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Antropología

Patria, sustantivo femenino

Investigación pone en jaque la motivación real y los resultados de las políticas contra el tráfico de mujeres

Lasar Segall, 1891 Vilna – 1957 São PauloEn una sintomática analogía con las relaciones cotidianas de género, millares de hombres se arman hasta los dientes y entran en guerra para defender la patria, curiosamente un sustantivo femenino, no solamente en portugués, tantas veces retratada en varios países como una mujer. Desdichadamente, el mismo entusiasmo de los campos de batalla es repetido en casa cuando la guerra termina, en un registro análogo de las divisiones sexuales del día a día. Basta recordar cómo, después de la Segunda Guerra Mundial, en Francia (para citar solamente un ejemplo), millares de mujeres que se habían relacionado con soldados alemanes fueron humilladas en plaza pública por el simple hecho de haber amado al enemigo. No obstante, la mayoría de los hombres serios que hicieron rentables negocios con los invasores escaparon ilesos. Era más fácil y lógico lanzar la ira por la patria ofendida sobre las mujeres que habían maculado la honra del Estado.

Hoy en día ese patrón parece estar repitiéndose en otros ámbitos, esta vez bajo el manto de preocupaciones humanitarias. Desde novelas de la TV Globo hasta titulares continuos en los medios, el tráfico de mujeres está provocando un pánico moral y real. Pero ¿cuál será la dimensión de ese fenómeno y cuál el interés subyacente a esa cuestión? Lejos de negar la existencia del tráfico, una pareja de investigadores, un estadounidense y una brasileña, Ana Paula da Silva y Thaddeus Blanchette, ambos doctores de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), fueron al campo para traer nuevos puntos de vista a la discusión, con resultados innovadores. La mujer soltera, en especial la joven, ocupa un espacio privilegiado en los discursos sobre los peligros de la emigración. Ella suele ser presentada como alguien que sería expuesta a los peligros de la esclavitud sexual, una vez que esté fuera de la red protectora de la familia y lejos de la mirada del gobierno de su país de nacimiento, observan los autores, más conocidos por su artículo Nuestra  Señora de la Help (ayuda, auxilio en inglés): sexo, turismo y desplazamiento transnacional en Copacabana y que, ahora, están con dos nuevos artículos, aún inéditos, fruto de nuevas investigaciones que problematizan aún más la trama que reúne temas tales como turismo sexual, prostitución y tráfico de mujeres. Según ellos, es necesario cautela y rigor científico para tratar el tema, y no sensacionalismo o pasión sin bases en lo real, so pena de transformar la lucha por derechos humanos en prejuicio y represión.

Muchas veces, los proyectos emigratorios de esas mujeres son tenidos como algo que representa un peligro a su pureza y libertad. Asimismo, la joven emigrante también es entendida como un peligro para la nación, avisan. Su desplazamiento internacional representa una amenaza tanto para el país de recepción como para el país de origen, en que ella es vista una hora como fuente de posibles malas costumbres e/o amenazas biológicas, otra hora como amenaza en potencial al status de su país de origen, alguien cuyo comportamiento puede macular la reputación de su tierra natal. Con relieve en ese cuadro se encuentra la prostituta, analizan. Prohibida de desplazarse, ella atrae todo tipo de vigilancia y represión, afirman. Pero en sus intentos de controlar las fronteras, proteger a sus ciudadanos y salvaguardar la nación, cómo es que el Estado puede determinar quién es prostituta y quién no lo es. Así, por lo que parece, en vez de descubrir prostitutas en trayectorias de emigración, el Estado las inventa, aplicando un concepto moral y político, previamente formado, a una gran gama de mujeres que pueden o no estar prostituyéndose.

Para los investigadores, la discusión perdió el rumbo y se transformó en pánico moral análogo a aquél que tomó cuenta de EE.UU. a comienzos del siglo XX sobre la esclavitud blanca, a su vez calcado en una fantasía racial victoriana que se horrorizaba de imaginar a mujeres blancas del Imperio en manos y camas de colonizados inferiores. Estos discursos han renacido porque provienen de una manera relativamente no cuestionada de construir filtros adicionales contra el movimiento indeseado de emigrantes a los países de Europa Occidental y América del Norte. Así, advierten, la narrativa brasileña del tráfico de mujeres parece estar más basada en mitos y estereotipos que en realidades, ya que no existen estadísticas confiables o ninguna indicación de que una cantidad asustadora de brasileñas está siendo engañada. Los principales estudios del tráfico en Brasil indican que la participación de extranjeros en la seducción es relativamente baja. Los mismos números revelan que se confunde ese problema con la emigración de prostitutas, en que se computan casos de emigración voluntaria de esas profesionales como casos de tráficos de mujeres, hasta cuando estos no involucran violaciones de derechos humanos.

