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Historia

La tierra de la ciencia naciente

El aporte nipón en la investigación científica brasileña

REPRODUCIÓN LIBRO "CEM ANOS DA IMIGRAÇÃO JAPONESA NO BRASIL ATRAVÉS DE FOTOGRAFIAS"Un antiguo refrán japonés enseña: “Escuche una palabra, entienda diez”. No sin razón, la palabra que empleada para decir “ciencia” en japonés, kagaku, es la unión de dos ideogramas que significan “estudio, aprendizaje” y “categoría, distinción”. Si bien durante décadas después de su arribo a Brasil, en 1908, ellos se mantuvieron “aferrados” a la tierra y a la agricultura, en el momento en que los nikkei (los descendientes nacidos fuera de Japón) descubrieron que su estada tropical no era temporal, sino efectiva, muchos entre ellos dejaron el campo y fueron hacia las ciudades. “Los agricultores abandonaron las tierras para que sus hijos estudiasen, viendo en ello su camino para continuar el proceso de ascenso social. En la ciudad se acentuó la valoración de la escolaridad, único canal de ascensión abierto a los japoneses”, escribió Ruth Cardoso en su doctorado intitulado Estructura familiar y movilidad social: estudios de los japoneses en el estado de São Paulo. La ciencia y el saber pasaron a significar, en un país que tardó en aceptarlos, una forma de distinción.

“Las familias nikkeis valoran más la formación escolar que la adquisición de bienes materiales de ostentación económica y social. La educación es un   valor al cual aspiran varias familias de nikkeis desde la era Meiji, cuando Japón ya había resuelto el problema del analfabetismo antes que Europa y que Estados Unidos”, explicó en el libro O nikkei no Brasil el sociólogo Sedi Hirano. “Pese a ello, las personas decían, en tono jocoso: ‘¿Usted ya mató a un japonés para poder entrar en medicina o en ingeniería de la USP?’ Es un   síntoma claro de discriminación”. Que la notable sabiduría oriental supo desdeñar. “Por la propia característica de los inmigrantes nipones (un 68% en el caso del Kasato-Maru), las actividades culturales de la llamada colonia japonesa empezaron tempranamente y las investigaciones científicas no escaparon a la regla. Con todo, mucha gente duda cuando se afirma que los japoneses inmigrantes se ocuparon de las ciencias exactas y naturales ya en la década del – 30 del siglo pasado, antes incluso del surgimiento de la USP, como, por ejemplo, el Instituto Kurihara de Ciencia Natural Brasileña, fundado en 1931, autointitulado el ‘menor observatorio astronómico del mundo'”, sostiene Ana Maria Kazue Miyadahira, docente titular de la Escuela de Enfermería de la USP y coordinadora del proyecto Encuentros y memorias: la inserción nikkei en la USP y en la sociedad brasileña, que saldrá publicado en libro.

Al comienzo, el intercambio científico entre ambos países era naturalmente pequeño. “Siendo un país primario exportador, de parca industrialización, se hacía poca ciencia en Brasil, y Japón, a su vez, no era aún una potencia en el área científica, ya que su desarrollo fue apresurado y se basó en la importación de know-how“, explica el historiador Shozo Motoyama, de la USP. Los investigadores brasileños preferían mantener contactos con la comunidad científica europea, en particular la francesa. Para complicar las cosas, en las décadas de 1920 y 1930 recrudecieron las campañas antiniponas en Brasil, cuya comunidad científica, en buena parte, estaba comprometida con el ideal de la eugenesia. De allí el fenómeno notable del Instituto Kurihara, creado en Mirandópolis por el labrador Shihishi Kamiya y un grupo de amateurs, que desarrolló estudios nada desdeñables en las áreas de astronomía, meteorología, zoología, botánica, arqueología, antropología e historia. Kamyia y sus amigos transformaron  un viejo gallinero en un observatorio astronómico, enviando datos al Observatorio de Kwazan, en Japón, y al Observatorio Nacional de Brasil.

