifascismo y, más tarde, exigiendo que el gobierno declarase la guerra al Eje. Simbólicamente, en 1942, no respetando Capanema, la UNE hizo del Club Germania (punto de encuentro de los nazis), en Río de Janeiro, su sede hasta 1980, cuando fue demolida por el gobierno militar. En el mismo año, Vargas, astuto, legalizó la entidad. Solamente a partir de 1947 es que la UNE iniciaría la llamada “fase de hegemonía socialista”, que se extendería hasta 1950, recuerda la autora, cuando la entidad pasa a ser dirigida por estudiantes udenistas. En ese interregno -aislado y extraño a la tradición de la entidad-, se destacó la figura de Paulo Egydio Martins, estudiante de ingeniería y, más tarde, gobernador de São Paulo. “El grupo de él al frente de la UNE discrepaba del énfasis dado a las cuestiones nacionales en detrimento de los problemas estudiantiles”, observa Maria Paula. La izquierda estuvo alijada del comando de la organización, regresando solamente en 1956, momento en que Juscelino Kubitschek pidió la colaboración de la UNE para la preservación del régimen. EN 1961 la entidad participó de la “campaña de la legalidad”, que tendía a garantizar la toma de posesión de Jango, después de la renuncia de Janio.

JUC – Entonces la UNE estaba bajo la dirección de Aldo Arantes, apoyado por la Juventud Universitaria Católica (JUC), asociación civil creada para difundir la doctrina de la Iglesia en el movimiento estudiantil. En poco tiempo, ese vínculo inusitado, anota Maria Paula, se rompería con la ascensión de la Acción Popular (AP), una disidencia de la JUC. En 1963 la facción eligió a José Serra como presidente de la UNE, ahora imbuida del espíritu de transformación radical de la sociedad brasileña. Los militares, sin embargo, no esperaron que sucediera. “A pesar de que la primera palabra de orden de la UNE haya sido ‘resistencia’ al golpe de 1964, no hubo resistencia”, cuenta la autora. “No hubo, en el movimiento estudiantil, ninguna manifestación. Yo atribuyo eso al hecho de que las grandes mayorías, aunque penetradas por el nacionalismo y por el reformismo, no estaban dispuestas a arriesgarse para salvar al gobierno Jango”, afirma, en declaración, el científico político Daniel Aarão Reis. Según él, “hay una tendencia de romantizar el movimiento estudiantil como revolucionario. No es el hecho, aunque buena parte de los liderazgos emigró hacia la revolución”. Así, las posiciones de los militantes de izquierda estudiantiles y de los líderes de la UNE no expresaban más exactamente el espíritu de la masa de los universitarios, muchos hijos de las clases medias que apoyaron el golpe. “El estudiante común, la gran masa de ellos, se dejó llevar por el discurso anticomunista”, observa el historiador José Roberto Martins Filho en su artículo “El movimiento estudiantil en la coyuntura del golpe”.

Con su sede incendiada en abril de 1964, colocada en la ilegalidad en noviembre por la Ley Suplicy y por el Decreto Aragón, que prohibió la organización estudiantil a nivel nacional, la UNE se vio delante de un gran dilema. “Entre los años 1960 y 1970 había un deseo de acción política inmediata que se expresó en la lucha armada con muchas organizaciones formadas por jóvenes universitarios que abandonaron las aulas para tomar las armas, inspirados por Vietnam, Cuba y la ‘guerra popular’ de la Revolución China”, asevera la autora. Hasta la muerte del estudiante Edson Luís, en el restaurante Calabouzo, en Río de Janeiro, estopa de la revuelta estudiantil de 1968, la UNE aún luchó contra el acuerdo MEC-Usaid, que, según la investigadora, quería la privatización de la enseñanza, en los moldes americanos, en total en dirección contraria a la principal bandera de la entidad. “Hubo una respuesta al trauma de 1964, cuando no se reaccionó. Cuando vino 1968, la reacción fue: ‘Ahora nosotros vamos a reaccionar’. La lucha armada hasta entonces era algo pequeño. A partir del AI-5, durante tres años hay un movimiento intenso de participación del movimiento estudiantil”, recuerda Aarão Reis. De ahí, la Marcha de los Cien Mil, después de la muerte del estudiante, la invasión de la facultad Maria Antônia y el congreso de la UNE en Ibiúna, en octubre de 1968, según Maria Paula, el “marco final de todo el proceso político, de confrontación y radicalización vividos por el movimiento estudiantil. Después de la prisión de los estudiantes la reacción de ellos entró en descenso”.

