Imprimir Republicar

Tapa

Mucho más que patentes

Las oficinas de transferencia de tecnología de las grandes universidades amplían su papel y profundizan su colaboración con empresas

SEE-MING LEE / WIKICOMMONSEdificio de la Harvard Medical School: asociados en la búsqueda de nuevos medicamentosSEE-MING LEE / WIKICOMMONS

Durante los últimos seis años, la Universidad Harvard logró mejorar sus indicadores relacionados con la transferencia de tecnología, que representaban un punto débil en el desempeño de la líder de varios rankings internacionales entre las instituciones de educación superior. El número de invention disclosures, que son los documentos que contienen la descripción de los resultados de investigaciones para evaluar la posibilidad de protegerlos mediante derechos de propiedad intelectual, aumentó desde 180, en el año 2006, hasta 351, en 2011. Durante igual período, la cantidad de patentes concedidas en la oficina de marcas y patentes de Estados Unidos (Uspto, según su sigla en inglés) trepó de 35 a 60, mientras que la de las tecnologías licenciadas aumentó de 11 hasta 45. El motor de este cambio fue una reforma en la estructura y en las prácticas de la Oficina de Desarrollo Tecnológico (OTD) de Harvard, enfocada en multiplicar la cooperación entre la universidad y el sector privado. No es casualidad que el número de convenios entre Harvard y las empresas haya crecido de 12 a 75, abarcando a la denominada investigación patrocinada, una modalidad en la que las compañías financian el trabajo realizado en un laboratorio de la universidad, a cambio, generalmente, del privilegio de licencia sobre los descubrimientos resultantes. La inversión realizada mediante esos acuerdos llegó a los 37,2 millones de dólares en 2011, cuatro veces más que el total de 2006. Entre las empresas que acordaron convenios estratégicos recientes con Harvard se destaca, por ejemplo, Novartis, para el desarrollo de fármacos a partir de células madre junto con Lee Rubin, del Instituto de Células Madre de Harvard.

El movimiento hecho por Harvard constituye un ejemplo manifiesto de un fenómeno que se vislumbra en las oficinas de transferencia tecnológica de las universidades, y no sólo en las que ostentan categoría mundial. Más allá de las tareas de rutina, consistentes en la identificación de descubrimientos con potencial económico y su protección por medio de patentes, estas oficinas se ocupan de otras diversas actividades, tales como el fomento de convenios de investigación a largo plazo entre empresas y laboratorios, la ayuda en la creación de empresas basadas en tecnologías nacientes, el reclutamiento de inversionistas privados que las financien, la oferta de consultoría de investigadores para la industria y el estimulo al espíritu emprendedor, incluso entre los propios estudiantes de carrera de grado. “La experiencia demuestra que pueden lograrse resultados altamente positivos cuando empresas y universidades, más allá de sus diferencias culturales, se comprometen en un trabajo conjunto en el que ambas obtienen beneficios”, dice Todd Sherer, presidente de la Asociación de Gestores de Tecnología de las Universidades (AUTM), una entidad que agrupa a 3.500 profesionales vinculados con 350 universidades, instituciones y hospitales de investigación de varios países, ofreciéndoles capacitación y ayuda referente a los mecanismos de transferencia de tecnología.

En Harvard, el cambio fue liderado por Isaac Kohlberg, quien desde 2005 es el jefe del OTD. Luego de trabajar en la Universidad de Tel-Aviv, en Israel, donde fundó una empresa con fines de lucro para comercializar las patentes de investigadores, Kohlberg ayudó en los años 1990 a la New York University en la construcción de una activa oficina de licenciamiento de patentes. En Harvard, fundó las dos oficinas existentes, elevó el número de personal de 12 a 35 y renombró a los antiguos agentes de licenciamiento de tecnología como “directores de desarrollo de negocios”. Uno de los éxitos de su gestión fue la creación del Fondo Acelerador de Desarrollo Tecnológico, con recursos provistos por donantes privados, con la premisa de promover el desarrollo de tecnologías todavía en fase embrionaria y facilitar el camino para su licenciamiento y comercialización. Ese fondo provee a los científicos de Harvard los recursos necesarios como para realizar investigaciones en la fase posterior al descubrimiento y previa a la comercialización, tales como los experimentos para generar pruebas de concepto, los modelos prácticos capaces de testear los descubrimientos. “Las pruebas de concepto elevan bastante la posibilidad de atraer a la industria para el licenciamiento de una tecnología prometedora”, dijo Curtis Keith, director científico del fondo. Los profesionales de la industria participan en el proceso de toma de decisiones del fondo, que ya lleva invertidos 5,2 millones de dólares en 33 proyectos. Doce de ellos se tradujeron en convenios de investigación con la industria y licencias de transferencia de tecnología, que captaron más de 10 millones de dólares en colaboraciones para la universidad. Una investigación conducida por Tobias Ritter, profesor en Harvard, sobre el agregado de flúor en medicamentos para hacerlos más estables, potentes y capaces de penetrar en el cerebro, fue apoyada parcialmente por el fondo acelerador. El proyecto sirvió de base para la fundación de una empresa en Boston, SciFluor Life Sciences.