Los autores advierten que existe una tendencia en ese debate de utilizar términos de denuncia o acusación como si fuesen categorías de análisis, una visión que, destacan, está lejos de considerar a esas mujeres como agentes activas en la construcción de sus destinos. Esa búsqueda de víctimas y villanos oculta el funcionamiento de las relaciones que constituyen los nexos entre turismo internacional, emigración y sexo operando en la mayoría de las grandes ciudades brasileñas. La nota triste en esa posible visión engañadora y engañosa es que el grueso de los esfuerzos del gobierno brasileño, en la lucha contra el tráfico, parece estar concentrado en impedir o desincentivar los viajes de personas consideradas como vulnerables al tráfico y no habilitar a esas personas a viajar con seguridad. En ese contexto es posible que la preocupación con la esclavitud sexual femenina esté siendo movilizada no para proteger a las mujeres en cuestión, sino para reprimir sus movimientos y proteger la reputación de la nación.

Lasar Segall, 1891 Vilna – 1957 São PauloEsa visión puede tanto perjudicar la lectura efectiva del tráfico como de las supuestas consecuencias siempre dañinas del turismo sexual. Para los investigadores, en los discursos producidos por órganos del gobierno sobre el fenómeno, es común observar el concepto de turismo sexual como si fuese un sinónimo de abuso de menores siempre vinculado a la extradición de mujeres para trabajos forzados como prostitutas, cuya solución sería la represión de las mujeres y la expulsión de los hombres. El locus de investigación inicial para los autores fue el night club Help, en Copacabana, en Río de Janeiro, punto de encuentro entre prostitutas y extranjeros. La casa, por otra parte, acaba de cerrar sus puertas y será purificada con su transformación, a cargo del gobierno del estado carioca, en sede de un nuevo Museo de la Imagen y del Sonido. La pareja de investigadores observó y conversó con clientes y prostitutas del Help para hacer un retrato más realista del turista sexual y sus razones, descubriendo las motivaciones que hacen que extranjeros, delante de la oferta actual de tantos países, vengan a Brasil. Primeramente, afirman, existe la idealización de que las brasileñas estarían dotadas de una sexualidad naturalmente acentuada, con un detalle notable y que haría a Gilberto Freyre reírse con gusto, ya que, para los turistas, la mezcla racial del  país sería la razón para esa sexualidad supuestamente a flor de piel. Venir a Río es como ir a una de aquellas tiendas de helados de los mil y un sabores, ¿sabía? Es mucho más excitante venir acá que ir a México o Cuba, ¿en dónde voy a encontrar una mezcla más restringida de las mujeres?, dijo uno de los entrevistados.

Otra quimera de los turistas es la idea de que las relaciones expuestas en la ciudad, en especial sobre el papel de la mujer en la familia y en la sociedad, son típicas de otros tiempos, el pasado de los países de origen de los extranjeros. Aquí las mujeres saben tratar a un hombre y son como eran en Europa años atrás, afirmó otro turista. Por último, una visión de la ciudad de Río y de Brasil como perdedores, espacios socioeconómicos incapaces de proveer adecuadamente a la mayoría de sus habitantes, particularmente a las mujeres, mientras que los extranjeros tendrían dinero y status, teniendo por lo tanto la capacidad, por medio del noviazgo y del casamiento, de conseguir visas permanentes para sus parejas, volviéndose sumamente atrayentes para las mujeres brasileñas, prostitutas o no. A partir de esto, los investigadores fueron a observar el otro extremo de esa relación, con el fin de problematizar el discurso estereotipado sobre turismo sexual y tráfico de mujeres y descubrieron que las mujeres son activas en el mantenimiento de una visión de Brasil como campo para las realizaciones de fantasías sexuales y afectivas, ya que (para poner un ejemplo solamente) las prostitutas que hacen el estilo de novias son más exitosas que sus contrapartidas inmediatistas de satisfacción sexual. Lejos de ser simples víctimas, ellas poseen un control notable sobre sus acciones y representaciones, echando mano de artificios para construir una ansiada ascensión social por medio del forjamiento de  vínculos con extranjeros itinerantes, sin que eso configure una visión simplista de esas mujeres como mercenarias calculistas.

