Imprimir Republicar

Herch Moysés Nussenzveig

Herch Moysés Nussenzveig: Más allá del arco iris

Estudioso de los fenómenos de la luz, físico presenta su proyecto de un nuevo lanzamiento de kits científicos para niños y adolescentes

Herch-Moyses-Nussenzveig_Leo-RamosLéo RamosEntre los investigadores, Herch Moysés Nussenzveig es quizá más conocido por sus trabajos en óptica. Desde la década de 1960, este paulista graduado en física en la Universidad de São Paulo (USP) – y radicado desde hace casi 50 años en Río de Janeiro, donde actualmente es profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) – investiga dos de los fenómenos más hermosos de la naturaleza: el arco iris y la aureola.

El primero, con su gama de colores proyectados en el orden que todos conocen, surge en el cielo cuando los rayos de sol son desviados de su camino y se esparcen al atravesar gotas de agua de la atmósfera. En tanto, los círculos luminosos que caracterizan al segundo, mucho más raro de verse y que aparece acá en una de las fotos, se producen debido a una propiedad de la luz poco familiar a la mayoría de las personas, el efecto túnel, según concluyó Nussenzveig en 1969, en una teoría que recientemente culminó con nuevas evidencias.

Pero conocer a este físico de 77 años solamente por su trabajo en óptica resulta poco. Desde el comienzo de su carrera, Moysés, como le dicen los amigos, siempre actuó intensamente en la enseñanza de la física: organizó cursos, escribió una colección de libros que actualmente se siguen usando en las universidades, creó departamentos de física y ayudó a organizar la estructura de financiamiento de la investigación científica nacional.

Durante el régimen militar, cuando vivía en Estados Unidos, hizo lo que pudo para ayudar a los investigadores que eran víctimas de persecución política. Recibió a los que tuvieron de dejar el país, reveló ante la comunidad científica internacional lo que pasaba acá y articuló protestas que llegaron al presidente Arthur da Costa e Silva.

En la familia está rodeado de ciencia. Sus dos hermanos son médicos – uno de ellos, Victor, es un inmunólogo internacionalmente conocido por sus estudios sobre a malaria -; su mujer, Micheline, es química; y sus tres hijos también son investigadores: Helena es matemática, Paulo es físico y Roberto es bioquímico.

Hace cerca de tres años, Nussenzveig se impuso un nuevo desafío: reeditar los kits de ciencia que circulaban en los años 1970 y estimularon a niños y adolescentes a convertirse en científicos. Pese a las dificultades, nunca pensó en desistir de esa empresa. “Es lo mejor que podemos hacer por la educación durante los próximos años, para sentar bases sólidas y que el país se desarrolle”, afirma.

Lea a continuación los principales tramos de la entrevista que Nussenzveig le concedió a Pesquisa FAPESP el día 28 de mayo en su departamento, en el barrio carioca de Copacabana.

Usted integra el grupo que trabaja para relanzar los kits de ciencia que se vendían en los kioscos de diarios y revistas en los años ’70. ¿Cómo anda ese proyecto?
¿Usted conoció esos kits? 

Jamás vi uno. Lo único que sé es que en el pasado los hacía editorial Abril.
En esa época Isaias Raw había hecho un trabajo hermosísimo en la Funbec [la Fundación Brasileña para la Enseñanza de la Ciencia] y había preparado los kits, pero con distribución local, en una escala modesta. Entró en contacto con Roberto Civita [publisher de la editorial Abril], quien resolvió crear el proyecto Os Científicos. Los kits venían en cajitas de telgopor muy bien elaboradas, y cada edición era dedicada a uno de los grandes científicos de la historia. La parte más importante estaba hecha de un material simple, pero debía funcionar bien para que quien la comprase pudiese repetir experimentos cruciales del científico que habían desembocado en leyes fundamentales de algún área de las ciencias. Había por ejemplo un kit sobre [el químico y físico inglés Michael] Faraday. Para probar la ley de la inducción, el kit traía un imán, un cable, una bobina y pilas. El pibe o la piba que lo comprase, debía armar todo. La colección era quincenal y traía un folleto con la biografía del científico y la historia del descubrimiento. También venían instrucciones para montar el aparato y qué debería medirse, además de preguntas sobre los resultados.

