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Thomas Maack

Thomas Maack: Memorias de un año que no terminó

Entrevista_03_2JG0459LÉO RAMOSEl primer empleo del fisiólogo Thomas Maack fue como cadete en una tienda que vendía productos odontológicos en São Paulo. Después fue militante político, médico, científico y reformador de currículos de facultades de medicina. Se ha venido dedicando a viajar en los últimos años, para hablar en escuelas médicas de otros países sobre los nuevos conceptos educativos que pueden mejorar la formación de los médicos. Pero a los 79 años constata que el tema sobre el cual más diserta en Brasil es 1964, el año signado por el golpe militar. “Cincuenta años después, parece que nadie se olvida de mi antigua militancia”, dice Maack, siempre de buen humor, en un nuevo paso por São Paulo.
Thomas Maack nació en Insterburg, Alemania, en 1935, y llegó siendo aún bebé con sus padres a São Paulo, en 1936, huyendo de Hitler. En sus épocas de estudiante en la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FM-USP), militó durante unos tres años en el Partido Obrero Revolucionario Trotskista. Graduado en 1961, fue uno de los discípulos de Michel Rabinovitch, conocido por impulsar a jóvenes talentos en la investigación científica. Como docente era uno de los críticos de las antiguas cátedras, en manos de las tradicionales familias de médicos paulistas en la FM-USP. No estaba solo: docentes novatos como Luiz Hildebrando Pereira da Silva, Erney Plessmann de Camargo y otros, ya veteranos, como Isaias Raw, Antonio Barros de Ulhôa Cintra, Alberto Carvalho da Silva, Rabinovitch, y las parejas formadas por Maria José y Leônidas Deane y Ruth y Victor Nussenzweig, compartían ese mismo deseo reformista.

Para Maack, la violencia con que el golpe asoló a la FM-USP, con cesantías y detenciones, estuvo provocada no solo por la caza a los izquierdistas. “Fue especialmente incentivada por los viejos catedráticos, que temían perder poder con las reformas que vendrían”, dice. De los que fueron detenidos en 1964, él fue el que pasó más tiempo encarcelado –siete meses– antes de obtener un hábeas corpus e irse a Estados Unidos.

Primero en la Facultad de Medicina de la Universidad del Estado de Nueva York, en la ciudad de Siracusa, y después en la Facultad de Medicina de la Universidad Cornell, Maack desarrolló una larga trayectoria científica. Entre sus descubrimientos cobran relieve la revelación de los mecanismos mediante los cuales el riñón metaboliza proteínas y hormonas que circulan en la sangre y la identificación de la estructura química y las funciones del péptido natriurético atrial. Cuando se cansó del laboratorio, se dedicó a la educación y fue uno de los líderes de la reforma del currículo médico en Cornell, institución que se ubica en el 10% donde se cuentan las mejores facultades de medicina estadounidenses. Vive actualmente con su esposa Isa en Nueva York. Profesor emérito, Maack se vale de su expertise para brindar consultorías sobre cómo montar una moderna carrera de medicina. En octubre estuvo una vez más en la Universidad de Campinas (Unicamp) disertando sobre el tema. Pero antes conversó con Pesquisa FAPESP.

Edad:
79 años
Especialidad:
Fisiología y biofísica
Estudios:
Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (carrera de pregrado), Universidad Federal de São Paulo (doctorado)
Institución:
Facultad de Medicina de la Universidad Cornell
Producción científica:
Más de 100 artículos científicos con alrededor de 7 mil citas

