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Domingo Braile

Domingo Braile: Innovaciones quirúrgicas

El médico, investigador e inventor cuenta cómo construyó una empresa de dispositivos cardíacos en el interior de São Paulo

MARLON FIGUEIREDOEl cirujano Domingo Braile podría ser conocido en la actualidad como ingeniero, empresario, piloto de aviones o como un buen mecánico. Pero su opción por la medicina no le impidió ejercer todas esas actividades. Si en cambio hubiera elegido cualquier otra profesión, probablemente no habría sido cirujano. Fue gracias a la influencia de su padre y a las visitas constantes a los talleres de automóviles de São José do Rio Preto que el médico logró conciliar sus habilidades. Hoy en día tiene en su currículo 25 mil operaciones cardiovasculares, la creación de una empresa de investigación y desarrollo de equipos quirúrgicos, la implementación de 21 servicios médicos en hospitales de la ciudad de São Paulo y ciudades del interior y una intensa vida académica, con 260 artículos publicados en periódicos científicos.

Domingo Braile fue discípulo de Euryclides Zerbini, el cirujano que realizó el primer transplante de corazón de América Latina. En la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FMUSP) fue alumno y colega de una generación que creó y desarrolló la cardiología brasileña, cuyo centro era São Paulo. Pero él mantuvo su plan original de regresar a la ciudad en donde creció, São José do Rio Preto, para hacer en ella lo que se hacía únicamente en la capital: cirugías cardíacas a corazón abierto, tal como se le denomina al procedimiento en el cual se abre el pecho del paciente para reparar el corazón por dentro. A tal fin, era necesario contar con el apoyo de una bomba corazón-pulmón artificial -una bomba de circulación extracorpórea- para pararlo sin matar al paciente. Braile ya había fabricado, junto a Adib Jatene, dos de esas bombas en el taller del Hospital de Clínicas de la FMUSP. Hizo lo propio en Rio Preto y empezó a operar. Su dominio de diversos campos como el médico, el mecánico y el electrónico lo llevó a crear la exitosa empresa actual: Braile Biomédica.

En el área académica transitó por otras universidades además de la USP: la Federal de São Paulo (Unifesp) y la Estadual de Campinas (Unicamp), y fue cofundador de la Facultad de Medicina de Rio Preto, la Famerp. Como editor de la Revista Brasileira de Cirurgia Cardiovascular, la transformó en el único periódico de la especialidad del Hemisferio Sur y de América Latina y el Caribe, que está en el ISI-Thomson desde el año pasado, además de estar en el PubMed/ Medline y en SciELO. Braile aprendió a pilotear aviones a los 17 años, lo que le fue útil años después para desplazarse rápidamente entre ciudades distantes: Rio Preto queda a 450 kilómetros de la capital paulista y a 300 km de Campinas. A los 72 años, es autor de dos libros (Millenium, 2000, y Crônicas de um médico do sertão, 2008), y es padre de dos hijas. La abogada Patrícia lo reemplazó en la presidencia de la empresa, y la cardióloga Valéria es jefa del Instituto Domingo Braile, la clínica de la familia. A continuación, los principales tramos de la entrevista concedida en Rio Preto.

Cuando usted se recibió, en 1962, en la FMUSP había docentes como Zerbini y Jatene, y ya conocía a Hugo Felipozzi, que fabricó la primera máquina de circulación extracorpórea de Brasil, en 1955. ¿Fue con ellos que usted aprendió a trabajar tanto en el quirófano como en el taller?
La escuela era muy buena, considerada de nivel A a nivel internacional. Podíamos incluso trabajar en Estados Unidos sin problemas. Los alumnos también eran de primera línea. Ricardo Brentani y Walter Colli, por ejemplo, fueron mis compañeros de comisión. Algunos de los médicos que estaban desarrollando a cirugía cardíaca en los años 1950 y 1960 eran nuestros profesores y necesitaban construir sus propios aparatos para poder avanzar. Había una cierta hegemonía de los que sabían hacer más cosas.