¿Tuvo éxito?
Tuvo un éxito fenomenal. Mis hijos en esa época ya estaban en Brasil y eso les encantaba. Habían sido pensados para los chicos de la enseñanza media. Cuando se me ocurrió recrear el proyecto, hace tres años, yo participaba del DNA Brasil [un instituto creado por la Fundación Ralston Semler para discutir estrategias de desarrollo para el país] con muchos científicos conocidos. Verifiqué que varios habían resuelto hacer ciencia motivados por los kits, entre ellos [Carlos Henrique de] Brito Cruz, director científico de la FAPESP, y Jerson Lima e Silva, director científico de la Faperj. Le presenté la propuesta al grupo y fue aprobada. Entramos en contacto con el ministro de Ciencia y Tecnología, Sergio Rezende, a quien la idea le gustó, y con Isaias Raw, quien aceptó reeditarla. Planeamos una reunión inicial, con Civita e Isaias inclusive. Mi idea era contar con un consejo coordinador formado por científicos que se pusieran la camiseta del proyecto.

Eso no es sencillo.
Nos reunimos desde 2008. La idea es sacar el material a los kioscos de diarios y revistas, y Abril tiene distribución en todo el país. Eso aseguraría que los kits llegasen a un pueblito en la Amazonia igual que llegarían a São Paulo. Lo fundamental es que los niños descubran los kits y que éstos despierten en ellos el entusiasmo de hacer algo con objetos reales. Son experimentos que, tal como sucede en laboratorio, no siempre salen bien. Es necesario descubrir por qué algo sale mal y corregirlo. Eso es lo que falta en la enseñanza de ciencias en Brasil. Casi no hay laboratorios en las escuelas de enseñanza media. Y nada los reemplaza.

 ¿Quiénes participan en el proyecto?
Formamos una especie de consejo científico. Además de Isaias, estaba Myriam Krasilchik, de la Facultad de Educación de la USP. En biología, Mayana Zatz y Eliana Dessen. En física, junto conmigo está Vanderlei Bagnato, de la USP de São Carlos. En astronomía tenemos a Beatriz Barbuy y en química a Henrique Toma. Nos hemos comunicado con Brito Cruz, que no tiene tiempo para ir a las reuniones con tanta frecuencia. Hemos tenido un buen número de reuniones, preparamos la lista de kits y qué contendría cada uno. Durante las primeras reuniones creí que para que el proyecto fuera factible económicamente debería contar con la participación del MEC [el Ministerio de Educación]. El MEC viabiliza la existencia de la revista Ciência Hoje [publicada por la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia, SBPC] porque compra la Ciência Hoje das Crianças [Ciencia Hoy de los Niños] y la distribuye en las escuelas. La idea es que el MEC podría hacer algo parecido con los kits. Como la cantidad de escuelas públicas es grande, esto podría baratear la venta en los kioscos. Isaias y Civita coincidieron conmigo en que de nada serviría tener los kits solamente en las escuelas, porque probablemente irían a parar a un cajón en donde acumularían polvo.

¿Por qué?
Los docentes no están preparados para eso. Una cosa es tener algo que es una obligación para los niños y otra muy distinta es que lo hagan jugando y así vayan descubriendo cosas.

Algo que los niños buscan por placer.
Eso es lo que falta. Motivación. Eso influirá en la enseñanza porque los niños lo harán, y si tienen alguna duda, preguntarán en la escuela. El niño instigará al docente, que deberá aprender para responder. Por eso es importante, pues recicla a los docentes y forma mejor a los nuevos. Pero es un proyecto para décadas. Mientras eso ahora se pierde, existe un potencial enorme en los niños, que podrían verse motivados. Cuando Brasil logre hacer que las industrias entiendan que desarrollar tecnología de punta es fundamental para competir en el mundo actual faltará mano de obra.

