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Libros

No sólo del sexo vivían los libertinos

Un análisis de obras censuradas del siglo XVIII sugiere que ciertos autores se regían más por la razón que por la impudicia

Collage de Bel Falleiros con reproducciones del libro Teresa filósofa, del marqués D’ArgensEl libertino no necesariamente o no tan sencillamente es alguien que, tal como suele pensarse desde el sentido común, lleva una “vida dedicada a los placeres del sexo”, o es aquel personaje “impúdico, disoluto y libidinoso”, o un hombre “que no cumple con sus deberes y obligaciones”.

La última acepción que aparece en el Dicionário Houaiss para este término (las citas anteriores provienen de la misma fuente [traducidas]) es la que más se acerca al valor semántico otorgado por Luiz Carlos Villalta, en su estudio Libros libertinos y libertinaje en Portugal y en Brasil durante el ocaso del Antiguo Régimen. En la investigación posdoctoral llevada a cabo por este profesor de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), esa figura también puede ser aquélla que, al ejercer la libertad de reflexión, “desconsidera las reglas y los dogmas religiosos”.  Es decir, el libertinaje tiene un fuerte trasfondo político.

En una edición del siglo XIX del Diccionario da Língua Portugueza, libertino es también “el que sacudió el yugo de la Revelación, y presume que sólo la razón puede guiar con certeza en lo que respecta a Dios, a la vida futura, &c.fig. aquél que es licencioso en la vida; en este sentido, es moderno” [traducción]. La existencia de Dios pasa entonces a analizarse por medio de la razón y no a través de un prisma dogmático.

Otras acepciones de la palabra, adaptadas de acuerdo con cada período histórico, con el contexto cultural o el idioma, recrean al fin de cuentas la figura del hombre de la época moderna, quien, sacudido por las ideas iluministas, hizo de la razón su herramienta esencial para reconfigurar un mundo hasta entonces anquilosado alrededor de dos fuertes presencias: la de la Iglesia y la de la Monarquía.

Bel Falleiros Ésta es la figura que se despliega en los libros y los documentos que constituyeron la base del estudio, supervisado por Roger Chartier, de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, y por Rogério Fernandes, de la Universidad de Lisboa. El texto de Villalta tiene por objeto rediscutir la indecencia registrada en ciertas novelas del siglo XVIII, en registros de la censura portuguesa de esa misma época y en denuncias ante la Inquisición contra el comportamiento inmoral y las herejías, y hacer lo propio con la racionalidad presente en los escritos destinados a combatir las ideas libertinas.

Muchos de los documentos utilizados se encuentran actualmente guardados en el Archivo Nacional de Torre do Tombo, en Lisboa. Pero también existe una abundante cantidad de libros publicados y editados aún hoy en día, tales como las obras del portugués Manuel Maria du Bocage (1765-1805) y del marqués de Sade francés (1740-1814), por mencionar a dos de los principales nombres relacionados con el género.

Villalta es un estudioso de la historia del libro desde la década de 1980. Su doctorado fue sobre la censura, y también sobre las bibliotecas y las prácticas de lectura en Portugal y en Brasil. En sus investigaciones anteriores, rozó más de una vez menciones a autores denominados libertinos, incluso en una confesión atribuida a un integrante de la Conspiración Minera [Inconfidência Mineira], Cláudio Manuel da Costa.

Lo básico del ideal libertino, sostiene Villalta, es el uso de la razón como tamiz para la comprensión del mundo. Debido al primado de la razón, el libertino asume la función de crítico por antonomasia, principalmente en relación con las “verdades” establecidas por las autoridades religiosas, aunque –y en este caso las prácticas sexuales pueden efectivamente definir un tema dentro de un pensamiento– sus principios terminen por cuestionar el comportamiento moral cristiano también en la práctica.

La razón, con todo, raramente se presta al cuestionamiento de una sola cuestión. Fue durante la segunda mitad del siglo XVIII, según Villalta, cuando el vocablo adquirió un nuevo atributo entre ciertos autores europeos y luso-brasileños. Pasaron a ser libertinos también aquéllos que se oponían a la Monarquía absoluta. “Si nos valemos del primado de la razón, tenemos la libertad de criticar no solamente a la religión, sino también al orden político”, resume Villalta.

