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Sociología

La embriaguez del descubrimiento

Por qué es tan grande la satisfacción de los científicos respecto de su trabajo

Arquivo/AE¿Qué es lo que empuja a una persona a elegir la carrera de científico si la ocupación exige un enorme esfuerzo intelectual pero no rinde un status económico a la altura de esos desafíos? ¿Cómo consiguen mantener el interés a pesar de la incertidumbre que acarrea la misión de hacer evolucionar el conocimiento? Se suele atribuir esa motivación a un llamado vocacional cuasi religioso, como escribió Max Weber en Ciencia y Política: dos vocaciones: Sin esa singular embriaguez, de la cuál se burlan todos los que son ajenos a la ciencia, sin esa pasión, sin esa certeza de que millares de años transcurrieron antes de que usted viviera y millares de años sobrevendrán en silencio si usted no fuera capaz de formular aquella conjetura; sin eso, usted jamás poseerá la vocación del científico y será mejor que se dedique a otra actividad.

Investigaciones recientes de la sociología revelan que, si bien el sentido común no se halla equivocado, también existe una dinámica para explicar las singularidades de la profesión de científico más allá de la idea de que ellos son excéntricos, absortos en la resolución de problemas muchas veces intangibles y opuestos a las miserias cotidianas. La profesión asegura una elevada satisfacción personal, derivada de la libertad de poder organizar el propio trabajo y de la satisfacción por recoger sus frutos. Mientras que el trabajo industrial se tornó alienante, por dividirse en etapas, e imponer tareas tediosas y cansadoras, la ocupación del científico, tal como otras de carácter intelectual, es esencialmente creativa y consiguió preservar el control sobre todo su proceso productivo, dice la socióloga Neide Hahn, autora de un estudio de referencia sobre el tema. Una de las principales motivaciones de la profesión, mayores que las cifras del sueldo, es el prestigio, obtenido en la forma de reconocimiento de los pares y de la sociedad y en la capacidad para proseguir sus investigaciones.

En el año 1975, Neide Hahn defendió una tesina de maestría titulada El científico: el individuo y su ocupación, que por primera vez en Brasil caracterizó el trabajo de los científicos y valoró las motivaciones de ese grupo social. Dirigida por el sociólogo Leôncio Martins Rodrigues, de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH/USP), la investigación se basó en entrevistas con 120 científicos de diversas áreas del conocimiento, ligados a universidades y centros de investigación del estado de São Paulo, quienes habían recibido en los años anteriores el apoyo de la FAPESP.

Uno de los datos más elocuentes se refiere a las ventajas de la carrera apuntadas por los entrevistados. La satisfacción intelectual, traducida en la habilidad de contribuir para el avance del conocimiento y en la resolución de problemas, fue la motivación principal citada por el 57,5% de los investigadores. En segundo lugar, con un índice del 13,3%, se situó la posibilidad de resolver problemas sociales, seguida de la libertad laboral (11,7%) y la oportunidad de recibir recompensas sociales o materiales (6,7%). Los investigadores se sienten realizados en lo que reza respecto al objetivo principal de su actividad: la búsqueda del conocimiento, la solución de problemas, la satisfacción de la curiosidad intelectual, escribió Neide Hahn.

También merece mención la autoimagen expresada por los investigadores. Ellos dijeron que las condiciones esenciales para el desempeño de la ocupación son, en primer lugar, una personalidad adecuada, inserta en el concepto de honestidad intelectual, además de inteligencia y esfuerzo individual. La tesina sugiere que el trabajo científico se aproxima al modelo descrito por el sociólogo americano Charles Wright Mills (1918-1962) como artesanal: simultáneo a conformar una necesidad de ganarse la vida, también representa un acto artístico capaz de inducir la paz interior. Las características más valoradas de la profesión fueron la oportunidad para ejercer la propia vocación y el placer intelectual por solucionar problemas teóricos.