¿Y Zerbini incentivaba esa práctica?
Zerbini fue fundamental, siempre con el apoyo del profesor Alípio Correia Neto, una figura importante para la Facultad de Medicina. Ambos tenían un sentido de brasileñidad muy fuerte. Cuando veía una bomba de cirugía extracorpórea importada, Zerbini iba directo al grano, sin muchas divagaciones: “Desarma esa máquina y fíjate qué tiene dentro. Deben ser media docena de piezas simples y nos la venden a un precio absurdo”. En aquella época, a finales de los años 1950, teníamos solamente dos bombas en el HC, y eran importadas. Él decía que si no aprendiésemos a hacer máquinas como aquéllas nunca progresaríamos. Y mire que él no sabía nada de electricidad ni de mecánica. Empezamos en un taller que funcionaba en un sótano del HC. Era una salita en donde trabajábamos tres empleados y yo.

De cualquiera manera, usted se metió con eso porque le gustaba, no solamente por necesidad.
Sí, claro que me gustaba. Mi padre era un italiano de Calabria, graduado en la Facultad de Medicina de Nápoles en 1923. Luchó en la Primera Guerra Mundial y llegó a ser secretario comunal, un cargo importante, con poder sobre una determinada región. Pero se dio cuenta de que las cosas no marchaban bien, se desentendió con el partido que estaba en ascenso en Italia y se vino a Brasil solamente con su maleta, en 1929. Tenía un tío en São Carlos y fue a trabajar al interior de São Paulo mientras se preparaba para hacer la reválida del diploma. Había que escribir cinco monografías y por supuesto, saber portugués. Y lo hizo en la ciudad donde yo nací, Nova Aliança, cerca de São José do Rio Preto. Mi papá tenía una noción muy clara acerca de lo que sería el siglo XX. Cuando yo tenía 10 años, me mandó a un taller mecánico de automóviles.

¿Cuando usted aún estaba en el grupo escolar?
Exactamente. En ese taller había un mecánico muy bueno y allí aprendí sobre motores. A esa altura ya nos habíamos mudado a Rio Preto. Durante el período en que cursé el científico [una de las modalidades de la actual enseñanza media en Brasil] también frecuenté talleres mecánicos.

¿Y por qué no se hizo ingeniero en vez de médico?
La influencia de mi padre era muy fuerte. Él fue el médico que yo no fui, un médico de familia. Tenía una memoria fantástica y sabía los nombres de los pacientes, del padre, de la madre, de los hijos, de todos. El consultorio era en la parte delantera de la casa en que vivíamos. Tenía una visión muy interesante del futuro. Recuerdo que nos decía que tendríamos un televisor iba a parecer un cuadro colgado en la pared. Y es más: que no necesitaríamos comprar las pinturas que vemos en los museos pues las veríamos en ese televisor, que cambiaría los cuadros solo. Pensaba así en los años 1940. También era hábil para arreglar todo lo que se le pusiera en el camino.

Entonces cuando usted fue a cursar medicina llevaba consigo las dos referencias decisivas de su carrera: la influencia de su padre y su habilidad con las máquinas.
Sí, las dos, más el incentivo del profesor Zerbini. En 1960, estaba entrando en el ascensor de la Facultad de Medicina cuando apareció un sujeto grande, a quien yo no conocía personalmente. Me apuntó con el dedo y me preguntó si yo era Braile. Yo asentí. Me dijo que era Adib Jatene -que ya tenía renombre en la facultad- y me preguntó si era yo el que estaba fabricando una bomba extracorpórea. Le dije que sí. Y entonces me pidió: “¿Puedo trabajar con usted?”. Me tomó de sorpresa y le dije que yo sería el que trabajaría con él, y no al contrario. Adib es un muy buen mecánico y un tornero extraordinario, pese a que no sabe mucho de electrónica. Una vez vino a São Paulo un profesor muy importante de Canadá, junto con su mujer. Adib estaba almorzando con ellos cuando la mujer empezó a hablar sobre las manos de los cirujanos, de cómo eran preciosas, delicadas, que curan, etc. Adib dirigió la mirada hacia sus propias manos, con un dedo sin la mitad de la uña, una parte de otra uña llena de grasa que no había logrado lavarse y estaba toda negra… Y fue deslizando sus manos despacito hacia abajo de la mesa.

