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Maurício da Rocha e Silva

Mauricio da Rocha e Silva: El secreto de la visibilidad

El fisiólogo que demostró el efecto de la hormona vasopresina en el organismo explica cómo producir una revista científica de nivel internacional

Léo RamosHace siete años, el fisiólogo Mauricio da Rocha e Silva cambió el laboratorio por la redacción. En vísperas de su jubilación en la Universidad de São Paulo (USP), en 2004, decidió que era hora de cambiar de aire y encarar nuevos problemas por los que valiese la pena luchar. Aceptó el desafío planteado por la Facultad de Medicina para recrear la revista de la casa con la intención de transformarla en una publicación científica de renombre. Más allá de las reformas necesarias para convertirla en objeto de deseo de los investigadores del campo médico, lo más importante era aumentar significativamente el factor de impacto (FI) de la publicación. El FI es una medida creada para estimar la influencia de un periódico en un área específica. Representa el número promedio de veces que un artículo de la publicación en cuestión es citado por otros trabajos en un determinado período de tiempo.

Hasta ahora, Rocha e Silva ha tenido éxito. El FI de la revista Clinics ascendió desde 0,35 hasta 1,54 bajo su dirección, y él espera que pase de 2 en 2013. Simultáneamente, asumió la defensa de las revistas científicas brasileñas contra los criterios del sistema Qualis de evaluación de periódicos, implementado por la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior (Capes), al que considera injusto. No se trata de algo infundado. Él considera que un país que aspire a tener ciencia de alta calidad debe contar con publicaciones que resguarden y reflejen esa ciencia con un apoyo más sensato y equilibrado por parte de los organismos gubernamentales.

Rocha e Silva es hijo de Maurício Oscar da Rocha e Silva, “descubridor en los años 1940 de la bradicinina, un compuesto que originó una línea de medicamentos contra la hipertensión”, por quien fue decisivamente influenciado. Se refiere a su padre a menudo por su nombre de pila, un distanciamiento que también refleja admiración y respeto por su figura profesional. Los aportes científicos del hijo fueron por sus estudios con la hormona vasopresina y la hipertónica, una solución de agua y sal súper concentrada, capaz de restablecer la circulación sanguínea en personas con graves hemorragias. A continuación, exponemos los tramos principales de la entrevista.

Usted está transformando la Clinics, una revista sin prestigio durante décadas, en una publicación con buen factor de impacto. ¿Cómo sucedió eso?
La Clinics nació en 2005 basada en una publicación anterior, la Revista do Hospital de Clínicas da Faculdade de Medicina da Universidade de São Paulo, a la que se la conocía como la “Revista del HC”, y había sido importante al crearse, en 1946, dos años después de la fundación del hospital. Durante cinco años, en la década de 1990, no tuvo citas. Eso significa que ni los propios autores citaban los artículos que publicaban en ella. En 1998 me invitaron para dirigirla, pero no acepté. Las bibliotecas científicas electrónicas SciELO (Science Electronics Library On Line) y PubMed recién se creaban y me faltaban seis años para jubilarme.

¿Por qué fue importante esa revista?
Porque contenía relatos de los casos complejos estudiados en el HC. Pero eso fue perdiendo relevancia y se convirtió en una revista de investigación original. En ese momento, se enfrentó con un problema común para casi todas las revistas brasileñas del siglo pasado, la invisibilidad. Además, había una postura fundamentalista de la comunidad científica brasileña por querer publicar artículos en portugués, argumentando que era importante defender la lengua materna. Mientras tanto, en los años 1980, las revistas francesas y alemanas estaban publicando en inglés, incluso hasta cambiando de nombre. La razón de eso se conoce desde hace tiempo: la lengua de la ciencia es el inglés. En Brasil, la única revista original en inglés es Brazilian Journal of Medical Biological Research, editada en Ribeirão Preto por Lewis Joel Greene, un estadounidense naturalizado brasileño. Fue el primer periódico en el campo de la salud que adquirió calidad internacional.

