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Emprendedorismo

Allí donde nacen los negocios

Las incubadoras de empresas crecen en Brasil y ahora pugnan por un nuevo nivel de desarrollo económico y de éxito empresarial

Un ambiente con muchas salas, unas mayores otras menores, lado a lado en pequeños edificios o galpones, marca la vista de las incubadoras de empresas. Dentro de ellas, la gestación de algo nuevo que, como en las incubadoras destinadas a empollar huevos, se espera que crezca fuerte y saludable. Son negocios con base tecnológica formulados a partir de una o más ideas que, cuando se concretizan, se transforman en innovación. Tecnología en gran parte nacida en las universidades e institutos de investigación del país. Alrededor de un 87% de las incubadoras, que ya suman 393 unidades en el país, están vinculadas formal o informalmente a ambientes académicos de donde salen muchos de los futuros a emprendedores. Hace casi 8 años, cuando Pesquisa FAPESP, en su edición 56, publicó su primer reportaje sobre esos emprendimientos, ellas sumaban 135, un aumento de casi 37 incubadoras inauguradas por año. El número de empresas incubadas alcanzó 2.775 al final del año pasado y su facturación anual llegó a los 400 millones. Nada mal para un grupo de micro y pequeñas empresas en que la mitad no ganó un centavo porque simplemente aún no terminó sus investigaciones y desarrollos, o sea, que aún no vendió sus productos.

Entre aquellas que ya salieron de la incubadora listas al mercado, llamadas graduadas, la facturación alcanzó 1,8 mil millones en el 2007, según cálculos de la Asociación Nacional de las Entidades Promotoras de Emprendimientos de Tecnologías Innovadoras (Anprotec). Ellas suman alrededor de 1.980 empresas y junto con las incubadas ya absorben más de 30 mil puestos de trabajo, con un alto índice de profesionales con maestría y doctorado. Son números grandiosos pero aún poco significativos para la economía brasileña. Si considerásemos el Producto Interno Bruto (PIB), la participación de las empresas aún es minúscula y solamente una de ellas se hizo realmente grande y significativa desde el punto de vista económico, la Bematech, desarrolladora y productora de impresoras fiscales de Curitiba, en Paraná (lea en el recuadro en la página 73), que se presenta hoy como un símbolo del alto nivel en que las empresas nacidas en incubadoras pueden llegar porque ya sobrepasó la barrera de los 100 millones de reales en facturación (ella facturó en el 2007 240 millones de reales). Muchas buscan la marca de 1 millón de reales, como la empresa Pam, de Río de Janeiro, productora de membranas para el filtrado de agua, que debe alcanzar ese nivel en este año (lea en el recuadro de la página 70). Algunas ya sobrepasan el orden de los 10 millones de reales, como la Audaces, empresa de Santa Catarina, productora de software para la industria textil.

Para alcanzar nuevos niveles económicos y de éxito empresarial el movimiento de incubadoras del país se prepara para dar saltos de calidad. “Ellas forman una nueva generación de emprendedores en negocios en los que la innovación tecnológica es el eje estructurante, lo que puede contribuir a un cambio cultural y económico de los empresarios brasileños. Pero aún es difícil medir todo eso”, dice Guilherme Ary Plonski, presidente de la Anprotec y docente de la Facultad de Economía y Administración de la Universidad de São Paulo (USP). Para alcanzar niveles de éxito mayores, además de analizar de forma más profunda el desempeño de empresas e incubadoras, la entidad, que congrega esos emprendimientos y además los parques tecnológicos, apuesta en la aceleración del proceso de crecimiento de, por lo menos, cien empresas y en un nuevo sistema de evaluación. “Vamos a convocar a los socios como el Servicio Brasileño de Apoyo a las Micro y Pequeñas Empresas (Sebrae), las fundaciones de apoyo a la investigación, la Financiadora de Estudios y Proyectos (Finep) y otras entidades para escoger y apostar en cien empresas e inyectar recursos financieros y de consultoría, como vitaminas para corredores de maratón, para que ellas crezcan alto y rápido”, dice Plonski. La elección debe tener lugar este año. “Nuestro ideal es saber cuanto es posible acelerar el proceso de incubación para que podamos conseguir colocar los productos en el mercado”, dice Luís Afonso Bermúdez, ex-presidente de la Anprotec y director del Centro de Apoyo al Desarrollo Tecnológico (CDT) de la Universidad de Brasilia. “Queremos que nuevas empresas se transformen en nuevas Bematechs”, dice Plonski. Espera contar también con las empresas asociadas, el tercer tipo de emprendimiento que actúa en las incubadoras, aunque no estén instaladas dentro de ellas. La Anprotec ya contabiliza 1.493 empresas que aprovechan todas las consultorías administrativas, jurídicas y la interacción e intercambio de experiencias existentes entre los empresarios incubados.