Es un problema que comienza antes, en la enseñanza más básica.
La mano de obra que tenemos es tan mal formada que no va a saber ejecutar tareas simples, porque en algunos servicios todo es informatizado. Por eso nosotros pensamos que este proyecto es crucial. Civita estaba tan entusiasmado que al principio dijo que iba financiarlo y que no sería necesaria la contribución del MEC. Al final del año pasado, sin embargo, dijo que necesitaría el apoyo del MEC, y por eso propuso un proyecto para que funcione en las aulas, y no por la venta en kioscos, lo que desvirtuaría la esencia del proyecto. Fue un golpe serio, pero resolvimos presentárselo al BNDES [Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social], que por medio del Funtec [Fondo Tecnológico], destina partidas a fondo perdido. Al menos durante los primeros años, el proyecto debe ser subvencionado de esta forma y con el apoyo del MEC, que compraría lo que sobrase en los kioscos y lo enviaría a las escuelas. Aun cuando se hiciese únicamente en los estados del sudeste, el proyecto requeriría una inversión de al menos 10 millones de reales. En los kioscos saldría entre 15 y 20 reales, el precio de una revista.

LÉO RAMOS¿Cuál es el número de kits de la colección?
Entre 15 y 20, y abarcan todas las áreas. Va incluido un telescopio llamado Galileoscopio. Yo lo compré por 15 dólares en EE.UU. La empresa lo haría en Brasil por menos, lo que hará factible distribuirlo en los kits. Bagnato está haciendo un esfuerzo en São Carlos para que se fabrique un microscopio a un precio accesible.

Ustedes entonces no han desistido.
¡De ninguna manera! A fin de julio haremos una reunión en la USP para preparar un video para exhibir en el BNDES. El prototipo del primer kit, fabricado por Bagnato, está en mi escritorio. No hay nada en el mundo que se compare con este proyecto. A mediano plazo, esto podría generar una industria con fines de lucro para distribuirlo incluso en otros países. Esta carencia existe en todo el mundo. El problema es que en Brasil estamos en una situación peor que la media de los países desarrollados. Si el BNDES compra la idea, será lo mejor que podremos hacer por la educación durante los próximos años, para sentar bases sólidas para que el país se desarrolle.

Cambiando de tema, querría saber acerca de su trayectoria en la física, que por cierto, no comienza en la física.
Casi que empecé por el cine. Fui uno de los organizadores de lo que puede haber sido el primer festival de cine de Brasil, en el Museo de Arte de São Paulo, en 1950.

¿Y cómo fue que optó por la matemática?
En la Alianza Francesa hice un curso de literatura de dos o tres años. Durante el último año, ellos obtuvieron una beca del gobierno francés, que estaba en concurso. El concurso consistía en hacer una redacción sobre – si mal no recuerdo, era sobre el legado cultural de Francia. Gané el premio, un viaje y una beca de un año para estudiar en cualquier lugar de Francia. Quedé en duda entre ir al Institut des Hautes Études Cinématographiques, en París, o estudiar matemática. Opté por matemática e hice un curso de un año llamado Mathématiques Générales, en la Sorbona. Gracias un colega, Ernest Hamburger, que trabajaba con Oscar Sala en el montaje del acelerador Van de Graff de la USP, me fui a física. Pasé parte del bachillerato universitario como aprendiz de físico experimental. Luego del tercero o cuarto año de la carrera de física empecé a interesarme en la física teórica. Tuve la suerte de que vino un profesor visitante extranjero, un físico norteamericano importante: David Bohm.

¿Él había trabajado con J. Robert Oppenheimer, coordinador del proyecto de la bomba atómica norteamericana, no?
Él trabajó con Oppenheimer y fue uno de los disparadores del interrogatorio en que Oppenheimer fue cuestionado sobre seguridad. Bohm tenía fama de haber sido comunista. A menudo le preguntaban a Oppenheimer, tengo la trascripción de los interrogatorios, sobre David Bohm. Bohm fue de California a Princeton y fue llamado a declarar en la comisión de actividades antiamericanas del [senador Joseph] McCarthy. Por consejo de Einstein, Bohm se rehusó a testimoniar y la universidad lo despidió. Es una vergüenza para Princeton. Fui docente de la Universidad de Rochester durante 10 años, y ahí había habido un caso similar. El rector, de derecha y amigo de Nixon, no echó al profesor y dijo: “Eso atenta contra la libertad académica”. Dio un ejemplo mejor que el de Princeton. Bohm vino a la USP con cartas de recomendación de Einstein y de Oppenheimer. El jefe del departamento era Mario Schönberg. Cada tanto cuestionaban a Oppenheimer por haber recomendado a un comunista, Bohm, para trabajar con otro conocido comunista, Schönberg. Para mí fue una suerte.

