Imprimir Republicar

Educación

La elite del saber

Un estudio analiza el perfil intelectual de la clase dirigente brasileña

HÉLIO DE ALMEIDA“Éste es el siglo de la elite del saber y no solamente de la elite de la cuna y el apellido”, dijo recientemente el presidente Lula, anunciando planes futuros para la educación. La frase es de una corrección impecable, pero no anuncia ninguna novedad, pues desde hace varias décadas el Estado brasileño se ha esforzado para que el nuevo siglo cobre ese status. “Los análisis que realizamos en nuestro trabajo revelan que el campo del poder en Brasil se ha diversificado con las inversiones intelectuales, que cobraron autonomía en relación con los recursos económicos, sociales y políticos de las familias de origen de los estudiantes. Hace tiempo ya que el Estado crea oportunidades para que los universitarios de origen más modesto puedan ascender en el mundo internacional del saber y obtener instrumentos que les permitan rivalizar con las elites tradicionales”, afirma la historiadora Letícia Bicalho Canêdo, docente de la Facultad de Educación de la Unicamp y directora del Focus (Grupo de Estudios sobre la Institución Escolar y las Organizaciones Familiares), donde coordina el proyecto temático Circulación internacional y formación de cuadros dirigentes brasileños, con el apoyo de la FAPESP.

El proyecto tiene por objeto saber quiénes son los formadores de políticas públicas y cuál es el destino de los recursos sociales e institucionales que capacitaron a estos individuos para participar en las prácticas de negociación del mundo globalizado. “Sabemos que a mayoría de los altos puestos políticos actuales son ocupados por personas que estudiaron en el exterior y en universidades de punta. Basta con recordar los nombres de Fernando Henrique Cardoso, José Serra y Marta Suplicy, para citar algunos, para verificar que buena parte de nuestra elite dirigente hizo una especialización internacional.”

La investigadora explica que el estudio apunta a juntarse con aquéllos que aspiran a comprender el sentido del “proyecto universalista” o la “globalización”, en particular en el establecimiento de principios de acción y modos de gobierno “universalistas”. “Queremos investigar a los ‘traductores de ese universo’, los individuos y redes que operan con miras a concretar de este proyecto universalizante en los organismos intergubernamentales, las asociaciones internacionales, las ONG’s, las universidades y las sociedades profesionales.” Así, al circular internacionalmente y aportar visiones y principios en su país de origen, estos cuadros difunden estos valores universales y los adaptan a los sistemas locales.

“La idea es analizar tanto a la elite que asciende por la ‘puerta grande’ de un   título internacional, y con eso reivindica para sí cargos de autoridad, como a todos aquéllos que, con un diploma local, estarían siendo ubicados por esa razón en carreras de segunda categoría”, analiza. Con base en ese sesgo, será posible entender, presume la investigadora, la participación de las elites en la construcción y la modernización del Estado brasileño a partir de sus experiencias individuales. “Estamos hablando de una competencia basada no en países, sino en personas de carne y hueso. Esto es fundamental cuando se vive un  momento de globalización que apunta a establecer modos de gobierno con pretensiones planetarias, un dispositivo hegemónico que será el centro de la reproducción de las elites nacionales de los países periféricos”. Es decir, será posible saber de qué manera los títulos universitarios, los conocimientos técnicos, los contactos, los recursos, el prestigio y la legitimidad adquirida en el exterior para construir carreras en el país de origen refuerzan en el campo nacional la posición dominante de aquéllos que pueden valorar su pertenencia a las redes internacionales del establishment (entiéndase el Banco Mundial,  el Fondo Monetario Internacional etc.).