Parece que Jatene también tuvo una gran influencia sobre usted.
Éramos muy unidos. Después Adib se fue al Instituto Dante Pazzanese y hasta hoy cuenta con la Fundación Adib Jatene, que fabrica máquinas hospitalarias. Trabaja con corazones artificiales desde hace mucho tiempo, con ingenieros excelentes.

¿Él colaboraba con empresas que fabrican dispositivos médicos?
Colaboró mucho con Macchi, antecesora de Nitro, una multinacional que actualmente se encuentra instalada en la localidad de Sorocaba. Macchi fue fundada por el cirujano cardíaco Hélio P. Magalhães. Adib nunca fue dueño, pero desarrollaba los productos en el Instituto Dante Pazzanese y se los pasaba a la empresa. Hizo grandes progresos en ese proceso. Macchi fabricó oxigenadores, bombas extracorpóreas y muchos equipos médicos. Adib siempre fue muy aficionado al campo. Sigue andando a caballo hasta ahora, a los 81 años. Es una persona indescriptible. Tiene una enorme capacidad inventiva en la cirugía y en el desarrollo de equipamientos. Pero siempre me dijo que al hacer cosas de la industria yo no enfrentaría sino sinsabores. Por cierto, él dice eso aún hoy en día, y tiene razón.

¿Cuándo regresó a Rio Preto?
Cuando terminé la facultad, en 1962, ya sabía bastante sobre aparatos médicos y cirugía cardíaca. Era cómico porque incluso durante la carrera yo fui monitor y les daba clases de técnicas quirúrgicas a los residentes. A ellos les daba bronca eso.

MARLON FIGUEIREDOStent fabricado por BraileMARLON FIGUEIREDO

¿Usted ya operaba cuando era estudiante?
Pero solamente perros, desde tercer año. Luego tuve una capacitación excelente con Zerbini y con Adib. En aquella época pocos se atrevían a meterse con la cirugía cardíaca. Cuando caminábamos por los pasillos de la facultad, siempre oíamos algún comentario tipo “ahí van los asesinos. ¿A cuántos van a matar hoy?”. Eso pasaba porque al principio moría mucha gente. Entre julio de 1958 y abril de 1963, un grupo de mil pacientes fue sometido a cirugías con empleo de circulación extracorpórea; 680 en el HC de la FMUSP y 320 en el Instituto de Cardiología del Estado de São Paulo. En los primeros 100 casos, la mortalidad fue del 25%; en los últimos 100, se redujo al 7%. Esos números iniciales asustaban a las personas. Siempre digo que, por donde se la mire, la saga de la cirugía cardíaca es muy bonita, no solamente en el exterior, sino también acá. El HC fue el foco de eso cuando no existía el InCor [el Instituto del Corazón de la FMUSP]. Zerbini operaba pulmones y corazones sin circulación extracorpórea en el Hospital de Beneficencia Portuguesa y en el Instituto de Cardiología, en donde trabajaba Dante Pazzanese [actualmente el instituto lleva su nombre]. Se graduó un grupo fantástico que tenía a Zerbini, Arruda, Bittencourt y Dante.