¿Cómo lo conoció?
Bohm dio un excelente curso de física teórica y también mi primer curso de mecánica cuántica. Acá siguió sufriendo la persecución política. Cuando llegó a Brasil, fue a la embajada estadounidense en Río de Janeiro, donde le pidieron el pasaporte y le dijeron que no se lo devolverían a no ser cuando volviera a Estados Unidos. Él se naturalizó brasileño y cuando viajó a Israel, por invitación del Technion [el Instituto de Tecnología de Israel], fue con pasaporte brasileño. Después fue a Londres, en donde se casó con una inglesa. Muchos años después, su madre estaba muy mal y él quiso visitarla en Estados Unidos, ya con su nacionalidad inglesa, pero le negaron la visa. Para reemplazar a Bohm vino otro extranjero. Era el profesor Guido Beck, un físico austríaco cuya formación era de cuando se creó la mecánica cuántica. En esa época el número de físicos importantes no pasaba de algunas docenas, y él pasó por todos los grandes institutos y laboratorios. Conocía a los fundadores de la mecánica cuántica. En los años 1940, con Francia ocupada [por el Ejército alemán], Beck fue internado en un campo de extranjeros. Hay una carta de Max Born a Einstein pidiéndole ayuda económica para Beck, quien logró huir rumbo a Portugal, y desde allí, por una invitación que le hicieron desde Argentina, fue al observatorio de Córdoba. Pasó varios años allí, en donde fue uno de los fundadores de la Asociación de Física Argentina.

¿Que sucedió después?
Beck vino a Brasil y se instaló en el CBPF [el Centro Brasileño de Investigaciones Físicas, con sede en Río de Janeiro], que en la época era una institución privada. Cuando Bohm se apartó, Schönberg lo invitó a Beck para reemplazarlo y pasó dos años en São Paulo. Al llegar a la USP, Beck le pidió a Schönberg que le recomendase a un estudiante para trabajar con él. Y Schönberg me recomendó. Fui de la física experimental a la física teórica y empecé el doctorado, que solamente existía en la USP, con Beck. Hice mi tesis en el área de óptica y de teoría de la difracción. Beck le mandó la tesis a Max Born, quien estaba en Escocia, y entonces sucedió algo curioso. A Emil Wolf, uno de los grandes nombres de la óptica, que trabajaba con Born, lo invitaron a ir a la Universidad de Rochester, del estado de Nueva York. Cuando iba a embarcarse, Born le dijo: “He recibido esta tesis, usted que va en barco, léala durante el viaje”. Posteriormente Wolf me invitó a ir a Rochester, cuando yo estaba en Princeton.

Antes usted pasó por varios institutos de Europa.
Estuve un año en Holanda, principalmente en Utrecht, un instituto de altísimo nivel. Pasé una temporada también en Birmingham, que era el más famoso departamento de física de Europa, con el grande físico Rudolf Peierls, y otra en Zurich, con otro físico famoso, Res Jost. Volví a Brasil en 1960, al CBPF, que pese a ser privado, era subvencionado con fondos federales. Todos los años, el Congreso Nacional votaba el presupuesto del CBPF. Cuando la inflación se disparó, el presupuesto del CBPF se vino a pique. En 1963, un profesor titular ganaba alrededor de 60 dólares por mes, más o menos unos 300 dólares de hoy, y Beck me recomendó que me fuera del país.

