Imprimir Republicar

ARTE

Equilibrio y severidad

Experta en Shakespeare, Barbara Heliodora era reconocida por su controversial severidad en el oficio de la crítica teatral y por su dedicación a la enseñanza

Gustavo Miranda Agência/ O Globo Al comienzo de la década de 1990, un conocido director teatral se preparaba para el estreno en la ciudad de Campinas de su versión de Macbeth cuando notó la presencia de una señora sentada en el lobby desde temprano. Al saber que aguardaba el comienzo del espectáculo, le ofreció un sitio más cómodo. Ella lo rechazó y se quedó allí, Ni sus grandes anteojos ni el cabello cano le sirvieron al director para identificarla como una de las más respetadas críticas de teatro de Brasil. Días después, descubrió de quién se trataba al leer las duras opiniones sobre el espectáculo, y también a los otros que él realizaría. A partir de aquel momento, Ulysses Cruz comenzó con su rivalidad antológica con Barbara Heliodora, a punto tal de prohibirle el ingreso en futuros montajes.

Ese episodio no es la única polémica en la carrera de la estudiosa carioca experta en William Shakespeare, a quien tributaba tal empeño que era capaz de tomarse un ómnibus desde Río de Janeiro hacia el interior de São Paulo para evaluar la calidad de una adaptación. Barbara Heliodora, o Heliodora Carneiro de Mendonça, falleció el pasado 10 de abril a los 91 años, más de dos décadas después de que otro adversario así lo deseara. Gerald Thomas se arrepentiría y le pediría perdón a la crítica. Otros personajes del ambiente teatral, no obstante, nunca se echarían atrás y jamás aceptaron la severidad y lo que consideraban un exceso de ella en su actividad, que se extendió durante 25 años en diversas etapas de la vida y por distintos medios de prensa.

Tal aversión se veía recompensada por aquéllos que la admiraban en igual o mayor número y tal vez, con el mismo fervor exagerado. Todo ello como consecuencia del oficio que ejercía con la autoridad de quien conocía profundamente la obra del dramaturgo inglés y el teatro de Chéjov e Ibsen, entre tantos otros. Heliodora comenzó a ejercer la crítica en el periódico Tribuna da Imprensa, durante un breve período, y en el periódico Jornal do Brasil a finales de los años 1950. Para entonces, ya había pasado una década de su bachillerato en artes en el Connecticut College, en Estados Unidos, un certificado posteriormente revalidado en la facultad de Letras de la futura Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro, la UniRio. Allí, con la experiencia de haber dirigido el Servicio Nacional de Teatro e impartir cátedras en el Conservatorio Dramático Nacional, ingresó en la Escuela de Teatro en 1971. La convivencia académica culminaría con su jubilación, en 1985, cuando ya ostentaba los títulos de profesora emérita y miembro decana de la institución. Su devoción por la enseñanza nunca cesó. Las clases impartidas en su residencia de Cosme Velho, barrio de Río, abiertas a todos y frecuentadas por actores tales como Pedro Paulo Rangel y Marco Nanini, se hicieron famosas.

Tonico Pereira y Vera Holtz en Timón de Atenas</em< (2014), una obra de Shakespeare traducida por Barbara

Dalton ValérioTonico Pereira y Vera Holtz en Timón de Atenas (2014), una obra de Shakespeare traducida por BarbaraDalton Valério

La acumulación de funciones para completar sus ingresos o por amor al teatro, serían una marca distintiva de la autora de ensayos, libros y traducciones, siempre con Shakespeare como guía. Y siempre se la recuerda en su vertiente de traductora cuando algún nuevo montaje del dramaturgo emplea las versiones suyas en el escenario, tal como ocurrió con Timon de Atenas durante el año pasado, una adaptación actualizada con Vera Holtz en el rol del protagonista masculino, un mecenas millonario.

Menos público, su trabajo en la universidad se mantuvo en un plano de mayor discreción. Mientras seguía, para desesperación de muchos, con sus críticas en la revista Visão y también en O Globo, donde se mantuvo entre 1990 y 2014, Barbara Heliodora formó en la UniRio a toda una generación de actores, directores y técnicos. Enseñó Historia del Teatro, incluso a una de sus tres hijas, la actriz Patrícia Bueno. “Era así de severa en todo, no complacía a nadie, y mucho menos a mí”, recuerda ella. “Pero todos la adoraban”.

Notorio saber
Otra alumna se convirtió en una figura cercana y admiradora. Claudia Braga sostiene que fue la única dirigida de Barbara Heliodora cuando realizó su maestría en la UniRio con una tesina sobre el teatro brasileño durante la Primera República. “La gente tenía miedo y no la elegía”, comenta. “Al principio ella se excusó, alegaba que no conocía el tema, y le gané por cansancio; ella sabía todo, pero era humilde y cuando dudaba me pedía que consultase con Décio de Almeida Prado”. Actualmente profesora de la Universidad Federal de São João del Rey, en Minas Gerais, Braga recuerda que la supervisora sencillamente cambió el enfoque del tema propuesto. “Ella me mandó a leer los textos de teatro de aquel período; siempre argumentaba que, si no se podían conocer los montajes, buscara en los textos la verdad”, dice. Braga le retribuyó su generosidad del pasado al editar una extensa recopilación con textos de la autora carioca.

Uno de los escasos momentos en que la crítica se alejó de Río de Janeiro fue cuando realizó su doctorado en la Universidad de São Paulo, en 1975. Eso fue en parte porque no disponía de tal posibilidad en la capital fluminense, y en parte por afinidad con su director de tesis, el profesor estadounidense Frederic Litto, quien trabajaba allí. “Yo la acredité por notorio saber y ella vino ya a defender su tesis”, relata Litto. El proyecto, A expressão dramática do homem político em Shakespeare, se convirtió en un libro de referencia. Barbara Heliodora fue profesora titular de la USP durante siete años e incluso impartió cursos de extensión. Litto recuerda sus particularidades. “Por sobre todas las cosas era una pragmática, inspirada por la escuela norteamericana, y no por la francesa, a la que adherían Décio de Almeida Prado y Sábato Magaldi”. Esa postura, añade, y el hecho de no adoptar un punto de partida ideológico común en la época, para la evaluación del buen teatro, marcaban la diferencia. “Apostaba al dramatismo y no se conmovía innecesariamente; tenía el equilibrio y la rigurosidad como para no adherir a criterios que van y vienen como los vientos”.

Republicar