El final del conflicto permitió la reanudación de las actividades científicas entre japoneses y brasileños, en especial en el campo de la física, área que tuvo un   progreso notable gracias a la inversión militarista del imperio nipón, teniendo como figuras centrales a Hideki Yukawa y Sin-Itiro Tomonaga, interesados en la física cuántica, en ese entonces vista con poco interés en Japón. “En 1934, contrariando a esa corriente mayoritaria, Yukawa postuló la existencia de una partícula llamada mesón, pero sus descubrimientos fueron recibidas con frialdad en el seno de la comunidad de los físicos”, comenta Shozo. En 1947, César Lattes fue uno de los científicos que observó empíricamente la partícula atómica mesón pi, y ayudó así a Yukawa a conquistar el reconocimiento de sus teorías. Sin embargo, en Brasil, la colonia nipona pasaba por momentos delicados con la derrota japonesa en la guerra, que enterró sus sueños los inmigrantes en regresar al Japón. La comunidad se dividía entre los katigumis, que confiaban en la victoria imperial y querían volver a casa, y los makegumis, vistos como “derrotistas”, una minoría (el 20%) que reconocía la derrota contra los aliados. Interesados en mantener la verdad y, al mismo tiempo, mantener la moral de los conterráneos, los makegumis decidieron traer a Brasil a Yukawa, el primero Nobel japonés, en 1949, para que hablase del fin del imperio. Recaudaron casi un millón de yenes, pero el físico, enfermo, no pudo venir (sí lo hizo posteriormente, en 1958). El dinero fue entonces donado a la Universidad Kioto, que atravesaba serias dificultades en la posguerra.

“El dinero proveniente de Brasil estimuló la formación de un grupo de Investigaciones experimentales pioneras con emulsión nuclear. Ese grupo, formado por Yukawa, Sin-Itiro Tomonaga y Masatoshi Koshiba (ganadores del Nobel de Física en 1949, 1965 y 2002, respectivamente), además de Mituo Taketani, más tarde propuso al científico brasileño César Lattes la colaboración entre físicos teóricos y experimentales de ambos países”, explica el físico Edison Shibuya, de la Unicamp, quien trabajó con Lattes. “El gesto de la colonia, al invitar a Yukawa a ayudar en los problemas enfrentados en Brasil, contribuyó directamente para la creación de la CBJ, e indirectamente, para la consolidación de la física de las partículas elementales”. En 1958, los físicos Roberto Salmeron y Paulo Leal Ferreira se encontraban en busca de un   director para el Instituto de Física Teórica (IFT) creado en 1952, en São Paulo, en los moldes del Instituto Max Planck, de Alemania. “Me acordé de las charlas con un amigo, Hiroomi Umezawa, un joven físico japonés de la Universidad Tokio, quien me había contado que después de la Segunda Guerra Mundial, había pocos empleos para los físicos en las universidades japonesas. Le pedí una recomendación y semanas después tuve la sorpresa de saber acerca del interés de Taketani, uno de los big four de la física japonesa, en dirigir el IFT”, comenta Salmeron en un reciente artigo sobre el instituto. “Él afirmó públicamente que había venido a Brasil en agradecimiento por la donación realizada diez años antes por la colonia japonesa al Grupo de Partículas Elementales”, explica Shibuya.

GILBERTO PAULO ARRUDA/FTSi la física fue un campo importante para la colaboración entre los nikkeis y los brasileños, no se puede negar la presencia masiva de japoneses en las conquistas médicas. En 1923, el Ministerio del Interior de Japón concedió un   subsidio de 23 mil yenes para la instalación de servicios de asistencia médica. “Las dificultades de comunicación (a causa de los problemas de idiomáticos) entre los inmigrantes y los servicios médicos de la comunidad llevó a las autoridades a establecer un convenio entre ambos países para que médicos japoneses pudieran atender en Brasil. Eran los llamados haken-i, facultativos que podían atender solamente a japoneses”, comente el médico Renato Yamada, docente de la Facultad de Medicina de la USP. “La carencia de médicos hizo que se congregase un alto porcentaje de nisseis en medicina, pues muchos padres japoneses querían que al menos uno de sus hijos fuese médico, prueba de la situación terrible vivida por los inmigrantes. Así fue como a partir de 1939, se reciben muchos nisseis en la USP”. Y desde entonces el 20% de los alumnos que ingresan a las mejores facultades de medicina del país son nikkeis. Además de ayudar sus compatriotas, muchos de ellos victimados por el paludismo, la tuberculosis y otras enfermedades tropicales y por afecciones causadas por el cambio de hábitos alimentarios, ser médico era parte del proyecto de ascensión social que, en los años1950 y 1960, privilegiaba profesiones tales como la medicina y la ingeniería. En 1926 se crea la Dojinkai, una sociedad japonesa de beneficencia que trajo al país médicos japoneses y tuvo entre sus conquistas la detección y el tratamiento del tracoma y de helmintiasis (particularmente la anquilostomosis, llamada en Brasil amarelão), la investigación para el control de la malaria y la difusión de conocimientos sobre la leishmaniasis americana, la tuberculosis, etc.

