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Historia

Domingos, el cautivo que cautivó a Bahía

La vida de ese africano liberto constituye un retrato del Brasil esclavista

Cargadores en Bahía

FOTÓGRAFO NO IDENTIFICADO/ reproducción del libro "eO NEGRO NA FOTOGRAFIA BRASILEIRA DO SÉCULO XIX" Cargadores en BahíaFOTÓGRAFO NO IDENTIFICADO/ reproducción del libro "eO NEGRO NA FOTOGRAFIA BRASILEIRA DO SÉCULO XIX"

En su poema O navio negreiro (1869), Castro Alves (1847-1871), iracundo, inquiere a Dios sobre los africanos cautivos: ¿Quiénes son estos desgraciados?. Sin embargo, el propio poeta sólo logra dar una respuesta vaga: Son los hijos del deserto donde la tierra desposa a la luz, donde vive en campo abierto la tribu de los desnudos. La generalización de la figura del esclavo todavía permanece fuerte entre nosotros. De allí la importancia de Domingos Sodré: um sacerdote africano (Companhia das Letras, 446 páginas., 58 reales), del historiador bahiano João José Reis, quien a partir de la trayectoria de un individuo construye un amplio panel del cotidiano de los antes simples, fuertes, bravos, hoy míseros esclavos, como los definía el poeta. Las biografías de africanos y sus descendientes permiten percibir de manera más humana el movimiento de la historia, y es posible hacer de dichas historias personales una estrategia para entender el proceso que constituyó el mundo moderno y especialmente las sociedades plantadas en la esclavitud que de él brotaron, dice Reis.

Aunque no tuviera un proyecto de rebeldía colectiva, Domingos trabajó por la libertad individual de los esclavos mediante el control de la voluntad de sus amos. Su religión fue un instrumento de resistencia, analiza. Ex esclavo dueño de esclavos, su desenvoltura social (y religiosa pues, siendo adepto al candomblé, también fue católico fervoroso) revela las sutilezas necesarias en la delicada relación entre cautivos, libertos y amos. Aprendió a negociar posiciones y relaciones dentro y fuera de la comunidad africana. Era un mediador cultural, un perfecto ladino. Nacido se estima en 1797, en Lagos, Nigeria, punto de tráfico transatlántico de esclavos, llegó a Bahía cautivo en 1815, y fue a trabajar en el ingenio del Francisco Sodré Pereira en Santo Amaro, región conocida como Recôncavo, escenario de varias revueltas esclavas. En 1835, al mismo tiempo que moría su amo, la Bahía blanca se aterrorizaba con la Revuelta de los Malês, llevada adelante africanos nagô como Domingos. Liberto por el hijo de su amo, que vivía amancebado con varias negras, el ex cautivo, astuto, fue bautizado y tomó el sobrenombre de la familia a la cual perteneciera. Se casó, compró esclavos, amasó dinero y, en 1862, a los 70 años, cayó preso acusado de recibir por sus adivinaciones  y hechicerías objetos robados por esclavos a sus amos. Escapó de la pena de deportación, a la que estaban sujetos los adeptos al candomblé, forma generalizada que usaban las autoridades para evocar cualquier religión africana. En 1887, a los 90 años, murió con las bendiciones de la Iglesia. En su casa, en la sala, se encontraron imágenes de santos católicos. En tanto, en su dormitorio había una profusión de orishas africanos. Se movía entre el candomblé y el catolicismo sin empacho, aunque con cuidado para no mezclar santos con orishas. En eso no difirió de muchos otros africanos, sus contemporáneos.

Si la vida de negro es difícil, como dice Caymmi, la vida de africano liberto era peor todavía. Traídos a la fuerza como esclavos, una vez libertos, africanos como Domingos se convertían en extranjeros, sin siquiera los derechos de los libertos nacidos en el país. La Constitución imperial no les permitía tener vida política, había leyes que restringían la libertad de circulación entre las provincias (eran obligados a portar pasaporte, incluso yendo junto con sus amos) y había restricciones hasta para andar por las calles a la noche. Tampoco podían participar de varios ramos del comercio (de allí que muchos invirtieran en esclavos). Cuando se les permitía trabajar, eran sometidos a una verdadera persecución fiscal que apuntaba a dificultarles la vida y presionarlos a desistir de vivir en Bahía y regresar espontáneamente a África. Así, pese a las bellas palabras de las cartas de ahorría, esos africanos libres tenían su vida cotidiana limitada. No sin razón, buscaban protección de sus ex amos, ahora tratados como patronos  y a quienes debían lealtad a punto tal de tomar para sí el nombre familiar de éstos. Incluso sus casas alquiladas, miserables, eran estigmatizadas por la prensa como siendo quilombos [en portugués, lugar de agrupación de esclavos fugitivos, voz africana], una comprensión contemporánea de que se trataba de un espacio de resistencia africana a la concepción burguesa de organización y civilización en los moldes europeos, entonces en boga entre los ilustrados de Bahía. La civilidad igualmente se veía comprometida por medio de las perniciosas ideas presentes en el candomblé y que llevarían a las prácticas perniciosas.