Misión
No obstante, cabe aclarar que el comienzo de este macroproceso global se da en el mundo “micro” de las escuelas y de las familias. “La escuela es incumbida de una doble misión: generar la fuerza de trabajo que demanda el espacio de producción económica y también los agentes socialmente insertados, es decir, insertados en una cultura demandada por los grupos familiares”, explica Ana Maria Fonseca de Almeida, investigadora del proyecto. De este modo, la escuela cumple un rol no solamente técnico, sino simbólico, pues será en ese ambiente que los jóvenes forman un círculo de amistades que será una red de apoyo, como así también aprenden saberes distintos que los escolares, ligados a lo social: cómo gestionar un grupo y liderarlo. “Nuestra preocupación no es tener la educación de las elites como modelo, sino saber cómo ésta es usada para mantener las posiciones de poder en la sociedad y estudiarla para observar las desigualdades sociales. Al fin y al cabo, cada país ‘inventa’ su tradición de educación”, sostiene.

De allí, recuerda la investigadora, la nueva visión de la aptitud en lengua portuguesa, por ejemplo, hoy en día menos ligada a la gramática y más a la capacidad del alumno de interpretar el mundo. Lo que no impide, por supuesto, el interés siempre renovado en el inglés, un idioma fundamental en la circulación internacional. Pero, ¿cuál es la novedad? Las elites nacionales siempre asignaron valor al aprendizaje de idiomas y a las estadías en el exterior para la creación de una educación cosmopolita. “A partir de los años 1950, más intensamente en los años 1980, se desarrolló una política voluntarista de apoyo a los intercambios, con la concesión de beca por parte de las agencias de financiamiento a la investigación, lo que alteró de manera radical el reclutamiento social de los efectivos que van al exterior. Los viajes internacionales de estudio no son actualmente atributos únicamente de las elites familiares pudientes”, analiza Letícia.

La educación cada vez se fue consolidando cada vez más consolidando como “cuestión de Estado”. “La calificación de los docente e investigadores en un país como Brasil, de una formación colonial peculiar que no estimuló la formación autóctona de los intelectuales, no puede realizarse plenamente con los medios internos”, sostiene Carlos Roberto Jamil Cury, también del Focus. “Por ende, la tradición de formación de elites intelectuales fuera del país no es precisamente tan reciente. Lo que se ha venido haciendo durante los últimos 35 años es en alguna medida la ampliación consciente y programada de una tradición antigua por la cual el poder público siempre apuntó hacia la calificación de docentes y investigadores en el exterior”. Este proceso se consolida a partir de 1946, cuando la Constitución estadual paulista estipula la gratuidad de toda la enseñanza pública, incluso la educación superior. “De este modo, a partir de los años 1950, se registra una expansión de las instituciones y, por encima todo, un rol más fuerte del Estado en su manutención. Es el período de la nacionalización de las escuelas superiores y su aglutinación en universidades”. Es la ruptura del poder familiar, cuyos hijos ahora van a la escuela para recibir una educación impartida por especialistas certificados por el Estado.

Dos movimientos externos se juntarían a este impulso interno. El primero es el surgimiento de la teoría del capital humano en 1960, que sugiere que las inversiones en la educación generan beneficios para individuos y sociedades, lo que transforma la enseñanza en un factor de desarrollo económico, lo que a su vez eleva el interés del saber por parte del Estado, que por esa razón pasa cada vez más a ubicar a los economistas como los nuevos gestores de la educación. El otro, más prosaico, fue la Guerra Fría, que, acota Letícia, “reforzó la concurrencia entre las naciones por el monopolio de los avances científicos, lo que jerarquizó los países que poseen menos o más inserciones en cada dominio del saber en la escena internacional”. El poder político nacional e internacional no era ya completo de no estar fundamentado en un sistema de producción y transmisión de conocimientos científicos y tecnológicos. “En Brasil, la creación en 1951 de las primeras agencias nacionales de apoyo a la investigación, el CNPq y la Capes (la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior), permite a los brasileños participar en el curso científico inducido y acelerado por la Guerra Fría”. En el caso del CNPq (el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico), sostiene Letícia, su creación se ligó directamente al uso de la energía nuclear, lo que explica por qué sus primeros dirigentes fueron escogidos en el seno de las Fuerzas Armadas. En tanto, la Capes se debió a la iniciativa del educador Anísio Teixeira, personalmente un adepto de los viajes de saber internacionales, que pretendió con ello disminuir el atraso del sistema educativo nacional ante las grandes potencias científicas mediante la cooperación internacional. En la práctica escolar, dice la investigadora, esto significó una ruptura con el sistema brasileño de formación tradicional, con base en las escuelas católicas, para asumir a partir de entonces un carácter asociado a los paradigmas externos.