Era el comienzo de su fase de trabajo en Estados Unidos.
Me invitaron al Instituto Courant de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva Cork, y en septiembre de 1963, fui allá con Micheline y nuestra hija, Helena, en la época con 4 meses. Por recomendación de la embajada, sacamos una visa permanente, pero la intención era quedarme uno o dos años y volverme. Poco tiempo después Darcy Ribeiro organizó la Universidad de Brasilia [UnB] y lo invitó a Roberto Salmeron para organizar los institutos de la UnB. De paso por Estados Unidos, en febrero o marzo de 1964, Salmeron me llamó convocó a profesor en Brasilia. De entrada acepté. Pero Micheline le preguntó: “Oye Roberto, ¿no está muy inestable la cosa por allá?”. Y él le contestó: “No te preocupes, conversé con Darcy antes de venirme y él me dijo que hay un esquema militar absolutamente sólido, y el gobierno está firme”. Entonces pensé: “Si voy a quedarme por poco tiempo en Estados Unidos, voy probar en otro lugar antes de volver”. Le escribí a Oppenheimer y él me dijo que podría pasar un año en Princeton.

LÉO RAMOSMientras tanto, en Brasil las cosas se estaban complicando.
Con la invasión de la Universidad de Brasilia y con todos los docentes cesanteados, Micheline y yo pensamos: “No podemos volver ahora”. Pero entonces Emil Wolf, que había leído mi tesis en el barco, me invitó a que asumiera como profesor visitante en Rochester. En 1965 fuimos allá y en 1968 vine a Brasil para dictar unos cursos en la PUC de Río sobre óptica cuántica; creo que fueron unos de los primeros en el país. El propio Sergio Rezende [el actual ministro de Ciencia y Tecnología] contó que empezó a trabajar en un tema relacionado con eso en función de ese curso. Mientras postergábamos el regreso a Brasil, en Rochester el gobierno del estado de Nueva York creó una cátedra Albert Einstein Profesor, para atraer gente de altísimo nivel para hacer docencia en Nueva York. Elliott Montroll, un gran físico, aceptó la cátedra, creó el Instituto de Estudios Fundamentales y me invitó a participar. Eso fue en 1968. Ese mismo año recibí una carta de un colega de la PUC en la que me decía que el mejor estudiante de física había sido expulsado debido al decreto 477, que determinaba la expulsión de los alumnos considerados subversivos. Ese estudiante se llamaba Luiz Davidovich. En la carta, mi amigo me preguntaba se yo podría darle lugar a Davidovich en Rochester. Estábamos fuera del período de admisión, pero conversé con los colegas y lo admitieron.

¿A usted le hicieron otras invitaciones? 
En 1969 recibí otra invitación para regresar a Brasil y ser el “A” del Impa [el Instituto de Matemática Pura y Aplicada], que no tenía matemática aplicada. Acepté nuevamente. En abril de 1969, cuando Maurício Peixoto estaba llegando a Rochester para acordar mi regreso, recibí un telegrama de Ernest Hamburger, quien en ese momento era presidente de la Sociedad Brasileña de Física, comunicándome que [Jayme] Tiomno y José Leite Lopes habían sido cesanteados. Fui al aeropuerto, hablé con Peixoto, le mostré el telegrama y le dije: “En estas circunstancias, no puedo aceptar esa invitación”. La situación era dramática y entonces intenté hacer algo para ayudar a los científicos perseguidos.

Eran de la primera generación de físicos formada en el país.
Tiomno, Leite Lopes y Schönberg, los tres fueron cesanteados. El telegrama que recibí era del 27 de abril y al día siguiente le mandé una carta a Robert Marshak, profesor de Rochester y miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, contándole acerca de la persecución política contra los científicos brasileños y que habían echado a 69 profesores de las universidades.

¿Ese tipo de acción era común entre los investigadores que estaban fuera de Brasil?
Por lo que sé, eso lo hice yo en Estados Unidos y Salmeron en París. Yo me puse en contacto con los científicos que conocía, les di información sobre lo que pasaba en Brasil. Poco después, el Consejo de la Sociedad Americana de Física le mandó una carta al embajador brasileño, que era Mario Gibson Barbosa, comentándole que Leite Lopes y Tiomno habían sido perseguidos y le pedían que hicieran lo posible para defenderlos. Tengo un archivo enorme que tuve mis dudas de traérmelo a Brasil, porque cuando volví, en 1975, aún no era seguro tener esos documentos acá.

