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Historia

El capitalista misionero

La aventura brasileña de Nelson Rockefeller

Nelson_Rockefeller_A4527-19WIKIMEDIA COMMONS/DAVID HUME KENNERLY, CORTESIA DA BIBLIOTECA GERALD R. FORDDurante los años de plomo brasileños, el diablo tenía nombre y apellido, aunque no todos supieran bien como escribirlos: Nelson Aldrich Rockefeller (1908-1979), el nieto de uno de los más famosos robber barons del capitalismo norteamericano, John D. Rockefeller (1839-1937), el creador de la petrolífera Standard Oil. El historiador Antonio Pedro Tota, de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, recuerda su reacción, siendo aún estudiante, ante el paso del yanqui asqueroso por Brasil, en junio de 1969, y la del grupo de estudiantes que pintó la pared de la Iglesia del Calvario, en São Paulo, con las frases: Rockfeller (sic) go home (él no participó porque estaba ocupado intentando depredar el logotipo de Esso, perteneciente a la familia Rockefeller, en una estación de servicio cercana). Seguramente no sabían que, gracias a Nelson, en la fiesta junina que se hacia todos los años [para festejar a los santos de junio] en aquella iglesia se podían comer buenos choclos. Fue pues mediante la actuación de empresas como Agroceres, asociada a él, que Brasil pudo contar con el cultivo de maíz híbrido de alta productividad. No sabían también que, sin él, no existiría la ayuda de becas de la FAPESP para desarrollar investigaciones en diversas áreas y que la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa) no tendría su actual excelencia, pues fue Nelson quien sentó las bases de la investigación agronómica tropical, explica Tota, quien se encuentra abocado a escribir una biografía de la aventura brasileña de Nelson Rockefeller.

Podemos añadir a la lista de contribuciones de Nelson los pollos y la carne de cerdo que compramos en el supermercado. Él fue responsable, en cierta forma, de la cría extensiva de ambos, y no hay manera de negar que, por iniciativa suya, el país pudo tener sus primeros supermercados y shopping centers. Rockefeller también trajo a São Paulo en los años 1950 al ingeniero norteamericano Robert Moses, quien remodeló Nueva York y dejó un Programa de Mejoras Públicas para la Ciudad de São Paulo, que resultó más tarde en las actuales avenidas llamadas marginales, pues corren a orillas de los ríos Tietê y Pinheiros. Lanzó igualmente en el país el Fondo Crescinco de Inversión, considerado uno de los primeros actos tendientes a la institución de mercados de capitales más modernos por acá. Su Ibec Housing aportó soluciones de viviendas populares en los moldes norteamericanos, y su empresa de máquinas agrícolas proveyó al medio rural con tractores, arados, cosechadoras y créditos para los agricultores. En el Programa de Metas de Juscelino Kubitschek hay una referencia a Nelson como inspirador de la idea del crédito rural, enumera el investigador. Tal vez el poeta inglés Samuel Butler (1612-1680) no estuviera solamente haciendo una gracia cuando escribió: Un argumento a favor del diablo: hay que recordar que escuchamos solamente una versión de la historia. Dios escribió todos los libros. Es un gran ejemplo de la visión prejuiciosa y poco sutil de muchos, incluso en el medio universitario, sobre Estados Unidos, a cuya comprensión entre nosotros se le asigna poca importancia y en general se restringe al concepto estéril de imperialismo. Nelson fue imperialista, fue el filántropo en busca de la remisión de los pecados de su familia y de su clase social y, por encima de todo, se consideraba a sí mismo el instrumento de la transformación y la modernización en la construcción de naciones modernas en América Latina, lo que veía como su misión, teniendo como paradigma el modelo americano de vida. Era todo eso junto.