Empecemos hablando del golpe de 1964, del cual se cumplieron 50 años ahora en 2014. Aparte de ser investigador, usted era un activo militante político. ¿En qué organización militaba?
Mi militancia fue muy confusa, pues el origen de mi conciencia política es producto haber estudiado a la noche en el gimnasio [nota del traductor: los primeros años de la secundaria, equivalente a los cuatro últimos años de la actual enseñanza básica en Brasil, de ocho años; sucedía al primario hasta el año 1971]. Durante el día trabajaba como cadete. Fui un estudiante vago en la primaria, pero me sacaba buenas notas porque estudiar era fácil para mí. Mi padre, un alemán, creía que yo debía aprender qué era la vida. Me consiguió un trabajo con un amigo que vendía instrumentos dentales. Estudié en el gimnasio a la noche e hice buenas migas con mis compañeros. Todos trabajaban y algunos, incluso mi mejor amigo, eran muy pobres y vivían en favelas. Los maestros eran fantásticos. La diversidad del medio en el que yo estudiaba tuvo un profundo influjo en la formación de mi conciencia política y social. Sin embargo, mi participación política y mi militancia iban a esperar hasta que entrara a la FM-USP.

¿Por qué emigraron sus padres?
Se refugiaron de Hitler. Mi madre era judía, mi padre no. Tempranamente se dieron cuenta de que debían salir de allá, a comienzos de 1936, cuando yo era un bebé. No podían traerse dinero de Alemania, pero el piano sí. Se trajeron un piano de cola y lo primero que hicieron cuando bajaron en el puerto de Santos fue vender el instrumento para poder sobrevivir. Mi padre tenía un talento increíble para los idiomas. Durante la travesía aprendió portugués en 15 días. Su primer trabajo en Brasil fue de traductor alemán-portugués. Luego trabajó como propagandista en una empresa farmacéutica. Fue subiendo de puesto y terminó como director científico de la compañía. No fue por razones económicas que me mandaron a una escuela pública nocturna y me consiguieron un trabajo durante el día. Fue para darme una lección de vida. Y yo estoy muy agradecido por eso.

¿Y por qué salió de la escuela pública?
Cuando terminé el gimnasio, mis padres decidieron que debería prepararme para la universidad y en la secundaria me pusieron en el colegio Bandeirantes. Eso sí era un sacrificio económico, pues costaba caro. Conté todo eso a causa de la política, pero existe una buena razón. Durante el científico [equivalente a la enseñanza media actual en Brasil] existía la Juventud Comunista, que era muy activa, y era un camino de muchos de mi generación el paso por el Partido Comunista [PC]. Pero tuve un profesor de biología, Clemente Pereira, que era genetista del Instituto Biológico y un mendelista estricto. Y en aquella época el PC propagaba las ideas de Trofim Lysenko, el brazo derecho de Stalin en cuestiones científicas en la Unión Soviética. Lysenko decía que los genes no existían, que eso era una invención de la burguesía… mi profesor participaba en los debates entre mendelistas y lysenkistas en el Centro del Profesorado Paulista. Nos llevaba para presenciarlos y después explicaba el significado de aquello. Fue ese detalle lo que impidió mi entrada en la Juventud Comunista y después en el PC.

Mendel lo apartó de los comunistas…
Totalmente. No podría ser del mismo partido de Lisenko. Mis primeras experiencias de acción política fueron en el movimiento estudiantil [Unión Nacional de Estudiantes (UNE) y Unión Estadual de Estudiantes (UEE)], en campañas nacionalistas como “El petróleo es nuestro”. Después quedé muy insatisfecho con las limitaciones del movimiento nacionalista y fui en busca de una asociación con un movimiento social más amplio. Trabajaba entonces con Nelson Fausto en el laboratorio de Michel Rabinovitch. Nelson era trotskista y terminó reclutándome para el Partido Obrero Revolucionario Trotskista. Él también se radicó en Estados Unidos y tuvo una trayectoria brillante.

¿Cuánto tiempo estuvo en esa organización?
Desde tercero hasta quinto año de la facultad tuve una militancia activa que poco a poco fui dejando hasta mi ruptura con la organización, antes de 1964. Era una pequeña secta, con todos los defectos inherentes al culto a la personalidad del líder y un centralismo democrático, que tenía mucho centralismo y para nada era democrático. No me arrepiento de ese período. Por lo tanto, durante mi tiempo de estudiante en la FM-USP, yo era un militante público muy activo. A otros los cesantearon no por activismo político, sino porque defendían la reforma universitaria.