Otras dos iniciativas también pueden servir para que las empresas incubadas alcen nuevos vuelos. Una es un proyecto del Sebrae, de nivel nacional, que prevé aumentar los negocios de las empresas incubadas por medio de un apoyo inicial, en este año para 40 a 50 empresas que facturan entre 100 mil y  1 millón de reales por año, con el compromiso de duplicar la facturación en 3 años. “Es un proyecto ambicioso, inicialmente con 4 millones o 5 millones de reales por año, pensado para acelerar los negocios. En total, vamos a apoyar de 400 a 500 empresas”, dice Paulo Alvim, gerente de innovación del Sebrae nacional. Él cuenta que más de 20 millones de reales serán destinados a nueve incubadoras para que inviertan en las empresas en consultoría y capacitación. En Brasil, el Sebrae apoyó el surgimiento de 250 incubadoras desde el año  1998. “Ahora estamos fortaleciendo las incubadoras existentes permitiendo que ellas tengan un compromiso con la generación de renta, puestos de trabajo y desarrollo local, dice Alvim. La Finep está lista para lanzar el Programa Primera Empresa (Prime), que prevé recursos de 150 millones de reales  inyectados directamente en las empresas incubadas sin reembolso, en el ámbito del Plan de Acción 2007/2010 de Ciencia y Tecnología e Innovación para el Desarrollo Nacional.

Anprotec también se aboca a concluir un sistema único de evaluación y seguimiento, así las empresas incubadas y graduadas van a llenar vía internet de todo lo relacionado con el emprendimiento y con la incubadora, desde la financiación hasta la facturación. “Al final vamos a tener un cuadro con un número de empresas, empleados, inversiones e impuestos, cuánto de ésto se puso en la incubadora y cuánto fue generado”, dice Tony Chierighini, director ejecutivo del Centro Empresarial para la Elaboración de Tecnologías Avanzadas (Celta), de Florianópolis, estado de Santa Catarina. “Eso les servirá principalmente a los socios como el Sebrae, el Consejo Nacional de Desarrollo  Científico y Tecnológico (CNPq), que financia becas de estudio, las fundaciones de apoyo, con aportes sobre todo en las empresas, además de la Finep, con financiamientos variados para incubadoras y empresas”. “Vamos a medir el impacto local de la incubadora y sus empresas, además de mostrar resultados y vocaciones regionales para bioenergía, por ejemplo, o televisión digital”, dice Bermúdez. “Las incubadoras tienen que ser un polo de conocimiento y apoyar también a empresas que no están instaladas dentro de ellas. Ellas no son una isla y deben estar articuladas con los mecanismos de desarrollo de cada región”, dice Plonski.

Una forma de dar más musculatura a las incubadoras es apostar en nichos específicos. “Es necesario identificar áreas en las que tengamos ventajas competitivas y hacer inversiones más pesadas en ellas. Imagino áreas como, por ejemplo, los biocombustibles y el agronegocio. Las incubadoras son formas eficaces de organizar la innovación tecnológica. Pero no basta con crear la incubadora. Es esencial tener una política de seguimiento y ganas de hacer”, dice João Steiner, director del Instituto de Estudios Avanzados (IEA-USP) y coordinador del recién diseñado proyecto de implantación del Sistema de Parques Tecnológicos del Estado de São Paulo. Steiner sostiene que el vigor de las incubadoras será esencial para asegurar el futuro del sistema de parques. “En un primer momento nos preocupamos en atraer a grandes empresas anclas, como es el caso de la presencia de Embraer y de Vale en el parque de São José dos Campos. Pero, a largo plazo, la ruta de la incubación es la más importante para dar sostenibilidad a los parques y asegurar su renovación”, afirma. Para Steiner, una fragilidad del sistema de incubadoras es la pulverización de las iniciativas.