En esa época la dictadura comenzaba a amainar.
Era ya una dictablanda. Con base en los contactos que había hecho, se enviaron muchos telegramas de protesta. Uno de ellos fue directamente para Costa e Silva [Arthur da Costa e Silva, en ese entonces presidente de la República], firmado prácticamente por todos los profesores del departamento de física de Rochester. Escribí también un artículo dirigido a Science sobre “La migración de científicos de América Latina”, porque esas persecuciones también ocurrían en Argentina. Unos años después viajó a Brasil el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, y [Chen Ning] Yang, a quien yo había conocido en Princeton y era Premio Nobel, me consultó sobre qué podían hacer él y Rockefeller. A pedido de Yang, Rockefeller habló con Costa e Silva.

¿Cómo logró regresar al país?
En 1975, [José] Godemberg me invitó a volver a la USP. Él era director del Instituto de Física. Hice un concurso para titular, pero yo había puesto una condición: crear un departamento de física teórica, que terminó llamándose física matemática. Empecé como docente del posgrado, pero enseguida me di cuenta que lo más importante era la carrera de grado, particularmente en lo que hace a física básica. Como no había un texto disponible que me pareciera adecuado, resolví hacer uno, mío.

¿Y así surgió la serie de libros Curso de Física Básica?
A medida que dictaba el curso, iba haciendo apuntes sobre los diferentes temas. Enio Candotti, que era profesor de la UFRJ, supo de eso y me pedía copias para usarlas en sus clases. En parte debido a su insistencia, redacté el curso entero.

DIVULGACIÓN¿Mientras estuvo en la USP, llegó a dirigir el Instituto de Física, no es cierto?
En aquella época, Goldemberg salió de la dirección del instituto, y según el reglamento, los titulares se convertían automáticamente en candidatos a director. Yo había creado el Departamento de Física Matemática y quería consolidarlo. Un día, llego al instituto y me dicen que el Diario Oficial había publicado mi nombramiento como director, sin consulta. Le mandé una carta al rector, en esa época el matemático Valdir Oliva, diciéndole que no aceptaba. Él le comunicó al instituto que en caso de que yo no aceptase, nombraría a una especie de interventor. Mis colegas me pusieron contra a pared y tuve que aceptar. Fue durante ese período que empecé a participar en el comité asesor de física del CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico]. En esa época se estaba empezando a hablar de la amnistía y yo, a pedido de la SBPC, integré la comisión que le elevó el proyecto de amnistía para los docentes cesanteados por el Acto Institucional Número 5, aquellos 69, al ministro de Justicia, Petrônio Portela. Como yo era el director del instituto, pude invitarlo a Schönberg a regresar a la USP. En mi mandato, en 1980, el gobernador de São Paulo, Paulo Maluf, le aplicó un golpe a la FAPESP al hacer una interpretación diferente de la ley que define cuáles son los recursos de la Fundación. Hice una campaña desde el instituto para que el Consejo Universitario protestase contra el gobierno. Conociendo la USP y su Consejo Universitario, eso no fue para nada trivial. Al final, el gobierno cedió. En 1981 yo todavía estaba en la USP cuando fui electo presidente de la Sociedad Brasileña de Física. Argentina estaba librándose de la dictadura militar y la Asociación de Física Argentina me invitó a una reunión, la primera durante el régimen democrático. En ella se habló del proyecto atómico que tenían  los militares argentinos para construir una bomba. Volví de la reunión con el presidente de la asociación argentina y tuvimos la idea de hacer una declaración conjunta de las sociedades recomendándoles a los físicos de ambos países que no participasen en proyectos con fines militares. Acá creé la Comisión de Seguimiento de la Cuestión Nuclear, formada por Luiz Pinguelli Rosa, Fernando de Souza Barros y Sergio Rezende, para investigar la existencia de un proyecto militar en Brasil. Pinguelli y Barros descubrieron, durante el gobierno de Collor, el pozo de Serra do Cachimbo, y lograron que Collor reconociera que el proyecto había existido.

