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Carta de la editora | 186

Espacio, alergias y conciencia

Se conoce ampliamente que el programa espacial brasileño afronta retrasos crónicos y dificultades para dominar tecnologías críticas. Peor aún: al compararlo con otros programas de países emergentes, queda en evidencia una notoria pérdida de relevancia. Tanto es así que, si bien en 1988 Brasil ostentaba un estatus lo suficientemente alto en tecnología de satélites como para plantarse ante China como socio ideal y establecer un acuerdo en ese campo que ya dura 23 años, actualmente la relación es de mínima asimétrica. De cualquier modo, hay que reconocerlo, de acuerdo con el reportaje de tapa de esta edición de Pesquisa FAPESP, el programa espacial brasileño ha generado varios éxitos en el transcurso de tres décadas, entre ellos la nacionalización de materiales destinados a la fabricación de propelentes, aleaciones metálicas y materiales cerámicos. No es ésta seguramente una constatación sin importancia, aunque mucho más importante en el artículo en cuestión son los primeros esbozos de la reestructuración del programa espacial brasileño que nuestro editor de política científica y tecnológica, Fabrício Marques, ofrece en El cielo no puede esperar. Y eso incluye desde la probable fusión de la Agencia Espacial Brasileña (AEB) con el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe) hasta el incremento de las inversiones en el programa y la renovación de los recursos humanos, junto a una intensiva programación de lanzamiento de satélites, mediante cohetes nacionales, de ser posible. El gobierno federal pretende invertir 500 millones de reales anuales en satélites (frente a los 332 millones de reales del presente año) y 200 millones de reales en cohetes a partir de 2012, valores que siguen siendo modestos si se los compara con los del resto de los integrantes de los denominados Brics (Brasil, Rusia, India y China). Recomiendo la lectura de la entrevista para que cada lector saque sus propias conclusiones.

De esta edición, también siento un especial aprecio por el reportaje que revela de que manera investigadores brasileños, siguiendo una línea de investigación abierta por colegas europeos y norteamericanos, están logrando asociar los efectos de las alergias desencadenadas por alimentos con determinadas respuestas neuropsíquicas. Si bien desde hace tiempo se sabe que ese elaborado ‒¡y atormentante!‒ mecanismo celular de limpieza denominado alergia involucra la participación de los sistemas circulatorio, gastrointestinal y respiratorio, ahora se incrementan las evidencias de que también el endocrino y, sí, también el sistema nervioso central se encuentran implicados en esa historia. Pero atención: estos descubrimientos se hicieron en modelos animales, por lo que no se recomienda dar por sentadas conclusiones precipitadas. De cualquier modo, resulta interesante saber que los ratones alérgicos utilizados en una de las investigaciones abordadas en el reportaje elaborado por nuestro editor de ciencia, Ricardo Zorzetto, se mostraron más ansiosos que los cobayos no alérgicos del grupo de control.

También quisiera destacar la entrevista con el respetado neurobiólogo francés Jean Pierre Changeux. Durante su trayectoria desde los años 1960, Changeux, en principio trabajando con bacterias, realizó algunos descubrimientos fundamentales en el campo de la regulación biológica elemental (por ejemplo, el modelo de las proteínas alostéricas), los extrapoló para los receptores de neurotransmisores; aisló, para probar su hipótesis, el receptor de la acetilcolina y, con esa base sólida teórica y experimental, prosiguió en la búsqueda de otras comprensiones al respecto del cerebro, enfocándose especialmente en los fundamentos biológicos de la conciencia. Es bueno recordar que, en compañía de su director de tesis, Jacques Monod, Nobel de Medicina en 1965, Changeux escribió uno de los artículos más famosos de la biología molecular en toda su historia: Sobre la naturaleza de las transiciones alostéricas, que actualmente contabiliza 5.889 citas. Y todo esto lo construyó entretejiendo, al mismo tiempo, una profuso telón de fondo humanístico, filosófico, impetuosamente presente en muchos de sus libros de divulgación científica, que ubican siempre a la ciencia como algo inherente en la cultura, aunque sin jamás dejar de reivindicar “una visión fisiológica”, tal como él dice, basada en los mecanismos moleculares, de las más complejas funciones del cerebro. Vale la pena leerlo.

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