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Melancolía

La psicología del púlpito

Las raíces coloniales de la comprensión del alma nacional

Melancolía I (grabado de Albrecht Dürer / Wikimedia Commons)En su Sermão da quarta dominga depois da Páscoa, el padre Antônio Vieira (1608-1697) discute la tristeza con base en el texto bíblico en que Cristo les anuncia su muerte a los apóstoles, que se entristecen. Empero, para Vieira, la causa de aquella tristeza no era la ausencia inminente del maestro, sino el silencio ante su partida. Si le hubiesen preguntado a Cristo adónde iría, habrían comprendido que no había motivos para sufrir. Así, la causa de la tristeza era el silencio. En un curioso paralelo, en 1895, Freud afirmó: “Sufrimos de reminiscencias que se curan recordando”. La base del psicoanálisis freudiano era la cura por la palabra y por el autoconocimiento del alma. Algo a lo cual, en 1676, Vieira  ya aludía en As cinco pedras da funda de Davi [Las cinco piedras de la honda de David]: “El primer móvil de todas nuestras acciones es el conocimiento de nosotros mismos”, y añadía en el Sermão da quarta dominga do advento: “Nada traemos más olvidado, más por detrás de nosotros que a nosotros mismos”.

“En esta primera modernidad había una forma de terapia que empleaba las palabras para tratar los dolores del alma, aunque identificarla directamente con la psicoterapia actual sería una imprecisión”, explica el psicólogo Paulo José Carvalho da Silva, docente de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP), autor de la investigación intitulada Ideas sobre los dolores del alma en Brasil entre los siglos XVI y XVIII, que contó con el  apoyo de la FAPESP. “De todos modos, la investigación de las nociones de dolores del alma de ese período constituye un despliegue original de la historia de las ideas psicológicas, un área de investigación emergente en la historia de la ciencia. La psicología como ciencia de las prácticas terapéuticas solamente se sistematizó a finales del siglo XIX, pero desde la Antigüedad, muchos pensadores quisieron comprender y tratar al alma, y uno de los nombres de esos saberes era medicina del alma”, analiza el investigador.  “Muchos de los conceptos de la psicología moderna tienen raíces en el pasado y la mirada hacia ese pasado nos permite reconocer los nexos de continuidad con nuestro presente, los orígenes de teorías y métodos propios de nuestro modo de pensar. Si analizamos el conjunto de la producción luso-brasileña colonial, haciendo hincapié en el aporte de los jesuitas, notamos la creación de formas y métodos destinados a la construcción de un tipo de conocimiento de la subjetividad y del comportamiento humano sumamente relevante para la definición de los cimientos que darán origen a la psicología moderna”, afirma la psicóloga Marina Massimi, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de São Paulo y autora entre otros libros de História da psicologia brasileira (E.P.U.). “La preocupación con los fenómenos psicológicos en Brasil no es reciente y desde los tiempos de la colonia aparece en obras de filosofía, moral, teología, medicina, política etc., cuyo estudio muestra una producción muchas veces original y también cuestiones que siguen siendo actuales”, coincide la psicóloga Mitsuko Makino Antunes, de la PUC-SP y autora de A psicologia no Brasil: leitura histórica sobre su constituição. 

El psicólogo y profesor de la USP Isaías Pessotti sostiene en su estudio Notas para una historia de la psicología brasileña que “la evolución de la psicología moderna empieza en el Brasil colonial, cuando se transmiten ideas de interés para el área en diversas áreas del saber, aun sin la pretensión de construir una psicología”. De acuerdo con el investigador, estos textos eran explícitamente sobre otros temas, pero abordaban cuestiones tales como el método de enseñanza, el control de las emociones, las causas de la locura, la diferencia de comportamientos entre sexos y razas, etc., y componían el pensamiento de la elite cultural de la época colonial. “Es un período pre institucional, pues lo que se publica son obras desvinculadas de las instituciones de la psicología. Son trabajos individuales, sin el compromiso con la construcción o la difusión del saber psicológico, escritos por autores indiferentes al progreso del saber psicológico per se. En su mayoría son religiosos o políticos, hombres de proyección y poder, iluminados por la cultura europea e interesados en usar esa ‘psicologia’ para la organización de la sociedad y del Estado brasileño.”