¿Por qué razón usted dejó un centro tan importante, en donde las cosas se plasmaban, para volver a Rio Preto?
Siempre pensé que éste era mi lugar y que debería implementar un servicio de cardiología en el interior, incentivado por Gilberto Lopes da Silva Júnior, un médico importante para la ciudad. Pero mantuve bastante tiempo una gran ligazón con São Paulo; a veces me quedaba durante meses allá. En esa época, a comienzo de los años 1960, Rio Preto tenía 80 mil habitantes y 80 médicos. El estudio más importante que se hacía era el hemograma. No había ni siquiera dosificación de gases. Cuando me casé, algunos tíos de mi mujer nos dieron dinero de regalo. Y yo lo usé para comprar algunos aparatos y material, pensando en construir una bomba. Fui a una herrería que hacía herraduras de caballos y rejas para jardines y vitrales. Y allí fabriqué una máquina para las cirugías. No tendría dinero para comprar una importada, que era muy cara. Como ya construía las bombas del HC, hice una acá también.

¿Fue a partir de entonces que empezó a montar su empresa?
No, eso tardó más. Recién en 1968 logré reunir a todos los cardiólogos de Rio Preto, traje un colega de São Paulo y creamos el Instituto de Afecciones Cardiovasculares (IMC, sigla en portugués), que existe hasta hoy. En ese instituto instalé un pequeño taller en una sala. Junté buenos mecánicos para trabajar y empezamos a hacer otros aparatos. Antes, entre 1960 y 1961, empezaron a aparecer las primeras válvulas cardíacas. Cuando se operaba a los enfermos, o se lograba reparar la válvula del corazón o se moría. No se podía hacer nada. Adib Jatene logró hacer la primera válvula mecánica de Starr-Edwards, que es la que usa una esfera. Fue muy interesante porque la esfera original era de silicona y no sabíamos cómo hacerla. Terminamos yendo a una gomería e improvisando. El resultado fue que todas las válvulas originales de los norteamericanos terminaron arruinadas. Pero la de Adib nunca se arruinó.

¿Cuándo surgieron las válvulas biológicas?
Recién algunos años después, pero nadie sabía hacerlas bien. Los docentes Ênio Buffolo y Hugo Felipozzi, ambos de la Escuela Paulista de Medicina [Unifesp], intentaron hacer algunas. Ênio redactó la primera tesis sobre válvula homóloga, que era extraída de cadáveres, esterilizada y montada sobre un soporte. Yo ya había trabajado con eso, con injertos de aortas conservados en alcohol. También trabajé con injerto de traquea, por cierto, fue el primer trabajo que publiqué, en 1960, cuando todavía era estudiante. Agarrábamos una traquea conservada en alcohol y se la injertábamos a un perro. No salió muy bien, pero fue uno de los primeros trabajos de injertos de traqueas que se hicieron en el mundo. Acá en Rio Preto, después de hacer la bomba extracorpórea, operábamos a los pacientes gratis en un sanatorio privado, el Santa Helena, de Gilberto Lopes da Silva Júnior. El problema es que no teníamos válvulas biológicas. En el HC de São Paulo se empezaron a hacer válvulas de duramadre [la meninge más superficial]. Se extraía la duramadre de la cabeza de un cadáver y se hacía la válvula. Al principio fue un éxito internacional, pero después se mostró inviable. La válvula de pericardio de vaca comenzó con Marion Ionescu, en Leeds, Inglaterra. La válvula se llamaba Ionescu-Shiley. En ese caso, el primer nombre es el del médico y el segundo el del ingeniero. Esos nombres dobles son muy comunes cuando se trata de aparatos, dispositivos y técnicas desarrollados conjuntamente por médicos e ingenieros. Fui a Leeds, conversé con Ionescu, pero él no me contó nada. Después fui a Argentina, en donde había un grupo que trabajaba con válvulas, pero sabían menos que yo. Por último hablé con Ênio Buffolo, que sabía un poco. El hecho es que nadie sabía muy bien qué hacer. Entonces me dediqué a eso y en 1973 hice mi válvula de pericardio de vaca que funcionó. En 1977 salió al mercado. Actualmente podemos contar alrededor de 70 mil válvulas fabricadas.