Poquísimas voces no creen en el potencial futuro de las incubadoras de empresas. Una de ellas es de Renato Peixoto Dagnino, profesor del Departamento de Política Científica y Tecnológica del Instituto de Geociencias de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp). “Un país que posee un patrón económico-productivo dependiente y mimético y una altísima concentración de renta no tiende a generar estímulos de mercado a la innovación empresarial. No es por casualidad que un 81% de las empresas brasileñas que promovieron algún tipo de innovación lo hicieron importando máquinas y equipamientos. No creo que iniciativas como las incubadoras tengan fuerza para revertir ese patrón. Parece que somos superhombres y vamos conseguir hacerle tragar al sector productivo algo en lo que él no cree”, afirma Dagnino.

Para Luiz Gonzaga de Mello Belluzzo, profesor del Instituto de Economía de la Unicamp, el desempeño de las incubadoras fue fuertemente influenciado por los problemas económicos del país. “No veo equívocos en el proyecto de las incubadoras. Surgieron para intentar combatir un problema, que era la baja inclinación de la industria brasileña a la innovación”, dice. “La cuestión es que ellas tuvieron que desarrollarse en un ambiente hostil, en el que la economía tenía bajo dinamismo y hubo atrofia del sector industrial”, afirma el economista, que empuñó la bandera de las incubadoras y dos parques tecnológicos cuando fue secretario de Ciencia y Tecnología del Estado de São Paulo, entre 1988 y 1990. Belluzzo sugiere perfeccionamientos. “Si la economía crece, la tendencia es reducir los obstáculos. Pero es necesario saber escoger los sectores en que se va a gastar. En vez de hacer algo horizontal, es mejor escoger áreas que sean más interesantes para el país. Agronegocio y biomedicina son sectores en que tenemos masa crítica, en que tuvimos avances. Pero no creo que se deba abandonar ciertas áreas, como la de electroelectrónicos, en que hay un mercado importante en Brasil”, dice Belluzzo.

Las incubadoras, en su aplastante mayoría, funcionan por la demanda de las empresas que quieren instalarse en sus dependencias. Después de que respondan a un llamado/pliego, el perfil empresarial o las ideas y planes de negocio de los futuros emprendedores son analizados y, si se los acepta, la empresa entra en la incubadora. “Es fundamental para la empresa tener una relación con el conocimiento, venido de las universidades, de tesis doctorales, tesinas o trabajos de grado”, dice José Eduardo Fiates, superintendente de innovación de la Fundación Certi, parque tecnológico de Florianópolis que abriga a Celta, y ex presidente de Anprotec. Para él, las incubadoras en Brasil son fundamentales en un proceso histórico. “El país no tiene historial en el área de innovación, crece en el campo científico, pero tiene cuellos de botella en la transferencia del conocimiento al mercado”.

Fiates cree que el movimiento de las incubadoras desarrolló la creación del sector de empresas de base tecnológica vinculadas a las universidades. Antes era raro que existiera esa vinculación. Ahora alrededor de un 50% de las empresas que circulan en el ámbito de las incubadoras (6.300) nacieron o están vinculadas a universidades e institutos de investigación, incluso los centros federales de educación tecnológica (Cefets).  Fiates cree también que con el sistema único de evaluación será posible medir mejor la actuación de las incubadoras y avanzar aún más. “En Estados Unidos, donde existen 1.500 incubadoras, el personal involucrado en el área está en este momento intentando dimensionar cuál es el impacto de las innovaciones en otras empresas. Por ejemplo, una empresa incubada desarrolla una enzima para mejorar determinado alimento industrial y vende este producto por 10 millones de dólares a una industria mayor, que, con esa enzima, facturará  300 millones de dólares con ella”. “No se puede decir solamente que el impacto fue de 10 millones de dólares para el sector de incubación. Será necesario calificar mejor ese impacto indirecto tanto para el sector como para el PIB. Es  un reto para los economistas.”