Los tratamientos para las patologías del alma estaban primeramente a cargo de los religiosos, en el caso del Brasil colonial, los misioneros jesuitas, seguidos de otros, aunque eso no significase que la medicina del alma fuese una empresa estrictamente religiosa. En general se postulaba una continuidad entre el dolor del cuerpo y el del alma, identificada como tristeza, duelo o descontentamiento. “En la primera modernidad, el debate filosófico sobre la definición de la naturaleza de las pasiones también incluía su relación con la violencia. Muchos sostenían que la pasión era un peligroso elemento de la naturaleza humana con enorme potencial subversivo. Filósofos de las más variadas tradiciones afirmaban que las pasiones son capaces de corromper gobiernos, arruinar sociedades e incluso provocar la muerte. La pasión era un problema de la ética, la política, la estética, la medicina y la teología”, sostiene Carvalho da Silva. Para aquéllos que vivían en el Brasil de los siglos XVI y XVII, vivenciar una pasión era sinónimo de “sentir”, de tener sentimientos, y ser afectado por una pasión significaba emocionarse, vivir una emoción. “Existe una producción cultural elaborada en Brasil que muestra el interés predominante de esa dimensión poderosa y frágil de la experiencia humana. El conocimiento, el control y la manipulación de las pasiones, en su naturaleza teórica y práctica, eran un instrumento particularmente importante para los objetivos religiosos, sociales y políticos de la Compañía de Jesús, tal como lo revela el interés de los jesuitas sobre el tema”, evalúa Marina Massimi.

Narciso (Michelangelo Caravaggio / Wikimedia Commons)El sistema se basaba en las teorías formuladas por Aristóteles, revisado en el siglo XIII por Tomás de Aquino (de allí su denominación de doctrina “aristotélico-tomista”), un caldo reelaborado por los pensadores de la compañía, en los llamados tratados Conimbrences (término derivado de Conimbrica, nombre latino de la ciudad de Coimbra, en donde se elaboraron los estudios), comentarios de las obras aristotélicas sobre las pasiones. Esos estudiosos atribuían una gran importancia a los estados del alma definidos como pasiones, entendidas como movimientos del apetito sensitivo, provenientes de la aprehensión del bien o  del mal, que acarreaban algún tipo de mutación en lo natural del cuerpo. “Los filósofos jesuitas reafirmaron, en los moldes de Aristóteles y Tomás de Aquino, la función positiva de las pasiones, en caso de que fuesen ordenadas por la razón, lo que ayudaría en la supervivencia del hombre y para alcanzar la virtud. Ellas se transformarían en enfermedades o trastornos del ánimo solamente cuando se apartan de la regla y de la moderación de la razón. De este modo, la ‘psicologia’ de los Conimbrences expresa la postura cultural de la modernidad naciente”, evalúa Marina. En ese movimiento se establece una analogía profunda entre el organismo del hombre, considerado como realidad psicosomática, y el organismo político-social. “Es en ese encuentro que el control y la terapia de las pasiones parecen encontrar su función teórica y práctica. En la dinámica del cuerpo social, como así también en la del cuerpo individual, el ‘despotismo’ de las pasiones debe ser sometido a una ‘monarquia’ en que el gobierno de la razón y de la libertad asigne a cada aspecto de la vida psíquica su función y su lugar peculiar”, añade la investigadora.

“De allí la importancia de la prédica, vista como fuente de transmisión de conceptos y prácticas psicológicas, pero también como expresión de la articulación entre la retórica, la teoría del conocimiento y la psicología filosófica, que resulta en una práctica de uso de la palabra muy significativa y, en cierto sentido, precursora de la moderna confianza en la fuerza de la palabra y del discurso, presente en el psicoanálisis y en las psicoterapias en general”. La palabra del predicador sería capaz de cambiar juicios y actitudes de los oyentes, y uno de los cimientos de ese poder, sostiene la autora, sería la posibilidad de que la misma llegue y movilice el dinamismo psíquico de los destinatarios, en los términos de las psicologías formuladas por Aristóteles, Tomás y Agustín. “La palabra predicada apunta a enseñar el acto de conocimiento que comprende a todo el psiquismo humano”, afirma Marina. Un caso ejemplar de ello serían los Sermões de Vieira, en los cuales se combinarían la preocupación jesuítica con los efectos morales de la tristeza entre la población brasileña, la aflicción por la insatisfacción melancólica de los colonos y la larga tradición europea de meditaciones médicas, filosóficas y teológicas sobre esa pasión del alma. “Vieira enfatiza la universalidad y la gravedad de la tristeza a que están sujetos incluso los reyes de todas las tierras, los emperadores más poderosos y los papas. Eso es tan peligroso para la salud del cuerpo como para la salvación del alma. La tristeza, más o menos aguda, es siempre mortal, es como un gusano que come por dentro y seca todo hasta que el principio de la vida se apaga. Según él, las tristezas que permanecen ocultas son las más opresivas, sensibles y peligrosas”, explica Carvalho.

