Imprimir Republicar

Nanuza Luiza de Menezes

Nanuza Luiza de Menezes: Una enamorada de las plantas

La pionera de las investigaciones sobre la flora de Serra do Cipó colaboró en la instauración de la anatomía vegetal como área de estudio en Brasil

Con la pala que siempre la acompaña en sus recorridas, Nanuza Menezes posa delante del imponente chichá, una variedad de castaño tropical, plantado accidentalmente frente al auditorio del Departamento de Botánica el año en que la contrataron en la USP

LÉO RAMOSCon la pala que siempre la acompaña en sus recorridas, Nanuza Menezes posa delante del imponente chichá, una variedad de castaño tropical, plantado accidentalmente frente al auditorio del Departamento de Botánica el año en que la contrataron en la USPLÉO RAMOS

Cualquiera que se haya recibido como biólogo en la Universidad de São Paulo (USP) durante las últimas cinco décadas sabe que las plantas de la familia Velloziaceae, tales como la denominada canela-de-ema, son las más hermosas del mundo y que los matorrales de altura de Serra do Cipó, en el estado de Minas Gerais, son el paisaje más espectacular. Tales informaciones, para nada imparciales, traen consigo todos los matices que les imprime Nanuza Luiza de Menezes a las historias que le gusta relatar.

Siempre entusiasmada, todavía no tiene en mente abandonar la investigación y a los estudiantes. En 2004, cuando siguió trabajando pese a que tuvo que jubilarse, fue electa para ocupar un puesto en la Academia Brasileña de Ciencias, junto a 24 hombres, ya que ese año fue la única mujer. Esa misma semana recibió el título de ciudadana de Santana do Riacho, la localidad con poco más de 4 mil habitantes que alberga el Parque Nacional de Serra do Cipó, por cuya creación ella bregó. De los dos homenajes, tal vez el más emocionante haya sido la recepción que le brindaron en la pequeña ciudad, con gente entusiasmada con las diapositivas de la naturaleza local que la botánica proyectó sobre una pared blanca.

Menezes fue una de las pioneras del estudio de la anatomía de las plantas en Brasil, y no se contentaba con describir las estructuras que observaba en el microscopio: pretendía entender cómo funcionaban en un contexto evolutivo. Por eso, se empeñó en explicar cómo sobreviven las velloziáceas en un suelo que no retiene agua, además de otros aspectos sobre las plantas más diversas. Como docente, por encima de todo, en ella se encuentra arraigado el linaje que distingue a buena parte de los anatomistas vegetales en actividad actualmente en el Brasil.

Edad:
80 años
Especialidad:
Anatomía vegetal
Estudios:
Historia Natural (título de grado), Ciencias Biológicas – Botánica (máster y doctorado), en la USP
Institución:
Instituto de Biociencias, USP
Producción científica:
69 artículos científicos, 2 libros, 10 capítulos. Dirigió 17 maestrías y 21 doctorados

En 1963, el año en que comenzó a trabajar en la USP, alguien trajo unas semillas para que Aylthon Brandão Joly ‒el profesor que la contrató‒ las identificara. Se trataba de un chichá  del Bosque Atlántico. Tiempo después, Menezes reparó en una plantita que crecía en el sitio donde tuvo lugar esa consulta y dedujo que una de las semillas habría caído aquel día, germinando. Casualmente, fue debajo de ese árbol que la fotografiamos.

Con 80 años cumplidos en 2014, parece que no tiene en sus planes jubilarse.
Me jubilaron en 2004 y sigo dando clases en la universidad, llevamos a los alumnos a Serra do Cipó. Contamos con un camión laboratorio, con microscopios y aire acondicionado. A los chicos les encantan el viaje y mis relatos, tanto que me insistieron para que escriba sobre mi juventud y sobre mi vida cómo botánica, más allá de anatomía vegetal. Estoy redactando tres libros. También acabo de entregar mi última dirección de maestría.

¿Y ahora se marcha a Recife?
Me invitó la Universidad Federal de Pernambuco. Voy a dar clases en el posgrado. Me ofrecen una beca por dos años y, si me agrada, me mudo definitivamente.

¿A usted ya le gustaban las plantas desde pequeña?
Desde luego. Vivíamos en Botucatu y mi padre plantaba de todo en la huerta. Le pedí un pedazo de tierra para plantar mis cosas. Y me dejó.

¿Qué plantaba?
Compraba semillas de lechuga, de zanahoria. Rebosaba de satisfacción al verlas crecer y a mi padre comiendo lo que producía mi huerta. Le preguntaba si no quería condimentarlas y él me respondía que así ya estaban deliciosas. Tenía unos 8 ó 9 años. A los 14, conocí el mar y quedé extasiada. Coleccionaba animalitos.

¿Y cómo llegó a anatomía vegetal si le gustaban los animalitos?
Eso fue por casualidad. Era docente en el barrio de Caxingui de São Paulo, en el colegio Virgília Rodrigues Alves de Carvalho Pinto. Para el que llegaba por la carretera, era el primer colegio estadual, poco después del Instituto Butantan. Era lejos, yo vivía en el barrio Planalto Paulista y daba clases en los turnos mañana, tarde y noche, en el Caxingui y en otras dos escuelas. Hubo un año en que me eligieron madrina de 10 cuartos grados.

