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LAS MUJERES DE LA CAÑA

La reconstrucción del pasado

Las memorias de los trabajadores rurales echan luz sobre el fin del colonato en los ingenios azucareros

Una cortadora de caña: historias de violencia, traición y miedo

A. BRUGIER Una cortadora de caña: historias de violencia, traición y miedoA. BRUGIER

En 1966, los colonos del ingenio Usina Amália, una de las mayores y más tradicionales centrales productoras de caña de azúcar del interior del estado de São Paulo, entraron en huelga en reivindicación de mejores salarios y condiciones dignas de trabajo. En plena dictadura militar, ese movimiento resultó en la expulsión de alrededor de cuatro mil familias de la hacienda. Ese episodio habría caído en el olvido si no hubiese quedado indeleblemente registrado en la memoria de los colonos que, treinta años después, le contaron a la investigadora Maria Aparecida de Moraes Silva sus historias de violencia, traición y miedo. “Ellos cayeron en una trampa de los propietarios del ingenio y del sindicato”, afirma Maria Moraes.

Los recuerdos de los trabajadores –y los 208 juicios contra Indústrias Reunidas Francisco Matarazzo, propietaria de la central– le ayudaron a Maria Moraes a reconstituir un período de profunda transformación de las relaciones laborales en las labranzas de caña, cuando el colonato dio lugar al trabajo temporal, constituyendo personajes tales como el trabajador itinerante y los jornaleros o braceros [boias-frias, en portugués de Brasil]. Esos relatos le permitieron también conocer detalles acerca de las actividades diarias de las familias: la caña era cortada por los adultos y amontonada en haces por los niños, antes de ser transportada a la central. Y como cuadros entremezclados en el cotidiano, casamientos, bautismos, fiestas de reyes y noches agitadas al son de la vals de Siriema: “Teus olhos, quantas cores/ De uma Ave Maria/ Que um rosário de amargura/ eu rezo todo o dia”.

La investigación, iniciada en 1997, contó con el apoyo de la FAPESP. El proyecto –Las Mujeres de la Caña de Azúcar: Memorias– pretendía reconstituir historias relacionadas con el trabajo femenino en la labranza. No obstante, la mención recurrente a una huelga en Usina Amália la obligó a ampliar su objeto de investigación. “En la bibliografía sobre la historia de la proletarización rural en São Paulo, esta huelga no aparece mencionada”, justifica. Utilizando el “sistema de redes”, tal como ella lo explica, pudo identificar y contactar a más de 70 ex colonos dispersos por la zona que abarca a Leme, Ribeirão Preto, Barrinha, Santa Rosa do Viterbo y São Simão. “Fue necesario recurrir a la historia oral para reconstruir los sucesos.”

Con sus más de 26 mil hectáreas, Usina Amália era el brazo agroindustrial de Indústrias Reunidas Francisco Matarazzo. Además de la labranza, era sede de unidades industriales para el aprovechamiento de la caña y del bagazo, del eucalipto y de frutas y legumbres producidas en el lugar. Allí se producía azúcar, alcohol, cartón, ácido cítrico, jabones y conservas. A comienzos de los años 1950, Usina Amália se anticipaba al concepto de biorrefinería en el aprovechamiento de la biomasa. Empleaba a miles de personas –desde trabajadores rurales a obreros– todos vinculados al Sindicato de la Industria de la Alimentación, de acuerdo con la legislación de la época. En el caso de los colonos, el titular del contrato de trabajo era el jefe de familia, pero el cálculo de productividad –por la cual se le remuneraba– abarcaba al trabajo no remunerado de su mujer y sus hijos.

El personal jerárquico tenía acceso a la escuela, al hospital, al cine, a la iglesia y hasta a un supermercado, todos instalados en el área de la hacienda. Pero los trabajadores rurales no. Se distribuían entre más de 20 colonias –cada una formada por entre 100 y 150 familias– lejos de la sede, en medio del cañamelar. Tenían derecho a cultivar un pequeño terreno con frutales y una huerta, pero los productos necesarios para la subsistencia eran adquiridos en el almacén. Esos gastos se les descontaban de la paga del jefe de la familia y, a fin de mes, a menudo resultaban en saldos negativos.