¿Fue su creación más importante?
Si. Y hecha acá en Brasil. Fue muy bien estudiada. Tenemos un banco de análisis de pericardio que no lo tiene nadie en el mundo. Fueron 200 mil pericardios ensayados a la tracción, el encogimiento, a la elasticidad… los hacemos con mucho rigor y creamos los parámetros de qué es bueno y qué no conviene. También mi doctorado fue sobre el pericardio. Ahora existe una presión para que presentemos trabajos nuevos sobre la válvula. Digo que ahora no se puede. Los trabajos originales sobre esto llegarán dentro de 15 años. Tenemos varios tipos de válvulas nuevas, pero es necesario tener mucho cuidado antes de afirmar que todas son seguras. Las hay descelularizadas, por ejemplo, y otras que pasan por tratamientos especiales, todas hechas acá en Braile. Cuando hice la primera con pericardio de vaca, quería que durase al menos tres años. Después la expectativa aumentó a 5 años, 10 años y 15 años. Ahora deseamos que dure 20 años o para siempre. Pero es muy difícil. Si las que son naturales del organismo no duran, imagínese las artificiales. Y la válvula mecánica tiene problemas, es sujeta a trombosis y la anticoagulación es difícil de controlar. La empresa Macchi se interesó en comercializar las válvulas de pericardio cuando yo todavía estaba en el IMC, donde éramos 13 socios. Concluimos que era un área interesante y montamos un laboratorio y un taller en una casa aparte. Empezamos a hacer bombas, oxigenadores y productos para hospitales. Pero al cabo de algunos años fui excluido de la sociedad. Yo pensaba que deberíamos avanzar en varias direcciones y los otros socios no estuvieron de acuerdo.

¿Por qué?
Yo quería construir un hospital. Esta con todo listo, el diseño, el terreno comprado, los planos. A los socios les pareció un absurdo, se creó un ambiente muy denso y lo mejor fue irme, en 1991. En la división, me quedé con la parte biomédica, que en la época debía unos 3 millones de dólares. O sea, me quedé con un edificio semivacío y deudas. Fue entonces que nació Braile Biomédica, que hasta la ruptura era un brazo de IMC. A excepción de uno, todos los otros cirujanos salieron conmigo. Fue un momento muy difícil. Me apartaron de una de una institución que yo había fundado y en donde había permanecido durante 25 años. Y sin dinero, sin saber se lograría comer el resto del mes. Pero logramos salir adelante y solidificamos Braile, que actualmente tiene el 50% del mercado brasileño.

¿Todo lo que se construye en Braile se hace con material brasileño?
No. Pero eso no es tan importante. Siempre repito una frase de Winston Churchill, “El emperador del futuro será un emperador de las ideas”. El conocimiento se difunde en todo el mundo. Se puede tener acceso prácticamente a cualquier revista o libro vía internet. Hoy en día uno tiene la idea y va en busca de los insumos allí donde estén para plasmarla. Pese a que compramos muchos insumos en el exterior, todo el resto se hace acá: la concepción de los proyectos, el diseño y los moldes para inyección. Un molde para oxigenador cuesta 100 mil dólares. Si tuviéramos que comprar un molde estaríamos fritos, porque hacemos dos mil o tres mil oxigenadores por mes. Por año llegamos a hacer a 30 mil. Con un molde para muñecas o caños se hacen millones de copias. Nosotros hacemos unos pocos miles. Tenemos también una herrería para hacer cajas de acero inoxidable. Es todo caro porque es manual, pero no existe otra manera porque la producción es pequeña. Otro ejemplo: el mercado internacional para las bombas de cirugía extracorpóreas es casi cero. Tenemos 500 bombas nuestras que se usan en Brasil, la mayor parte en comodato. O sea, se las cedemos a los hospitales para que usen el material descartable. Y hacer una bomba es caro.