“Asimismo, la creación de las instituciones incrementó la posibilidad de la formación en el exterior, inaugurando una política pública de asignación de becas determinada a dotar a Brasil de recursos humanos de alto nivel”, asevera la investigadora. El Estado pone bajo su responsabilidad la formación de la nueva elite científica, ya no más únicamente restringida a las elites familiares. “Esto también se consolida con la creación en 1962 de la FAPESP, un  organismo estadual que se suma a los esfuerzos de los otros dos, nacionales, con miras a hacer posible una experiencia directa de los investigadores con las prácticas culturales y científicas de vanguardia internacional”. Al mismo tiempo, incentivó en los años 1950 y 1960, con la implantación de maestrías y doctorados, la creación de un cuerpo permanente de científicos en el país. “Los comienzos del posgrado asociaban el Estado, el progreso de la ciencia y la búsqueda de referencias internacionales de conocimiento. El Estado se va imponiendo como garantía del desarrollo científico, visto como fundamental para la búsqueda de la autonomía nacional”, acota Cury.

Autónomo
Este movimiento se mantiene, o es más, crece, incluso durante los períodos de excepción como la dictadura militar, al fin y al cabo, el “Brasil potencia” debería ser visto como tal por brasileños y extranjeros. La teoría del capital humano fue llevada al pie de la letra. “La pretendida modernización conservadora exigía urgencia en determinadas áreas que sólo podrían consolidarse con doctores formados en el exterior. El posgrado asume una posición estratégica en el ámbito educativo y también en los términos del modelo de desarrollo del país”, sostiene Cury. “En esa acción deliberada del Estado, el envío de docentes al exterior constituye un nivel básico para la diseminación endógena de programas de maestría y doctorado en el país y para su consolidación calificada. Así, el papel del posgrado en el exterior adquirió un  rol importante: el de ser un momento formativo, con el fin de permitir el desarrollo autónomo del posgrado en el país”. Actualmente, agrega el investigador, pasada la necesidad del impulso inicial, se registra un  retroceso de las agencias en lo que hace a financiar doctorados plenos en el exterior, con preferencia por los posdotorados y por las – becas sándwich -, más cortas y, en general, menos costosas.

Se amplió igualmente el espectro de auxilios. “Como las agencias progresivamente incorporaron todas las disciplinas científicas y culturales a sus programas, más allá de las llamadas ciencias ‘duras’ o exactas, la intervención de las mismas abrió la oportunidad de carreras de sustitución para las nuevas generaciones de investigadores, entre los cuales buena parte no tienen un capital social equivalente a aquél de las elites tradicionales”, agrega Letícia. Por ende, la selección de los aspirantes a salir del país queda bajo el control de la comunidad científica, con lo cual disminuye el clientelismo político, un suceso de importancia decisiva en el cambio de la composición social de los universitarios en circulación internacional y en el desarrollo científico y político de Brasil. “Fue gracias a esa política que Brasil tuvo la capacidad de asimilar casi que instantáneamente una tecnología relativamente nueva, al menos para el país, a saber, aquélla del secuenciamiento genético”, elogió André Goffeau, investigador del Instituto Curie y director del proyecto de secuenciamiento del genoma de la levadura.