Memorias del Instituto Oswaldo Cruz, de 1909, en el comienzo era bilingüe, se publicaba en portugués y alemán.
Esa comenzó bien, luego tuvo una fase únicamente en portugués, donde tan sólo se presentaban los trabajos de la Fiocruz. Se perjudicó doblemente: en portugués y circunscrita a lo interno. En los años 1980 ellos empezaron a editarla en inglés. Ahora es la mejor revista científica de Brasil. Ayuda el hecho de que cuentan con una temática excelente, porque, al fin y al cabo, el Instituto Oswaldo cruz es pionero en medicina tropical, exótica. Y aprovechan bien ese nicho, publican buena ciencia. Se trata de la única revista brasileña cuyo índice de impacto superó el 2.

¿Quién se hizo cargo de la Revista del HC?
Pedro Puech-Leão, profesor de cirugía vascular de la casa. Él hizo magia: la revista comenzó a editarse en inglés, obtuvo un peer review serio y salió en busca de buenos artículos. Salió del cero absoluto. Cuando me hice cargo, el impacto calculado era de 0,35. Eso representa un milagro mayor que pasar de 0,35 a 1. Estar en cero significa que nadie quiere publicar.

¿Y por qué asumió la dirección en 2004?
Ese año, Pedro decidió retirarse y el consejo deliberativo del HC me ofreció nuevamente la publicación. Almorcé con él, y me dijo: “Ellos realmente quieren crear una revista decente; hazte cargo tú, pero pide un equipo completo, con todo lo que necesites para trabajar, que ellos te lo brindarán”. Hubo otro detalle que me impulsó a aceptar. En los años 1990 formé parte del consejo editorial de una revista estadounidense, Circulatory Shock. Como ésta tenía problemas financieros, sus dueños decidieron dejar de publicarla y crear una nueva, denominada Shock. Fui uno de los fundadores como miembro editorial. Para dirigirla, llegó un científico muy bueno en edición. Entonces nos conjuramos todos. Combinamos que las 30 personas del cuerpo editorial proveerían un artículo por año para la Shock. Y ese artículo debería ser citado entre tres y cuatro veces durante los dos años siguientes en otras revistas del Primer Mundo. Todos lo hicieron. Durante el primer año, el impacto fue de 0,7. Debemos considerar que una revista americana ingresa en el ISI (Institute for Scientific Information, servicio de bases bibliométricas que actualmente forma parte de la Thomson Reuters, responsable por el cálculo de factor de impacto de las publicaciones) al día siguiente de su creación y eso ayuda mucho en su impacto. En 15 años ella llegó a 3,5. Yo aprendí esas jugadas. Hay algunas éticas y otras no tanto. El editor de la Shock es un modelo de comportamiento ético.

¿Usted decidió entonces utilizar esos métodos en la Clinics?
Exactamente. Cuando asumí, tenía esa denominación imposible. Había 10 maneras diferentes para buscar citas. Pedro quería cambiarlo, pero temía perder el registro en PubMed (de la National Library of Medicine, el modelo patrón del sistema de periódicos en el campo de la salud). Viajé a Washington para entrevistarme con la gente de la National Library of Medicine. Ellos comprendieron. A partir del primer número, Clinics ya figuraba en el PubMed. Hablo buen inglés, fui educado en Estados Unidos e Inglaterra, entonces ellos no creen que sea un salvaje. El hecho de hablar correctamente su idioma y conversar personalmente hace la diferencia.

¿Cómo surgió el nuevo nombre?
Pedro quería Clínicas. Pero lleva acento, los extranjeros cometerían errores… Pensé enClinics, descubrimos que el nombre estaba vacante y lo registramos. Recién después descubrimos los beneficios colaterales. No contar con un nombre que evidencie el origen tercermundista juega a favor en cuanto al factor de impacto y para solicitar artículos. Los chinos saben bastante de eso. Ya no tienen el “Chinese Journal“. Todo es “International Journal“.