¿Usted atribuye la violencia por la cual pasó la FM-USP a la eliminación de los reformistas?
No tengo ninguna duda. Todos los cesanteados e imputados eran docentes de distintas tendencias que deseaban hacer reformas en la universidad. Ulhôa Cintra [ex rector de la USP y presidente del primer Consejo Superior de la FAPESP] no tenía nada de izquierdista. El profesor Alberto Carvalho da Silva [fisiólogo, ex director científico y ex director presidente de la FAPESP] tampoco era un activista político. Isaias Raw era un reformista y yo creía, quizá injustamente, que tenía tendencias derechistas. El odio que los catedráticos nutrían contra gente como ellos era terrible. La razón de eso era que ellos tendrían más poder que nosotros, los izquierdistas, para realizar la reforma dentro de la FM-USP y más aún dentro de la USP. Uno de los objetivos de los reformistas consistía en terminar con la cátedra vitalicia familiar. En la FM-USP, más que en cualquier otra facultad, la cátedra era en muchos casos hereditaria. En la FM-USP de São Paulo se apegaban al poder de manera mucho más fuerte que en las otras facultades. Comparen el ejemplo del director de la FM-USP de Ribeirão Preto, Moura Gonçalves, con João Alves Meira, de la misma facultad en São Paulo. Los del Ejército querían hacer una IPM [investigación policial militar] en Ribeirão Preto. Moura Gonçalves dijo que en aquella facultad no entrarían; si quisieran, que la hiciesen afuera, adentro no. En tanto, João Meira le cedió su propio despacho al coronel Ênio Pinheiro para que hiciera la IPM en la unidad paulistana. Éste es el tipo de comparación que debemos hacer. Eso va mucho más allá del golpe militar en sí o del hecho de ser de izquierda o de derecha. Los militares al principio no querían meterse en las peleas internas de la FM-USP y de la USP; pero, al mismo tiempo, se aprovechaban de esas disputas para obtener denuncias y reprimir a la izquierda. En 1964, los militares todavía se jactaban de tener más moralidad que nuestros represores universitarios. El coronel Sebastião Alvim, por ejemplo, responsable de haberme mantenido en la cárcel durante siete meses, me dijo con orgullo que el Ejército nunca haría una crueldad como la que me hicieron cuando la FM-USP expulsó a mi hija de 18 meses de la guardería de la facultad después de que me detuvieron.

Las cátedras se terminaron durante la dictadura y el gobierno militar creó más universidades, además de que el posgrado en Brasil se sistematizó durante aquel período. Pero usted es crítico en cuanto a esos avances.
Mi oposición al hacer este tipo de balance no tiene nada que ver con lo que hicieron o dejaron de hacer los militares. Cuando visité Alemania, me recomendaron una carretera que había hecho Hitler y me dijeron: “Hitler también hizo cosas buenas”. Mi respuesta a eso fue ésta: “Debe haber sido la carretera más cara del mundo, porque costó la vida de decenas de millones de personas”.

¿Ya se había recibido cuando trabajó con Alberto Carvalho da Silva?
Sí. Alberto tenía una honestidad y una fuerza moral increíble. Me detuvieron en junio de 1964, en el Departamento de Fisiología de la facultad, que él encabezaba. Eso fue antes del decreto del gobernador Adhemar de Barros que cesanteó a los primeros siete profesores, a mí inclusive, en octubre. Cuando me llevaron, el coronel Alvim se dirigió directamente al profesor Alberto y le pidió que me despidieran. Eso era fácil porque yo era un mero instructor de enseñanza, no tenía estabilidad y el cargo era el más bajo de todos. Él se negó y le dijo al coronel: “No lo haré, a menos que usted me dé una buena razón profesional”. Por esa y otras acciones, el profesor Alberto pagó más tarde su precio, cuando, con base en el Acto Institucional Número 5 ‒ AI-5, fue expurgado de la USP.