Desafío también es mantener a las incubadoras funcionando. Gran parte depende, para su mantenimiento y administración, de los gestores y de otros socios. “De un 30 a 50% del costo real es institucional, de los gestores, como universidades, municipalidades e institutos de investigación, donde normalmente las incubadoras están instaladas”, dice Fiates. La otra parte es mantenida por las empresas, en la forma de pagos de condominios, y por otras fuentes como Sebrae, Finep y municipalidades. En el Cietec (Centro Incubador de Empresas Tecnológicas), que cumple 10 años de existencia en abril, el costo para la empresa varía de 380 reales para las iniciantes a 2.600,00 reales en el tercer año de vida incubada, no importando el tamaño de las dependencias usadas por la empresa. La mayor incubadora del país está en un edificio del Instituto de Investigaciones Energéticas y Nucleares (Ipen, sigla en portugués), en São Paulo, en la Ciudad Universitaria, donde también están la USP y el Instituto de Investigaciones Tecnológicas (IPT).

“Actualmente aquí adentro son un centenar de doctores (entre empresarios y empleados) con intensa interacción con el conocimiento académico (de docentes e investigadores de las instituciones socias y vecinas) y con otras empresas del mercado”, dice Sergio Risola, gerente del Cietec, que contabiliza en la incubadora 122 empresas, de las cuales 85 son incubadas y 37 asociadas. “El pago del condominio da derecho a internet, secretaria, correo, copiadora, cursos y consultorías jurídicas, administrativas y de diseño”, dice Risola. En el Celta, en un edificio de 10 mil metros cuadrados (m²), donde están 38 empresas, el condominio varía de 12 reales el m² para las iniciantes a  20 reales el m² para las que están de salida. Allá el costo total de la incubadora es de 800 mil reales por año. “Conseguimos el autosustento desde 1994, por medio de los consorcistas y de alquileres a restaurantes, tres sucursales de bancos, correos y oficinas de contabilidad”, dice Chierighini.

En el Cietec el costo es de 1,74 millón de reales por año, en un edificio que está en constante ampliación para abrigar nuevas empresas y sin lugar para alquiler de cualquier espacio. Como en el caso de muchas incubadoras del estado, además de los condominios o consorcios, la financiación viene principalmente de la unidad paulista del Sebrae. El año pasado, 945 mil reales vinieron de esa entidad. Además del costo de funcionamiento de la incubadora, existe la inversión directa para investigación en las empresas, en que la FAPESP, en 2007, financió 4,1 millones de reales en proyectos del Programa Pipe. “En total ya contabilizamos 89 proyectos del Programa Investigación Innovadora en la Pequeña y Micro Empresa (Pipe) en el Cietec”, dice Risola. En el 2007, el Sebrae-SP apoyó a 79 incubadoras en el estado de São Paulo, en un total de  7,7 millones de reales, alcanzando 1.356 empresas. “La participación del Sebrae en São Paulo forma parte de un alineamiento estratégico en apoyar la aproximación del conocimiento de la universidad con las micro y pequeñas empresas”, dice Marcelo Dini, gerente de innovación y acceso a la tecnología del Sebrae-SP.
Esa relación próxima entre incubadoras y el Sebrae genera también  desconfianzas futuras. “Las incubadoras son altamente dependientes de las instituciones que las apoyan y eso crea lazos de sumisión a la estrategia de los apoyadores”, dice el profesor Sergio Azevedo Fonseca, del Departamento de Administración Pública de la Facultad de Ciencias y Letras de la Universidad Estadual Paulista (Unesp) en Araraquara. “¿Y si mañana el Sebrae (en gobiernos o administraciones diferentes) decide cambiar de posición y no apoyar más como lo hace hoy?”, pregunta Fonseca. Éste sostiene que para suplir parte del presupuesto de las incubadoras las graduadas paguen royalties durante cierto período sobre la facturación u otra forma de remuneración. “Muchas veces, las empresas, después que levantan el vuelo, le dan las espaldas a la incubadora que la ayudó”, cuenta. Fonseca estudia los proyectos de incubadoras de empresas desde su doctorado en los años 1990 y llegó a hacer un sistema de evaluación que aún está en gestación. En dos proyectos de Auxilio Regular al Proyecto de Investigación financiados por la FAPESP, de los cuales el último está, en la fase final y tiene el nombre de Perfeccionamiento de indicadores de desempeño de incubadoras mixtas (empresas de tecnología y tradicionales): desafío para la construcción de un modelo, él traza ocho indicadores para evaluación como estrategia de ocupación, en que se estudia el proyecto de implantación y el perfil de las empresas, y otros como sostenibilidad ambiental, índice de mortalidad de empresas y causas, índices de desempeño empresarial y de las incubadoras, generación de empleo y capacidad de promover la graduación y, finalmente, el indicador de incorporación de innovación en sus productos, hasta en incubadoras tradicionales, aquellas en que existen negocios con poca actividad innovadora.