CARLOS FIORAVANTILa Universidad de Oxford, en el Reino Unido: una empresa comercializa la propiedad intelectual, ofrece consultoría y brinda capacitación para instituciones de otros paísesCARLOS FIORAVANTI

La Universidad de California en Berkeley creó su Oficina de Licenciamiento de Tecnología en 1990, bajo la influencia de la Ley Bayh-Dole, de 1980, que garantizó a las instituciones de investigación estadounidenses el derecho de patentar los descubrimientos realizados mediante inversiones federales en investigación y otorgar licencias a empresas. Inicialmente, la estructura de la oficina separaba el trabajo de protección de la propiedad intelectual y la misión de búsqueda de colaboradores privados para la investigación en la institución. En 2004 se unificó la oficina de proyectos patrocinados con la de licenciamiento de tecnología, originando el Ipira, la sigla de Oficina de Propiedad Intelectual y Alianzas de Investigación con la Industria. Según Michael Cohen, experto en licenciamiento y empresas start-up del Ipira, la oficina no sólo se ocupa actualmente de brindar apoyo a los investigadores, sino también de establecer relaciones de múltiples aspectos y a largo plazo con las empresas. En 2009, Berkeley suscribió 97 acuerdos de investigación patrocinada con el sector privado, un 25% más que en 2008. El Ipira apunta a atraer a empresas de todo tipo hacia los 13 centros de investigación de Berkeley que crearon programas de interacción con el sector privado. Un ejemplo de ello es el Center for the Built Environment de Berkeley, que investiga tecnologías destinadas a aumentar la calidad ambiental y la eficiencia del uso de la energía en construcciones. Más de 40 empresas de ingeniería y arquitectura se afiliaron al centro. Con ello, ganaron el derecho de promover la elección de líneas investigativas de corto y largo plazo que sean de su interés, aparte de tener acceso a datos e investigaciones. En tanto, el centro de investigación Impact, enfocado en las ciencias de la computación y modelado, ofrece a las empresas asociadas el trabajo de nuevos profesionales “con formación multidisciplinaria y habilidades requeridas por la industria” y prioridad en los contratos de licenciamiento de la propiedad intelectual.

El modelo de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, presenta dos peculiaridades: creó una empresa para ocuparse del tema y ofrece su expertise para universidades y empresas de diversos países bajo la modalidad de servicios y asesoría. Oxford destinó a la empresa, bautizada Isis Innovation, 2,5 millones de libras esterlinas durante el año pasado. El retorno de esa inversión llegó a 4 mil millones de libras esterlinas, bajo la forma de royalties y venta de participaciones en empresas. La empresa de Oxford actúa en tres frentes. Uno de ellos es la comercialización de la propiedad intelectual generada por la universidad. En promedio, Isis registra una patente por semana. Actualmente administra alrededor de 400 patentes y una cartera de 200 licencias de comercialización de tecnologías. “Las ideas surgen en la cabeza de los investigadores y la transferencia de tecnología no existe sin ellos”, dice Tom Hockaday, director de Isis Innovation. “Nuestra función consiste en ayudarlos y también recordarle a la universidad los beneficios que puede aportar a la sociedad”. Un segundo frente consiste en ofrecer consultoría de investigadores de Oxford a empresas y organismos públicos. Y el tercer frente se dedica a ayudar a instituciones de 30 países para comercializar sus invenciones. Recientemente se firmaron acuerdos con instituciones de investigación de Rusia y se abrió una oficina en el parque científico de Madrid, para ayudar a sus empresas a comercializar tecnologías.