Usted estuvo detenido durante siete meses, cuatro de ellos en el buque cárcel Raul Soares. ¿Tuvo miedo de que lo torturaran o lo mataran?
Cuando estuve preso en el cuartel de Quitaúna, en la ciudad de Osasco, en un interrogatorio en el despacho del coronel Sebastião Alvim, un capitán más nervioso me apuntó con el revólver y me dijo: “O hablas o te mato”. Le contesté: “Entonces dispara”. No fue un acto heroico. Estaba completamente seguro de que él no ensuciaría la fina alfombra de la oficina del coronel con mi sangre. Ese episodio fue al principio de mi detención, antes del barco. Mi mayor miedo era ir al Dops [el Departamento de Orden Político y Social], donde se practicaban las torturas físicas más brutales. El coronel decía a cada rato: “El Ejército no tortura”. Pero a partir de 1968, en el Ejército se perpetraron las peores torturas. Cuando me enviaron al barco fue de algún modo un alivio para mí. La alternativa era el Dops. En el barco la mayoría de los detenidos eran estibadores y sindicalistas de la ciudad de Santos. Uno de los grandes orgullos de mi vida es mi relación con los trabajadores del puerto, que mantengo hasta hoy. Siempre digo que la izquierda sólo se une en la prisión. Ellos se ayudaban unos a otros, se organizaban para mantener el ánimo, se arriesgaban por el bien común. Estuve en una celda aislada que tenía hasta un baño; un lujo. Los obreros iban a parar a un sótano inmundo y mi única ida allí era cuando alguno se enfermaba. No había un oficial médico para atender a los prisioneros que se enfermaban. Esa función me tocó a mí, pues era el único médico. Cuando las cosas se complicaban, yo le decía al capitán que no me responsabilizaría: entonces mandaba al enfermo a la Santa Casa de Misericordia de Santos, pues si no podría morir.

Hablemos un poco sobre su vida científica. ¿Sus primeros trabajos fueron en la FM-USP?
Mi trayectoria como investigador empezó con Rabinovitch en la FM-USP. En ese grupo había unos 10 estudiantes de medicina que estaban interesados en hacer carrera en la universidad. Publiqué dos artículos como estudiante.

¿Sobre qué?
En uno de los trabajos describimos de qué modo captaban las células del riñón una proteína circulante, la lisozima, y también cómo aumentaban los niveles de una enzima, la ribonucleasa alcalina. Ése salió publicado en Nature. El otro describía el aumento de esa enzima luego de la administración de colorantes teratogénicos. Con esos estudios aprendimos a investigar. Posteriormente, ya como instructor de enseñanza, como a mí siempre me interesó la fisiología, hice el estudio de la reabsorción de proteínas de bajo peso celular en el riñón. Ese trabajo estaba prácticamente terminado a comienzos de 1964 y fue el primero que hice como investigador independiente, financiado por la en ese entonces recién creada FAPESP. El artículo referente a ese estudio salió mucho después en el Journal of Cell Biology, cuando yo estaba en Estados Unidos. La razón de ese atraso fue el golpe militar. Todos los apuntes que redacté se perdieron porque los militares se habían llevado mis cuadernos de laboratorio, en busca de algún código secreto de la resistencia contra la dictadura. Le conté esa historia a William Kinter, mi jefe en el Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de Siracusa, y él me dijo: “¿Te la vas a pasar lamentándote o vas repetir todo para terminar el trabajo?”. Y me dio seis meses para eso, con dinero de su investigación. Kinter era generoso: me dejó trabajar en un tema que no era el suyo. Rehíce todo y entonces lo publiqué.

¿Y ese artículo sobre qué era?
Mostraba cómo se operaba con una proteína circulante, en ese caso la lisozima, en el animal intacto, y qué sucedía en el riñón. Fue el primer artículo que mostró eso. Nadie creía que las proteínas, filtradas en el glomérulo renal, se reabsorbiesen hidrolizadas en lisosomas, y que los aminoácidos resultantes volviesen a la circulación.