Pero la falta de grandes éxitos empresariales y las dudas sobre la evaluación y los caminos que las incubadoras deben seguir tal vez ocurran porque ellas aún están en plena juventud. Las primeras incubadoras de empresas surgieron en  Brasil a partir de la Resolución 084/84 del entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CNPq) firmado en 1984 por el presidente de la entidad profesor Lynaldo Cavalcanti, creando el Programa Brasileño de Parques Tecnológicos, aunque lo que haya prevalecido inicialmente hayan sido las incubadoras aún sin parque. “Teníamos informaciones de la instalación de parques tecnológicos en Francia y principalmente en Estados Unidos, con el éxito de Boston y del Vale del Silicio, además de Inglaterra. La idea inicial era no quedar detrás de ellos”, dice Cavalcanti, actualmente secretario ejecutivo de la Asociación Brasileña de Institutos de Investigaciones Tecnológicas (Abpti). La resolución le abrió la puerta a cinco fundaciones tecnológicas, la que sería el Parqtec, en São Carlos, la primera porque comenzó a funcionar en diciembre  de aquél año, además de Florianópolis, que resultaría en el Celta, y otras en Campina Grande, en Paraíba, en Manaos, en Amazonas, y Porto Alegre, en Río Grande do Sul.

Al trepar de dos incubadoras en 1988 a cien en 1999, esos emprendimientos, incluso aquéllos más jóvenes, buscan reorganizarse y encontrar nuevos caminos para avanzar. Es el caso de la Incubadora de Empresas de Base Tecnológica (Incamp) de la Unicamp, creada en 2002, que pretende promover perfeccionamientos en sus próximos procesos selectivos. Davi Sales, gerente de la Incamp, considera necesario mezclar las propuestas nacidas del medio académico — perfil que signa buena parte de las empresas que pasaron por la incubadora — con iniciativas oriundas del medio empresarial. “Seria interesante se tuviésemos acá adentro, por ejemplo, spin-offs (empresas oriundas de otras mayores u originadas en las universidades) de compañías ya consolidadas, que traerían un denso bagaje emprendedor y ayudarían a propagar esa cultura entre las demás empresas incubadas”, afirma Sales. No es que sea mala la experiencia de la Incamp en esos 6 años de actividad. De 25 empresas ya graduadas o que aún se encuentran incubadas, 21 están con productos lanzados. Sales no considera que los cuatro casos restantes sean fracasos. “Tres fueron desistencias. Los responsables concluyeron que la idea no tenía futuro y la terminaron antes que saliese mal. Y el otro se debió a un problema de salud del emprendedor.”

Lo que preocupa a los dirigentes de la Incamp es la poca capacidad exhibida por muchas empresas incubadas de superar las dificultades del mercado. “Tenemos un trabajo fuerte para estimular el emprendedorismo, pero muchos  responsables por las empresas incubadas, por venir del medio académico, se resisten a correr riesgos. Les decimos por ejemplo que presenten inmediatamente el producto y corrijan los problemas sobre la marcha, pero es común que intenten aplazarlo mientras no consideren la situación perfecta”, dice Sales. A causa de ello, las empresas tardan en emitir su primera factura y casi la totalidad de ellas ostenta facturaciones magras. El gerente de la Incamp destaca que un emprendedor más agresivo es esencial para sortear las piedras en el camino del crecimiento de una empresa. “Nada es fácil para ellas. El período de incubación, de tan sólo 3 años, es corto para una empresa de base tecnológica. Es común que, en momentos cruciales, ellas no consigan dinero para desarrollar o lanzar su producto y eso afecte sus perspectivas. De ahí la necesidad de mejorar el perfil emprendedor de las nuestras  seleccionadas”, afirma Sales.