PATRICK GILOOLY / MITRobot pez…PATRICK GILOOLY / MIT

Un factor extra para impulsar la transferencia de tecnología y los convenios con la industria es la crisis de financiación que atraviesan las universidades de investigación, que han visto disminuir las inversiones de los gobiernos y las donaciones empresarias desde 2008, el año que marcó el comienzo de un período de retracción económica mundial. “Nuestra principal preocupación en relación con la crisis económica reside en su impacto en la financiación federal para investigación”, dice Todd Sherer, de la AUTM. “El nivel de inversión federal determina el ritmo de las invenciones en las universidades, hospitales e instituciones de investigación. Si el número de invenciones crece, también lo hacen las patentes, los licenciamientos, las start-up y los empleos”. Según un estudio de la AUTM, sus afiliados registraron cifras del orden de los 2.400 millones de dólares por licenciamiento de tecnologías durante el ejercicio fiscal 2010. Ese monto es un 3% superior al de 2009, pero un 30% menor que los 3.400 millones contabilizados en 2008. El interés, naturalmente, es de doble mano. Para las empresas, las asociaciones con las universidades constituyen una forma de deducir costos de investigación y desarrollo en tiempos de crisis; lo cual ha sido una necesidad, fundamentalmente para las industrias farmacéuticas, ante la falta de lanzamientos de fármacos innovadores. De acuerdo con el estudio de la AUTM, realizado con universidades afiliadas, la investigación patrocinada por empresas se mantuvo estable entre 2009 y 2010, con inversiones del orden de los 4 mil millones de dólares, mientras que los fondos federales treparon de 33 mil millones a 39 mil millones de dólares. En Brasil, la misión de búsqueda de asociaciones estratégicas con empresas aún es incipiente. La Agencia de Innovación de la Universidad de São Paulo (USP) recién ahora ha comenzado a crear iniciativas concretas para desarrollar colaboraciones. “Estamos buscando sectores de la economía carentes de innovación y proponiendo convenios orgánicos”, dice Vanderlei Salvador Bagnato, director de la agencia. En diciembre de 2011, la agencia lanzó un programa conjunto con la Asociación Brasileña de Industrias Textiles (Abit) para impulsar convenios entre investigadores de la USP y empresas. “Nuestra industria textil está perdiendo competitividad”, afirma Bagnato. “La investigación de la USP puede ayudar a las empresas de diversas maneras para vérselas con la competencia”, sostiene. La agencia monitorea a otros sectores para interactuar en los próximos años, tales como el de las industrias electromecánica y de cosméticos. Según Bagnato, una dificultad para las agencias de innovación del país reside en hallar clientela para sus tecnologías. “Debemos captar clientes y mostrarles cómo podemos ayudarlos. Somos una universidad pública que tiene entre sus misiones transformar el conocimiento en bienestar para la sociedad”, afirma. Otra preocupación de la agencia de la USP consiste en aceitar los convenios entre universidades y empresas. “Tenemos al menos dos centenares de proyectos de ese tipo en la universidad y hemos logrados avances en la lucha contra la burocracia. Por disposición de la rectoría, el trámite de un convenio, luego de que la empresa demuestra interés práctico en colaborar con la USP, no puede tardar más de 30 días”, informa Bagnato.

En el caso de la Agencia de Innovación de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), el trabajo de acercamiento a las empresas se ha basado en rondas de interacciones tecnológicas, encuentros entre investigadores de la institución y representantes de empresas con las cuales podrían colaborar. “Aunque no susciten convenios inmediatos, esas rondas son importantes para mostrarles a las empresas cómo podríamos ayudarlas y, a los investigadores, cómo pueden interactuar con el sector privado”, dice Vanderlan Bolzani, directora de la agencia. Entre las compañías  que participaron en esos encuentros, que comenzaron en 2009, se destacan Natura, Whirlpool, Cristália, AstraZeneca, Biolab, Sabesp y Sadia. Las universidades brasileñas se han destacado por su producción científica, añade Bolzani, aunque todavía subsisten dificultades para aplicar ese conocimiento en proyectos de interés para el sector industrial, así como para atraer a las empresas para que realicen inversiones en investigación básica que pueda resultar en un posterior desarrollo. “Pese a que se implementó la Ley de Innovación para agilizar los convenios entre universidades y empresas, todavía existen dificultades de naturaleza burocrática”, afirma. Con la esperanza de amplificar la interacción, la agencia de la Unesp planea emitir un listado de investigadores reconocidos por la agencia por su vocación para acordar cooperaciones con industrias. “Esperamos que muchos investigadores no citados tomen la iniciativa de registrarse”, afirma Bolzani. La Agencia Unesp de Investigación, fundada en 2007 y reglamentada en 2009, registró, durante los últimos dos años, 133 patentes, 53 contratos de innovación con empresas y 2 licenciamientos de tecnología, uno de ellos con una empresa estadounidense.

