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deforestación

Los objetivos de Brasil

Por primera vez, el gobierno acepta estipular límites para controlar la devastación de la Amazonia

Cultivos de soja y la selva en Sinop (Mato Grosso): relieve favorable

JF DIORIO/AE Cultivos de soja y la selva en Sinop (Mato Grosso): relieve favorableJF DIORIO/AE

En una decisión inédita, el gobierno brasileño aceptó acordar metas para la reducción del desmonte – que es responsable de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero en el país. Tomando como base el promedio anual de talas en la Amazonia entre los años 1996 y 2005, que fue de 19 mil kilómetros cuadrados (Km2), el Plan Nacional sobre Cambios Climáticos (PNMC) se comprometió a una reducción del 40% entre 2006 y 2009. Entre 2010 y 2013, la meta de reducción es de un 30% en relación con el cuatrienio anterior. Y, entre 2014 y 2017, la merma deseada es de otro 30% en relación con la registrada en los cuatro años anteriores. En caso que ello se cumpla, el desmonte se reducirá un 72% hacia 2017, alcanzando 5 mil km2  anuales. Eso equivale a 4.800 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2) que no se vierten en la atmósfera. Resulta algo mayor que el esfuerzo de todos los países desarrollados. Inglaterra, por ejemplo, quiere reducir un 80%, pero la meta es en 2050, comenta el ministro de Medio Ambiente, Carlos Minc. Tenemos metas que algunos pueden considerar modestas. Pero existe un gran cambio, sólo algunos meses atrás, el gobierno era contrario al establecimiento de metas, dice Minc.

Para los ambientalistas, las metas son, de hecho, modestas. El desmonte ilegal debiera ser siempre nulo, dice Sérgio Leitão, director de políticas públicas de Greenpeace, quien también criticó una cláusula del PNMC que condiciona el cumplimiento de las metas a la obtención de recursos internacionales para invertir en conservación. En una etapa de crisis internacional, ese condicionamiento brinda un rápido justificativo para no cumplir las metas por parte del gobierno.

También es posible realizar una lectura optimista del plan del gobierno. El meteorólogo Carlos Nobre, coordinador del Programa FAPESP de Investigaciones sobre Cambios Climáticos Globales, afirma que el hecho de que el país se comprometa por primera vez  con metas es altamente positivo. Sería deseable que las metas fueran más ambiciosas. Pero metas más radicales son irreales, dice. Nobre hace hincapié en que no existe una justificación económica para continuar con el desmonte. Ya observamos 700 mil km2 talados en la Amazonia, lo que representa tres veces la superficie dedicada a la agricultura en el estado de São Paulo. Y el PIB agrícola de São Paulo es más de diez veces mayor que el de la Amazonia. Se trata de un modelo económico inviable, expresa el investigador. Aunque cita un dato esperanzador: el gobierno está logrando reducir el desmonte. En 2004, el índice de tala de la Amazonia ascendió 27 mil km2, el segundo mayor índice desde que la selva comenzó a ser monitoreada por el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe, sigla en portugués). Pero desde 2004 en adelante, los porcentajes comenzaron a reducirse. En 2005, fueron 19 mil km2. En 2006, 14 mil km2. En 2007, 11.532 km2. Y en 2008, según datos preliminares, alcanzó 11.968 km2. Durante este año, observa Nobre, se esperaba un aumento significativo, pues hubo un estallido en los precios de las commodities agrícolas y existía una demanda reprimida de los últimos dos años. Pero el crecimiento fue muy pequeño. Algo sucedió y los investigadores tendrán que indagar en el fenómeno para comprenderlo. Eso podría significar otra dinámica de desmontes, en una escala menor, lo cual genera confianza y demuestra que las metas pueden alcanzarse, dice el investigador.

Para el gobierno, la reducción del desmonte es el resultado directo de las políticas de fiscalización impuestas en 2004. Las metas no se basan únicamente en una intención, sino en conquistas ya obtenidas durante los últimos años, dice Mauro Pires, director de políticas para el control del desmonte del Ministerio de Medio Ambiente.

Ganado pirata
El demógrafo Roberto Luiz do Carmo, docente del departamento de Demografía e investigador del Núcleo de Estudios de la Población, ambos de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), afirma que el aumento de la fiscalización cumplió efectivamente un rol en la contención de las quemas. Sostiene, sin embargo, que las condiciones determinantes para la devastación de la selva siguen inalteradas. Según él, existe una serie de procesos que presionan para la devastación de la Amazonia: la expansión de los cultivos de soja, impulsada por los grandes productores; la ganadería, implementada por pequeños productores que avizoran en las cabezas de ganado una especie ahorro, como así también por grandes criadores, que esparcen sus vacas piratas por las zonas desmontadas; y las minas, responsables del surgimiento de grandes burbujas demográficas en la región, que explotan cuando la extracción mineral se agota.

La Amazonia se halla inserta en un contexto internacional. Cuando el precio de la soja aumenta, los grandes productores se capitalizan y buscan nuevas áreas para plantar. Brasil es el mayor exportador de soja del mundo y uno de los mayores exportadores de carne. La Amazonia termina sufriendo el impacto de la dinámica mundial, afirma. Carmo no cree que la crisis internacional contenga los desmontes. La reducción de las exportaciones será compensada por la apreciación del dólar, lo que hará que los productores ganen más en reales, dice. Un factor por considerarse en la reducción de los desmontes, según el demógrafo, es que se está acabando el stock de tierras en zonas de relieve favorable. Entre el norte de Mato Grosso y el sur de Pará, el relieve es accidentado y se presta más para la ganadería que para la soja, sostiene. No obstante, eso no significa que el relieve constituya una barrera infranqueable.

Carmo observa que la región de Santarém, en el estado de Pará, está siendo ocupada por plantaciones de soja, contrariando la idea de que lo lluvioso de la región sería incompatible con el cultivo de la oleaginosa. El mayor problema reside en la creación de una alternativa económica para la población, dice el investigador. Según él, la Amazonia alberga a inmigrantes que buscan insertarse económicamente y están acostumbrados a ver en la naturaleza un obstáculo por vencer y no como un potencial aliado. Hasta ahora las experiencias de explotación de la selva sin talarla son muy pequeñas. Cortar árboles para vender madera rinde ganancias inmediatas, afirma.

La iniciativa de plantear metas de desmonte fortaleció la posición de Brasil en la 14ª Conferencia del Clima de las Naciones Unidas (COP-14), realizada en Poznan, Polonia, durante el mes pasado. Los negociadores brasileños engrosaron el coro de voces opuestas a la propuesta del nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de reducir las emisiones del país a los niveles que había en 1990 recién en 2020. Es una propuesta pobre, inferior a la establecida en el Protocolo de Kyoto. Y muchos países desarrollados establecen metas distantes, para 2040, 2050. Queremos metas intermedias, para 2020, 2030, aseveró el ministro Carlos Minc. La COP-14 fue convocada con el objetivo de abonar el terreno para la Conferencia del Clima de Copenhague, a finales de 2009, que realizará una revisión del Protocolo de Kyoto, que expira en 2012.

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