La preocupación de la Incamp tiene su fundamento, tal como muestra el ejemplo de éxito de la Bematech, empresa de automación nacida en 1990 en una incubadora tecnológica del Instituto de Tecnología de Paraná (Tecpar), de Curitiba. Obtuvo un ingreso neto de 240 millones de reales en 2007, posee 1.050 empleados y mantiene subsidiarias en Argentina, Taiwán y Alemania. Según el ingeniero Wolney Betiol, uno de los fundadores de la empresa, el despegue del negocio se debió a su esfuerzo, aún en los tiempos de incubadora, de atraer inversores. “Tuvimos suerte. Un profesor nuestro conoció por casualidad a un inversionista que se sentó al lado de él en el avión. Ese hombre, que era líder de un grupo de inversores en empresas de agronegocios y de construcción civil, pidió una sugerencia de empresa tecnológica naciente para invertir, pues quería diversificar. Fue así conseguimos los 150 mil dólares de capital simiente que hicieron toda la diferencia”, se recuerda Betiol.

Pero, sostiene el emprendedor, solamente la suerte no explica el éxito de la empresa. “La verdad es que ya buscábamos inversores, pues sabíamos que eso era esencial para crecer. Acabaríamos consiguiéndolos de una forma o de otra. Otras empresas que se instalaron en la  incubadora en la misma época no se empeñaron de la misma forma y parecían temer a los inversores. Eran comandadas por gente criada en el ambiente académico que establecía una relación muy apasionada con su objeto de investigación. Eso limitaba mucho la capacidad de ellos de abrirse y de cambiar”, opina. La capacidad de cambiar continuamente y alinearse a las necesidades del mercado fue importante para la empresa sobrevivir después de dejar la incubadora. En sus primeros años, a Bematech apostó pesadamente en el desarrollo de equipos de automación bancaria. Cuando ese mercado dio señales de agotamiento, la  empresa cambió el rumbo y paso a desarrollar equipamientos para automación del pequeño y medio comercio al por menor.

Para Thomás Tosta de Sá, ex presidente de la Comisión de Valores Mobiliarios (CVM) y dirigente de la Asociación Brasilera de Private Equity y Venture Capital (ABVCAP), es injusto adjudicar a las incubadoras o a sus empresas toda la responsabilidad de los resultados aún limitados. “El problema es que el sector de capital de riesgo es nuevo en Brasil. Pero está creciendo y la expectativa es de que avance la actuación de los fondos de capital semilla, que ayudan a las empresas de base tecnológica a dar el salto inicial”, afirma. Él ve semejanzas entre la situación de Brasil hoy y la de Estados Unidos en los  años 1980 y 1990, cuando un ciclo de crecimiento impulsado por el mercado de capitales y de inversiones de riesgo promovió la capitalización de más de 30 mil empresas.  Sá comenta que en 1981, ayudó a organizar en Brasil un seminario internacional sobre capital de riesgo. “Evolucionamos mucho. En aquella época no había ni tan siquiera una universidad con incubadora o que ofreciese cursos de emprededorismo en el país”, afirma.

Pero en verdad todavía es poca la inversión del llamado capital de riesgo, en que el inversionista por medio de una empresa constituida entra en el capital o en la composición societaria de una empresa con la intención de deshacerse de la compra cuando ella esté ganando bien, arriba de lo que el mercado financiero ofrece. En el Cietec, se son computadas las incubadas actuales y las graduadas, ya pasaron de 195 empresas, de las cuales, sólo una, la Adespec, consiguió inversión de capital de riesgo. “Lo que tenemos son 25 angels, o ángeles, inversores individuales que apostaron sus ahorros en empresas del Cietec. Los valores del aporte variaron de 300 mil reales  a 1 millón de reales”, dice Risola.

Con tanta dinámica y posibilidades a ser explotadas, las incubadoras suscitan también modelos para el futuro educativo académico. El profesor Ary Plonski cree que ellas puedan ser uno de los próximos ambientes primordiales de las universidades, además hasta de lo que ya está sucediendo con muchas universidades en Brasil que crean ese tipo de institución en el propio campus. “En el comienzo de la creación de las universidades, todavía en el siglo XII, surgieron las salas de clase, con la reproducción del conocimiento, después en el siglo XIX aparecieron los laboratorios, que hicieron incorporar las investigaciones. Ahora creo que las incubadoras enriquezcan el modelo de universidad, transformando conocimiento en productos e servicios. Imagino que las incubadoras puedan incorporarse a los laboratorios y a las aulas en  el conjunto básico educativo.”

