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Literatura

A la sombra de los manuscritos en flor

Un proyecto temático descifra los cahiers de Proust

Proust_05Imágenes del libro En busca del tiempo perdido/ editorial ZaharFue el propio Marcel Proust (1871-1922) quien lanzó el desafío a los críticos literarios de la posteridad al afirmar, en El tiempo recobrado: Un libro es un gran cementerio donde, sobre la mayoría de los sepulcros, ya no se pueden leer los nombres muertos. El escritor, claro, no podía imaginar que sus preciosos manuscritos, los famosos cahiers proustianos, utilizados para esbozar las 4.300 páginas de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, obra que le tomó 15 años de su vida, fuesen un día a ser materia de análisis de la denominada crítica genética, empeñada en descifrar el ADN literario del más emblemático romance-río de todos los tiempos, con el objeto de comprender cómo Proust trabajó (y re trabajó) su obra. Se intenta detectar el proceso de creación de los escritores, de cómo ellos pasaron de una frase a otra. Cada borrador proustiano representa un microcosmos de su propia obra, en el plano de la escritura, de la narrativa, pero, por encima de todo, en el plano de los motivos que se esbozan, de los temas que se responden y van a encontrar su eco en otros contextos donde se diseminarán, explica Pilippe Willemart, crítico literario de la USP y coordinador del Proyecto Temático Brépols brasileño, apoyado por la FAPESP, y que busca descifrar y publicar parte de los 75 cuadernos de manuscritos del autor. Éstos, desde 1962, se hallan en la Biblioteca Nacional de Francia y a partir de 2003 comenzaron a ser descifrados por el Equipo Proust del Institut de Textes et Manuscrits Modernes, el Item, para su publicación.

Nosotros formamos parte de ese proyecto internacional de publicación de los cuadernos por parte de la editorial belga Brépols. El equipo brasileño es responsable de los cuadernos 8, 15, 16, 17, 20, 21, 28 y 38, una parte del 44 y del 53. Lo que se pretende es adaptar esos manuscritos para ser fácilmente legibles y accesibles para cualquier investigador, observa Willemart. No queremos extraer textos inéditos, sino intentar reconstruir una manera de escribir el trayecto de un escritor. Los cuadernos guardan el enorme trabajo de Proust con los manuscritos, que corregía hasta el infinito, llegando a pegar hojas en los márgenes, los famosos paperoles, con agregados y revisiones, completa Bernard Brun, investigador jefe del Equipe Proust francés. Si, como decía Anatole France, las frases del autor, en la novela impresa, eran tan interminables como para dejar al lector tísico, imagínese enfrentar el universo caótico de los manuscritos, con sus innumerables tachones y correcciones. Él, al releer los borradores, agregaba hojas sueltas, ya que los espacios de los cuadernos ya se encontraban repletos de textos, en los pies o en los encabezados de las hojas de los cuadernos. Las hojas eran pegadas en esos lugares y, innumerables veces, Proust pegaba más hojas sueltas a las ya existentes, cuenta Carla Cavalcanti Silva, integrante del equipo brasileño. Además del trabajo por descifrar la letra del autor, los manuscritos no presentan ningún orden cronológico comparable a la novela publicada. Raramente encontramos una continuidad en el desarrollo de un episodio o de una descripción en las páginas de los cuadernos. Él no otorgaba secuencia a los episodios trabajados en una página dada, y utilizaba el frente de las hojas para desarrollar temas y el reverso para agregados o consideraciones, en un diálogo entre el reverso de la hoja anterior con el frente de la hoja posterior. Aun así, existía una lógica inexorable en ese caos.