Todo es mucho más sutil que el gastado latiguillo de ¿qué hace en un lugar como éste una muchacha como tú?, y los investigadores cuestionan el artículo 231 del Código Penal Brasileño, que define como delito de tráfico de mujeres ayudar a cualquier mujer que va a ejercer la prostitución en el exterior a salir del territorio nacional. Tal definición ignora el habitus de la prostitución en lugares como Copacabana, en que el amor y el sexo comercializado son dos caras de una misma moneda. Así, nos parece muy poco probable que esa legislación pueda prevenir el tráfico de mujeres, siempre y cuando eso siga siendo definido como sinónimo de viaje internacional de prostituta. Los investigadores recuerdan que, después de la adhesión de Brasil al Protocolo de Palermo, en 2004, que trata de la cuestión del tráfico, hubo pocas y pequeñas discusiones internas públicas sobre la nueva política de enfrentamiento de la cuestión, que prefirió no oír la voz de las prostitutas. El enfrentamiento parece que va a quedar restringido al artículo 231, que estipula que cualquier prostituta en movimiento es, ipso facto, una traficada. Un proyecto político de orientación democrática, que supuestamente lucha contra el tráfico de mujeres, ha sido configurado como un programa autoritario de represión a la prostitución y que busca su legitimidad popular en el llamamiento a las responsabilidades internacionales de Brasil.

La palabra clave en ese discurso es la vulnerabilidad, como si las mujeres que se desplazan internacionalmente fuesen incapaces, siempre, de tomar una decisión racional y es necesario reprimirlas, impedir su derecho de ir y venir, para su propio bien. En ese sentido, anotan los autores, la prostituta es vista como una especie de mujer inferior, incapaz, cuya actividad es articulada con la ilegalidad, con la vinculación a mafias criminales, aunque su trabajo sea, según las leyes brasileñas, aceptado legalmente. Podemos formular la hipótesis de que, en la lucha para la acumulación del status entre las naciones, una de las atribuciones del Estado es velar por la pureza de sus ciudadanas cuando esas viajan más allá de sus fronteras, pues el comportamiento de ellas, una vez identificadas étnica o nacionalmente en el exterior, puede ser fácilmente atribuible a todas las mujeres de aquella sociedad, advierten. Habría entonces un complejo de valores morales e intereses que subyacen e informan las acciones del Estado, haciendo que sus acciones de protección sean poco funcionales en el combate del tráfico real, centradas en los discursos de valoración de la nación en el mundo globalizado. Es más: es importante recordar que hoy en día sabemos muy poco sobre la prostitución y sus posibles vínculos con el tráfico de mujeres. Por lo tanto, las narrativas hegemónicas en el universo antitráfico no se fundamentan en lógica científica, y sí en un orden moral y político que se presenta, engañosamente, como fruto de una investigación socio-científica.

Como resultado de ello, afirman, surgen narrativas hegemónicas dudosas. La primera evidencia la necesidad de que Brasil demuestre que es miembro responsable de la comunidad de naciones. La segunda separa a las brasileñas en desplazamiento internacional entre las que pueden viajar y las que son vulnerables y no pueden viajar, por lo menos por el momento. Por último, la que sitúa la prostitución, en general, como trabajo excepcionalmente degradante y peligroso, equiparado al tráfico de drogas. Estos datos levantan dudas sobre un Estado que, por un lado, reconoce como su deber la represión de las violaciones de los derechos humanos de las mujeres y, por otro, alberga funcionarios públicos que entienden a las prostitutas como seres esencialmente delincuentes y destituidos de derechos. Por eso la represión policial antitráfico sigue orientándose por la prohibición del movimiento de prostituta y no por el deseo de garantizar a esas mujeres (y hombres) sus derechos humanos. En la base de todo, nuevamente, la vinculación entre pureza sexual femenina, Estado y status relativo de grupos sociales. En una sociedad donde los símbolos de pureza son legibles para la mayoría es fácil decir quien es o no pura. Cuando las alianzas matrimoniales tienen lugar entre sociedades, la posibilidad de discernir sobre la pureza relativa de una mujer es reducida, y la etnicidad o la nacionalidad son leídas como marcas de la calidad femenina?. Vale recordar, dicen los autores, que la palabra francesa, en Río del inicio del siglo XIX, era sinónimo de prostituta, de la misma forma que hoy lo mismo parece estar sucediendo con la palabra brasileña en Europa y en EE.UU.

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