Mercado en el puerto de Bahía, C. 1887, Otto Karl Schonwald

reproducción del libro "eO NEGRO NA FOTOGRAFIA BRASILEIRA DO SÉCULO XIX" Mercado en el puerto de Bahía, C. 1887, Otto Karl Schonwaldreproducción del libro "eO NEGRO NA FOTOGRAFIA BRASILEIRA DO SÉCULO XIX"

Era un pensamiento que, sin dejar de ser una defensa del sistema social, privilegiaba la defensa de un modo de vida civilizado. Era común en la Bahía de la época la opinión de que el candomblé y la esclavitud no hacían una buena mezcla: había una preocupación de que la religión se transformase en una organización capaz de promover la revuelta esclava, sostiene Reis. Domingos, apodado por la comunidad papai, debería ser un babalú, cree el investigador, que en yoruba significa padre del secreto. Había otro agravante para las autoridades: era común que gente de la elite blanca usara servicios de sacerdotes africanos como Domingos. Aun no profesando regularmente la religión africana, muchos blancos creían en la fuerza mística  y en los poderes curadores y adivinatorios de los sacerdotes. Algunos blancos llegaron a integrar terreros como ogás y médiums y había hasta madres de santo blancas, cuenta Reis. Éste es un asunto grave, que debe merecer seria atención por la infiltración de ideas tan perniciosas en la población, afirmaba un informe policial de la época. Definida por viajeros extranjeros como la metrópolis negra, Salvador era fuente de preocupación para la elite blanca, que llegó pensar en un proyecto de pagar para traer inmigrantes para intentar disminuir la diferencia étnica  y blanquear la capital. Las diversas revueltas esclavas no hicieron sino exacerbar esos miedos.

Fue en esa atmósfera que Domingos fue liberto, lo que, acota Reis, revela su habilidad en granjearse la confianza de su amo. Para ello no bastaba con la lealtad. Debía ser astuto y demostrar ciertas habilidades, como la capacidad de entender y apropiarse de la cultura señorial para manipularla en busca de mayor espacio de respiración y ascensión a los mejores puestos en cautiverio. O también lograr ejercer su sacerdocio africano sin caer víctima de la represión. Al fin y al cabo, a pesar de que la Constitución de 1824 daba al catolicismo el status de religión oficial, había espacio para todas las otras. Si bien la letra de la ley no definía qué religión sería tolerada, el espíritu de la ley protegía solamente a los europeos no católicos. Las prácticas religiosas africanas existían en un limbo jurídico, pues no eran consideradas una religión por las autoridades como para ser pasibles de ser toleradas, sostiene el autor. Por ende, rotular a los sacerdotes africanos de hechiceros, promotores de supersticiones  y maleficios, aunque eso no tuviera efecto legal positivo, era un discurso de descalificación social, cultural  y étnica. Eso se reflejaba en la prohibición de los batuques, vistos como antesala de revueltas esclavas, aunque hubiera voces discordantes que veían en esas manifestaciones una válvula de escape importante en una sociedad permeada por la presencia de esclavos en todos sus espacios, dando margen para lo que Reis denomina negociación de la tolerancia.