Proust_03Imágenes del libro En busca del tiempo perdido/ editorial ZaharPapel
Existe una impresión de puro desorden, en el sentido de que los textos surgen en el reverso o por igual en la misma página sin ninguna conexión evidente con lo que se halla a la vista o con lo que lo precede. Pero Proust no escribía de cualquier manera, mejor aún, el scriptor proustiano ponía las palabras en el papel  con un designio preciso, aunque con frecuencia sin proponérselo, pero no al azar, como a primera vista se podría pensar, analiza Willemart. No sin razón, el escritor compara su proyecto literario  con la construcción de una catedral o, más prosaicamente, con la confección de un vestido. Esa metáfora cabría para ilustrar el propio quehacer literario en Proust. El vestido, aunque ostentando un diseño anterior, sólo será concretado, con el agregado de diversas capas y fragmentos de tejidos que deberán ser atados, cosidos entre sí. El proceso escritural proustiano no se aparta  de ese procedimiento, pues los diversos textos serán cosidos, pegados y montados, evalúa Carla. Habría, en todos los cuadernos, una coherencia, o, en palabras del escritor, una alianza de palabras que, como nota Willemart, iría más allá de la razón cartesiana y de la inteligencia racional. La manía por escribir en fragmentos, utilizando hojas de papel de lo más variadas, difíciles de ser datadas y aparentemente sin ninguna conexión, acompañó a Proust desde su romance inconcluso de la juventud, Jean Santeuil (1899).

En 1908, luego de varios ensayos, artículos y traducciones, el escritor decidió dedicarse a un trabajo sin resuello, el ensayo Contre Sainte-Beuve, contra el crítico literario homónimo, de cuya opinión sobre la relación estrecha entre la vida y obra de los autores discordaba radicalmente. En medio del proceso, sin embargo, Proust insertó una situación romántica y el ensayo sobre estética ganó carácter de ficción, lo que condujo al autor a repensar el proyecto y comenzar a retrabajarlo en lo que sería En busca del tiempo perdido, inicialmente titulado como Las intermitencias del corazón. La idea original era una novela en tres volúmenes y, en 1912, él entregó a su secretaria dactilógrafa las primeras 700 páginas del primer libro. Luego de ser rechazado por tres editores, entre los cuales se hallaba André Gide (quien pasaría el resto de su vida disculpándose por el lapsus), Proust optó por editar la novela por su cuenta en la Grasset. Por el camino de Swann salió a la venta en noviembre de 1913 y el segundo volumen estaba programado para el año siguiente, cuando estalló la Primera Guerra Mundial y el papel para impresión pasó a ser racionado. Los cuatro años de conflicto otorgaron al autor la posibilidad de repensar la estructura original de su romance-río, agregando otros cuatro volúmenes. Aquella sería la obra de su vida  y, a partir de 1909, raramente dejó su departamento, prisionero del asma y de una serie de males reales e imaginarios. Recubrió las paredes de su apartamento con corcho, en busca de aislamiento. En 1922, mientras todavía corregía las pruebas de La prisionera, falleció. Su hermano, Robert Proust, con la ayuda de los editores, tardó cinco años para redactar un texto satisfactorio del último volumen, publicado recién en 1927, veinte años después de su inicio. Luego de su muerte, en 1935, la hija de Robert donó, en 1962, los cuadernos manuscritos a la Biblioteca Nacional de Francia.

Infinito
Se puede decir que desde 1909, la novela ya estaba condenada a desarrollarse hasta el infinito, es decir, a permanecer inacabada. Y la consecuencia más importante de la crítica genética, en este caso, es precisamente libertar la idea de inacabado. Por definición, el manuscrito no es acabado porque su destino es ser sustituido por otro estado del proyecto, del obrador del escritor. Pero, ¿cómo queda la situación si la versión impresa no es igualmente la última, se pregunta Brun. Cada versión de aquello que no fue utilizado por el escritor contiene en sí hilos narrativos, novelas que nunca existirán. En busca del tiempo perdido es entonces, en el mejor sentido de la palabra, una obra inacabada, cosa que no hace sino reforzar la importancia del análisis de sus manuscritos y el trabajo de reconstitución de los caminos que tomó el escritor, su arte de escribir, que, para Proust, era vista como tratar veinte veces, bajo diferentes luces, el mismo tema, con la sensación de estar haciendo algo profundo, sutil, poderoso, original como las cincuenta catedrales o los cuarenta nenúfares de Monet. La enmienda adquiere un nuevo status. Marca el momento en que el escritor deja su intención primitiva de escribir y escucha la tradición literaria, una música, un o una amante, una tragedia. Cuando él enmienda, se deja llevar tanto por los terceros como por el lenguaje, que es un factor importante en la construcción de una obra, sostiene Willemart. Existe una lógica de la creación proustiana, puesta en evidencia por la problematización de las situaciones, que nos permite entender el movimiento de su escritura. No es una mera repetición de episodios, sino más bien un intento permanente de remodelarlos para transformar esos mismos episodios en algo más denso y  problemático, asevera Carla. Todo pasa por una exhaustiva construcción, incluso los episodios de memoria involuntaria.