JASON DORFMAN / CSAIL… guantes que pueden sustituir al mouse…JASON DORFMAN / CSAIL

La idea de asociar el trabajo de protección de la propiedad intelectual con la prospección de asociaciones con empresas no es una novedad en Brasil, según sostiene Roberto de Alencar Lotufo, director de la Agencia de Innovación Inova Unicamp, de la Universidad Estadual de Campinas. “Nuestra agencia fue creada en 2003 y ya reunía esas tres actividades que en muchas universidades se realizan en organismos separados”, dice Lotufo, quien participa en la Asociación de Gestores de Tecnología de las Universidades (AUTM). La gran diferencia entre Brasil y Estados Unidos, apunta, radica en la capacidad y experiencia en innovación, tanto en el medio empresarial como en el académico. “En Brasil, todavía son pocas las empresas que invierten en investigación y desarrollo. En tanto, en Estados Unidos el acento en la innovación por parte de las empresas es mucho mayor que aquí, y buena parte de la comunidad académica de allá se encuentra comprometida con la innovación tecnológica. Eso marca la diferencia”, sostiene. Entre 1980 y 2005, la Unicamp fue la segunda del país en patentes, con 405 depósitos en el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (INPI), solamente detrás de Petrobras, que registró 804 depósitos. Entre 2000 y 2011, celebró 53 contratos de licenciamiento de tecnología, de los cuales 10, ocurrieron durante el año pasado, generando desde 2005, 2 millones de reales en royalties. Contribuyó a establecer más de 300 proyectos cooperativos con empresas, por un total de 65 millones de reales. También mantiene una red de vínculos, denominada Unicamp Ventures, compuesta por empresarios, en su mayoría ex alumnos, fundadores de más de 220 empresas ligadas a la universidad. “Esos emprendedores son actores imprescindibles del ecosistema de innovación de la región, aportando oportunidades, orientación y financiación que ayuda en la creación de empresas start-up”, añade Lotufo. La FAPESP mantiene desde el año 2000, el Programa de Apoyo a la Propiedad Intelectual (Papi), creado para promover la protección de la propiedad intelectual y el licenciamiento de derechos sobre los resultados de investigaciones financiadas por la Fundación. El programa apoya a investigadores e instituciones, y también está orientado al perfeccionamiento de los Núcleos de Innovación Tecnológica (NIT) de las universidades e instituciones de investigación paulistas.

Algunas instituciones fueron pioneras en la creación de nuevas estrategias para la transferencia de tecnología. La Universidad Stanford es una de ellas. Enclavada en el Valle del Silicio, cuna de empresas innovadoras desde la década de 1950, Stanford fue especialmente exitosa en la creación de lo que se convino en llamar “ecosistema de innovación”. En el curso del ejercicio fiscal que terminó en agosto de 2011, obtuvo ingresos por regalías por valor de 66,8 millones de dólares, monto del cual el 98% provino de tecnologías licenciadas hace varios años. Las 501 invenciones presentadas a la oficina, un 60% de ellas en ciencias físicas y un 40% en ciencias de la vida, se tradujeron en 101 licencias. Al finalizar 2011, Stanford contaba con participación en 109 empresas originadas en tecnologías creadas en la institución. La venta de la participación en cinco empresas durante el ejercicio fiscal le rindió 2,4 millones de dólares. Su Oficina de Licenciamiento de Tecnologías (OTL) estableció 1.100 acuerdos con instituciones con y sin fines de lucro durante 2011. De ellos, 120 son contratos de investigaciones patrocinadas por empresas. Un fondo de capital semilla de la OTL ofrece partidas por valor de unos 25 mil dólares para patrocinar prototipos y experimentos en tecnologías no licenciadas. Ochenta y siete proyectos ya han utilizado esa modalidad de financiación.