“Pero el dolor era entendido como un fenómeno de la condición humana que extrapola los límites concebibles entre el alma, el cuerpo e incluso los límites que separarían a un individuo de otro. Lo que revela que existía una confluencia de saberes y campos que se podían presentarse disociados, pero que en aquel período dialogaban de manera más o menos fluida. Hablar de dolor implicaba abordar no solamente la salud y la enfermedad, sino temas tales como la finitud y la eternidad, la pérdida y la separación, la fantasía y la realidad, el afecto y la razón, el goce y el sufrimiento, la vida y la muerte”, sigue el investigador. “¿Qué es este mundo sino un mapa universal de miserias, trabajos, peligros, desgracias y muertes?”, escribió el Padre Vieira. El consuelo pasó así a formar parte de las actividades pastorales, y junto con la administración de los sacramentos, los curas ofrecían la medicina del alma a aquéllos que se encontraban en el dolor. “A tal fin, la identificación del verdadero y legítimo dolor es una referencia fundamental para el consolador cristiano y una condición para la experiencia de ir más allá del dolor, necesaria para la salvación del alma. Todo consolador, como todo confesor, debe saber nombrar el dolor del que sufre”, dice Carvalho. Según el investigador, los sermones constituían el medio más utilizado para el ejercicio del arte de la consolación y la medicina del alma en su función psicológica y espiritual, lo que suponía un conocimiento práctico sobre la importancia de la memoria en la experiencia del dolor y en su tratamiento, en especial, en su función en el origen y la permanencia de los dolores del alma; por ende, en su superación. “Pero es importante recordar que consolarse es fruto de una decisión solitaria y personal. A medida que la noción de individuo y de vida interior cobró más espacio en la mentalidad moderna, la relación entre conocimiento de sí mismo y la experiencia de la consolación se fue estrechando cada vez más.”

Detalle de El sueño de Constantino (Piero della Francesca / Wikimedia Commons) Vieira en particular apostaba a la autonomía de la razón humana para dominar sus pasiones y apetitos cuando afirma que “el conocimiento de sí mismo y el concepto que cada uno hace de sí mismo es una fuerza poderosa sobre las propias acciones”. Es necesario volver los ojos, siempre abiertos hacia las cosas exteriores, hacia el interior. “Fray Chagas, por ejemplo, recomendaba que era mejor emplear el tiempo y la inteligencia no tanto en el examen de la historia, la geografía y la cultura, sino en el de la propia alma. Esa anatomía de sí mismo es el equivalente moderno de lo que vendría a ser el análisis del alma, es decir, su descomposición en sus menores partes para poder comprenderla mejor”, sostiene el autor. “El saber de sí mismo es visto como funcional para el control sobre las acciones propias, y se fundamenta en la posibilidad de que el sujeto represente su vivencia interior a través del discurso. La necesidad de la palabra para formular el autoconocimiento hace que éste no sea posible en experiencias intensas como el simple llanto, por ejemplo. El autoconocimiento se traduce en un discurso cuya finalidad es comunicarle al otro la experiencia vivenciada. El otro es un oyente. La escucha que él le ofrece al sujeto le permite a éste una mejor articulación de su comunicación verbal y la catarsis. La relación interpersonal y el diálogo asumen una función terapéutica, que es por cierto el principio de todas las psicoterapias modernas”, analiza  Marina. Así, el sujeto ocupa un lugar activo, y el conocimiento es posible mediante la transformación en discurso de la vivencia interior que él mismo elabora. La conciencia de los fenómenos y su comunicación verbal son las condiciones para el entendimiento de este fenómeno.

“Las palabras, al tiempo que objetivan los fenómenos subjetivos, exteriorizando lo que estaba contenido en la intimidad de la persona, favorecen la liberación de las emociones penosas de esos estados”. El hablar de los dolores podría aliviar el corazón, como así también el silenciarlos hacía que los mismos se acumulasen y aumentasen aún más. “Era posible curar por medio de la palabra. Se creía también que el verdadero orador, como un médico de almas, curaría a sus auditorios de sus enfermedades, combatiendo las pasiones que les son contrarias: él apacigua la cólera, aumenta el coraje y hace suceder el amor al odio, y así sucesivamente”, dice Carvalho. “Cabe recordar también la importancia de la imagen que, junto con la palabra, es un gran recurso de transmisión cultural en sociedades signadas por la oralidad”, sostiene Marina.

La llegada de nuevos principios científicos al Brasil colonial trajo aparejados cambios en esa visión psicológica del hombre. “Se desarrollan una psicología y una psicopatología innovadoras en relación con la tradición cultural anterior. Al ser la mente reductible al organismo y estando éste regulado por las leyes de la naturaleza, es posible abordar su estudio mediante el método científico, que ya se había mostrado efectivo en la física y en la biología. Así, los trastornos psíquicos que dependen del funcionamiento del organismo según esa nueva visión iluminada, podrían ser conocidos causalmente, prevenidos y tratados, modificando así las variables con medicamentos físicos y normas higiénicas”, explica la investigadora. “La terapia de los dolores del alma debe entonces realizarse con una medicación farmacéutica que termina subordinando la teología moral a la medicina, considerada la disciplina que puede instrumentar a la postre los tratamientos del alma, incluso aquéllos de los cuales tradicionalmente se encargaban los confesores”, coincide Carvalho.