Archivo personal de Domingo BraileBraile (al fondo) en el taller del sótano del HC, en 1960, todavía con la ropa del centro quirúrgicoArchivo personal de Domingo Braile

Pero todo eso ya se conocía. ¿Por qué entonces insistió con la empresa?
Tenemos que lidiar con los obstáculos que existen en Brasil, sin desistir fácilmente. Por eso es tan necesaria la ayuda para la industria nacional, para que no seamos eternamente dependientes de la tecnología del exterior. Y mire que no tengo ningún problema en copiar. Es una tontería querer inventar la rueda siempre. Al copiar, siempre se modifica algo y es posible patentar el proceso de fabricación. No se puede patentar la rueda, pero sí se puede hacerlo con un proceso de fabricación de una rueda más eficiente. Tenemos algunos marcadores de factibilidad en Brasil: Embraer, Embrapa y Petrobras son unos buenos ejemplos. Por supuesto que no podemos olvidarnos de que la cardiología brasileña compite en pie de igualdad con cualquier país del mundo y en todos los sentidos. Y cuando hablamos de precio ganamos fácilmente. Esto sucede porque hubo una industria del sector que se desarrolló. Macchi, Braile, DMG, que es una empresa de Río, fueron fundamentales para eso. Con ellas pasamos a tener equipos para cardiología fabricados aquí, con calidad. Es común que recibamos la visita de médicos creativos en la empresa, que nos traen propuestas de nuevas máquinas y dispositivos, pero no podemos atender a todos. No tengo ni siquiera ingenieros suficientes como para eso acá. Ahora mismo estoy buscando a un ingeniero o físico médico para ayudar a desarrollar el área de endoprótesis y no logro encontrar a nadie.

¿Cuántas patentes tiene usted?
Como inventor, entre patentes y modelos de utilidad, tengo 19 [una patente es una idea totalmente nueva y un modelo de utilidad es un mejoramiento de algún proyecto que lo transforma en algo nuevo]. Actualmente contamos con 15 doctores y 500 empleados en la empresa. El promedio de escolaridad dentro de la fábrica es de 14 años. Es mayor que el promedio de las empresas en Estados Unidos, de 12 años.

¿Braile obtuvo un financiamiento recientemente en la Finep?
Finalmente obtuvimos 5 millones de reales para cuatro proyectos, con contrapartida también de 5 millones de reales. Éste sigue siendo un problema para las empresas que necesitan dinero para desarrollar proyectos, que generalmente no lo tienen. Debemos intentar desarrollar la industria nacional de cualquier manera o pasaremos a comprarle todo a China. Hasta junio de este año, el déficit brasileño de productos manufacturados era de 60 mil millones de dólares. Nuestra situación no es peor solamente porque exportamos mucha soja y mineral de hierro. Esto hace que la balanza de pagos sea positiva, un poco, alrededor mil millones de dólares. Pero es muy poco.

Volvamos a la medicina. Usted fue pionero en cirugía cardíaca en varios hospitales de São Paulo y en ciudades del interior. ¿Eso fue por gusto o por necesidad?
Más bien por gusto. Más allá del lado empresarial, siempre estuve más vinculado a la universidad. En 1968 ayudé a fundar la Famerp como una fundación privada sin fines de lucro. Somos estadualizados desde 1994. En la Famerp fui jefe del Servicio de Cirugía Cardíaca hasta que me jubilé, pero desde 1994 lidero como prorrector el posgrado, que tiene nota 5 de la Capes, y ahora interinamente la también encabezo el área de investigación. Son 300 alumnos en el posgrado, al que le decimos paraguas. Admitimos médicos, fisioterapeutas, enfermeros, ingenieros, todos los profesionales relacionados con la medicina. Recientemente dirigí a un abogado, ex fiscal, que hizo una tesis muy interesante sobre ética médica.