Sano
Tota pasó seis meses escrutando el Rockefeller Archive Center, en EE.UU., para salir de allí con otra versión documental de la historia de Nelson. Tenía como supuesto básico la idea de que la sociedad norteamericana era sana, democrática, estable y por ende incuestionable. Creía que la época del capitalismo salvaje ejercido por su abuelo había sido superada durante el gobierno de Franklin Roosevelt, su gran referencia. Era un curioso caso de republicano new dealer y no tenía dudas de que ese a sistema americano había que compartirlo con otros pueblos, a los cuales respetaba, y no que siguiera siendo un privilegio único de Estados Unidos. Era un creyente calvinista, y la fuerza de la creencia no deja lugar a dudas. Tenía la fe de un misionero, analiza. Latinoamérica para Rockefeller formaba parte de una tentativa de reencontrar acá la frontier que estaba agotada en América. Era el hombre blanco que pretendía civilizar como salvación. Estaba imbuido de su misión salvífica de sacar al subcontinente de América del atraso y apuntarle el camino de la civilización. No vino a América del Sur para fundar una nueva Jerusalén, pues ya había sido fundada en la parte Norte del continente, sino para hablar de la existencia del nuevo Éden, construido en parte por su familia y por otros iguales, que debería servir como émulo que se extendería a toda América Latina. Por supuesto, eso no le impidió pensar y mucho en los réditos, la lección que aprendió con su padre, Rockefeller Jr. (1874-1960), que procuraba a su vez limpiar la mancha de los excesos cometidos por el padre, pero por medio de la filantropía pragmática y de resultados.

Ford_Kissinger_RockefellerWIKIMEDIA COMMONS/DAVID HUME KENNERLY, CORTESIA DA BIBLIOTECA GERALD R. FORDLa clave para entender las relaciones de Nelson con Brasil a lo mejor radica en un fragmento de La democracia en América, de Alexis de Tocqueville (1805-1859): En Estados Unidos, la virtud casi nunca es bella. Se dice que es útil. Los moralistas americanos no pregonan el sacrificio por otros porque los sacrificios son actos de nobleza. Pero dicen audazmente que tales sacrificios son tan necesarios para los que se benefician con ellos como para los que los hacen. Es la doctrina del interés propio bien entendido. Para él, al final de la década de 1930, las grandes empresas americanas, en especial en los países extranjeros, estaban desviándose de la tradición de esa doctrina tan cara al espíritu calvinista. Nelson pensaba que había llegado al mundo para reubicar a los hombres de negocios en su lugar tradicional, con más responsabilidad social y para hacer sacrificios en pro del interés propio, bien entendido. El interés de Rockefeller por América Latina comenzó en 1935, cuando intentó encontrar un nicho para él, en medio de los negocios de la familia, cambiando acciones de Standard Oil por las de Creole Petroleum, con base en Venezuela. Se manifestó extremadamente sorprendido al conversar con la mujer de un ejecutivo americano que estaba en Caracas hacía más de ocho años, que no sabía decir nada en español. Ante el asombro de Nelson, ella le explicó: ¿Al fin y al cabo, con quién hablaría yo en español?. Para Rockefeller, era un ejemplo grotesco de la falta de responsabilidad de los americanos en el exterior que, para él, deberían comportarse como misioneros, para implantar una sociedad más justa en el globo y para recuperar el buen nombre de Estados Unidos, evalúa la historiadora Darlene Rivas, de la Pepperdine University, de EE.UU., autora de Missionary capitalist: Nelson Rockefeller in Venezuela. Nelson preconizaba un capitalismo reformado y regulado y esperaba crear un modelo basado en esa visión suya del comportamiento capitalista progresista, que agruparía a inversionistas estadounidenses, brasileños y venezolanos. Sabía que se podía ser responsable y aun así, o debido a ello, hacer buenos negocios y sacar réditos. Luego de dar un reto al directorio de la empresa, por la forma en que trataban a los lugareños y por su desinterés generalizado, llevó a Venezuela un ejército de profesores de español de Berlitz.