Membranas selectivas
La vencedora en la categoría Empresa Incubada en 2007, del Premio Nacional de Emprendedorismo Innovador promovido por Anprotec, fue una empresa que demoró al menos 15 años para ser formada. La tecnología de membranas para microfiltración para tratamiento de efluentes y de agua ya estaba casi lista, pero no había mercado. “El agua era muy barata, no existía economía, principalmente industrial”, dice el profesor Ronaldo Nóbrega, quien trabajó hasta jubilarse en el Laboratorio de Procesos de Separación por Membranas del Posgrado e Investigación  de Ingeniería de la Universidad Federal de Río de Janeiro (Coppe/UFRJ) y formó la PAM Membranas Selectivas en 2002, instalada en la incubadora de la propia Coppe. “Hoy en día existe una gran preocupación ambiental, por el ahorro y la reutilización del agua, y nuestro sistema de filtrado con material polimérico capaz de remover bacterias y otros microorganismos está siendo bien aceptado en el área industrial”. El agua filtrada es después usada para lavar pisos o en calderas, por ejemplo. Para él, la incubadora fue una escuela. “La incubadora nos dio soporte, hicimos cursos y tuvimos contacto con varios  emprendedores.” El año pasado la empresa facturó 300 mil reales. Este año la previsión es de sobrepasar la barrera del 1 millón de reales.

Cola sin olor
Una serie de colas y adhesivos que sirven tanto para arreglos caseros como para industrias y la construcción civil está ganando mercado para una pequeña empresa que nació en el Centro Incubador de Empresas Tecnológicas (Cietec), en São Paulo, en 2001, cuando recibió financiación del Programa Investigación  Innovadora en la Pequeña y Micro Empresa (Pipe) y se graduó en 2005. La Adespec desarrolló adhesivos a base de polímeros híbridos exentos de solventes, compuestos orgánicos volátiles e isocianatos, sustancias perjudiciales a la salud y al ambiente. “Asimismo, nuestros adhesivos no son perjudicados por la humedad, factor que causa perjuicio al desempeño del poliuretano.  Con humedad, nuestro producto pega aún mejor”, dice Flávio Teixeira Lacerda, director de la Adespec. Con esas cualidades, el adhesivo gana mercado principalmente en la construcción civil para unir juntas de dilatación y en el pegamento de vidrios. En el mercado al consumidor, ya pelea con Super Bonder y otras del género, y la facturación alcanzó, en 2006, 3 millones de reales. Para él, la incubadora fue fundamental para enfocar solamente el desarrollo, dejando preocupaciones como seguridad, limpieza, portería e informática para el Cietec. En marzo de 2007, después de 2 años de negociación, la empresa recibió un aporte de capital del Fondo de Inversiones Investech II, administrado por la Río Bravo Venture Partners, que tiene entre sus socios al ex presidente del Banco Central, Gustavo Franco. “Por contrato, no podemos revelar valores, pero seguimos siendo mayoritarios”, dice Lacerda. “Nuestro desafío es alcanzar 50 millones de reales de facturación y exportar hasta 2013.”

Salud en los negocios
Instalada en la Incubadora de Empresas de Base Tecnológica del Instituto de Tecnología de Pernambuco (Incubatep), en Recife, la Biologicus es una empresa volcada a la producción de cosméticos hechos con extractos vegetales y kefir, una bebida elaborada con leche compuesta de lactobacilos y levaduras, originaria de la frontera de Europa con Asia. La empresa tiene al frente al médico Djalma Marques, ex profesor de la Universidad Federal de Paraíba, y a su esposa, la ingeniera química Fátima Fonseca. “Mi experiencia académica en Brasil y el doctorado hecho en España, en la Universidad de Barcelona, y de Fátima, en la Universidad de Cádiz, donde también trabajamos como investigadores, abrieron las posibilidades de que montáramos la empresa, en 2004, para investigación y desarrollo de productos demartológicos y alimentos probióticos, dotados de compuestos de microorganismos benéficos a la salud”, dice Marques. “El kefir es muy importante para mantener la longevidad y bajar los índices de enfermedades  degenerativas. De ahí pasamos a analizar los microorganismos encontrados en la bebida e contamos más de 78, entre bacterias y levaduras importantes para el consumo humano.” Después de 10 años de investigación, ellos elaboraron un kefir hecho de frutas como uva, piña y ciruela. El extracto de esa bebida también se usa las cremas. “La incubadora fue importante para que diéramos credibilidad  y recibiéramos el conocimiento del Itep, como cursos y laboratorios.” Por el momento, la facturación de 30 mil reales mensuales va para el mantenimiento e inversiones en la propia empresa.

