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Arte

Tomie Ohtake

La que artista ayudó a definir el carácter de la producción brasileña en las artes plásticas de la segunda mitad del siglo XX

Estructura tubular blanca expuesta en el Instituto Tomie Ohtake: la línea como elemento capaz de potencializar el espacio

LÉO RAMOSEstructura tubular blanca expuesta en el Instituto Tomie Ohtake: la línea como elemento capaz de potencializar el espacioLÉO RAMOS

Con la muerte de Tomie Ohtake el pasado 12 de febrero, parece cerrarse definitivamente un largo y fértil capítulo. La artista, que llegó a los 101 años produciendo y reinventándose, protagonizó algunos de los momentos más significativos de la escena nacional, ayudando a definir el carácter de la producción brasileña de la segunda mitad del siglo XX. Como sintetizó muy bien Paulo Herkenhoff, “Tomie es un punto privilegiado, a partir del cual podemos ver el arte brasileño”. En otras palabras, ¿cómo discutir la fuerza de la abstracción en el caso brasileño y reflexionar sobre el embate entre la creación lírica y gestual y el rigor constructivo, sin invocar su obra? ¿Sería posible estudiar la importancia de los flujos migratorios y el rol de la mujer en el arte brasileño sin considerar su trayectoria? ¿Tendría sentido reflexionar sobre el creciente encastillamiento alrededor de un mercado en expansión, pero aún parco, y la necesidad de implementar políticas públicas de democratización del acceso al arte sin considerar su anhelo de producir obras públicas?

Nacida en noviembre de 1913 en Kioto, en Japón, Tomie Nakakubo (tal su nombre de soltera) decía que le gustaba dibujar desde niña. “Quería salir de Japón para pintar”, dijo en la película Tomie, lanzada por Tizuka Yamasaki a finales del año pasado. Sin embargo, en aquella época el destino de toda joven era el casamiento. Su arribo a Brasil para visitar a un hermano, en 1936, fue impactante. “Todo era amarillo, hasta el gusto”, recordaba al describir el paisaje que encontró al salir del buque. No en vano ese color, tan temido por los pintores, es frecuente en sus lienzos. La guerra y posteriormente el casamiento con el ingeniero Alberto Ohtake transformaron lo que debería haber sido una rápida estadía en una residencia definitiva, formalizada en 1968, cuando la entonces ya consagrada artista adoptó la ciudadanía brasileña.

Tomie Ohtake sobre su obra instalada (y luego desaparecida) en la laguna Rodrigo de Freitas, en Río de Janeiro, en 1985

Instituto Tomie OhtakeTomie Ohtake sobre su obra instalada (y luego desaparecida) en la laguna Rodrigo de Freitas, en Río de Janeiro, en 1985Instituto Tomie Ohtake

Sólo en 1952 su antiguo deseo de pintar se convirtió en realidad. Al principio, su producción era figurativa, sobre todo de paisajes. Tomie tuvo un solo profesor, Keisuke Sugano. Pero toda su vida se mantuvo atenta al trabajo de sus colegas, tanto jóvenes como maestros. Entre ellos despunta el norteamericano Mark Rothko (1903- 1970), quien le mostró el camino de la potencia del color. Autónoma por vocación, Ohtake participó apenas en un colectivo de artistas, entre los diversos que agitaban la escena brasileña en la década de 1950: el grupo Seibi, que congregaba a otros destacados pintores de la colectividad japonesa tales como Manabu Mabe y Flavio-Shiró. Pese al fuerte sesgo abstraccionista del grupo, Ohtake comentaba que, a decir verdad, descubrió el camino de las formas no representativas al intentar “reproducir” detalles de su cocina, transformada en taller. Su transición hacia el abstraccionismo se concreta durante la segunda mitad de la década de 1960, el período áureo del constructivismo en Brasil. Pero Tomie nunca siguió el camino del rigor concretista ni se encontró en la gestualidad fácil del tachismo.

En busca de establecer los lazos ‒sutiles pero intensos‒ entre la pintora y movimientos tales como el neoconcretismo, en uno de los últimos textos publicados sobre su obra, con ocasión de la muestra Tomie Ohtake – Gesto e razão geométrica, que cerró las celebraciones de su centenario, en 2013, Herkenhoff advierte acerca de una cuestión central en la forma de pensar el arte de Ohtake en el contexto brasileño: la necesidad de luchar “contra el reduccionismo de confinarla como una ‘artista nipo-brasileña’”.