rockefeller3Folha ImagemCon el conocimiento adquirido en el contacto con los latinoamericanos, Rockefeller, a los 32 años, con el mundo con una guerra en ciernes, le propuso al presidente Roosevelt una política económica para el hemisferio. El mandatario se la aceptó y lo invitó a dirigir el Office of Inter-American Affaire, que implementaría algunas de sus ideas tendientes a estrechar lazos con las repúblicas del Sur, ya sea en el ámbito de la propaganda, en el de la cultura o, lo que más le interesaba, en el estímulo al aumento de la productividad agrícola. Al fin y al cabo, las tropas necesitaban comer. Pero también se interesó por el desarrollo de los sectores industriales, e incluso por aspectos de higiene y salud. ?Estaba seguro de que estaba plantando semillas, pues no veía la razón para que EE.UU cambiara su política en América Latina con el fin de la Segunda Guerra Mundial, y de la necesidad de la política de buena vecindad de Roosevelt. Cuando el presidente murió y la guerra terminó, en 1945, se mostró impactado ante el total desinterés del gobierno norteamericano por la región y por el intercambio de buena vecindad en pro de un universalismo basado en el monopolio de la mayoría votante de las Naciones Unidas, explica la brasileñista Elizabeth Cobbs-Hoffman, de la San Diego State University, autora de The rich neighbor policy. Brasil en particular se sentía abandonado en su carácter de aliado más constante de EE.UU. durante la guerra. Pero la nueva política privilegiaba a Europa, vista en el contexto de la Guerra Fría como más  importante política y económicamente. Su respuesta a esa negligencia fue la creación de la American International Association (AIA), una organización sin fines de lucro, y la International Basic Economy Corporation (Ibec), el brazo de negocios de la operación. Por medio de esas dos organizaciones, Nelson se abocó a la tarea de incrementar la productividad agrícola, lo que impediría el éxodo rural, y la modernización de las ciudades. A partir de 1950, su interés se orientó al desarrollo de la clase media de esos países, con planes como el Fondo Crescinco y otros, cuyo objetivo era la oportunidad de crecimiento para esa capa social y estimular su interés en el desarrollo de Brasil, país que visitó por primera vez en 1937. Pero no en busca de petróleo, que en la época no existía, y como muchos de sus críticos afirman, sino por las oportunidades, advierte Tota.

Minas
Volvió en 1946, como ciudadano común, para lanzar la AIA, con miras hacer en el ámbito privado lo que el gobierno estadounidense no se interesaba en poner en práctica. En 1948 se encontró con el gobernador de Minas Gerais, Milton Campos, deseoso de implementar un New Deal en su estado. Repitió esa asociación cuando JK asumió como nuevo gobernador. Juscelino llevó muchas ideas de Nelson a su Presidencia, entre ellas la necesidad de adentrarse en Brasil y no concentrarse meramente en el litoral, un cuello de botella detectado por el equipo de Nelson, sostiene el investigador. Rockefeller veía la democracia como una cuestión de dinero (riqueza e industrialización), es decir, el desarrollo económico era el primer ladrillo de una sociedad estable y libre. De la misma manera, veía a la clase media con gran entusiasmo, como la vanguardia de esa democracia. Por eso no estaba feliz con el giro americano, del traspaso de poder de Wall Street a la burocracia de Washington. Se vistió entonces con la ropa del hombre de negocios como diplomático para cubrir la falta de acción del gobierno que, para él, echaba a perder todas las oportunidades de inversión que América Latina ofrecía, especialmente en Brasil, al que veía como la nación más  importante y mejor preparada para establecer una asociación con los hombres de negocios de América, comenta Elizabeth. Tota va más lejos todavía. Nelson soñaba en hacer de Brasil unos Estados Unidos debajo del Ecuador, para impedir que el país se transformase en una cabecera de puente del comunismo, un peligro que salió a la luz luego de Cuba. En el fondo, quería traer el sueño americano, que para él era una sociedad de consumo, el acceso más directo a la felicidad, como creía, dice el historiador. Creo que su sueño, el del Brasil del agronegocio, de las grandes empresas petroleras, de gente abarrotando los supermercados y comercios, es medio parecido a esa política Casas Bahia para todos del gobierno de Lula. Incluso el Bolsa familia parece el Food Stamp, un programa del New Deal que Nelson reanudó cuando fue gobernador de Nueva Cork en los años 1960. Lula y Nelson Rockefeller se darían la mano, estoy seguro.