Pero la gran contribución tecnológica y técnica de la venida de los inmigrantes nipones hasta la Segunda Guerra Mundial se dio en el campo de la agricultura, donde los nikkeis revolucionaron la producción agrícola brasileña, contando de entrada con la asistencia técnica del gobierno japonés, que puso agrónomos, técnicos y maquinarias a disposición de los inmigrantes. Digno de nota es que, en dicho período, la agricultura era uno de los dominios prioritarios de nuestra economía, y los inmigrantes fueron los responsables de la introducción de la tecnología y el mejoramiento genético, como así también de nuevas especies de frutas y vegetales (en Brasil, en los años 1900, los productos agrícolas cultivados no pasaban de 20); nuevas técnicas de comercialización, perfeccionamiento de técnicas de cultivo, difusión e importación y, lo más importante, fueron los responsables de la creación en tierras brasileñas de una cultura de “asociativismo” mediante la formación de cooperativas, la primera de ellas creada en 1913, en la región conocida como Triângulo Mineiro (Minas Gerais), mucho antes de la existencia de la ley de cooperativismo. Posteriormente, la experiencia de la Cooperativa de Cotia sería un hito en la época, como una tentativa de desarrollar la comercialización de productos. “Los productores sentían que eran explotados por los mayoristas y los vendedores de insumos y equipamientos, por eso iniciaron un movimiento para organizarse como productores y hacer ventas y compras en común”, analiza el ingeniero agrónomo Isidoro Yamanaka, asesor especial del Ministerio de Agricultura.

Una importante contribución de los agricultores japoneses fue la diversificación de los cultivos, en especial a partir de la década de 1930, y son obra de esos pioneros, entre muchos otros, la piña sin espinas, el caqui y la papaya. La sericultura se inició, aunque sin éxito, en 1912 , con Ikutaro Aouagui, fundador de la colonia de Iguape y un pasajero del Kasato Maru, quien intentó implementar la creación del gusano de seda. Tras varios esfuerzos, en 1938 surgió la Bratac (Sociedad Colonizadora de Brasil), que dio el impulso necesario en la tecnología para la cría del gusano de seda. Incluso el desarrollo de la matriz de huevos blancos se debió al esfuerzo de nikkeis, también los responsables en 1926 de la comercialización de huevos, antes restringida a la cría en fondos de casas de familia. La modernización de la avicultura nacional es fruto de los técnicos egresados en el Instituto de Prácticas Agrícolas, administrado por la KKKK, que recibió del consulado de Japón de São Paulo las primeras matrices de aves.

En las diversas embajadas y consulados de todo Brasil, agregados agrícolas, del cuadro del Ministerio de Agricultura del gobierno japonés, atendían a los inmigrantes en la supervisión técnica de sus cultivos, como así también en el beneficiado y procesamiento de productos agropecuarios. En 1927, el comienzo de la Sociedad Cooperativa de Responsabilidad Limitada de Productores de Batata de Cotia, la futura CAC, trajo prácticas de corrección del suelo para la mejora de la calidad y la productividad inéditas en el país, con la utilización de abonos químicos y orgánicos. Durante sus 70 años de existencia, la CAC perfeccionó la agricultura con su cuerpo técnico, mediante investigaciones internas y la importación de conocimiento de otros países. Debemos a ellos la plantación de hortalizas en invernaderos, los injertos para la mejora de la calidad, la creación de nuevas variedades, etc. La colaboración tecnológica y científica se mantuvo en los años siguientes, generando programas tales como el Cedaval (Centro de Desarrollo del Vale do Ribeira), el Centro de Investigación del Cerrado (a partir de 1975, en sociedad con Embrapa), el Prodecer (Programa de Cooperación Nipo-Brasileña para el  Desarrollo de la Agricultura de los Cerrados) y la instalación del Laboratorio de Hidrología Forestal, en Cunha, entre otros.

En la actualidad, el agronegocio es responsable del 33% de nuestro PBI, un 42% de nuestras exportaciones y el 37% de los empleos en el país. “Parte de ese éxito es mérito de nuestros inmigrantes. Fue con su llegada que Brasil y Japón sellaron convenios de cooperación agrícola y pudimos usufructuar la alta tecnología y experiencias sumamente valederas, que tienen un gran importancia para que la agricultura brasileña sea lo que es hoy”, afirma Bonifácio Nakasu, ex director ejecutivo de Embrapa. “La lección que legaron los inmigrantes japoneses, de respeto a la naturaleza y de sacrificio en pro de los jóvenes no puede olvidarse. Al actuar como intérpretes y como elementos de ligazón, ellos facilitaron la ejecución de una filosofía basada en el espíritu japonés cuyos frutos son innegables”, asevera Ana Miyadahira. Al fin y al cabo, la palabra kagaku, “ciencia” en japonés, también puede significar poesía.

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