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Paleontología

El nido del “flambullidor”

Fósiles de huevos y huesos de un ave de 18 millones de años de antigüedad refuerzan el parentesco entre flamencos y zambullidores

051_Ninho_201-3_novoSANDRO CASTELLIElla tenía una estructura ósea y probablemente una apariencia similar a la de un gran flamenco actual, con largas patas, cuello alargado, pico curvo y, tal vez, su plumaje ya presentase el característico tono rosado. Su altura llegaba a alrededor de 1,5 metros. Pero sus hábitos reproductivos –depositar varios huevos en un nido construido con ramas en un ambiente lacustre– se asemejaban a los de un zambullidor moderno, un ave de tamaño pequeño o mediano que, a la vista de un lego en ornitología, parece un pato ceniciento. Así, con aspecto de flamenco y comportamiento de zambullidor, debía ser esa ave extinta que, hace unos 18 millones de años, depositó en territorio español cinco pequeños huevos en un nido flotante revestido con un frágil marco leñoso.

Ese remoto ser alado construyó el nido de ave fósil más antiguo que se haya registrado en la literatura científica, cuyos vestigios prácticamente intactos se encontraron en lo que alguna vez fue un tranquilo lago de agua salada, actualmente cubierto por capas y más capas de sedimentos, en la cuenca calcárea del río Ebro, en el norte de España. “Se trata del primer nido flotante conocido y la primera evidencia de una estructura destinada a cobijar huevos de ave”, dice el biólogo Luis Fábio Silveira, curador de las colecciones ornitológicas del Museo de Zoología de la Universidad de São Paulo (MZ-USP) y uno de los autores de un estudio sobre el material fósil español que se publicó el 17 de octubre en la revista Plos One.

Junto al nido, que protegía unos huevos oblongos cuyas dimensiones máximas eran 4,5 por 3 centímetros, se rescataron unos pocos fragmentos de huesos del pie (tarso y metatarso) y un bien conservado tibiotarso izquierdo, el popular muslo de las aves. “Analizamos, por separado, el tibiotarso y el nido con los huevos y arribamos a la misma conclusión”, afirma Silveira. “Se trata de un paleoflamenco, un género y especie nuevos y extintos de esa familia de aves”. El paleontólogo suizo Gerald Grellet-Tinner, experto en huevos de aves y reptiles del Centro Regional de Investigaciones Científicas y Transferencia Tecnológica (Crilar), de Argentina, y del Field Museum de Chicago, tampoco tiene dudas de que el nido fue construido por un flamenco primitivo. “Los huevos son tejidos biomineralizados que presentan una morfología funcional y valor filogenético igual al de los huesos de un esqueleto”, afirma Grellet-Tinner, quien también firma el estudio en el periódico científico. “Desde ese punto de vista, la cáscara de un huevo es como una impresión digital y aporta información específica sobre una especie”. La microestructura de los huevos se analizó mediante el empleo de cinco técnicas diferentes de microscopía electrónica con el objetivo de aumentar la confiabilidad de los resultados obtenidos.

051_Ninho_201-2SANDRO CASTELLIAguas salinas
Las ramas y el resto del material vegetal utilizado para construir el nido también fueron identificados, aunque en este caso, en forma genérica. Las ramillas provenían de una planta de la vasta familia de las fabáceas (Fabaceae), las populares leguminosas, que abarcan desde alimentos tales como la soja y los frijoles hasta árboles tales como el cerezo y el palo brasil. El ambiente acuático donde se hallaron los fósiles, con un alto tenor salino, también se asocia con los flamencos, que habitan a orillas de los mares o en estuarios de ríos. Los zambullidores, que bucean para atrapar peces, prefieren, en cambio, el agua dulce, aunque también se los encuentra en ámbitos de agua salobre.

El nido con los huevos y el tibiotarso fueron descubiertos por paleontólogos españoles en 2003, cuando realizaban trabajos de campo en la denominada formación Tudela, que precediera a la construcción de una represa destinada a evitar las crecientes del río Ebro. En esa región con clima semiárido ya se habían hallado fósiles de cocodrilos, tortugas, serpientes y ostrácodos, un tipo de crustáceo de unos pocos milímetros. No siendo especialistas en aves, los investigadores ibéricos buscaron conectarse con estudiosos de esos animales, a los cuales enviaron el material hallado en la excavación. Recurrieron a Silveira, quien realizó todo el análisis de la parte ósea, comparando los huesos encontrados en el Ebro con material osteológico de las colecciones de aves del MZ-USP y del Museo de Historia Natural de Taubaté (MHNT). También se contactaron con Grellet-Tinner, quien se encargó de estudiar el nido y los huevos.