Trabajadores en huelga en Usina Amália, por mejores salarios y condiciones dignas de trabajo, en 1966

PROJETO MULHERES DA CANA: MEMÓRIAS Trabajadores en huelga en Usina Amália, por mejores salarios y condiciones dignas de trabajo, en 1966PROJETO MULHERES DA CANA: MEMÓRIAS

La huelga
La vida en el ingenio y la huelga de 1966 fueron descritas en el reportaje de Marcos Pivetta, Casa-grande y Senzala de los Matarazzo en la California Paulistapublicada en la edición nº 61 de la revista Pesquisa FAPESP, en enero de 2001.

La relación de la empresa con los colonos se tensó con la implantación del Estatuto del Trabajador Rural en 1963, que igualó los derechos del hombre del campo a los del trabajador urbano, con lo cual se tornó ilegal el sistema de titularidad, escribió Pivetta. Los cortadores de caña pasaron así a tener derecho a vacaciones, aguinaldo o sueldo anual complementario, a ser registrados –cada trabajador y no solamente los titulares de contrato, tal como Pivetta subrayó–, a atención médica por el sistema de seguridad social y a la jubilación. Esta tensión quedó arbitrada por las leyes de Seguridad Nacional y de Huelga, durante el primer año de la dictadura militar: instigados por el sindicato, según la evaluación de Maria Moraes, los trabajadores rurales de Usina Amália entraron en huelga por los derechos asegurados por el nuevo estatuto y por eso fueron expulsados de la hacienda, por perpetrar un movimiento considerado ilegal. “Ni bien un cortador era despedido y convencido de abandonar la hacienda, su antigua casa era derrumbada por los patrones”, relató Pivetta. Y junto con las casas de los colonos, caía por tierra un sistema de relación de trabajo.

En la memoria de algunos de esos ex colonos, la huelga, que duró seis días, se habría extendido durante cinco años, el lapso que duraron los juicios y las apelaciones de la empresa, desde el Tribunal Municipal de Santa Rosa do Viterbo hasta el Tribunal Superior del Trabajo en Brasilia. “En todos los dictámenes de los jueces se hace mención al despido arbitrario de los trabajadores, a la legalidad de la huelga, al carácter pacífico de los acontecimientos, al derecho de los trabajadores, al carácter pacífico de la convocatoria a la asamblea por parte del sindicato, a los motivos de reivindicación de los haberes no pagados por la empresa por ocasión de la acción colectiva aprobada por el Egregio Tribunal Laboral y a la obediencia de la determinación de la Justicia Laboral al decretar el cese del movimiento”, escribió Maria Moraes, en el artículo intitulado La huelga en la hacienda, publicado en la compilación História Social do Campesinato no Brasil.

En ese ínterin, “muchos trabajadores hicieron arreglos con la empresa, mediante el pago de valores irrisorios, al cabo de muchos años a la espera de la solución judicial”, afirma. Respaldados por la Justicia, algunos permanecieron en la hacienda, sin ningún vínculo laboral o trabajo que les asegurase el sustento, solamente aguardando el desenlace de antemano inevitable.

En las memorias de los ex colonos no hay registros de ningún triunfo de la Justicia. “Ellos extraen de la experiencia vivida relatos cargados de dramatismo, emociones y simbolismo, frutos, no de una mera descripción del pasado, sino de su revivificación y recreación”, afirma Maria Moraes.

Las mujeres, sujetos privilegiados de la investigación, guardan en sus evocaciones la dificultad para conseguir trabajo, el hambre y la sopa de mandioca en los momentos de extrema dificultad. “Aunque no hayan participado directamente en la huelga, ellas, como hijas o esposas, sufrieron las consecuencias”, analiza.