MIT / AURORA FLIGHT SCIENCES… y avión consume menos combustible: ejemplos de investigaciones del MIT que originan nuevas empresas y crean nuevos padrones para la indústriaMIT / AURORA FLIGHT SCIENCES

Stanford creó en 1970 una oficina de patentes que se erigiría en referente para las demás instituciones. Su creador fue el ingeniero Niels J. Reimers, contratado en 1968 para ampliar el apoyo de empresas y del gobierno a los proyectos de la institución. Reimers constató el interés comercial por muchas de las invenciones presentadas por los investigadores de esa universidad. Pero, si bien la universidad mantenía convenios con empresas desde la década de 1950, el retorno obtenido por licenciamiento durante los 15 años anteriores había sido escaso. Entonces estudió los modelos de otras instituciones, tales como las oficinas de las universidades de California y del Massachusetts Institute of Technology (MIT), y observó que no le servían para sus propósitos, pues albergaban abogados especialmente interesados en proteger las invenciones patentándolas, para recién después pensar en transferírselas a la sociedad. Así fue propuso un programa piloto que creaba una oficina con empleados encargados de comercializar las invenciones y con autonomía para trabajar, tercerizando la actividad de los abogados y ofreciendo algunas ventajas a los inventores. Cuando se evaluó el programa en su primer aniversario, había producido una renta por valor de 55 mil dólares, más de 10 veces el valor obtenido durante 15 años de licenciamientos. En 1974, Reimers leyó en el periódico The New York Times el anuncio de una técnica denominada gene splicing, creada por los profesores Stanley Cohen, de Stanford, y Herbert Boyer, de la Universidad de California. En 1981 ofreció licencias para el uso de esa tecnología. Se presentaron setenta y tres empresas y, hasta 1997, cuando caducaron las patentes, le habían aportado a Stanford 30 millones de dólares anuales.

STANFORD UNIVERSITYAlumnos de Stanford en 2012STANFORD UNIVERSITY

Esa experiencia influyó en la filosofía de la oficina de Stanford, que se esmera en una estrategia conocida como home run, en referencia a la jugada más codiciada en el béisbol. “Estamos más interesados en las patentes de concepto amplio que en las de interés restringido”, escribe Katherine Ku, directora de la oficina de Stanford, en un artículo de reciente difusión. Intentar adivinar cuál será la tecnología más apropiada para un licenciamiento es una tarea con resultado siempre incierto. Stanford produce una invention disclosure por cada 2,5 millones de financiación a la investigación. Solamente 32 de las 600 tecnologías actualmente licenciadas generan más de 100 mil dólares en regalías. Y tan sólo seis generan más de 1 millón de dólares. Por cada caso exitoso, como lo fue Google (que rindió a Stanford más de 300 millones de dólares),  hay un puñado de tecnologías que terminan costando más de lo que se invirtió en ellas. Un punto fuerte de Stanford es la creación de empresas start-up –desarrolladas a partir de la propiedad intelectual de la institución–, aunque 2011, debido a la crisis, fue un año de escasos resultados: se crearon 8 empresas, comparando con las 10 creadas en 2010, 9 en 2009 y 14 en 2008.

Stanford obtiene más por royalties que por su participación en jóvenes empresas. Pero la decisión de promover la creación de start-up resulta estratégica para ampliar la transferencia de tecnología a la sociedad. “Entre las grandes empresas, muchas se encuentran satisfechas con su propio esfuerzo de investigación y desarrollo. La mayoría de nuestra actividad de licenciamiento ocurre con las pequeñas empresas, que no pueden darse el lujo de gastar demasiado dinero en I&D”, dijo Katherine Ku.