¿No se llegaron a hacer pruebas ahí? 
No. Se bloqueó todo. La Sociedad Brasileña de Física y la Asociación Física de Argentina tuvieron un papel importante en esa historia. Se creó un proyecto de inspección mutua entre ambos países.

¿Por qué se fue de la USP?
Yo estaba en evidencia allí en razón de esa manifestación del Consejo Universitario y tuve un gran shock cuando supe de los marajaes de la USP, lo que terminó determinando mi salida.

¿Fue entonces que se vino a la PUC de Río?
Vine a la PUC como profesor visitante y después me transformé en titular. Durante ese período me nominaron desde la Academia de Ciencias para una comisión conjunta con la SBPC que apuntaba a defender la investigación científica y el financiamiento de proyectos. Durante la dictadura, el presupuesto de Ciencia y Tecnología se determinaba desde la Secretaría de Planeamiento, la Seplan, cuyo ministro era Delfim Netto. La Seplan, con la participación de un economista, Luiz Paulo Rosenberg, y de Claudio de Moura Castro, elaboró un proyecto de reformulación del financiamiento a la investigación para hacer alteraciones en la Finep, en el CNPq y en la Capes. Sería un desastre. La situación ya de por sí era mala, porque la comunidad científica no participaba en la aprobación de los presupuestos. Una comisión que reunía a la SBPC, a la ABC y al comienzo a la Seplan empezó a mostrar que pretendía hacer. Logramos movilizar a la comunidad científica y presentar otra propuesta, reformulando el estatuto del CNPq y el de la Finep y creando un consejo deliberativo por cada uno, con la participación de la comunidad científica.

Ustedes intentaban traer a los investigadores hacia dentro del CNPq para ayudar a decidir de qué manera invertir el dinero.
Exactamente. Nuestro proyecto no solamente desembocó en la creación del consejo deliberativo del CNPq, sino que también tuvo influjo en la creación del MCT. Un poco como un castigo, me eligieron representante de la comunidad científica en el primer consejo deliberativo. Participé también en la redacción del reglamento interno del CNPq, que era presidido por [Crodowaldo] Pavan.

¿Cómo fue su participación en la creación del Pronex, el programa de financiamiento de los núcleos de excelencia?
Cuando entré en el consejo deliberativo del CNPq, resolví presentar esa idea, producto de una de las últimas cosas que hice en Brasil en 1963, antes de irme a Estados Unidos. José Pelúcio Ferreira había creado el Funtec, precursor de la Finep, en parte inspirado en los artículos que Leite Lopes escribía sobre la importancia de financiar a la ciencia para el desarrollo económico. El primer proyecto para el Funtec de apoyo al posgrado lo escribimos Leite Lopes y yo. Todo el posgrado brasileño es cría del Funtec y de la Finep. Pelúcio me pidió un dictamen sobre un pedido del Instituto de Física Teórica de São Paulo, el IFT, actualmente ligado a la Unesp, pero que en esa época era privado. La idea era crear una forma de subvencionar a un instituto de ese tipo. Pelúcio me dijo: “¿Por qué usted no ve cómo es el sistema francés de laboratorios asociados?”. En Francia conversé con Pierre Jacquinot, quien fundó los laboratorios asociados al CNRS. La idea me gustó y se la propuse al IFT. El IFT no la aceptó, pero, inspirado en aquellas conversaciones, me pareció que el problema más serio sobre el financiamiento de la investigación en Brasil era la inestabilidad a largo plazo. Entonces presenté la idea de las Entidades de Investigación Asociadas ante el consejo deliberativo y la aprobaron; eso fue más o menos en 1985.

¿Aunque fueran privados, los institutos podrían recibir financiación federal?
La idea era que fueran proyectos de largo plazo, de cuatro años al menos, y renovables. La historia acerca de cómo ese proyecto desembocó en el Pronex está publicada en una entrevista que le concedí a Ciência Hoje. Después de que se creó el ministerio, con la elección de Fernando Henrique Cardoso, se transformó en una reivindicación de la comunidad científica. Cardoso se sensibilizó y creó el programa, con los puntos esenciales preservados. El programa se llamó Pronex, un nombre que no me agradó.