Reconstrucción – Inusitadamente, la reconstrucción de la UNE, en el congreso de la entidad en Salvador, en 1979, se debió al entonces gobernador de Bahía, Antonio Carlos Magalhães, que, desobedeciendo las órdenes del ministro de  Justicia, cedió el Centro de Convenciones de Bahía para los estudiantes. Eso permitió, en el futuro, la participación de la UNE en la movimiento por las elecciones directas y por las manifestaciones que pedían la salida de Collor del gobierno. El legado, sin embargo, fue pesado para las nuevas generaciones. “Cuando se hace referencia a la juventud de los años 1960 y 1970, se focaliza aquella involucrada en las luchas democráticas, ignorando a los demás, la gran mayoría que no participaba de ellas. Los estudiantes son vistos, por lo general, como una generación combativa y revolucionaria”, explica la antropóloga Regina Novaes en su artículo “Juventud y participación social”. “El efecto de esa comparación es el de no considerar la posibilidad de que el joven de hoy reaccione motivado por intereses colectivos de transformación social.”

De ahí las críticas a una supuesta “apatía social” de los estudiantes actuales. “Los jóvenes de hoy tienen otras formas organizativas que pasan, en general, lejos de las organizaciones tradicionales políticas. Ellos asumieron pautas individuales y quedaron alejados de utopías revolucionarias, lo que no significa que rechacen el comprometerse en una causa colectiva, desde que se respete su autonomía individual.” ¿Qué esperar del futuro? Tal vez la respuesta este en una pequeña crónica de Drummond, en la que una jovencita exige, y conquista del padre, una lasaña: “Si, en la coyuntura, el poder joven tambalea, viene ahí, con fuerza total, el poder ultra-joven”.

Recordatorio amargo

Gobierno reconoce atrocidades del régimen militar

Quien diría que, pasadas más de cuatro décadas, la célebre frase del ministro de Educación, Suplicy de Lacerda, iba finalmente a cobrar sentido (con seguridad, no el esperado por el implacable perseguidor de la UNE): “Los estudiantes son los hombres del mañana, pero nosotros somos los hombres de hoy”.

Fue el trabajo de los “hombres del mañana” el que trajo la luz, para los verdaderos hombres de hoy, lo que hicieron los hombres del pasado. Con la presencia del presidente Lula, fue lanzado, el mes pasado, el libro Derecho a la memoria y a la verdad, elaborado por la Comisión Especial sobre Muertos y Desaparecidos Políticos y editado por la Secretaria Especial de Derechos Humanos (SEDH), que relata los casos de 479 muertos y desaparecidos entre 1961 y 1988, plazo definido por la Ley 9.140, de 1995. El estudio, fruto de 11 años de trabajo, describe en detalles casos de tortura, violaciones, descuartizamiento y ocultamiento de cadáveres, con los nombres de los militares responsables por los crímenes.

El análisis incluye el nombre y los datos personales de cada victima, con una pequeña biografía, descripción de las acciones políticas y de como tuvo lugar la prisión, persecución y muerte y que miembros de la comisión votaron por la aprobación o la desestimación del derecho a la reparación. Este es el primer documento oficial del gobierno brasileño reconociendo que los órganos de represión del régimen militar fueron los responsables de las muertes de centenas de militantes.

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