Proust_01Imágenes del libro En busca del tiempo perdido/ editorial ZaharÉl es nuestra Sherazade. Leemos a Proust porque él sabe mucho sobre los nexos entre la angustia infantil y la pasión adulta. Leemos a Proust porque él desprecia las evaluaciones racionales y sabe que solamente el conocimiento retorcido que el sufrimiento ocasiona nos sirve realmente. Leemos a Proust porque sabemos que en el estadio terminal de la pasión no amamos más al amado y el objeto de nuestro amor es encubierto por el propio amor. Proust fue el primer escritor del siglo XX, pues fue el primero que describió la permanente inestabilidad de nuestros tiempos, escribió el crítico Edmund White en su perfil del escritor. Esa libertad de reescribir fue un privilegio de su siglo, pues hasta el siglo XVIII, el papel, precioso y caro, no permitía a los escritores dudar en el texto final. La Revolución Industrial, que popularizó el papel, aportó esa posibilidad al novelista de arriesgar y fijar sus pensamientos más rápidamente, y hay cada vez menos espacio para el texto cerrado que no se transforma, con comienzo, medio y  fin. Incluso la temática homosexual de su gran novela es fruto de la oportunidad que tuvo de romper fronteras temáticas a partir de la constante revisión de sus manuscritos y de la obsesión por la problematización. Irónicamente, Proust odiaba la idea de que hurgaran en sus borradores. No es un pensamiento agradable que alguien pueda obtener mis manuscritos y compararlos al texto definitivo, induciendo suposiciones que serán siempre falsas sobre mi manera de trabajar, sobre la evolución de mi pensamiento, escribió en julio de 1922.

Por suerte, no quedó sujeto en los manuscritos el brasileño que aparece citado en El mundo de Guermantes. Súbitamente recordé: aquella misma mirada yo viera en los ojos de un médico brasileño que pretendió curar mis crisis de asma con absurdas inhalaciones de esencia de plantas, dice el narrador de la novela. El historiador Hermenegildo Cavalcante cree que el médico sería el cearense Domingos José Nogueira Jaguaribe, especialista en botánica médica que, luego de doctorarse, fue a París donde trató al joven Proust, entonces con 22 años. De entrada, el escritor se encantó con el exotismo de la cura ofrecida por el brasileño, pero, como tenía las otras drogas que consumía para atenuar su asma (perfumes y  la ingestión de grandes cantidades de alcohol), se cansó de la panacea tropical. El amigo Anatole France, que estuvo en Brasil en 1909, habló con Proust sobre el país y el escritor conoció a la familia del Conde dEu, marido de la princesa Isabel. Su obra literalmente aterrizó en Brasil en 1919, traída por aviadores comerciales franceses que traían libros para matar el tiempo mientras que esperaban el abastecimiento de sus aeronaves. El escritor Jorge de Lima, entonces un joven médico, sabía eso y vivía atormentando a los aviadores en busca de novedades para leer. De uno de ellos recibió una obra somnífera, como la definió el piloto: A la sombra de las muchachas en flor. Fue suyo el primer artículo sobre Proust escrito en Brasil, en 1923. Antes, los modernistas de 1922 prefirieron desdeñarlo, viendo en su literatura tan sólo al dandi deslumbrado de los salones. En 1930, José Lins do Rego devoró lo que pudo del escritor, que lo influenció en su literatura de los ingenios, deseoso de ser el Proust de los cañaverales. La primera obra proustiana traducida en Brasil fue Por el camino de Swann, en 1948, por Mário Quintana. Hoy en día, junto a los franceses, estamos redescubriendo todo ese tiempo perdido.

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