Tal es el caso, por ejemplo, de Francisco de Mello Franco (1757-1822), quien en su Medicina teológica postula que la figura del confesor es reemplazada por la del médico, que tiene el conocimiento preciso de las causas de las enfermedades del alma y aplica los métodos terapéuticos como remedio, todo fruto de un análisis objetivo y causal. “El objetivo de la psicología médica del siglo XVIII, que será consolidado en el siglo XIX, es el de definir una ‘verdad’ sobre el hombre, alternativa a la proclamada por el saber tradicional de matriz cristiana. La felicidad es identificada con la buena regulación de la máquina corporal, de acuerdo con el orden del sistema de la naturaleza”, dice Marina. “No es una cura por la palabra, sino una medicina propiamente dicha. Obras como la de Mello Franco plantean el reemplazo de los confesores por la nueva medicina de los nervios y sostienen que es necesario conocer los nervios, su estructura, para poder tratar los vicios humanos. A ontramano de la medicina de la alma, se abre una nueva vía para la medicina, fundada sobre las bases de una nueva concepción del hombre, de la ciencia y de la racionalidad”, sostiene Carvalho.

Detalle de La Muerte de la Virgen (Michelangelo Caravaggio / Wikimedia Commons) Al fin y al cabo, el mundo ideal preconizado en los sermones no se sostenía más. “El sueño de una sociedad ordenada por la verdad y la justicia es reemplazado por la conciencia de lo inevitable del destino impuesto por el régimen colonial. Entonces la dimensión psicológica interior del hombre ya no es concebida como el espejo de la armonía universal, como quería la reforma ordenada aristotélico-tomista, ni como el lugar en donde vive en el hombre aquella chispa divina que le asegura su inmortalidad, sino como el refugio precario y pasajero del individuo ante los absolutismos del poder y el desorden exterior de la sociedad”, explica la investigadora. Poco a poco va naciendo la ideología del carácter nacional brasileño que manipula rasgos psicológicos para la construcción de teorías destinadas a definir las características colectivas del “brasileño”. “En el siglo XIX, el proceso de organización de la sociedad nacional trae aparejado la necesidad de nivelar a los sujetos sociales y culturales. La nueva pregunta es: “¿quiénes somos?” Creo que fue la existencia de ese proceso uno de los motivos que explican, parcialmente, por qué la introducción y la difusión de la psicología moderna en el país, en sus vertientes de ciencia del comportamiento o la de la psicología de las diferencias individuales, con sus técnicas de evaluación y de medida del ser humano, se vio muy favorecida y apoyada como instrumento oportuno y moderno, que será utilizado desde esa perspectiva”. Hasta comienzos del siglo XIX no había en Brasil una psicología propiamente dicha como práctica reconocida. Pero era creciente el interés de la elite nacional en la producción y la aplicación de saberes psicológicos, en especial en las recién creadas facultades de Medicina de Río y de Bahía, en donde se produjeron varias tesis sobre el tema.

En Bahía, la preocupación principal era la aplicación de la psicología en los problemas sociales, como en la higiene mental y la psiquiatría forense. En Río, el interés era sobre la relación de la psicología con la neuropsiquiatría y la neurología, con estudios de psicología experimental. “Buena parte de esas producciones estaba ligada al movimiento que apuntaba al saneamiento de las ciudades, lo que implicaba la eliminación de las ‘imundícias’ físicas y morales de los centros urbanos. Los médicos se involucraban en acciones destinadas a erradicar esos problemas y crear una sociedad sana, organizada, normalizada, libre del desorden y de los desvíos de la escoria social. Llegaron los hospicios, con el argumento de ayudar a los locos: serían asilos higiénicos, con base en el tratamiento moral, pero sirvieron únicamente para excluir de la convivencia social a los indeseables”, sostiene Mitsuko Antunes. Una elección que trajo graves consecuencias para la psicología nacional. “Un psicólogo arraigado en su cultura y en su sociedad es un agente de transformación social y no de normalización. Hoy en día tenemos una elección: actuar en la reducción del ser humano a una pieza productiva de la sociedad globalizada o actuar para afirmarlo como protagonista de la sociedad. Creo que el conocimiento de las ideas psicológicas surgidas en el corazón de la historia cultural de nuestro país tienen la función de iluminar esa elección”, evalúa Marina.

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