¿Cuánto tiempo demandó el montaje de esa estrategia para mejorar la revista?
Ingresamos en el ISI en 2007. Tardamos tres años para lograr el primer impacto. En 2009 alcanzamos 1,59 y quedamos tan sólo detrás de Memórias. En 2010, caímos un poco, a 1,42, y estamos en tercer lugar. Los resultados de 2011 todavía no se conocen, aunque según mis cálculos, volveremos al segundo puesto. La revista de Manguinhos es mi modelo a seguir. Ellos lograron el primer salto por encima de 2 publicando un suplemento sobre el mal de Chagas. Todo el mundo lo cita. Por eso diseñé un suplemento sobre neurocomportamiento, con artículos de revisión de Miguel Nicolelis y del inglés Timothy Bliss. Bliss fue quien descubrió en los años 1980, cómo fijan la memoria las neuronas. Tiene un artículo con más de 5 mil citas. Nuestro suplemento salió en junio de 2011, pero demora seis meses para que lo comiencen a citar. Creo que pasaremos de 2.

¿Por qué resulta importante contar con buenas revistas aquí?
La ciencia brasileña está progresando y llegará a ser de alta calidad. De no contar con revistas nacionales capaces de reflejarlo, esa ciencia irá directamente al exterior y nuestros autores podrían enfrentarse a una competencia desleal por parte de los editores extranjeros protegiendo su grupo. Es un imperativo para lograr la autonomía de la ciencia brasileña contar, tal vez en 10 años, con revistas brasileñas con alta calidad. Necesitamos contar con algunos periódicos con un índice de impacto 4.

¿Usted publicó siempre en el exterior y en inglés?
Cuando comencé a investigar, lo primero que mi padre me enseñó fue: nunca publiques en una revista brasileña, en portugués, si puedes publicar afuera. Y Michel Rabinovitch, un gran docente, repetía lo mismo. Situémonos en 1960. Nadie lee portugués en el exterior, no se suscriben a revistas del Tercer Mundo y, si la enviamos gratis, no la exponen en las bibliotecas. Publicar de tal manera significaba ocultar los datos.

Pese a todo, las revistas brasileñas están cobrando relevancia.
Eso sucede ahora, gracias a SciELO y PubMed, que surgieron más o menos en el mismo período. La verdadera revolución apareció con la invención de internet. A partir de 1999, se podía ingresar gratis en el sitio web de PubMed, ingresar la contraseña y realizar la búsqueda. Cuando me gradué, en 1961, visitaba la biblioteca cada semana para ver qué había salido. Eso prácticamente ya no existe. Basta con acceder al sitio de las publicaciones científicas para ver qué hay de nuevo en el área. SciELO surgió en Brasil, con el apoyo de la FAPESP, en la misma época que PubMed en Estados Unidos. Fue una idea genial de Rogério Meneghini, la creación de una colección de revistas que fueran seleccionadas seriamente, con acceso irrestricto e instantáneo. Los artículos brasileños se hicieron visibles. En 10 años, el acceso pasó de cero a 100 millones de descargas por año.

¿Eso fue lo que elevó la visibilidad de las revistas brasileñas?
Las buenas revistas, como son los casos de MemóriasBrazilian JournalJournal of the Brazilian Chemical Society, superaron el número mágico y alcanzaron un factor de impacto mayor que 1 en 2002. Nunca una revista brasileña había llegado a eso. Ahora tenemos una con impacto mayor que 2 y 15 de ellas, mayor que 1.

¿Cómo es su lucha contra el sistema Qualis de evaluación de periódicos de la Capes?
Escribí un estudio académico al respecto, que salió publicado en diciembre en Clinics. La Capes utiliza un sistema equivocado para evaluar los artículos científicos. No es la única, los NIH (National Institutes of Health de Estados Unidos y otras instituciones) utilizan criterios similares. No soy sólo yo quien lo considera equivocado. El padre del factor de impacto, Eugene Garfield, ha dicho que invocar el factor de impacto de la revista en la cual se publicó un artículo para afirmar que un artículo es bueno, es un grave error teórico. Todas las revistas presentan una distribución de citas asimétrica. Es decir, un 20% de los artículos concentra el 50% de las citas y el 20% más bajo concentra un 3% de las mismas. De tal manera que el New England Journal of Medicine, la revista médica con más alto impacto en el mundo, por ejemplo, cuenta con un 20% de artículos que son muy poco citados. Eso vale para cualquier revista. Para realizar ese trabajo estudié 60 revistas con factor de impacto que iba de 1 a 50. No hallé ninguna que no presentara esa distribución. El argumento de la Capes y de los NIH es éste: si uno publica en una buena revista, es bueno. No es tan así.

