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Ecología

Los peligros de la tierra desnuda

La separación entre los montes y los arroyos explica la escasez de anfibios en el Bosque Atlántico y en otros ambientes

Bastan 100 metros de descampado separando un tramo de selva y un riacho para eliminar a la mayoría de sapos y ranas del Bosque Atlántico que dependen del agua para procrear. Cuando salen de la selva rumbo a los arroyos donde van a reproducirse, estos animales tienen que atravesar campos y sembradíos, y exponerse al ataque de las aves, a la contaminación con agrotóxicos y al sol, capaz de resecar sus pieles húmedas. Muchos de los que sobreviven a los peligros de la aventura no logran hacer el viaje de vuelta. Para las frágiles crías, esta travesía es aún más ardua.

Un estudio realizado en São Luís de Paraitinga, región de Vale do Paraíba, una de las áreas donde el Bosque Atlántico se encuentra bastante degradado en el interior de São Paulo, mostró  cuanto el desmonte de la vegetación natural para extraer madera o formar plantaciones o campos amenaza la supervivencia de los anfibios en especial cuando la extracción de la selva deja la tierra casi raleada entre dos ambientes que estos animales necesitan para alimentarse y reproducirse.

Descrito en un artículo de la edición del 14 de diciembre de la Science, ese fenómeno puede explicar la desaparición de la mayor parte de los anfibios del Bosque Atlántico y de otras regiones tropicales como América Central y Australia, donde se encuentran en declive las poblaciones de sapos y ranas, esenciales para el equilibrio de esos ecosistemas. También puede ser aplicado para entender mejor lo que sucede con los peces de un río cuando se crea una represa interrumpiendo el camino entre el ambiente en que viven y aquel en que desovan, según sugiere el trabajo que reunió a equipos de las tres universidades estaduales paulistas y de la Universidad Vale do Río dos Sinos (Unisinos), Río Grande do Sul.

En Brasil, la separación entre la selva y los riachos es consecuencia de la forma de ocupación predominante en buena parte de la costa, donde viven un 70% de la población. Al dejar el litoral, los colonizadores casi siempre se instalaban en las tierras más fértiles del altiplano próximas a los riachos. Abrían claros para criar ganado y plantar tabaco, caña de azúcar o algodón. Al mismo tiempo que garantizaban el acceso al agua, construían el escenario hoy común en el sudeste y en parte del sur del país: una casa al pie de una colina, cercada por plantaciones y por un campo donde pastan vacas, algunas ovejas y uno que otro caballo. Lo poco que restó de la vegetación natural muchas veces está confinado al tope de los morros, bien distante de los arroyos y pequeños canales que se arrastran por valles pelados.

Si por un lado esa forma de ocupación de la tierra abrió camino para el desarrollo de estados como São Paulo, por otro impuso inmensas barreras a anfibios y otros grupos de animales que necesitan la selva y el agua para vivir. Los autores de ese trabajo llamaron a ese fenómeno desconexión de hábitat, por destruir la vinculación entre los ambientes acuáticos y terrestres indispensables a la reproducción de esos seres vivos. Su efecto se reveló mucho más nocivo que otras dos formas más conocidas de destrucción de la vegetación natural identificadas en la década de 1960, la reducción de los ambientes naturales (pérdida del hábitat) y el aislamiento de trechos de selva (fragmentación del paisaje).

Esas tres expresiones definen fenómenos aparentemente semejantes causados por la tala de la vegetación natural de un área, pero que generan resultados muy distintos. Siempre que los seres humanos se instalan en áreas del Bosque Atlántico o el Cerrado (sabana), por ejemplo, provocan lo que los especialistas llaman pérdida o reducción de hábitat, cuyo efecto más evidente es la disminución del área con vegetación original. La pérdida de hábitat también altera el suelo y el ciclo de lluvias. Ya de inicio las poblaciones de animales que viven en la región comienzan a disminuir de tamaño a medida que el alimento escasea.

Selva aislada
La deforestación también puede dejar la vegetación confinada en bloques menores, separados unos de los otros por descampados y con poca o ninguna conexión  esa es la fragmentación del paisaje. Para los animales, los principales efectos de ese tipo de alteración son sentidos a lo largo de varias generaciones. Especies que necesitan grandes áreas para sobrevivir como el muriqui, el mayor mono de las Américas no consiguen atravesar los pastos o plantaciones y permanecen en un único fragmento de la selva. Además del efecto inmediato de reducción de la población, hace otros de largo plazo sobre los animales y plantas que sobran, explica el ecólogo Paulo Inácio Prado, de la Universidad de São Paulo (USP), uno de los autores del estudio de Science. Con el tiempo, los animales aislados en los trechos de selva pasan a aparearse con parientes próximos, aumentando el riesgo de enfermedades genéticas.

La  situación descrita en el artículo de diciembre es aún más drástica, en especial para un 80% de las 483 especies de anfibios de la Selva Atlántica. Es el caso del sapo de cuerno (Proceratophrys boiei), cuyas larvas (renacuajos) se desarrollan en ramblas hasta que se transforman en jóvenes adultos capaces de sobrevivir en la selva. Cuando los pastos o plantaciones  sustituyen los árboles y los arbustos próximos a los arroyos, aumentan las dificultades para los anfibios y otros animales, como algunas especies de libélulas, que necesitan agua para reproducirse.