Treinta años después, Maria Moraes encontró a muchas de ellas en la condición de jefas de familia. Para desempeñar este nuevo rol, tuvieron que vencer retos aún mayores que aquéllos de su pasado como colonas, afirmó Pivetta en el artículo publicado en la revista Pesquisa FAPESP en 2001. “Compitiendo ahora con hombres más jóvenes y máquinas que se hacen cargo del corte de la caña, las mujeres jornaleras enfrentan enormes dificultades para encontrar empleo en el ámbito rural”. Algunas recogían restos de caña rechazados por las cosechadoras o “trabajaban” con agrotóxicos en viveros de plantines; otras eran empleadas domésticas.

En la periferia de las ciudades, guardaban también remembranzas de las relaciones familiares, del compadraje y del vecindario. “La sociabilidad fundada en las relaciones primarias, caracterizada por el reconocimiento interpersonal y el autorreconocimiento, ceden su lugar a la sociabilidad individualizada y reacia”, dice Maria Moraes. Las tradiciones y la cultura “del mundo de antes” ya no cabían en los límites del nuevo espacio. “Se hizo necesaria la construcción de lugares para protegerlas, para impedir su muerte.”

Allí, en esos “lugares”, como ella dice, quedan guardados fragmentos de historias individuales y colectivas. “A medida que los recuerdos van brotando de los subterráneos de la memoria y se dirigen hacia la superficie, aquello que era hasta entonces nebuloso va asumiendo poco a poco formas nítidas, con contenidos multicolores”, escribió la investigadora en el artículo intitulado La memoria en la estela del tiempo, publicado en 2001. “Nuestra vecina hacía unas arepas de harina de maíz: ponía huevos, los batía bien, les agregaba grasa, canela; son como media docena de huevos y se bate todo bien… con la mano nomás. Después todavía las engrosaba con harina de maíz. Quedaban tiernas y ricas. Ella las hacía y le mandaba a la mamá una galletera llena de aquellas arepitas…”, le contó doña Onícia a sus 93 años, refugiada en un pasado en el cual la lealtad y la retribución eran manifestaciones simbólicas de un grupo social.

Bricolaje
Pero la memoria trama, reconstruye y reinventa recuerdos fragmentados, y hace de las culturas una especie de “obrador”, en las palabras del historiador Peter Burke. Algunas de las ex colonas de Amália todavía integraban en los años 1990 grupos de Folia de Reis [Fiestas de Reyes], una antigua festividad rural. “El sentido de la fiesta seguía siendo el mismo: el cumplimiento de promesas hechas a los santos debido a alguna gracia alcanzada”, explica Maria Moraes. Pero las andanzas de los fiesteros, los cánticos y los encuentros de los estandartes de los Santos Reyes tenían nuevos significados, surgidos de la simbiosis entre el rememorar y el reinventar personajes renacidos en la trama narrativa. Ella misma estuvo en una Fiesta de Reyes en la ciudad de Barrinha: el estandarte de los Santos Reyes, “aquél que salió por todos lados”, se encontraba con el Nuestra Señora Aparecida, la cual no contaba con romeros festivos, y simbolizaba otro momento bíblico: el encuentro de María –encarnada en Nuestra Señora Aparecida – y Jesús durante el Vía Crucis. “En la demora de los tres Reyes/ Herodes se indignó/ llamó a sus secretarios y su decreto decretó/ Que siguiese hacia Belém/ y que allá fuese matando/ y que matase niños varones/ hasta la edad de dos años.”

El Proyecto
Las mujeres de la caña: memorias (nº 1996/12858-2) (1997-1999); Modalidad Ayuda a los proyectos de investigación; Coordinadora Maria Aparecida de Moraes Silva; Inversión
R$ 16.608,13

Artículo científico
SILVA, M. A. M. A cultura na esteira do tempo. São Paulo em Perspectiva. v. 15, n. 3, p. 102-12, 2001.

De nuestro archivo
Casa-Grande y Senzala de los Matarazzo en la California Paulista – Edición nº 61 – enero y febrero de 2001

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