Usted se recibió en 1962 y se doctoró en 1990, 21 años después. ¿Por qué?
Llegué a inscribirme en el doctorado en la USP en 1965, pero me anularon la inscripción contra mi voluntad, sin razón aparente. Como yo ya trabajaba mucho, operaba muchos enfermos, desistí. Hasta que un día, en los años 1980, me invitaron a integrar un tribunal de doctorado de la FMUSP. Aunque no era doctor, me invitaron, dada mi idoneidad. Me encontré allí con Costabile Gallucci -quien también fue una figura importante en la historia de la cirugía cardíaca brasileña-, profesor titular de la Unifesp. Elle se volvió hacia mí y me preguntó por qué yo no había hecho el doctorado. Le conté la historia y Gallucci me dijo, “Entonces vente a la Escuela Paulista de Medicina conmigo y entrarás al doctorado hoy mismo”. Me dejé convencer y redacté una tesis, con Ênio Buffolo como director.

¿Cuáles son los principales retos de la medicina actual?
Pese a que ya contamos con el mapa del ADN humano, todavía no hemos obtenido la cura de algunos de los principales grupos de enfermedades que nos afectan. Las enfermedades mentales -como la esquizofrenia- son un ejemplo. Otro es la afección cardiovascular. El 50% de las personas que sufren infarto o accidente encefálico no tiene ningún factor de riesgo conocido. A veces el infarto es el primer síntoma y el paciente muere. Lo contrario no es verdad, es decir, aquél que tenga algún factor de riesgo, seguramente tendrá un problema en algún momento de su vida. Cuestiones como éstas muestran que todavía queda mucho por descubrirse, pese a los enormes avances. Las otras dos son: la artritis, una enfermedad autoinmune, y el cáncer.

Usted se curó de un cáncer. ¿Cómo fue eso?
Hace seis años descubrí que tenía tumor grande en la garganta, de tres por cuatro centímetros, pese a que nunca fu¬mé ni tomé alcohol. Estaba ronco, pero creí que era porque estaba dando muchas clases. Mi familia me presionó y fui a un otorrinolaringólogo, y él hizo el diagnóstico. Entonces inicié un periplo por la Unicamp y por el Hospital del Cáncer A.C. Camargo para saber si había que operar o no. Si me operasen, era probable que tuvieran que sacarme toda la laringe. Un amigo, Antonio Carlos Martins, profesor de cabeza y cuello de la Facultad de Medicina de la Unicamp, me aconsejó a ir a Estados Unidos para tener otra opinión. Fui y estuve seis meses en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center, en Nueva York.

¿Y lo operaron?
No. Cuando llegué allá el médico arribó a la conclusión de que debería someterme a quimioterapia y radioterapia en altísimas dosis y a una gastrostomía [alimentación directa en el estómago vía sonda]. Yo le dije que no quería. Y él me retrucó en el mejor estilo americano, “Entonces vuélvase a Brasil”. Terminé aceptando. Para que se haga una idea de lo que fue el tratamiento: estuve un año sin comer, solamente con una sonda directa al estómago y me convencí de algo interesante: los enfermos de cáncer a veces se mueren de hambre.

¿Por qué?
Yo usaba un nutriente con 5 mil calorías por día y aun así adelgazaba tres ó cuatro kilos por mes. Inventé entonces de agregarle cuajado y fue un éxito. Los americanos no lo podían creer y vinieron a preguntarme cómo había descubierto que el cuajado era tan bueno. Pues bien, es altamente calórico y además ayuda al intestino. Y me salió bien.

¿Usted realmente ha hecho 25 mil cirugías cardiovasculares?
Operé desde 1962 hasta 2005, durante 43 años. Paré cuando me enfermé. Era común que operase al menos cuatro pacientes por día. En esa cuenta entra todo, porque las cirugías se hacen en equipo. A veces yo no era el cirujano principal, pero ayudaba de diferentes formas; en otras ocasiones me encargaba únicamente de la parte principal. En algunas situaciones había dos cirugías en quirófanos distintos y siempre había médicos abriendo y cerrando pacientes. Entonces salía de una y entraba en la otra… En total sí, he participado en 25 mil.

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