LucrŽécio/AETrabajo y esparcimiento
La caracterización realizada de los científicos entrevistados proporciona algunos datos curiosos. En general, eran moderados en el consumo, hacían economía e invertían sobre todo en inmuebles. Como una señal de que las fronteras entre trabajo y el esparcimiento son débiles, el 42,5% declaró que sus mejores amigos son colegas de la profesión, y el 18,3% indicó que utilizan el tiempo libre para la lectura y otras actividades ligadas con la profesión. Sólo tres de los ciento veinte investigadores eran solteros. Dos eran viudos y otros dos, separados. Como podemos ver, muchos eran casados, generalmente, con mujeres con un nivel de educación superior a la media de las mujeres brasileñas de la época ? el 62% de ellas con carrera superior, frecuentemente en la misma área de formación que sus maridos.

Aunque la retribución monetaria se revelara como una ventaja central apenas secundaria, no puede decirse que fuesen mal remunerados. Aunque se constituyen como un grupo ocupacional razonablemente bien pago, los científicos reciben menor remuneración, comparados con algunas otras ocupaciones liberales. Otra hipótesis es que presentaban altas aspiraciones salariales, lo que presupone una autovaloración de la actividad que ejercen, escribió Neide. Más de dos tercios (el 72%) se declararon insatisfechos con sus ingresos (entre 15 y 37 salarios mínimos de la época). Pero el hecho es que la profesión representaba para ellos, un medio de encumbramiento social. En general, los entrevistados ascendieron desde la clase media media hacia el estrato de la media alta, dijo entonces Neide Hahn. Es cierto que en aquella época, varios sectores se beneficiaron con mecanismos de la movilidad social. Más del 64% de los entrevistados declaró que se consideraba en mejores condiciones que las que se vivían comúnmente en el país.

La investigación de Neide Hahn fue realizada hace más de tres décadas, pero puede afirmarse que varios de sus resultados permanecen vigentes. Según Elizabeth Balbachevsky, docente del Departamento de Ciencia Política de la FFLCH/ USP, la satisfacción del científico con su profesión es un fenómeno mundial y no sufrió desgaste con la evolución del rol de los investigadores, cuya autonomía ha venido siendo desafiada para que tengan mayor interacción con el sector productivo y, frecuentemente, son evaluados según el volumen de recursos que logran atraer. En el mes de enero pasado, la profesora participó de una conferencia internacional en Hiroshima, Japón, donde se presentaron los resultados de un proyecto internacional que evalúa la marcha de la profesión académica en varios países Elizabeth y el profesor Simon Schwartzman son los representantes brasileños de esa red.

Quedamos sorprendidos con los resultados obtenidos aun en países que sufrieron profundas reformas en su sistema de educación superior. No obstante, la satisfacción personal sigue siendo elevada, dice, refiriéndose, por ejemplo, a Australia, cuyo sistema de financiamiento comenzó a exigir que los investigadores obtengan parte del dinero para costearse en el sector privado. En Holanda, la tenure, que es la contratación definitiva del profesor, no forma parte de las reglas de las universidades y los investigadores deben demostrar productividad continuamente. Las presiones provienen de todas partes y algunas de ellas no son controladas por la academia. Actualmente, muchos investigadores son obligados a negociar con interlocutores que hasta hace poco tiempo atrás no eran aceptables, como por ejemplo, las organizaciones más radicales de defensa de los animales, quienes imponen restricciones para la utilización de animales en los estudios, afirma. Frente al cuadro que se presenta en muchos países desarrollados, la situación en Brasil puede considerarse bastante satisfactoria en muchos sentidos. Las presiones de índole productiva son menores. En el caso de las universidades estaduales paulistas, que reciben un porcentaje fijo de fondos y gozan de autonomía para la utilización de esos recursos, la libertad laboral de los investigadores no sufrió reveses. Los recursos de la FAPESP también aportan para hacer esa diferencia, afirma la profesora.