Uno de los últimos trabajos sobre lienzo de la artista

Instituto Tomie OhtakeUno de los últimos trabajos sobre lienzo de la artistaInstituto Tomie Ohtake

Resulta incuestionable la afirmación –reiteradamente repetida por quienes estudiaron su obra– de que su riqueza reside exactamente en una capacidad impresionante de conciliar fuerzas opuestas tan sólo en apariencia, y promover una rica síntesis entre Oriente y Occidente, un encuentro improbable y denso entre geometría e informalismo (en las palabras de Miguel Chaia), o un acercamiento entre intuición y empirismo (como dice Frederico Morais). Pero se tornan cada vez más pertinentes los esfuerzos históricos y críticos para pensar su trabajo a partir de las relaciones con el contexto mayor en el cual  fue elaborado.

El intento de reducirla a un núcleo específico, aislándola de la efervescencia mestiza que signa al modernismo brasileño, equivaldría en última instancia a considerar Tomie Ohtake exclusivamente como una pintora de formas geométricas sencillas, cuando, a decir verdad, ni siquiera es únicamente una pintora ni puede considerarse que su arte –pictórico o no– es tan sólo un fruto del racionalismo constructivo. Ohtake fue japonesa y brasileña, de la misma manera que fue constructiva y lírica, formal e intuitiva.

El monumento a la inmigración japonesa en la avenida 23 de Maio, en São Paulo

LÉO RAMOSEl monumento a la inmigración japonesa en la avenida 23 de Maio, en São PauloLÉO RAMOS

Tomie Ohtake consiguió no atenerse a la superficie plana, escapando del lienzo o del papel hacia el espacio urbano, el espacio público. La investigación de la línea como elemento capaz de potenciar el espacio se hace evidente en una serie de esculturas de hierro tubular blanco que la artista realizó en los años 1990, por ejemplo, exhibidas en la 23a Bienal de São Paulo. Y se hace sentir en trabajos tales como el monumento en celebración del centenario de la inmigración japonesa, una estructura gigantesca de acero rojo, de 15 metros de altura y 100 toneladas de peso, que se insinúa ante el paisaje marítimo de Santos con la levedad de un dibujo. Veinte años antes, Ohtake ya había participado en la creación de un monumento conmemoratorio del comienzo de la inmigración japonesa a Brasil, que en aquella ocasión festejaba sus 80 años. Optó por figurar la relación entre sus dos patrias mediante cuatro formas idénticas en concreto que remiten al movimiento del mar, lo que les valió el mote de “olas” de la avenida 23 de Maio, en São Paulo. Hay también una especie de encuentro entre la seducción del color y un tributo a la concisa arquitectura moderna en ese monumento, cuyas partes internas son de hormigón y sus caras interiores coloridas, en una afinada composición cromática.

Impacto
En diálogo con la arquitectura de Oscar Niemeyer, Tomie Ohtake realizó aquella que ella apuntó como su obra pública preferida. Se trata de la escultura concebida en 2004 para el hall interno del Auditorio Ibirapuera, compuesta por una sucesión de formas sinuosas en intenso tono rojo, que entran en rico contraste con el rigor de la arquitectura modernista.

La escultura del hall interno del Auditorio Ibirapuera, una de las obras preferidas de la artista, en diálogo con la arquitectura de Oscar Niemeyer

LÉO RAMOSLa escultura del hall interno del Auditorio Ibirapuera, una de las obras preferidas de la artista, en diálogo con la arquitectura de Oscar NiemeyerLÉO RAMOS

Otra pieza de gran impacto fue la estrella instalada en 1985 en la laguna Rodrigo de Freitas, que generó polémica en la ciudad de Río de Janeiro. La obra tuvo un final misterioso: retirada para reparaciones luego de sufrir daños durante una tormenta, la pieza (de 20 metros de diámetro y 17 toneladas de metal) sencillamente desapareció. Un comentario de Miguel Chaia condensa tanto la plasticidad como el destino de esa obra: “En sus manos, los planos describen curvas caprichosas y gráciles, como si estuviesen construidos de materia blanda, como si estuviesen bajo la acción de una intenso ventarrón”.

Audaz en sus intervenciones urbanas, muchas veces criticada por contar con el apoyo institucional que le falta a la gran mayoría, Tomie Ohtake solía pasar elegantemente por arriba de las polémicas. Hablaba poco, repetía las mismas parcas frases,  ora tenidas como enigmáticas, ora como enseñanzas que daban a entender que apuntaba salidas, pero no revelaban todo. Cuando le pedían una declaración, decía: “Prefiero pintar”. Gustaba de dejarles los análisis y las interpretaciones sobre su trabajo a los muchos críticos amigos, a quienes recibía placenteramente, al lado de sus hijos Ruy (el arquitecto que proyectó su casa y su instituto) y Ricardo (encargado de la coordinación de la institución actualmente responsable de la gestión de su obra y su memoria). Imposible no ver en sus comentarios su cara zen, cósmica, fácilmente identificable en sus obras. Prefería el silencio, el ejercicio cotidiano de crear mediante formas y colores, el embate entre control y el azar, una acción mental en la medida justa, con una precisión siempre afinada a la que podríamos caracterizar como una rara vocación.

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