¿Cómo funciona el Qualis?
Las revistas se clasifican en ocho categorías. A1, A2, B1 a B5 y C. Las categorías superiores utilizan factor de impacto y las inferiores no. Entonces, si uno publica en una revista A1, obtiene la nota de A1. Pero un 70% de los artículos que aparecen en la revista A1 no cuenta con aquel buen nivel de citas, que proviene del 30% de los artículos. Por eso, un 70% de los artículos publicados allí recibe un upgrade equivalente al del otro 30%. Ninguna revista brasileña es A1. En las revistas con categoría intermedia el problema es más grave, porque tienen obligatoriamente un límite inferior y uno superior. Quien publica un artículo ahí, obtiene la nota de la revista. Y cuenta con un 50% de posibilidades de recibir un upgrade. Yo lo he calculado, y está en mi artículo. Pero quien publica en esa revista tiene un 20% de riesgo de estar siendo desvalorizado, porque su artículo logra más citas que el promedio de citas de la revista. Si un 20% concentra el 50% de las citas, está claro que entre ellos hay artículos con muchas más citas que el promedio de ese grupo.

¿Pero la probabilidad mayor es que el artículo sea “elevado”?
Así es. Pero existe una posibilidad, para nada desdeñable, de que uno sea devaluado a causa del sistema de rango. La Capes no está calificando a la revista, lo que hace es calificar a los artículos de las áreas de posgrado que salen en las revistas. Ellos dicen eso, y es verdad. Sólo que al momento de asignar una baja calificación a una revista, ellos están diciéndoles a los posgraduandos y a sus tutores: “no publiquen en esa revista si pueden publicar en otra con un factor de impacto más alto”. O sea, no califican a la revista pero la perjudican. Mi empeño está puesto en subir el factor de impacto. Si el Qualis no tuviera este problema interno, de aquí a 10 años contaríamos con una colección de grandes revistas internacionales brasileñas porque se estimularía la publicación. Antes que crean que me equivoco al respecto de la Capes, quiero aclarar: es muy importante, constituye el motor del posgrado brasileño y, por lo tanto, de la producción científica. El portal de periódicos Capes es fantástico. La única tontería es el Qualis.

¿Pero en algún momento el sistema de evaluación de la Capes incentivó a los investigadores a publicar más?
Si. Alguna forma de evaluación de los artículos del posgrado resulta esencial. El anterior Qualis tenía un grave defecto: era muy tibio y permisivo. Todos lograban la máxima nota por sus publicaciones. En 2008 cambiaron y crearon el nuevo Qualis, que creo que está bastante bien para Harvard, pero no para la comunidad científica brasileña. Es probable que hayan apretado demasiado el cinturón en los posgrados, y en forma errónea.

Hablemos sobre sus aportes científicos. ¿Usted trabajó con su padre en las investigaciones sobre la bradicinina?
Maurício es una influencia casi imposible de soslayar. Al comienzo de mi carrera también estaba Rabinovitch, motivador de jóvenes investigadores. Mi padre fue a trabajar en la USP de Ribeirão Preto cuando yo cursaba el tercer año en la Facultad de Medicina de São Paulo, y me quedé aquí. Una buena razón para ello era Rabino. Él era como un imán. El primer destino de la gente que ansiaba investigar era el laboratorio de Rabino. En aquella época, Maurício me dio un problema para estudiar: el efecto de la bradicinina sobre la función renal. Como yo había aprendido el know-how de la fisiología renal, lo resolví. Pasé cuatro vacaciones, de comienzo y de mitad de año, en Ribeirão, estudiando eso. La bradicinina inducía la secreción de hormonas antidiuréticas. Quien estudiaba fisiología renal de verdad, aquí en São Paulo, era Gerhard Malnic, otro gran investigador. Fui a buscarlo y comenzamos a trabajar en eso. Para entonces, nosotros sólo sabíamos que la bradicinina producía el efecto de la vasopresina, que era antidiurética. La vasopresina tiene ese nombre porque lo primero que se descubrió es que ella aumenta la presión arterial. Su efecto fisiológico básico consiste en controlar la diuresis. También se la denomina hormona antidiurética. Es la hormona de la hipófisis, que controla el volumen básico de diuresis. En muy altas concentraciones, produce efecto en los vasos sanguíneos. Ése fue mi gran aporte en cuanto a la vasopresina. En mi tesis doctoral, de 1963, demostré que la bradicinina inducía la secreción de hormona antidiurética, producía la antidiuresis, pero ese efecto desaparecía si extirpábamos la hipófisis del animal. Luego, en 1969, probé por primera vez que la vasopresina no sólo elevaba la presión, sino que formaba parte del mecanismo de regulación de la presión arterial. Alguien ya había formulado tal hipótesis, pero nadie había realizado nunca un experimento que lo probara.