Por encima de todo, Nelson quería educar a americanos y latinos. Los ejecutivos americanos aprenderían que era rentable invertir en el desarrollo básico de otros países y no solamente concentrarse en la expoliación de sus materias primas, y que este tipo de inversión podía efectivamente hacerse de modo tal que también contemplase los intereses locales, sostiene Elizabeth. Los latinoamericanos, a su vez, aprenderían que la cooperación con los negocios norteamericanos podría facilitar su desarrollo nacional y no solamente robarles. En ese proceso, Nelson se afianzaría como la figura de proa de la expansión económica externa y del desarrollo, para así crear seguidores en EE.UU., tanto en los negocios como en la política. Con el espíritu del business is business, Rockefeller no dejaba de negociar por cuestiones políticas y se relacionó muy bien con las dictaduras, incluso con la brasileña. ?Su experiencia de vida en Brasil después del 64 y del milagro le reveló que el crecimiento económico no siempre produce prosperidad duradera y que la clase media no siempre es la vanguardia democrática. Por encima de todo, las ganancias que tuvo cuando Brasil tenía una inflación de varios dígitos le demostraron que un mercado monetario puede existir paradójicamente junto a una gran pobreza, falencias financieras y quiebras de industrias y ciudades, evalúa la brasileñista. Era el comienzo de la versión conservadora del republicano de izquierda, tal como se lo conocía en los medios políticos norteamericanos. Se fue olvidando de Brasil y de sus planes de reforma, cada vez más disgustado al entender que nunca lograría ser presidente de EE.UU., que era su sueño, agrega Tota. El punto más bajo de su carrera como diplomático de la iniciativa privada fue en 1969, cuando, representando al presidente Nixon, regresó a Brasil y su presencia causó tumultos y revueltas estudiantiles. Poco importó lo que había hecho para promover el desarrollo agrícola, las investigaciones científicas, la extensión rural y las oportunidades de inversión para la clase media. Los jóvenes no sabían o no querían saber de ello, dice Elizabeth.

Académicos y liberales latinoamericanos y norteamericanos tampoco se interesaron por el informe que hizo Nelson de su viaje, que le reiteraba al gobierno estadounidense que no debería darle la espalda a los regímenes dictatoriales y dar meramente continuidad al viejo espíritu no intervencionista de buena vecindad. Entre 1968 y 1969, esa postura no se sostenía más. Siguiendo el desguace de esa política de la década anterior, revolucionarios y reformistas latinoamericanos no creían más en la posibilidad de una no intervención. La cuestión era sencillamente saber de qué lado se posicionaría EE.UU. Las palabras de Rockefeller en ese entonces no hacían sino legitimar las relaciones económicas y diplomáticas normales con las dictaduras, explica la brasileñista.

Sin embargo, no se puede negar que Nelson ya había hecho buena parte de sus deberes. Las ONG’s y otras organizaciones sin fines de lucro preocupadas con el desarrollo económico extranjero proliferaron, afirmando su derecho de representar, como Rockefeller lo hiciera en el pasado (los Peace Corps y la Alianza para el Progreso, de Kennedy, también serán herederos de Nelson), la misión americana en el globo, a menudo con puntos de vista sumamente críticos de la política externa de Washington, evalúa Elizabeth. Era la diplomacia privada siguiendo la doctrina del interés propio, bien entendido. Al obrar solo, el gobierno no logra competir con los recursos y la capacidad de la iniciativa privada. Un emprendimiento privado responsable puede ayudar a construir el tipo de mundo en el cual la violencia y las turbulencias sociales carezcan de función. Para las economías subdesarrolladas, la iniciativa privada es como una gran fuerza galvanizadora que libera ideas, inyecta capital, congrega talentos y crea incentivos, escribió Nelson.

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