Para los africanos, el candomblé era una forma de resistencia, sostiene el investigador, por medio de recursos rituales, una forma de amansar amos. Existe el caso de la esclava acusada de intentar envenenar a la familia señorial al mezclar con el café una mixtura de búzios (conchas de gran función ritual) rallados. Domingos prometía a los cautivos trabajar para conseguir su libertad, o al menos aliviarlos de la esclavitud, amansando señores con fórmulas medicinales, ablandándoles también el sentimiento para que favorecieran a sus esclavos en su demanda de libertad, evalúa Reis. Al fin y al cabo, no raramente los amos negociaban los valores de la libertad de sus cautivos usando los más variados argumentos racionales, económicos  y sociales. En su investigación sobre Domingos, el historiador se deparó con la poco conocida institución de las juntas de ahorría de Bahía. Era una caja de ahorro de la cual cada miembro retiraba, en un sistema rotativo, una suma que invertiría en su ahorría [libertad], pero tenía otros fines estrictamente rentables. El sacador seguía pagando para saldar el valor principal, más intereses, que podían llegar al 20%, revela Reis. Por ende, no se trataba de filantropía o solidaridad colectiva.

Lo propio podía observarse en la compra de esclavos por parte de ex esclavos, como Domingos. Hasta la primera mitad del siglo XIX era la inversión que daba mayor retorno para el pequeño inversor urbano. Después de la prohibición del tráfico, en 1850, la inversión en ese sector se vio poco a poco reducida a los grandes negociantes a causa del aumento del precio de la mano de obra cautiva. Por eso hubo una mayor concentración de la propiedad de esclavos. En la segunda mitad del siglo, los pequeños inversores pasaron a invertir sus capitales en inmuebles y vivir de alquileres y no de esclavos. Con todo, la relación costo-beneficio no era favorable y no se ganaba tanto dinero como en el tiempo de la inversión en cautivos. La conclusión es terrible. El tráfico transatlántico, uno de los aspectos más crueles de la esclavitud, había permitido un régimen más distributivo de la propiedad esclavista, que beneficiaba incluso a ex esclavos esclavistas, de los cuales Domingos fue un ejemplo. Su trayectoria no estuvo exenta de deslices morales. Para ascender individualmente, dejar la condición de esclavos y una vez libertos establecerse en el mundo de los libres, sobrevivir en él  y prosperar, muchos africanos tuvieron que pisar sobre unos al mismo tiempo que, como en el caso de las juntas, daban la mano a otros.

Poco antes de morir, Domingos depositó dinero en la Caixa Econômica de la ciudad de Bahía: 1 conto de réis, en nombre de la esposa, Maria Delfina. La institución financiera privada había sido fundada en 1834 para funcionar como un banco de crédito, donde los clientes podían guardar sus ahorros por seguridad para ganar intereses. Podían incluso ser gente en una posición holgada como Domingos o pobres  y esclavos, que invertían el peculio para lograr su libertad. De esta forma, las Caixas se convirtieron en rivales de las juntas y pueden incluso haberlas sofocado, sostiene el investigador. Así se perdió también un factor cultural importante. En la ley de los prietos, la palabra del africano valía, y así se hacían, oralmente, los negocios de la junta. Había interés por parte de los africanos en que ambos universos legales se mantuvieran separados, porque eso impedía que los amos metieran la nariz. El mecanismo igualmente incluía la condición de sacerdote de Domingos. Como sacerdote, estaba bien entrenado en negociaciones complicadas en el campo de lo sagrado, que deben haber contribuido a reproducirlas en el terreno secular. El juego adivinatorio y la hechicería tenían algo de procedimiento judicial, incluso una moralidad extraña para los legos.

Así, el candomblé, la justicia de los blancos, las juntas y las ahorrías andaban juntas. Él despuntó entre la mayoría de los africanos de su época en diversas medidas, al mismo tiempo que fue representativo de muchos de ellos. Seguramente formó parte de una elite de libertos que gozaba de algún prestigio en el Brasil decimonónico. Lo que le permitió mantener su templo devocional ritualmente separado. La presencia en su casa de santos y orishas fue vista por las autoridades como prueba de la supuesta falsedad de su catolicismo de fachada. El no mezclar santos y orishas revela que, en vez de sincretista, él tenía con ambas religiones una relación de complementariedad. Aunque no coincida con Nina Rodrigues, cuando escribió que las creencias  y prácticas de los africanos en nada se modificaron en contacto con el catolicismo, coincido en que ellos concebían a orishas y santos como distintos. Para el investigador, no hubo efectivamente una conversión del africano al catolicismo, sino una incorporación de dos sistemas religiosos a la compleja religiosidad africana. Así, ser devoto del candomblé no era rechazar el catolicismo, sino el modelo de catolicismo que gente como Nina tenía en mente.

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