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Carta de la editora | 148

Conocimiento, temor y pasión

Si por un lado el placer, la euforia, y la excitación extrema son las emociones más comunes en un investigador creativo, en el umbral de lo que al menos él reconoce como un gran descubrimiento, un hallazgo extraordinario, por otro, tengo la impresión de que el temor es el sentimiento más común y banal, el más frecuente ante las descripciones de los científicos acerca de algo nuevo y potencialmente amenazador para la vida y que, repentinamente y por azar, o luego de un largo y calculado esfuerzo, finalmente encontraron. Puede tratarse de la hipotética identificación de un meteorito cuya trayectoria en un nuevo cálculo indica una dramática colisión con la Tierra en los próximos meses o la previsión de un gigantesco e incontrolable tsunami en aguas hasta ahora calmas del océano Pacífico. Pero, a decir verdad, nada proveniente del campo científico es más frecuentemente aterrador que sus descripciones de nuevas e insospechadas enfermedades que se abaten sobre la especie humana. Por citar sólo algunos ejemplos de las últimas décadas del siglo XX, podemos recordar al Sida, la infección mortal causada por el virus Ébola en África o la cepa humana del denominado mal de la vaca loca en Europa en los últimos años de la década del 90, avanzando durante la primera década del siglo XXI.

Los saberes de los científicos, según juzga el sentido común, si bien atemorizan cuando nos conectan con la conciencia individual de nuestra indeseada finitud, también provocan un inmenso alivio cuando se informa el hallazgo de antídotos para los males preanunciados. O, al menos, cuando relativizan y sitúan en un nuevo contexto aquello que en un principio se revelaba como la encarnación del mal absoluto en la naturaleza. Finalmente, siempre es gratificante la noticia de que sobreviviremos. Y es de eso en cierta medida, de ese alivio frente a la relatividad del mal, que trata el artículo estampado en la tapa de la presente edición.

En términos concretos, allí se informa de qué manera un grupo de investigadores brasileños logró explicar el funcionamiento de la forma sana del prión, el denominado prión celular, una especie de contracara de la proteína perversa causante del mal de la vaca loca. Mejor que eso, el equipo demostró que el prión sano resulta esencial para el crecimiento de las células nerviosas, el desarrollo de la memoria y la regulación del sistema inmunológico. Más aún, como explica nuestro editor de ciencia, Ricardo Zorzetto, a partir del la página 16, esos investigadores de São Paulo, Río de Janeiro, Minas Gerais y Río Grande do Sul, coordinados por el oncólogo Ricardo Renzo Brentani (Director Presidente de la FAPESP, regístrese), presentaron en un artículo publicado en abril del presente año en la revista Physiological Reviews, la mayor revisión referente a los agentes infecciosos implicados en la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, con informaciones que pueden modificar la terapia de esa enfermedad que se instala solapadamente en el organismo durante dos o tres décadas para evolucionar luego a una velocidad alarmante, culminando con una muerte trágica. Dejemos en claro que esa enfermedad se presenta en cuatro variantes, una de las cuales es la versión humana del mal de la vaca loca. Pero hay otros diversos detalles en el texto de Zorzetto que transforman en insoslayable su lectura.

Me agradaría aprovechar para recomendar insistentemente aquí también, la lectura de la entrevista a Newton da Costa a partir de la página 10, realizada por nuestro editor jefe, Neldson Marcolin, el reportaje sobre la revisión de la vida y el rol del general Osório durante la Guerra de Paraguay, elaborado por el editor de humanidades, Carlos Haag (desde la página 104), y el reportaje sobre la mayor motivación que moviliza a los científicos de los años 1970, del presente y tal vez de siempre, preparado por el editor de política científica y tecnológica, Fabricio Marques: la pasión por entender, saber, comprender (desde la página 30).

Para finalizar, expreso el regocijo por la caída de la acción de inconstitucionalidad contra la Ley de Bioseguridad, en lo referente a la utilización de las células madre embrionarias (en la página 28). Venció el derecho al conocimiento que beneficia a la vida.

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