Pero esto no significa que todos los libertinos se dedicaban a observar el sistema político y el sistema religioso. Existen casos de autores que se abocaban a uno u otro aspecto. Como ejemplo de esta disociación de temas, puede mencionarse la obra de Jean Baptiste de Boyer, el marqués d’Argens (1704-1771), un noble francés a quien se le atribuye la autoría de la novela Teresa filósofa.

El Marquês d’Argens, dice Villalta, cuestiona los dogmas religiosos al ejercer su libertad y crear en la literatura situaciones consideradas inmorales por las autoridades. Las describe con una riqueza singular, algo que provocaría la envidia de cualquier guionista del género erótico actual. “Pero en ningún momento se opone a la Monarquía absoluta”, señala el investigador. De igual modo, había autores de la época retratada que se oponían al sistema político, pero que, sin embargo, seguían santiguándose.

BEL FALLEIROSEl comportamiento libidinoso deriva en parte de ese ejercicio de la libertad pregonado en el primado de la razón. “Puesto que los libertinos piensan, obran y se comportan de manera libre, muchos de ellos suelen desobedecer las reglas morales instituidas por la religión. Ante los ojos de las autoridades, esos sujetos pueden comportarse de una manera inmoral. Y ese rasgo de inmoralidad fue usado en muchas oportunidades para mancillar la imagen de los libertinos”, comenta Villalta.

Para el investigador, las pulsiones sexuales tornan a los libertinos vulnerables al ataque de sus opositores. “Son sujetos que ponen de relieve el privilegio de la razón y al mismo tiempo ceden lugares importantes a los impulsos, a las pasiones”, resume, relacionando estas últimas cualidades con las prácticas sexuales.

Pasión
Para ejemplificar los desdoblamientos de este conflicto, Villalta menciona la obra Los Maia [Os Maias], de Eça de Queirós (1845-1900), pese a que la novela se ubica en un período posterior al estudiado. Afonso da Maia quiere educar a su hijo y a su nieto de manera tal que ambos sometan sus pasiones a los dictámenes de la razón. “Pero falla con los dos”, evalúa Villalta. “Esa relación es bien enfocada por la literatura y por la filosofía. El marqués d’Argens dice que el hombre no es libre, pues está sujeto a la pasión.”

A su vez, el marqués de Sade sostiene que la libertad es la entrega total a las pasiones, una palabra que en ese momento no tenía la significación romántica del amor idealizado. Filosofía en la alcoba es una de sus novelas más conocidas, protagonizada por tres libertinos que educan a una joven muchacha induciéndola a ejercer ciertas prácticas sexuales que hoy en día, en el siglo XXI, podrían motivar la vergüenza de muchas personas no menos liberales.

Obviamente, lo que se retrata en la literatura no puede ser leerse como un relato de lo que sucedía en la vida real, si bien que existe algún paralelo. El marqués d’Argens, por ejemplo, creía que todo era permitido en el sexo, siempre y cuando no hubiese perjuicios para el otro, comenta Villalta. “Si el acto comprendía a un hombre y a una mujer, el varón no debería embarazarla, pues el embarazo generaba deshonor; y a ella, si fuese virgen, el hombre podría hacerle de todo, menos penetrarla vaginalmente.”

¿Era pecado? Pues bien, de acuerdo con la moral cristiana, los preliminares no estaban permitidos… En el Brasil Colonial, en tanto, la moral de los fieles estipulaba que la “simple fornicación” –un vocablo empleado por los teólogos y también por la Inquisición– no era pecado. Pero de allí se desprende el problema de definir qué puede considerarse una simple fornicación. Por exclusión: “Simple es la fornicación que no es compleja”, ironiza Villalta. O en el lenguaje de la época, es la fornicación “no calificada”. En otras palabras, la relación genital entre un varón y una mujer solteros, no tratándose de una mujer virgen. De ser anal, la relación se vuelve “calificada”, cosa que también sucede si uno de los participantes es casado o  es clérigo, o si la mujer es virgen.

La homosexualidad cuenta con un capítulo aparte. No es un tema tan presente y, cuando surge, a menudo lo hace todavía con cierta carga moralista. En Teresa filósofa, las relaciones homosexuales, por ejemplo, aparecen de manera “un tanto negativas”, dice Villalta. En muchas novelas está presente el sexo entre varones, y los lugares reservados a esas prácticas son los conventos y los monasterios. “En las novelas libertinas, no son lugares de virtud, sino escuelas de vicio, de pecado. Y es en ellos donde las relaciones homosexuales tienen mucho espacio”, pondera el investigador.