Un caso ejemplar
Bematech, de Curitiba, es un ejemplo raro de empresa nacida en una incubadora que sobrepasa la marca de 100 millones de reales de facturación. En 2007 tuvo un ingreso de 240 millones de reales. La empresa fue creada en 1990 por los ingenieros Marcel Malczewski y Wolney Betiol dentro de una incubadora vinculada al Instituto de Tecnología de Paraná (Tecpar). “Allá adentro disponíamos de un laboratorio de electrónica cuyos equipamientos valían al menos un millón de dólares. ¿Qué pequeña empresa podría disponer de tamaña cantidad?”, recuerda Betiol. “La incubadora fue creada por varias instituciones y cada una ayudaba a la empresa de una manera. El Instituto Euvaldo Lodi suministraba becas a los investigadores. También recibíamos apoyo tecnológico y de gestión”, dice Betiol. Al dejar la incubadora, Bematech afrontó las dificultades comunes a todo tipo de empresa. La apuesta en la automación bancaria, responsable de la expansión durante los primeros años, se agotó a mediados de los años 1990. Eso llevó a la empresa a diversificar e invertir en el mercado de automación del pequeño y medio comercio minorista. La creación de una impresora cuya segunda vía del documento, aquel destinado al Fisco, es almacenada en una tarjeta de memoria, abrió un nuevo mercado.

Ropas bien cortadas
Muchas industrias de confecciones de Brasil, de otros países de Sudamérica, Europa y de Asia, incluso China, utilizan sistemas de automación desarrollados por la empresa Audaces, con sede en Florianópolis, Santa Catarina, para procesos de creación, corte y modelado de ropas. Con el  software, las empresas ganan en productividad y mejoran la calidad de los productos por medio de la digitalización de los moldes hecha por máquinas digitales de fotografía. “La empresa pasa a producir más, con un acabado mejor y con la misma cantidad de personal”, dice Claudio Grando, director de negocios de la empresa. Él y el director de  tecnología, Ricardo Cunha, se graduaron en 1991, en Ciencias de la Computación en la Universidad Federal de Santa Catarina. En 1992 ellos montaron Audaces en una sala alquilada para trabajar con corte y modelado de muebles. Sólo en 1997 la empresa fue incubada en el Centro Empresarial para Elaboración de Tecnologías Avanzadas (Celta) y allá se quedó hasta 2005, período en que se especializó en la industria textil.  La empresa posee 97 empleados y ganó el premio de empresa graduada de la Anprotec en 2007, cuando facturó 10 millones de reales, de los cuales un  40% corresponden a exportaciones.

Insumos para laboratorios
La dificultad de importar o adquirir anticuerpos monoclonales y policlonales, utilizados en laboratorios y en la producción de test de diagnóstico, inspiró la creación, en 2004, de la Imuny Biotechnology, empresa vinculada a la Incubadora de Empresas de Base Tecnológica de la Unicamp (Incamp) que se especializó en la producción de estos insumos. La empresa no se instaló dentro de la incubadora, sino en espacio en la Facultad de Ciencias Médicas de la universidad en que fue montado un laboratorio. Actualmente, ya graduada, se apresta para transferir la planta a otro local. Según la bióloga Fernanda Alvarez Rojas, fundadora de la Imuny, la incubación fue fundamental para convertir una idea nacida en el ambiente académico en un negocio.  “Al final de los tres años, con el apoyo de la incubadora, iniciamos el contacto con una empresa de participaciones para que nos ayudara en acciones de mercado, que fueran de gran utilidad para definir nuestro modelo de negocios”, afirma Fernanda. En los primeros tiempos, las inversiones hechas por el Programa Investigación Innovadora en la Pequeña y Micro Empresa (Pipe) de la FAPESP cimentaron la investigación y el desarrollo de Imuny. En 2006, con 12 clientes fijos, la empresa necesitaba más capital. La inyección de 200 mil reales para organizar la gestión de la producción, realizada por una empresa y un inversionista ángel, fue crucial. Imuny cuenta hoy con una distribuidora de anticuerpos nacionales volcada para competir con importadores. La pelea ahora es para ampliar las existencias, lo que garantizará las ventas y el aumento de los ingresos. Sólo los encargos de la propia Unicamp garantizarían a Imuny un ingreso de 15 mil dólares por mes.

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