¿Su familia lo acompañó en el exilio?
Mi esposa Isa y mi hija Marisa fueron conmigo. Mi segunda hija, Márcia, nació allá, en octubre de 1965. Isa aprovechó e hizo su posgrado en historia en la Universidad de Siracusa. Obtuvo una beca y alojamiento.

¿Por qué usted no hizo su posgrado allá?
Porque no me pareció necesario. Mis trabajos estaban tan adelantados que yo no necesitaría el título de doctor. El propio Kinter creía que no era necesario. Mi único título hasta 1980 fue el de graduado en medicina. En 1979, cuando pasé un año en São Paulo, mis colegas de la Escuela Paulista de Medicina de la Universidad Federal de São Paulo, la Unifesp, me convencieron a que escribiera una tesis y me dieron un título de doctor.

¿Cuánto tiempo se quedó en Siracusa?
Cuatro años. Dos años como en el posdoctorado y dos años como profesor asistente. Poco después que llegué, Kinter se enfermó gravemente, con problemas cardíacos. Cuando empeoró me pidió que lo reemplazase en algunas actividades. Era editor asociado del American Journal of Physiology en el área renal. Entonces pasé a leer los artículos enviados para publicación, a seleccionar y distribuir los textos entre expertos que entendiesen del tema para que hicieran la revisión. Así fue como mantuve un contacto intensivo con la comunidad de fisiología renal de todo el mundo. Cuando ya estaba muy mal, Kinter fue a trabajar en dedicación exclusiva a un laboratorio de biología marina en el Maine. Antes se enteró de que habría una vacante en la Facultad de Medicina de Cornell, en Nueva York, y me sugirió que me presentase. En 1969 me contrataron en Cornell. Hasta 1980 trabajé en la misma temática: cómo opera el riñón con las proteínas circulantes. Después pasé a enfocarme más en las hormonas: cómo opera el riñón con la insulina, la hormona paratiroidea, la hormona del crecimiento y pequeñas inmunoproteínas. Seguí publicando, con un buen impacto. Una parte de esos trabajos se realizó con fellows brasileños que trabajaron en mi laboratorio. Con uno de ellos, Daniel Sigulem, hice que un riñón funcionase fuera del cuerpo de una rata. La ventaja de esa técnica consiste en que se puede hacer la experiencia de modo perfectamente controlado. El trabajo fue un éxito y me ayudó mucho en mis investigaciones futuras y en ascensos académicos. En Estados Unidos, si un investigador no es promovido al cabo de cinco o seis años, muchas veces debe salir y buscarse un puesto en otra universidad. Es decir, permanece en la universidad si su trabajo se vuelve importante y adquiere visibilidad. Eso lleva a que la movilidad sea muy grande, al contrario que en Brasil. En Cornell, después de dos años, me ascendieron a associate profesor.

Usted logró los ascensos en un tiempo menor.
Mucho menor. Me convertí en profesor titular, o full profesor, a los 40 años. Esa preparación del riñón aislado también me abrió el camino hacia la etapa siguiente, que consistió en estudiar péptidos natriuréticos. Se me había agotado mi imaginación sobre qué hacer con la operación renal de proteínas y hormonas. En ese tiempo se descubrió que cuando se distiende el atrio, que es la cámara superior del corazón, aumenta la excreción de sodio en el riñón. El investigador Adolfo de Bold, un argentino radicado en Canadá, hizo un extracto del atrio y se lo inyectó a un animal intacto. Había dudas acerca de si la excreción del sodio era un efecto directo o indirecto. Con el riñón aislado esa duda se acabó: demostré que el extracto de atrio contenía una sustancia que aumentaba directamente la excreción de sodio del riñón. Y también, debido a la preparación del riñón aislado, se hizo fácil aislar la sustancia que provocaba ese efecto.