¿Dónde lo hizo?
Acá, en la Facultad de Medicina. Y se publicó en el Journal of Physiology, en 1969, la revista más prestigiosa de fisiología del mundo. Anteriormente, durante un período que pasé en Londres, logré demostrar cuál es el mecanismo mediante el cual la bradicinina secretaba la hormona diurética. Cuando regresé, pensé que eso debería tener una acción fisiológica. Concebimos un experimento aquí, Manuela Rosenberg, una estudiante, y yo, para ver si podíamos probarlo. Y funcionó. Fue mi tesis de libre docencia.

¿Usted siempre pensó en investigar?
Sí, siempre. En realidad yo iba a estudiar física. Pero Maurício me dijo: “no seas tonto, vas a acabar siendo empleado de un médico”. Así, bien fascista. Estudié medicina porque su influencia era muy fuerte, y acertó. Siempre digo que tuve suerte en hacer aquello que estaba condenado a hacer por mi influencia paterna. Maurício se pasó la vida creyendo que sólo existía la salvación en la ciencia.

¿Ustedes trabajaron juntos?
Solamente durante las vacaciones. Él era difícil, muy exigente. En aquella época nos llevábamos bien. Después nos peleamos y al final nos amigamos de nuevo. Su dureza no me incomodaba tanto porque yo quería trabajar. Un día lo ayudaba en una cirugía de un perro y mi brazo estaba apoyado en una lámpara con pantalla de metal. Le advertí, “Me estoy quemando el brazo”. Y él me dijo: “¿te piensas que estás en las termas? Sujeta el separador y quédate quieto”. Ése era su estilo.

¿Usted viajó a Inglaterra en 1970 por razones políticas?
Decidí irme el día que cesantearon a 40 personas en Brasil, de las cuales 25 eran de la USP, con el Acto Institucional Número 5 [AI-5]. Me dirigí a Ribeirão para ver a mi padre, que había sufrido un accidente automovilístico y se había fracturado unas costillas. Regresé a São Paulo y pasé por la casa de Alberto Carvalho da Silva, que era mi jefe en fisiología y me había pedido noticias de Maurício. Cuando arribé allí, él había sido cesanteado y apartado del cargo de director científico de la FAPESP. Ese día decidí irme.

¿Y por qué a Londres?
Viajé dos veces allá. Gané una beca del British Council en 1964 para investigar en el National Institute for Medical Research, donde había un grupo avanzado en el estudio de la vasopresina. Regresé hacia el final del gobierno de Castello Branco. En 1970, luego del episodio de las cesantías, regresé allá. Les escribí a mis amigos ingleses solicitándoles ayuda y obtuve empleo en el mismo National Institute. Me quedé cuatro años allá. Cuando volví, trabajé en el Instituto de Ciencias Biomédicas de la USP. Diez años después, en 1984, regresé a la Facultad de Medicina, donde estoy.