051_Ninho_201-1SANDRO CASTELLIHace entre 12 y 29 millones de años vivió un género extinto de ave, el Palaelodus, al que con frecuencia se lo describe como el portador de una anatomía y estilo de vida intermedio entre la morfología y el comportamiento de flamencos y zambullidores. Según los investigadores, el nuevo fósil no pertenece a ese género desaparecido. A lo sumo, se trataría de un pariente que pudo haber sido contemporáneo del Palaelodus. Esto no significa que el paleonido del Ebro sea de poca importancia desde el punto de vista evolutivo. Al contrario. Los científicos lo clasifican como otro aliado de una teoría que se fortaleció durante los últimos años: la que sostiene que flamencos y zambullidores, aunque actualmente exhiben una morfología y un comportamiento muy disímiles, son realmente grupos hermanos.

Estudios de anatomía y genética de estas aves sugieren que, en un pasado remoto, antes de diferenciarse y originar dos familias distintas de animales alados, contaron con un ancestro común hace más de 20 millones de años, durante la era geológica denominada Mioceno. Los nuevos fósiles recientemente descritos en las páginas de la Plos One refuerzan aún más esa idea. “Ese artículo es el punto de partida para varias especulaciones evolutivas sobre esos grupos de aves”, sostiene el paleontólogo Herculano Alvarenga, director del Museo de Historia Natural de Taubaté, experto en aves fósiles.

051_Ninho_201-4Un ancestro común
La nueva especie de paleoflamenco, que todavía no fue bautizada con un nombre científico, parece indicar que los primeros ejemplares de esa familia de aves tenían hábitos reproductivos y de construcción de nidos similares a los de los zambullidores del pasado. Es posible que tales prácticas se remonten al hipotético ancestro común de ambas familias de aves. Ese comportamiento consistía, grosso modo, en depositar varios huevos pequeños en un nido revestido de ramitas, un procedimiento que se mantuvo hasta la actualidad entre las 22 especies de zambullidores vivas, pero que desapareció entre las seis especies modernas de flamencos.

Desde ese punto de vista, el fósil español sería un vestigio de un tiempo remoto en el que los nidos de zambullidores y flamencos exhibían una estructura similar. Las especies vivas de flamencos construyen nidos de barro para sus futuros polluelos y no utilizan ningún revestimiento con ramas alrededor de esa estructura. En cada nido depositan generalmente tan sólo un único huevo de gran tamaño, bastante mayor que los presentes en el fósil de la cuenca del Ebro (observe la ilustración).

Uno de los primeros retos para el dúo compuesto por Silveira y Grellet-Tinner consistió en determinar si los cinco huevos protegidos por una estructura circular de ramitas, que aparentemente flotaba en la orilla del antiguo lago, eran realmente un nido construido que milagrosamente se conservó durante millones de años. Existía la posibilidad remota de que cada huevo tuviera un origen distinto y que su agrupamiento, uno al lado del otro, en el interior del cobijo de madera, fuera obra del azar. Pero todas las evidencias recabadas por los investigadores derrumbaron esa hipótesis: los cinco huevos eran iguales, del mismo tipo, y el contexto en el que se halló el nido indicaba que la estructura de las ramitas no era fruto de un movimiento fortuito de la naturaleza. El descubrimiento, junto al nido, de los huesos de un ave, reforzó todavía más esa teoría. “Encontrar huevos (fosilizados) es algo raro. Hallar nidos es algo aún más inusual. Pero encontrar huevos en un nido y lograr determinar a qué grupo pertenecen resulta algo extremadamente raro e interesante”, comenta el paleontólogo Alexander Kellner, del Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

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No puede saberse con certeza si los huesos provienen del ave que construyó el nido, pero es una hipótesis factible. Al fin y al cabo, los análisis del brasileño y del suizo se realizaron en forma independiente –uno recién supo del veredicto del otro al finalizar el trabajo– y ambos arribaron a la conclusión de que el tibiotarso y los huevos correspondían a alguna forma primigenia de flamenco que actualmente ya no existe en la Tierra. “Aparentemente, los huesos encontrados pertenecen a un único ejemplar de ave”, dice Silveira. Por un motivo que nunca se conocerá, el animal probablemente murió junto al nido. No podría asegurarse siquiera que el hueso perteneció a una hembra o a un macho. Los flamencos machos no depositan huevos, pero pueden empollarlos en el nido de su hembra.

Desgraciadamente, no contamos con otros nidos fósiles parecidos al que se rescató en la cuenca del Ebro. Cualquier comparación de ese tipo dependerá de un eventual descubrimiento de una segunda estructura vegetal con huevos de aves, un tipo de hallazgo bastante improbable, dada la fragilidad de ese tipo de construcción, según opinan los expertos. Pero quién puede saber si la historia que ocurrió en tierras españolas no se repite quizá, algún día,  en otro punto del globo.

Artículo
GRELLET-TINNER, G. et al. The first occurrence in the fossil record of an aquatic avian twig-nest with phoenicopteriformes eggs: evolutionary implications. Plos One. Publicado online. 17 oct. 2012.

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