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Carta de la editora | 181

Imágenes de la ciencia

Y al final, ¿para qué sirven los zoológicos? De ninguna manera inconveniente, al contrario, muy pertinente en tiempos de discusiones acerradas sobre el tratamiento que se debe dispensar a los animales y sobre la propiedad o impropiedad de agruparlos en espacios urbanos, la pregunta estructura, a partir de la página 16, el reportaje de portada de esta edición de Pesquisa Fapesp, a cargo de nuestro editor especial Carlos Fioravanti. Y permite que gradualmente vaya revelando en qué medida los zoos son hoy parques de diversiones, conservatorios de animales silvestres o laboratorios vivos para la investigación zoológica. Es verdad que nos hemos acostumbrado a pensar por mucho tiempo que el zoológico es el lugar donde los niños van a conocer en vivo leones, jirafas, lobos y osos, donde van a tener, en suma, algún contacto seguro con la vida salvaje y punto. Y cristalizamos ese mirada. Si todavía tiene sentido, éste ya no es suficiente.  A lo largo de recorrido en el que se muestra por qué esto es así, va ganando status de cuestión relevante la inexistencia de equipos científicos propias en cualquiera de los 129 zoos existentes en el país, de los cuales sólo 45 están debidamente registrados en el Ibama, situación bien diferente a la que se constata en  instituciones similares de, por ejemplo, Nueva York, Washington o Berlín. El hecho es que hasta la presente los zoológicos brasileños han servido de laboratorio para grupos externos de investigación, aunque de ellos dependan en parte la aprobación de los proyectos y el acceso a los animales. Y no es precisamente despreciable su contribución en ese sentido: buscando entre las posibles fuentes de información, un director del zoológico de São Paulo encontró cerca de 1.100 publicaciones académicas producidas allí por investigadores externos en un periodo de 50 años. Resáltese que se trata del mayor zoo del país, hoy con un acervo aproximado de 3.100 animales y media anual de 2,5 millones de visitantes, niños en su mayoría. Merece la pena entrar en ese mundo lleno de ambigüedades de los zoológicos.

Me gustaría destacar también en esta edición el reportaje elaborado por el mismo Carlos Fioravanti sobre investigación, con cierta vocación para la polémica, acerca de cómo la ahora bien medida fuerza gravitacional, o sea, nuestra vieja conocida gravedad newtoniana, deforma la bella esfera que es la Tierra vista del espacio. Altos y bajos en la superficie oceánica, por ejemplo, dado que esta se ajusta de acuerdo con el campo de gravedad cada instante, recomendarían que se admitiera que el famoso nivel del mar ni existe. Sugiero ver esa historia completa a partir de la página 44.

Finalmente voy a aprovechar el pretexto del premio británico Wellcome Image Awards 2011, del cual escogimos una de las fotos vencedoras para figurar en nuestra página 3, siempre destinada a la Imagen del Mes, para constatar lo pobre que es aún nuestro fondo de imágenes fotográficas relativas a la producción científica brasileña,  y nuestro, en este caso, se refiere al país. En esta edición, las ilustraciones superan con amplia ventaja a las fotografías, dada la dificultad que tuvimos para obtener buenas, bellas y pertinentes imágenes fotográficas que dialogasen con los textos. Y no se trata sólo de macrofotografía de complejas experiencias científicas. En el ejemplo para mí más asombroso, no conseguíamos fotos de brasileños negros y pardos (uso la nomenclatura del IBGE) con ojos verdes o azules para ilustrar el reportaje escrito por nuestra editora de la revista on-line, Maria Guimarães, sobre el estudio del genetista Sergio Pena, según el cual esos grupos poblacionales en el Brasil tienen por lo menos 60% de ancestralidad europea en su material genético. El color de los ojos era, según mi consideración,  justamente un elemento que sintetizaría plásticamente la constatación del estudio. “¿Cómo que no hay?,” preguntaba yo incrédula, ¡si he pasado por lo menos tres décadas de mi vida en Salvador viendo diariamente a personas con esas características! Recurrí a los acervos de conocidos y respetados fotógrafos bahianos y las dificultades continuaron. Famosos, como la poetisa Elisa Lucinda, sí, sus lindos rostros de piel oscura y ojos claros están registrados, pero no es fácil encontrar las fotos de los anónimos. Encontramos una  y merece la pena verla entre las páginas 54 y 56. Es posible que yo reciba protestas de mis amigos fotógrafos, pero insisto en que el registro fotográfico de la ciencia brasileña, a veces de la cultura también, aún está gateando. ¡Buena lectura!

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