La desconexión de hábitat puede reducir drásticamente a una población de anfibios en apenas una generación, afirma el ecólogo gaúcho Carlos Guilherme Becker, primer autor del artículo de la Science, que desarrolló el estudio durante su maestría en la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp). La desconexión de hábitat también puede afectar a otros grupos de animales, afirma Becker. Algunas especies de libélulas, por ejemplo, usan el ambiente de modo semejante al de los sapos: necesitan agua para procrear y la selva para alimentarse. También se puede entender como desconexión de hábitat la construcción de represas, que impiden la migración de peces para el desove, y la eliminación de lagos o grandes áreas de vegetación natural usadas por aves migratorias para comer y descansar durante los largos viajes.

Becker identificó ese fenómeno ecológico al estudiar lo que sucedía con los anfibios donde pocos se animan a investigar. En vez de meterse en marjales y ramblas de los remanentes de Selva Atlántica mayores y más bien preservados, él se unió al grupo de Prado, que analizaba como la interacción entre los habitantes de São Luís de Paraitinga y el espacio en que vivían modificaba la biodiversidad de la región. Allí lo poco que resta del Bosque Atlántico se anida en lo alto de los cerros, separado de los ríos por plantaciones, pastos y poblados.

Una investigación histórica hecha por Allan Monteiro, del equipo de Prado, indica que este patrón de ocupación surgió a mediados del siglo XVIII, cuando el rey de Portugal Don José I nombró a Luiz Antonio de Souza Botelho, Morgado de Mateus, gobernador de la entonces provincia de São Paulo. Con el objetivo de proteger el sur del país de los españoles, Morgado de Mateus inició la creación de ciudades en el interior de São Paulo. Él dividió el este del estado en sexmos (tierras para cultivar por cuenta propia) y las distribuyó para quien tuviese condiciones económicas para ocuparlas. Los pobladores enviados por la Corona portuguesa comenzaban a instalarse en los valles, donde estaban las tierras más fértiles y fáciles de ocupar. Una de sus obligaciones era abrir carreteras, normalmente a las márgenes de los ríos, uniendo las sexmos a la sede de las villas, dice Prado. Hasta hoy muchas carreteras vecinales de São Luís de Paraitinga siguen los trazados de aquella época.

Fragmentos secos
Bajo la orientación de Prado y de Carlos Roberto Fonseca, de la Unisinos, Becker analizó lo que sucedía con los anfibios de el Bosque Atlántico en São Luís de Paraitinga. Al buscar las manchas de selva de la región, notó que prácticamente ninguna era cortada por un río. Después de analizar más de 60 fragmentos, Becker encontró sólo tres, con más de 10 hectáreas, en que había arroyos. Poco a poco comenzó a imaginar la dificultad que los anfibios tendrían que enfrentar para llegar a las ramblas para  reproducirse.

Para descubrir si los descampados de hecho estorbaban a los  sapos, él instaló una pantalla con 45 metros de ancho y 1 metro de altura en medio de pastos y plantaciones en las laderas de los morros. Bajo esas barreras, enterró baldes de 60 litros divididos al medio, que permitían distinguir a los anfibios que venían del bosque para reproducirse en los riachos de aquellos que hacían el camino de vuelta para casa. En marzo, en el final del período de reproducción, Becker confirmó la sospecha: cuando no había vegetación uniendo la rambla a la selva la cantidad de anfibios era menor.

La desconexión de hábitat, sin embargo, sólo afectó a los anfibios necesitaban salir de la selva para reproducirse en las ramblas y riachos. Ese efecto no influenció la variedad de los sapos que viven exclusivamente en el bosque y procrean en el suelo, generando crías que ya salen saltando por el suelo del  bosque. Faltaba, no obstante, saber si el efecto de la desconexión de hábitat era exclusivo de la región de São Luís do Paraitinga o si podría ser generalizado para otras áreas.

Becker, Prado y Fonseca se unieron entonces al biólogo Célio Haddad, de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), en Río Claro, que coordina un análisis de anfibios en São Paulo, y a Rómulo Batista, en la época investigador de la Unicamp. Juntos, calcularon la pérdida de hábitat, la fragmentación y la desconexión de hábitat en otras regiones del estado. Al cruzar las informaciones sobre la diversidad de especies con el patrón de deforestación de cada uno de esos trechos de Bosque Atlántico, concluyeron que el número de especies de anfibios era más bien explicado por la desconexión de hábitat, y no por la pérdida o fragmentación de los bosques, la hipótesis más aceptada para el declive de las poblaciones de anfibios.

Además de ese nuevo efecto, ese trabajo genera ideas que pueden orientar la preservación y la recuperación de lo que restó del Bosque Atlántico y de otros ambientes. Al comprender mejor cómo el uso humano de la tierra reduce la diversidad biológica en esas áreas, podemos pensar en maneras específicas de reducir esos daños, afirma Prado. Una primera propuesta es enfatizar la recuperación de los bosques ciliares, la vegetación que bordea los ríos. Aunque protegidas desde 1965 por el Código Forestal Brasileño, un 76% de los bosques ciliares de São Paulo fueron destruidos.

En las regiones que aún no sufrieron el impacto de la intervención humana, los investigadores proponen la creación de reservas biológicas que comprendan el mayor número posible de recursos hídricos. Donde el ambiente ya fue alterado, sugieren la restauración de los bosques ciliares y la creación de corredores de selva reconectando los ambientes terrestres y acuáticos. Ahora, dice Prado, tenemos más argumentos para mostrar a los propietarios de tierras y a los órganos públicos la importancia de conservar y también de recuperar esa vegetación.

El Proyecto
Biodiversidad y procesos sociales en São Luís de Paraitinga, São Paulo (nº 02/08558-6); Modalidad Línea Regular de Auxilio a la Investigación (Biota); Coordinador Paulo Inácio de Prado – USP; Inversión 121.023,44 reales (FAPESP)

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