Es probable que el placer que brinda el trabajo científico no sólo se encuentre vinculado con la libertad y la protección del ambiente académico. Un relevamiento divulgado en el año 2005 por la revista norteamericana The Scientist, evaluó la satisfacción de los científicos contratados para realizar investigación en grandes corporaciones de Estados Unidos, de Canadá y países europeos. Los datos demuestran que ellos piensan como los colegas que trabajan en la academia: recogen gran satisfacción de su trabajo por considerarlo muy importante. El contento aumenta si otros factores estuvieran presentes, como el hecho de trabajar con colegas íntegros y los patrones éticos demostrados por la compañía.

Arquivo/AEPresión para publicar
Según la opinión de Shozo Motoyama, profesor titular de la FFLCH/ USP y director del Centro Interunidades de Historia de la Ciencia de la universidad, la profesión de investigador se halla en proceso de transformación, pero eso no cambió el placer obtenido por la ocupación. El número de científicos aumentó mucho y, en función de la importancia que cobraron las nuevas tecnologías, varios de ellos desarrollaron habilidades que los tornaron capaces, por ejemplo, para crear empresas y ganar dinero fuera del ambiente académico, afirma el profesor. Ellos ya no son más aquella figura de la elite intelectual que vivía en sus laboratorios ajenos al devenir de la vida social. Pero siguen conformando esa elite y aún se benefician con la máxima del genetista Crodowaldo Pavan acerca de su trabajo. Él siempre dice: Yo me divierto y alguien me paga por ello, afirma Motoyama.

Muchos investigadores se quejan de un cambio en el perfil de su trabajo, el cual es la creciente presión por publicar artículos académicos en gran cantidad, resumida en el slogan Publique o perezca. Aunque de hecho, la presión para publicar fuese menor en la década de 1970, los datos recabados por Neide Hahn en su tesina del año 1975 revelan que la preocupación por divulgar sus trabajos era fuerte. En promedio, los científicos entrevistados que eran profesores titulares habían publicado en sus carreras un promedio de 76 trabajos. Ese índice decrecía hasta 48,2 entre los profesores adjuntos, 42 para los libre-docentes, 16,9 entre los doctores y 23 para los másteres. Principalmente los profesores titulares presentaban una productividad elevada, en un momento en el que la presión por publicar era mucho menos que la actual, elogia el profesor Rogério Meneghini, coordinador científico de la biblioteca electrónica SciELO Brasil.

La performance no sorprende a la científica política Elizabeth Balbachevsky, de la USP. En primer lugar, ella recuerda que se trata de una muestra peculiar. La FAPESP siempre fue muy rigurosa en la concesión de recursos y becas y el hecho de haber recibido ayuda de la Fundación representa un indicador de un profesional con un perfil diferenciado, afirma. Por otra parte, la profesora recuerda que dar publicidad a los hallazgos es una preocupación muy antigua, parte del ethos de la ciencia. Ya en aquella época, principalmente en las áreas de la ciencia pura, quien no publicaba en revistas especializadas simplemente no era reconocido por sus pares como científico, afirma. Lo que es nuevo no es la necesidad de publicar, sino el advenimiento de los índices que miden el impacto de las revistas especializadas y de sus artículos, y que otorgan precisión a la evaluación de la importancia de la producción académica?, indica Elizabeth Balbachevsky. El sociólogo estadounidense Robert Merton (1910-2003), quien fuera un pionero de la sociología de la ciencia, al estudiar el modo de comportarse de los científicos y sus motivaciones, ya había apuntado la necesidad de someter los descubrimientos a la consideración de sus pares como característica esencial de la ocupación del científico. Según Merton, entre las principales normas culturales incorporadas por los investigadores, se halla el sometimiento a criterios impersonales de juicio y la idea de que los descubrimientos son producto de la colaboración social, debiendo, por lo tanto, ser divulgados y sometidos a la evaluación de sus pares. Publicar, como puede verse, está en la esencia del trabajo del científico. Y perecer se halla fuera de toda lógica para individuos tan motivados con la profesión que escogieron.

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