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Memoria

Entre las aves de la selva

La ornitóloga Emilia Snethlage realizó investigaciones pioneras en la Amazonia al comienzos del siglo XX

ARCHIVO PERSONAL DE LA FAMILIA SNETHLAGEEmilia y su escopeta junto a dos de sus guías, durante una investigación de campoARCHIVO PERSONAL DE LA FAMILIA SNETHLAGE

La zoóloga alemana Emilia Snethlage arribó a  Belém en 1905 para trabajar en el Museo Goeldi y, de inmediato, comenzó a hacer historia. Fue la primera mujer contratada por el estado de Pará y por el museo, por invitación del entonces director suizo Emílio Goeldi. En 1909 realizó una travesía a pie por una región desconocida, ubicada entre los ríos Xingú y Tapajós, en la Amazonia, acompañada únicamente por guías indígenas. Fue dos veces directora del Museo Goeldi. Anteriormente, había sido una de las primeras alemanas en asistir a una universidad, en Berlín. Con ese perfil, no resulta difícil imaginarla en el medio de la selva cargando al hombro una escopeta y en sus manos el cuaderno de apuntes, siempre con la mirada en las copas de los árboles, observando a las aves. “Su Catálogo de aves amazônicas, publicado en 1914, constituye un minucioso trabajo que se convirtió en una referencia obligada para todos los ornitólogos durante las décadas posteriores”, dice Miriam Junghans, historiadora de la ciencia y doctoranda de la Fundación Oswaldo Cruz, estudiosa del tema.

Ilustración de un pájaro que consta en el Catálogo de aves amazônicas

Emilia Snethlage había nacido en Brandemburgo, cerca de Berlín. A los 21 años comenzó a educar niños en hogares de Alemania, Inglaterra e Irlanda. Pero más tarde, con 31 años, cambió de rumbo e ingresó en la carrera de historia natural de la Universidad de Berlín. El dinero necesario bien pudo haberlo ahorrado durante esos 10 años, o provenir de una pequeña herencia que habría recibido en la época, según Miriam. Emilia también estudió en Jena y Friburgo, donde se doctoró en 1904.

De regreso en Berlín, trabajó como asistente de zoología del ornitólogo Anton Reichenow, decano del Museo de Historia Natural. Fue a través de éste que supo de la búsqueda de Emílio Goeldi por alguien graduado en ciencias naturales – una especialidad todavía inexistente en Brasil – y con dominio del idioma alemán. Emilia contaba entonces con 37 años, y la probable perspectiva de pasar toda su carrera como investigadora asistente en museos de Alemania. En tanto, en la Amazonia, ella siempre estaría en campo, podría investigar y seguir conectada con las instituciones, periódicos y especialistas europeos por correspondencia y en ocasionales viajes.

En el Museo Goeldi, Emilia comenzó como asistente de Emílio Goeldi, quien la dirigió en la investigación de las aves. “Ella continuó con el proyecto que él iniciara en 1900. Goeldi regresó a Suiza en 1907 y Emilia asumió la jefatura de la sección de zoología; en 1914 publicó el Catálogo de aves amazônicas“, dice Nelson Sanjad, investigador de historia de la ciencia del Museo Goeldi. “Pero su trabajo realmente original fueron los primeros estudios sobre la biogeografía de las aves, en los cuales mostraba la distribución geográfica de las mismas en la Amazonia”.

En 1909 recorrió durante cuatro meses la zona delimitada entre los ríos Xingú y Tapajós acompañada por siete indígenas de la tribu Kuruaya, cuatro varones y tres mujeres. La aventura exploratoria – realizada entre brotes de malaria – echó por tierra la antigua hipótesis acerca de que habría una comunicación hidrográfica entre ambos ríos, y se tradujo en el acopio de especímenes botánicos y zoológicos, aparte de los estudios etnográficos.

Después de 1914, fue directora del museo durante dos períodos, en una época signada por la Primera Guerra Mundial y la falta de recursos y de apoyo para la institución. Por ser alemana, sufrió hostilidades y fue apartada de la dirección en dos ocasiones. En 1922 se trasladó al Museo Nacional, en Río de Janeiro, y siguió recorriendo las selvas brasileñas hasta 1929, cuando falleció debido a un ataque cardíaco en Porto Velho. Contaba con 61 años. Nunca se casó ni tuvo hijos. “Emilia Snethlage sólo vivió para su ciencia y demostraba ser ascética. Pero eso no significa que fuera triste. En sus relatos se percibe su alegría al escribir sobre las aves y los indios”, concluyó Miriam Junghans.

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