¿Fue durante ese período que comenzaron las investigaciones con la hipertónica?
Fue algo después de mi regreso. A mediados de la década de 1970, un recién graduado de la Santa Casa, Irineu Velasco, fue testigo de un error médico que dio en la tecla: un paciente sometido a diálisis recibió erróneamente una solución superconcentrada de sal. Y ese paciente, que estaba mal, en shock, salió del shock. Velasco quería investigar sobre eso y le sugirieron que hablara conmigo. Pasó por mi oficina y me dijo: “quiero inyectar cloruro de sodio (sal de cocina) al 7,5% en un perro ‘shockeado‘ [en estado de shock]”. La concentración normal es de un 0,9%. Lo observé y pensé: “cada loco se me aparece”. Para librarme de él le pedí que preparara un protocolo para el experimento y volviera después. Una semana después me trajo el protocolo, que estaba bien concebido. Corregí lo necesario y decidí autorizarlo. Pensé: “mataremos al perro, ya que esto no puede funcionar”. Tuve suerte al decirle que regresara, porque la cosa funcionó. Lo curioso es que la solución hipertónica, agua con un 7,5% de sal, saca al perro del shock, pero no funciona con ratones ni conejos, no sabemos si lo hace en gatos, nunca nadie lo intentó, y sirve en personas, pero no presenta grandes ventajas con respecto al tratamiento estándar, el habitual.

Si ustedes hubieran experimentado con el animal equivocado…
Hubiera parado ahí mismo. Pero los perros seguían vivos. Extraíamos un 40% de la sangre del perro. Si no se hacía nada, moriría en pocas horas. Le suministrábamos esa solución superconcentrada y al día siguiente el perro seguía vivo. Lo repetimos varias veces y siempre ocurría lo mismo. Diseñamos un nuevo protocolo para intentar esclarecer cómo es que aquello funcionaba y eso se convirtió en su tesis doctoral. Velasco fue el padre de la criatura. Creo que sin mi experiencia científica para perfeccionar proyectos, quizá no hubiera avanzado tanto. Pero la idea fue suya. El trabajo se extendió durante varios años y contó con el apoyo de la FAPESP.

¿Esa solución fue probada en humanos?
Varias veces. El primer estudio sistemático lo realizó un oncólogo, ahora famoso, Riad Younes, en el HC. Después se llevaron a cabo dos grandes experimentos multicéntricos en Estados Unidos, uno coordinado por la Universidad de Houston y otro por el ejército estadounidense en ocho hospitales distintos. Cuando se realiza un experimento clínico controlado, se compara una idea nueva con la idea clásica, el estado del arte. Ese estudio puede concluir en tres maneras diferentes: con éxito, si la idea nueva es mejor que la antigua; en fracaso, si la nueva idea es peor; o lo que se denomina como fútil, si la idea nueva no resulta mejor ni peor. Ambos ensayos concluyeron fútiles, la solución hipertónica es tan buena como lo que se usa habitualmente, pero no mejor.

¿Cuál es el estado del arte?
El suero fisiológico normal, con un 0,9% de sal, ocho veces más diluido que la solución hipertónica. Desgraciadamente, existe una propiedad del análisis estadístico que dice que ensayar lo diferente es mucho más económico que testear equivalencias. El problema de la equivalencia reside en que el test estadístico exige un número mayor de entradas para poder afirmar que “es equivalente”. Por eso es que se denomina “fútil” a un resultado sin diferencias en un estudio para testear diferencias. Nunca nadie quiso gastar el dinero que la FDA, la Food and Drugs Administration, exige para poder liberar la hipertónica como equivalente del suero fisiológico.

¿Llegó a ser utilizado oficialmente?
Los militares estadounidenses la usaron en la Guerra de Irak y otros ejércitos la utilizan cuando es necesario. El uso, en sí mismo, no está prohibido. Basta que un médico prescriba una receta. Lo que no puede es comercializarse sin licencia oficial. Los militares la utilizan porque hay ventajas logísticas. En lugar de transportar dos litros por paciente, se lleva ¼ de litro. O sea, el peso cargado en la mochila del enfermero es ocho veces menor. Además, el producto con un 7,5% de sal recién se congela a tres grados bajo cero. Y es estéril, por su propia naturaleza, en consecuencia, no se corrompe.

¿Aun así no se comercializa?
Ni siquiera así. Creo que la hipertónica completó su ciclo como medicamento. Pero sigue siendo interesante como herramienta investigativa. Desde 1980, grandes revistas publican en promedio un artículo por semana sobre el tema. La falta de utilidad práctica no modificó ese ritmo.

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