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Carta de la editora | 176

En el espacio sin fronteras

Siempre sonó sorprendente en mis oídos la naturalidad con que los astrofísicos logran referirse a un cuerpo celeste cualquiera ubicado a 20 ó 30 años luz de distancia de la Tierra. Imagínense entonces la sensación al oír, durante una charla sobre la búsqueda de planetas habitables, a una astrónoma escocesa que dijo tranquilamente que detectó “un blanco prometedor” situado a 59 años luz de nuestro castigado planeta, aunque cree que hay otro en las inmediaciones de los 33 años luz. Cabe acotar que yo todavía no sabía que el 29 de septiembre, astrónomos norteamericanos anunciarían la existencia de otro postulante, ubicado a 20 años luz. Mientras ella hablaba, me fui acordando de la reciente entrevista de Stephen Hawking, concedida al sito Big Think, en la que el científico decía que la única posibilidad de supervivencia a largo plazo de la especie humana sería consistiría en dejar la Terra y habitar nuevos planetas, tarea a la cual, por cierto “argumentaba”, deberíamos abocar nuestros esfuerzos durante los próximos dos siglos. Ese comentario me había parecido un tanto insólito y me había hecho dudar acerca de su seriedad, por no correr el riesgo de sospechar con relación a la salud del genial físico inglés. Pero ni bien me repuse de esa digresión escuché a otro disertante que le mostraba al auditorio inimaginables condiciones ambientales extremas -de frio, calor, acidez, radiaciones, deficiencia de oxígeno etc., etc.- en las cuales, contrariamente a cualquier sentido común, la vida se había manifestado. Y la instigadora pregunta: “¿qué es la vida?”, proferida por el joven conferenciante brasileño sobrevolaba en el aire con sutiles sugerencias, en el sentido de que parece de mínima improbable que nuestra vieja Tierra sea el único lugar propicio para la existencia de la vida, de cualquier forma de vida, entre la infinidad de astros de las miles de millones de galaxias del Universo. O, vinculando eso a Hawking y a la científica escocesa, que sea el único reducto que haga posible la supervivencia de la especie humana.

Este debate en los límites más avanzados del conocimiento en astrobiología -el área que investiga las condiciones esenciales para el surgimiento de la vida, procura indicios de vida fuera de la Tierra e investiga  otros mundos habitables- se dio a finales de agosto en Itatiba, São Paulo, en el marco del excelente simposio Frontiers of Science, patrocinado por la FAPESP y la Royal Society. Aunque me tienta hacerlo, no me detendré en detalle en el evento, ni en el enorme poder que pudo allí entreverse en lo que hace a la imaginación aplicada a la creación de conocimiento; remitiré a aquellos lectores interesados al texto de nuestro editor de política científica y tecnológica, Fabrício Marques, que lo explica muy bien. Pero seguiré un poco más en la astrobiología, porque al escuchar al joven Douglas Galante exponiendo acerca de las evidencias de supervivencia de microorganismos en ambientes terriblemente adversos en nuestro planeta, explicando la posibilidad de que bacterias superresistentes viajen vivas por el espacio sujetas a minúsculos fragmentos de polvo y, por último, refiriéndose al primer laboratorio nacional dedicado a la astrobiología que la USP está construyendo en la localidad paulista de Valinhos, pensé que estábamos ante un material fascinante para un reportaje. Y en efecto, muy bien trabajado por Maria Guimarães, nuestra editora asistente de ciencia, que trató de escuchar a una buena cantidad de gente que trabaja en el tema, ese artículo fue a parar a la portada de la revista.

Apunto que el simposio Frontiers of Science, una especie de viaje vertiginoso, constituyó una acción integrada a un esfuerzo que se ha venido haciendo en São Paulo, contando con el liderazgo de la FAPESP, para darle dimensión internacional a la producción científica hecha en el estado. En tal sentido, llamo la atención sobre una serie de reportajes elaborados por Fabrício Marques sobre distintas experiencias de internacionalización llevadas a cabo por grupos de investigadores paulistas, que la revista comenzó a publicar en la edición pasada. En esta oportunidad el foco recae en el equipo coordinado por el físico Yves Petroff, director científico del Laboratorio Nacional de Luz Sincrotrón (LNLS).

En términos breves, por el imperativo del espacio exiguo y no por merecimiento, destaco en esta edición el artículo de la editora asistente de tecnología, Dinorah Ereno, quien muestra las inmensas posibilidades del universo de la nanotecnología aplicada a la alimentación y a la agricultura; el reportaje del editor de humanidades, Carlos Haag, sobre los colores y la estética estratégica de los llamados y, para culminar, algo más sobre lo que físicamente nos vincula a mundos y conocimientos: nuestro cerebro,  en esta ocasión, en las palabras de Fred Gage, en la entrevista realizada por nuestro editor de ciencia, Ricardo Zorzetto.

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