Y alteró el rumbo de sus investigaciones.
Exactamente. Leí el resumo del trabajo de De Bold, publicado en 1980, y pensé: “¡Es eso!”. Veré si el efecto es directo o indirecto. Trabajé con una fellow brasileña, Maria José Camargo, de la Unifesp. Usamos el riñón aislado para purificar la sustancia del extracto. Tuve que contar con la colaboración de una compañía de biotecnología para determinar cuál era la estructura química de la sustancia. Así fuimos el primer grupo que contó con un péptido sintético y descubrimos diversas funciones de esa nueva hormona, incluso sus efectos sobre el filtrado glomerular, la presión arterial, el volumen plasmático y el sistema renina-angiotensina-aldosterona. Descubrimos un nuevo receptor de péptidos natriuréticos cuya función principal consiste en remover los péptidos de la circulación y, de esa manera, regular sus niveles plasmáticos. Los trabajos de mi laboratorio sobre péptidos natriuréticos y sus receptores recibieron más de 5 mil citas en la literatura científica. En 1984 había tan sólo cinco artículos publicados sobre péptidos natriuréticos, incluso uno de los nuestros, y tres laboratorios trabajando en el tema. En la actualidad, en mi database hay más de 25 mil artículos publicados sobre eso.

¿Cuáles son las implicaciones clínicas?
El descubrimiento de que la presión arterial es regulada por una combinación de hormonas. Algunas aumentan la presión: la renina, las catecolaminas, la activación del sistema simpático. Los péptidos natriuréticos hacen lo contrario. La implicación clínica inmediata de ello es que, para mantener una presión arterial normal y otras funciones cardiovasculares y renales, es necesario que exista un equilibrio entre esas hormonas. Cualquier desequilibrio hará aumentar o disminuir la presión arterial y otras funciones cardiorrenales. En el arsenal terapéutico contamos con diversos medicamentos que disminuyen la actividad del sistema renina-angiotensina-aldosterona, por ejemplo. Desafortunadamente, aún no existe una terapia efectiva basada en los efectos de los péptidos natriuréticos. Y es muy difícil usarlos, pues debe inyectárselos. Si se los toma por vía oral, son destruidos en el estómago y en el intestino.

¿Hasta cuándo trabajó como investigador?
Largué el laboratorio en 2010. Decidí que quería tener más libertad y entonces resolví parar, por mi cuenta. Salí de Cornell como profesor emérito. Todavía tengo un despacho allá y hago algunas cosas. Enseñó en escuelas médicas de Tanzania y Catar, por ejemplo. En los últimos 10 años me he dedicado efectivamente a la educación médica. Vi que el aprendizaje pasivo no es bueno. Dar clases es un método sumamente ineficiente de aprendizaje. Primero porque el alumno estudia la clase del día y meses después hace un examen. El conocimiento inicialmente se recuerda, pero desaparece rápidamente. En segundo lugar, porque el conocimiento en ciencias biomédicas es tan grande y avanza tan rápido que nadie sabe qué enseñar. Todos los días un concepto antiguo es superado por uno nuevo. Me propuse ayudar a reformar la enseñanza de ciencias básicas en Cornell. El centro de la reforma es el autoaprendizaje, basado fundamentalmente en casos clínicos. En el estudio de la fisiología del corazón, por ejemplo, el estudiante empieza con un caso real de infarto y procura saber por qué ocurrió aquello en lugar de ir a un libro de texto en el cual un autor explica cómo funciona el corazón. Otro concepto que intentamos introducir es el de las llamadas áreas verdes, esto es, darle tiempo al estudiante para el autoestudio, para profundizar en temas de su elección. Se trata de una parte de la planificación escolar en la cual no se le exigen actividades formales al alumno. Eso es un problema mayor en Brasil, por supuesto, donde los alumnos de medicina tienen clases y actividades entre las 8 de la mañana y las 6 de la tarde.