En Saturnino, porteiro dos cartuxos – versión brasileña de Mémoires de Saturnin, [El Portero de los Cartujos o memorias de Saturnino] publicada en 1842, una novela supuestamente escrita por Jean-Charles Gervaise de Latouche cuya primera edición en Francia salió a finales de 1740 o comienzos de 1741– el protagonista, en una de sus peripecias eróticas en una piscina del convento, identifica a una muchacha por la cual se siente atraído sexualmente. Le es concedida la muchacha luego de aceptar mantener una relación homosexual pasiva con el padre Casimiro.

Editores
Según comenta Márcia Abreu, docente del Instituto de Estudios del Lenguaje de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), El Portero de los Cartujos ejecuta un ataque frontal al comportamiento de los eclesiásticos, con escenas, instrucciones y descripciones de índole sexual. El libro “movilizó por un lado a los libreros, editores y lectores, capaces de llevar a cabo las más extravagantes peripecias para acceder a la obra y, por otro, a los censores, inquisidores y agentes policiales, determinados a impedir la circulación de la misma”.

Según la misma investigadora, quien también estudia novelas libertinas, mucha gente fue perseguida y detenida en París tan pronto como el libro empezó a circular. El escritor y periodista Pascal Pia (1903-1979), con base en los registros que quedaron en la Bastilla, reconstituyó los primeros esfuerzos de la policía para identificar y detener al autor, a los ilustradores, a los editores, a los vendedores e incluso a los lectores de la obra.

La documentación que Villalta reunió da asidero a la hipótesis de que el retrato literario de prácticas homosexuales dentro de la Iglesia Católica no era un fruto exclusivo de la imaginación. El autor encontró en un monasterio de Portugal una denuncia datada de finales del siglo XVIII, en que un joven fraile relata que otros dos compañeros lo habrían acosado sexualmente. “Él los denunció, pero nadie hizo nada. Por eso el frailecito empezó a sufrir intentos de asesinato; y eso no es ficción”, asegura Villalta. “Fueron unos tres intentos.”

Otros documentos de la época, dice el investigador, apuntan la estrecha relación entre los clérigos y las prácticas homoeróticas, caratuladas en ese entonces como “vicios de clérigos”. Hay un detalle significativo, según subraya el autor: constan registros de que los dos frailes, antes o después de sus relaciones homoeróticas, en una ocasión al menos, leyeron un poema de Bocage llamado Epístola a Marilia. El texto se refiere a la religión y a la imagen del inferno como elementos de opresión política y moral.

Los documentos impresos y manuscritos, utilizados en los órganos de la censura, constituyen los grandes aliados del investigador. Éste comenta que, afortunadamente, los censores leían las novelas publicadas en la época, las discutían y emitían dictámenes sobre las que podrían o no podrían publicarse. “Estos análisis se convertían en edictos de prohibición de libros libertinos. Algunos quedaban prohibidos secretamente, pues la propia censura reconocía que los edictos podrían estimular a los lectores a buscarlos”, cuenta Villalta.

Por eso los intentos por combatir los ideales libertinos a menudo tenían el efecto contrario. Perseguido en la época del marqués de Pombal (1699-1782) por oponerse a la subordinación de la Iglesia a los intereses de la corona, el padre Teodoro de Almeida, en los 10 tomos de su Recreación filosófica, obra publicada entre 1751 y 1800, se refiere a los posibles efectos de la publicación de críticas a los libros libertinos. “Podría ser un tiro por la culata”, resume Villalta. “Cuando uno critica, difunde. A la medida que se van publicando en portugués las obras en que se discuten las ideas libertinas, publicadas en libros editados en el exterior y en otros idiomas, éstas se vuelven accesibles para un público que no conoce idiomas extranjeros.”

A decir verdad, la Iglesia  en este caso terminó ayudando en dicha tarea. Debido a la riqueza de documentos disponibles y a los tomos y ejemplares guardados en los archivos de la propia Inquisición, ahora por fin se puede recontar la historia de los libertinos.

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