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PALEONTOLOGÍA

La tenia y el tiburón

Heces fosilizadas de un pez de 270 millones de años halladas en Rio Grande do Sul portan huevos de helminto

056-057_Tenia_205-2Vestigios fósiles de un tiburón de agua dulce que vivió hace 270 millones de años en la región que actualmente ocupa el municipio gaúcho de São Gabriel, situado 320 kilómetros al oeste de Porto Alegre, podrían ser el registro más antiguo de infestación de un vertebrado por una forma de tenia o lombriz solitaria. Un conjunto de 93 microestructuras con formato ovalado se encontraron en el interior de un coprolito (heces petrificadas) del pez, y se los reconoció como huevos del parásito intestinal. La mayoría de los huevos estaban tomados por pirita, un disulfuro de hierro apodado oro de los tontos, y parecían haber sido preservados antes de que el gusano haya tenido oportunidad de romperlos. Uno de ellos se destacó entre el resto. “Ese huevo probablemente contiene una larva del parásito en desarrollo”, afirma la paleontóloga Paula C Dentzien-Dias, de la Universidad Federal de Rio Grande (Furg), la principal responsable del descubrimiento. El análisis del contenido del raro coprolito, descubierto en rocas del período Pérmico en la formación geológica Rio do Rasto, se publicó el 30 de enero en la revista científica PLoS One.

Los helmintos se hallaban escondidos dentro de un excremento con formato espiralado, una marca registrada de las deyecciones de los tiburones, que medía 5 centímetros de largo por 2 de diámetro. El coprolito fue “rebanado” longitudinalmente para obtener una lámina delgada, apropiada para su observación en microscopio óptico. El objetivo era buscar, en el interior de las heces, fragmentos orgánicos que revelaran la dieta de los animales. Varias láminas de ese coprolito, y de otros 13 recogidos en la región, revelaron la presencia de escamas y dientes de otros peces. Uno de ellos, sin embargo, albergaba una gran sorpresa: la presencia de casi un centenar de diminutas estructuras ovales en su interior.

Inicialmente, los investigadores esbozaron la hipótesis de que podría tratarse de alguna estructura de origen inorgánico, generada durante el proceso de fosilización. Pero una observación más minuciosa de la lámina los condujo a otra conclusión. Se trataba de una serie de huevos de tenia, casi siempre con las mismas dimensiones: entre 145 y 155 micrones de longitud y de 88 a 100 micrones de ancho. La presencia de pirita en el coprolito es un indicador de que el material estuvo expuesto a condiciones con escasez o nulidad de oxígeno, favorables para la preservación de los fósiles. Se sabe que ese mineral se forma solamente en ausencia de ese gas.

Al haberse identificado en heces fosilizadas de un pez de agua dulce, esa antigua forma de lombriz solitaria sugiere que los primeros hábitats del helminto fueron los lagos y ríos. Sus primeros huéspedes habrían sido animales acuáticos, tales como los paleotiburones de São Gabriel. “Los nuevos huevos fósiles de tenia revelan que esos parásitos existían hace al menos 270 millones de años, pero habrían surgido mucho antes. El problema radica en hallar vestigios de tales gusanos”, dice  Dentzien-Dias.

056-057_Tenia_205-1Hoy en día se pueden encontrar  diferentes especies de tenia en muchos animales, tales como porcinos, bovinos y peces. Si el verme los infecta, los alimentos mal lavados y las carnes poco cocidas pueden transmitir al hombre dos enfermedades, la teniasis y la cisticercosis, siendo esta última, fatal en los casos más graves. Aunque no haya sido posible determinar la especie de tenia que parece haber infectado al ancestral tiburón, los vestigios del parásito guardan alguna similitud con los huevos producidos por helmintos del orden Tetraphyllidea. Unas 540 especies de parásitos de ese orden pueden hallarse actualmente en el intestino de los tiburones.

Dotada con rocas sedimentarias del Pérmico Medio y Superior (de 270 a 250 millones de años atrás), la región de São Gabriel es rica en fósiles de vertebrados, invertebrados y plantas. En ese suelo compuesto por arenisca, limolita y argilita, condiciones especiales durante el transcurso de millones de años permitieron la preservación de las heces fosilizadas, un tipo de vestigio orgánico del pasado que tiende a desaparecer por la acción del ambiente. Para localizar tal hallazgo, fueron esenciales una cierta dosis de suerte y ojos entrenados para distinguir una simple roca de un excremento petrificado.

Coprolandia
Durante una expedición de campo en 2010, Dentzien-Dias y otros paleontólogos gaúchos, descubrieron un área de 100 metros de longitud por 30 de ancho ‒un poco menor que una cancha de fútbol reglamentaria‒ con una concentración de más de 500 coprolitos, la mayoría pertenecientes a tiburones. Algunos se hallaban enterrados en el suelo, otros habían aflorado a la superficie. El tamaño de las deposiciones variaba entre 0,6 y 11 centímetros de longitud. “Había tantos coprolitos que uno se tropezaba con ellos”, afirma, en tono de broma, el paleontólogo Cesar Schultz, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), quien no participó en la expedición, pero que coordina el proyecto de investigación, financiado por el CNPq, y uno de los autores del artículo científico. La pequeña área repleta de heces fosilizadas fue apodada Coprolandia.

La inusual concentración de coprolitos producidos por peces de agua dulce indica que hace unos 270 millones de años allí había una laguna. Pero, ¿cómo es que esa enorme cantidad de deyecciones orgánicas fue a parar, y preservarse, en un rincón de ese extinto cuerpo de agua, incluso creando la ilusión de que podría haber existido un lugar predilecto para que los animales hicieran sus necesidades?  Los investigadores creen que sobrevino un súbito período de intensa sequía en la región durante el Pérmico y buena parte de la antigua laguna se evaporó rápidamente. Para no morir, los animales debieron concentrarse en los sitios donde aún había agua. Tal movimiento provocaría naturalmente una concentración de heces en el reducto en el que los peces se hallaban confinados. “Creemos que la sequía fue temporal y no llegó a causar la muerte de los peces”, comenta Schultz. “No hallamos huesos fosilizados de animales junto a los coprolitos”.

Del medio millar de excrementos petrificados que se recogieron en São Gabriel, 14 ya fueron analizados. El coprolito con huevos de tenia es, por ahora, el que generó los datos más excitantes, pero podría haber otros descubrimientos por hacer en las deyecciones, impresiones orgánicas de un pasado remoto.

Artículo científico
DENTZIEN-DIAS, P.C. et al. Tapeworm eggs In a 270 million-year-old shark coprolite. PLoS One. 30 Ene. 2013.

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