¿Y funciona dejándolo suelto al alumno?
Desarrollamos el proyecto en 1997 en Cornell, y funcionó. El concepto de área verde significa tener confianza en que el estudiante aprovechará su tiempo libre en primer lugar para asegurarse de que ha adquirido el conocimiento de la parte formal de la carrera. Sin ello, de nada sirve. En segundo lugar, para empezar a explorar lo que le interesa. Por ejemplo: acá el alumno podría hacer su iniciación científica. En Brasil, los estudiantes de medicina son mucho más jóvenes que en Estados Unidos. Por lo tanto necesitan tener tiempo, incluso para noviar, para jugar al fútbol. El área verde en Brasil es criticada porque dicen que los estudiantes harán sólo eso. Mi respuesta es la siguiente: pruébenlos a los alumnos. El sistema de pruebas de aprendizaje es absurdo acá. Se pone en práctica una vez por semestre o dos a lo sumo. El alumno estudia solamente una semana antes del examen. Yo hice eso, sé como es. Es un sistema en el cual el conocimiento desaparece rápidamente.

¿Cómo funciona en Estados Unidos?
En primer lugar, los estudiantes cursan el college, una carrera universitaria preprofesional de cuatro años de ciencias generales, que aporta la base de varias profesiones. Después cursan efectivamente la carrera profesional que desean, como por ejemplo, medicina. En Brasil, por mejor que sea, la enseñanza media no prepara bien al estudiante. Los profesores de ciencias básicas aquí tienen que dedicarle mucho tiempo a explicar nociones elementales, que en Estados Unidos se enseñan en el college. Allá la carrera de medicina dura cuatro años. Los primeros dos años se centran en las ciencias básicas, pero ya con una dirección clínica. Los estudiantes ven a los pacientes, van a los consultorios, observan a los médicos atendiendo. Empezamos con el aprendizaje basado en problemas, en el cual grupos de 10 estudiantes se reúnen con tutores durante una hora y media, tres veces por semana. Los estudiantes analizan un caso clínico y ven aquello que aún no saben de ciencia básica. Entonces estudian, vuelven, les presentan cuestiones unos a otros y el viernes, el último día de la semana, arriban a una conclusión. Tenemos clases de conceptos generales: laboratorios de anatomía, disección, etc. A la una de la tarde, toda la actividad formal termina, menos los jueves a la tarde, cuando los alumnos van obligatoriamente a los consultorios médicos o a los centros de salud. ¿Y qué hacen en las áreas verdes? Depende del nivel de cada uno. Aquél que aprende fácil buscará cursos que desea hacer. Nuestra única exigencia es que al cabo de dos semanas hagan una prueba sobre el conocimiento que han adquirido en la parte formal del cursado. No se puede vaguear. En Brasil algunas escuelas médicas están empezando a hacer su reforma curricular apuntando en ese sentido.

¿Cómo ve la formación de los médicos en Brasil?
La mayoría proviene de escuelas desastrosas, que no serían reconocidas en el mundo desarrollado. Hay más facultades de Medicina acá –cerca de 300– que en Estados Unidos, que son 120. Las de acá, con las excepciones conocidas, carecen completamente de equipos, no tienen hospitales escuela. Una escuela médica de calidad no da ganancias y muchas en Brasil tienen fines de lucro. En Estados Unidos, no conozco ninguna. La formación del médico en Brasil también ganaría mucho si hubiese una carrera universitaria preprofesional de dos años antes de la escuela médica. Así los alumnos contarían con una base mejor en ciencias y podrían poner a prueba su motivación para la medicina, cosa que no es posible actualmente.

¿Cómo es su vida en Nueva York durante estos 50 años en Estados Unidos?
Es una buena vida. Vamos mucho a conciertos y al teatro. Leo bastante y me gusta estar con mi esposa, con mis hijas y mis nietos. Mi esposa también tuvo una trayectoria universitaria sumamente satisfactoria como profesora titular de Historia en el Essex Community College, en Newark, New Jersey. Mi hija Marisa es jefa de gabinete de una concejala de Nueva York. La más chica, Márcia, es abogada en Washington, directora del programa de atención gratuita en un estudio jurídico. Mis nietos son hijos de Marisa, la misma a quien expulsaron de la guardería cuando me metieron preso.

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