HÉLIO DE ALMEIDA“Mediante estos mecanismos, el Estado brasileño ha venido sosteniendo desde 1970 la reconversión de las elites dirigentes”, afirma Letícia. Que no se restringen únicamente al espacio académico, sino que salen de él para llevar sus ideas a la sociedad. “Basta con ver de qué manera esa nueva reserva de docentes universitarios contribuirá, a partir del mismo período, al refuerzo de una elite política interesada en la construcción de un nuevo espacio de poder. La intención de éstos es determinar cómo debe ser la sociedad brasileña, y para ello eligieron a representantes activos de distintos sectores sociales aptos para suministrar un proyecto de sociedad”, analiza Ana Paula Hey, otra de las investigadoras del temático. Según ella, el grupo se concentró inicialmente alrededor de la USP y, dentro de la universidad, del Nupes (Núcleo de Investigaciones sobre la Enseñanza Superior), que tienen en común el hecho de ser altamente calificados y de haber pasado a la acción en el espacio político, beneficiándose con las diversas formas de capital adquirido, reconvertido en beneficio de la producción y de la concreción de sus ideas en el mundo social. “Resulta importante recordar también que el grupo del Cebrap (el Centro Brasileño de Análisis y Planeamiento), de donde salieron políticos de primer nivel como Fernando Henrique Cardoso, José Serra, Paulo Renato Souza y Luis Carlos Bresser Pereira, entre otros, ligados al Partido Socialdemócrata (PSDB).”

Intelectual
Este grupo en especial participará activamente de la vida política a partir de los años 1980, período de apertura política, ya sea abiertamente o como ideólogos de una nueva visión de la sociedad. “El Cebrap tenía una visión diversa de la carrera académica considerada como un ‘modo de vida’, en oposición al intelectual que no sabía negociar sus opiniones y sus propuestas”, sostiene Ana Paula. El ideal de este conjunto de intelectuales era elaborar un   proyecto de sociedad y avanzar por la vía electoral, teniendo siempre en la mira la división de la política en un “bajo clero”, descalificado, y el “alto clero”, compuesto de intelectuales y universitarios que conciben el saber como un   estilo de vivir, disponiendo de todos los medios necesarios para la elaboración y consecución de un proyecto social de mundo. “La idea hacía las veces de refuerzo de la producción de una ideología fundamentada sobre una concepción de la ciencia vista como la única habilitada a hablar del mundo social, ya que es producida por el único grupo legitimado.”

Según la investigadora, se trataba de poner en práctica algunas estrategias. “En la medida en que muchos investigadores son invitados a ocupar puestos en el  gobierno nacional, una estrategia eficaz consiste en introducir una concepción del sistema de educación superior como si el mismo fuera expresión del universo académico; en otras palabras, se trataba de traducir ese programa efectivamente político como expresión de la voluntad académica”, afirma Ana Paula. “El programa académico de educación superior fue elaborado por lo tanto en el espacio político. La regla era pertenecer a una elite que se diferencia por poseer un capital cultural específico. Este capital se constituye también en capital social, instituido a lo largo de una trayectoria de formación académica y profesional, que se une a la circulación internacional”. Para la autora, lo que se verifica es la construcción de un nuevo espacio de poder, donde los expertos pertenecen a un mercado internacional, imponiendo orientaciones políticas sobre el plano local, trabajando junto a técnicos salidos del universo académico y científico nacional.

“El reconocimiento académico tiene un rol central en esta lucha, ya que éste otorga legitimidad a las acciones políticas prácticas”. De este modo, el capital cosmopolita de las elites comprometidas en la lucha en pos de la construcción de un espacio internacional de conocimiento de Estado haría posible que éstas se afirmasen con un papel clave en la definición de modelos institucionales nacionales. “Invertir en el espacio internacional para reforzar sus posiciones en el campo de poder nacional y, simultáneamente, hacer valer su notoriedad nacional para hacerse entender en la escena internacional. Esto se debe a que las estrategias cosmopolitas en esos fenómenos han sido presentadas como sirviendo al interés nacional, en tanto que, inversamente, las estrategias nacionales se reivindican como valores universales. Al fin y al cabo, son las ideas que esos ex becarios trajeron de sus viajes aquéllas que nos permiten aprehender un nuevo posicionamiento de Brasil en el escenario mundial”, sostiene Letícia.

Republicar