Para otra institución con un gran historial en transferencia de tecnología, el MIT, un punto de inflexión se remonta al año 1986, cuando Lita Nelsen, ingeniera química graduada en la institución 20 años antes, asumió la dirección de la Oficina de Licenciamiento de Tecnologías (TLO) y modificó sus métodos. Antes de la TLO, Lita había actuado en empresas de biotecnología. Su primera medida fue excluir a los abogados, subcontratando su trabajo. El equipo dispone actualmente de 34 empleados, entre los cuales hay 10 gerentes y 8 asesores de transferencia de tecnología. Para desempeñarse como gerente en la TLO es necesario contar con formación científica y experiencia de al menos 10 años en la industria. La brasileña Ana Lopes, con 30 años, quien se desempeñó durante cuatro años como asesora de transferencia de tecnología, sabía que difícilmente se convertiría en gerente, el siguiente cargo en la jerarquía. “Me gradué en astronomía y me incliné por trabajar con transferencia de tecnología. Pero me faltaba la experiencia en la industria”, dice. Ella dejó la TLO en 2011 para trabajar en E-Ink, una empresa spin-off del MIT, que fabrica papel digital flexible.

WIKICOMMONSUniversidad de California, en Berkeley: fusión de las oficinas de patentes e investigación patrocinadaWIKICOMMONS

La TLO se ocupa de las relaciones con la industria en lo referente a licencias. Existen otras estructuras que se encargan de la cooperación con el sector industrial, tales como la Oficina de Programas Patrocinados (OSP) y el Programa de Conexión Industrial (ILP). El ecosistema innovador es alimentado por otra serie de iniciativas. El Centro Deshpande para la Innovación Tecnológica, creado en 2002, financia investigaciones en su fase inicial, con potencial de transferencia, y ofrece a los emprendedores el asesoramiento de expertos de la industria. Una competencia organizada por los estudiantes ofrece 100 mil dólares para el mejor plan de negocios. Los clubes de emprendedores se difunden por todas las divisiones de la institución.

El modelo del MIT es distinto al de Stanford y adopta la denominada “estrategia de volumen”. Como opera con tecnologías de las ciencias físicas, el MIT considera que es mejor negociar muchos contratos que quedarse solamente con los contratos con las mejores ofertas, con el objetivo de asegurar su transferencia a la sociedad. Según Lita Nelsen, la estrategia de volumen maximiza tanto la participación de estudiantes e investigadores en el proceso de transferencia tecnológica como la posibilidad de obtener un home run que le rindió 3 millones de dólares y 120 divulgaciones de invención. En 2010 hubo 100 licenciamientos, que rindieron 75 millones de dólares, y 600 divulgaciones de invención por año. Según Nelsen, el objetivo es lograr que las tecnologías lleguen a la sociedad. “La generación de ingresos es el resultado de ello, no la razón principal”, repite siempre. Desde 1984, ya se han generado alrededor de 300 empresas a partir de las tecnologías creadas por el MIT, de las cuales el 80% sigue en funcionamiento. Un ejemplo reciente es el caso de 3Gear Systems, que desarrolla aplicaciones para un guante de colores y un sistema de algoritmos destinado a sustituir al mouse.

Más de 700 empresas se encuentran comprometidas financieramente con el MIT, ya sea por participación en consorcios, en los cuales las industrias financian investigaciones sobre un tema específico, o por las denominadas inversiones de cartera, cuando financian un conjunto de proyectos como parte de un compromiso amplio. También es común que las empresas inviertan en proyectos que están lejos de llegar al mercado. La compañía Schlumberger, que ofrece tecnologías y servicios en explotación de petróleo y gas, patrocinó la investigación del robot pez del MIT, creado para auxiliar en la inspección de las prospecciones submarinas. Un modelo conceptual de avión desarrollado mediante un convenio con la Nasa promete volar con tan sólo un 30% del combustible utilizado actualmente por un avión de gran porte. El Laboratorio de Medios del MIT agrupa a empresas y académicos para la investigación interdisciplinaria en tecnologías de medios digitales, y comparte los resultados con todos los miembros asociados. Consorcios del MIT ya han desempeñado un rol clave en la definición de modelos de la industria, tales como los producidos por el World Wide Web Consortium (W3C), que generó nuevos protocolos para servicios de la web, buscando una versión más cooperativa de la misma. En opinión de Todd Sherer, de la AUTM, la experiencia de las universidades de categoría mundial puede inspirar cambios en otros países. Según él, la AUTM mantiene un intercambio para ayudar a construir conocimiento y capacidad de transferencia de tecnología con países colaboradores. “De cualquier manera, es necesario reconocer que cada país tiene necesidades y oportunidades diferentes, y que a menudo se tarda un buen tiempo hasta que se notan los beneficios de la transferencia de tecnología”, afirma.

Republicar