¿Por qué?
Un poco porque transmite la idea de que habría que ser de altísimo nivel para pertenecer a ese grupo. Y no era así. En Francia tampoco es así. La idea era que los buenos institutos tuvieran financiamiento estable. No era para seleccionar a dos o tres. Cardoso esperaba que hubiera no más que 20 ó 30 núcleos en el país. En el primer proyecto fueron 77 y en el segundo 84. El Pronex fue el origen de los Institutos Nacionales de Ciencia y Tecnología. Una de las ideas centrales era hacer una evaluación nacional de la investigación científica. Los proyectos son presentados desde todo el país y solamente los mejores son elegidos por un jurado de nivel internacional. Formé parte de la comisión de coordinación del primer Pronex y mandamos muchos proyectos para su evaluación en el exterior, solicitando que el rigor en el juzgamiento fuese como el de un proyecto de la National Science Foundation. Eso mejoró la manera de juzgar los proyectos. También participé en la evaluación de los institutos del CNPq y del MCT.

¿Qué tipo de institutos evaluaron?
Todos los institutos, como el Impa, elCBPF y el Inpa Amazonia. Evaluamos institutos en todo el país e hicimos recomendaciones. Una de ellas indicaba que pasasen a funcionar de manera similar a la actual del Impa, con base en contratos de gestión y una mayor autonomía. En la Conferencia Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, realizada en Brasilia en mayo, la principal reivindicación de los científicos fue la desburocratización de las importaciones de material científico.

¿Y cómo fue su ida a la UFRJ?
Mi última mudanza de institución fue hace unos 15 años, cuando se acabó el apoyo del FNDCT [el Fodo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico] al Centro Técnico Científico de la PUC de Río. Entonces los profesores titulares de física de la PUC se fueron a la UFRJ. Antes de ingresar a la UFRJ, el rector, que en esa época era Nelson Maculan, nos había invitado a mí y a Jacob Palis a participar en un instituto de estudios avanzados. Yo nunca quise formar parte de ese tipo de institutos pues en general existe en ellos poca interacción con la universidad y con los estudiantes. En cambio, creamos la Copea, la Coordinación de Programas de Estudios Avanzados. Su papel es fomentar investigación la interdisciplinaria en temas de frontera, que no serían abordados espontáneamente por la universidad. Ésa es la tendencia mundial. También nos pareció importante hacer conferencias abiertas al público y contar con un grupo de investigaciones propio. Como debía ser un área interdisciplinaria de frontera que no existiera acá en la UFRJ, decidí salir de la óptica cuántica y creé el Laboratorio de Pinzas Ópticas.

Tengo curiosidad por saber sobre la teoría del arco iris y sobre la de la aureola, que usted empezó a abordar en los años 1960.
Existen trabajos mucho más recientes. Un artículo sobre la teoría de la aureola está por salir en Scientific American. El arco iris y la aureola son dos de los fenómenos más lindos de la naturaleza.

¿Qué es la aureola?
La mejor forma de describirla es mostrarla. Uno puede observarla en los viajes en avión. Hay que saber la posición del Sol y ser capaz de ubicar la sombra del avión sobre las nubes. Con suerte, uno otea la sombra del avión, y a su alrededor, lo que parece ser un arco iris circular. Pero no lo es. Es la aureola, que es diferente. Se pueden ver varios anillos concéntricos. El orden de los colores es distinto. Uno de los grandes nombres de la óptica, Joseph von Fraunhofer, planteó que era una especie de reflexión en la nube. Estaba equivocado. La explicación es producto de un fenómeno intrigante, el efecto túnel. La luz puede comportarse como onda o como partícula. Como partícula, no podría penetrar en las gotas de agua. Pero como onda, atraviesa la superficie debido al efecto túnel. En el interior de la gota, reverbera antes de emerger por el efecto túnel y producir la aureola.

¿Ése fue el trabajo premiado?
Gané el premio Max Born en 1986 por la teoría del arco iris y la de la aureola. Pero en esa época, aún faltaba buena parte de la explicación de la aureola, que se fue acumulando con el correr de los años. La demostración final de que es un fenómeno de efecto túnel es uno de mis trabajos más recientes.

Republicar