¿Y cómo llegó aquí, a la USP?
En 1962, abrieron 200 vacantes, incluso en mi colegio, pero yo estaba en el tercer puesto para tomar una vacante. Vine a la USP para realizar una prueba práctica y [Aylthon Brandão] Joly, que había sido profesor mío, me vio y me llamó. Me dijo que disponía de una vacante en botánica y me invitó. Le respondí que me agradaba dar clases y que nunca había pensado dedicarme a la botánica. Él me sugirió que trabajara con algas marinas, porque cuando las recolectara también hallaría a mis animalitos. Hubo todo un coro de lamentos cuando me fui de la escuela, los niños habían encendido velas para que yo aprobara el concurso. El día que llegué aquí, Joly me dijo que había muchos que trabajaban con algas en Brasil, al menos 10 personas. En tanto, en anatomía, sólo estaban Bertha [Lange de Morretes], en São Paulo, y [Fernando] Milanez, en Río de Janeiro. Y añadió que a Brasil le hacían falta anatomistas. Casi me largo a llorar. Él notó mi decepción y me dijo que ni bien hubiera una vacante en algas iría a trabajar con él. No tuve alternativa.

Usted nunca había imaginado estudiar las plantas por dentro.
El profesor Joly me dijo que había ciertas familias de plantas brasileñas de las cuales nadie sabía nada: Eriocaulaceae, Velloziaceae, Ericaceae. Busqué en el Martius [el libro Flora brasiliensis, editado en el siglo XIX por Carl Friedrich Philipp von Martius, August Wilhelm Eichler e Ignatz Urban] y cuando vi una velloziácea quedé sorprendida, ¡qué hermosa planta! Entonces descubrí que éstas existían en una región denominada Serra do Cipó, en Minas Gerais, y en Río de Janeiro. En primer lugar viajé a Río, para hablar con Graziela Barroso, del Jardín Botánico. Ella me llevó a ver una velloziácea que estaba en flor y me dijo que si quería trabajar con ellas que me dirigiera a Minas Gerais, que tomara un ómnibus en São Paulo, iba hasta Belo Horizonte, ahí tomaba otro ómnibus, me apeaba a un costado del camino en el kilómetro 92, donde había una posada que se llamaba Chapéu de Sol. Por la mañana, cuando me despertara, vería el paraíso de las velloziáceas. Por casualidad, mi compañero Walter Handro iba con sus alumnos hacia Paraopeba, en la misma región. Me fui con él inmediatamente.

Entonces, ¿ellos ya iban para allá?
Nadie iba a Serra do Cipó. Ellos me llevaron. Llovía tanto que cuando llegamos no pudimos ver el cerro ni nada. Al día siguiente amanecimos con neblina. En el kilómetro 114 de la ruta, de repente se alzó la neblina y pude ver las velloziáceas, canelas-de-ema, todas florecidas. Tuve una hora de visión de lo que era la sierra.

Que ya no pudo olvidar.
Fue una suerte, realmente. Recuerdo el día: 8 de diciembre de 1964. Regresé planeando hacer otro viaje para recoger material. Ivan Sazima, quien por entonces era estudiante, se ofreció para sacar fotos y conducir, porque en esa época la mujer no podía. Después supe que fui la primera mujer que condujo un vehículo estatal en São Paulo. Le envié una solicitud a la rectoría, de ahí la elevaron a la gobernación del estado, que la autorizó. Desde entonces, todas las mujeres pudieron manejar vehículos  oficiales.

Con sus hermanos (ella es la tercera a partir de la derecha)

Archivo personalCon sus hermanos (ella es la tercera a partir de la derecha)Archivo personal

¿Y entonces empezó a trabajar, recolectando y describiendo la anatomía?
Me dediqué a describir la anatomía de las velloziáceas. Era una hermosura de planta y el interior de sus hojas era una maravilla.

¿Qué tenían de especial?
Es algo diferente a todo lo que habíamos visto. Cuando empecé a estudiar anatomía, recogía plantas y analizaba su interior. Pero cuando corté una velloziácea florecida me enamoré. Crecen entre las piedras, las hojas mustias caen y las vainas quedan expuestas. Las raíces adventicias crecen de arriba abajo, por el interior de esas vainas. Viven de la neblina que siempre cae por la noche, no necesitan demasiados nutrientes. El aire trae granos de polen, esporas de hongos, cenizas de quemas en las gotas del rocío, y eso es suficiente. Seis meses más tarde, Joly me dijo que tenía una vacante en algas. “Ahora la que no quiere soy yo”, le dije. Me había dado cuenta que no nos gusta lo que no conocemos. Una piedra puede resultar increíble cuando comprendemos el sistema de cristalización de cada granito. Estaba descubriendo cosas interesantes en las Vellozias y me di cuenta de que quería ser anatomista. Él nunca me lo perdonó. Porque hasta entonces, quien trabajaba en anatomía sólo cortaba y dibujaba, cortaba y dibujaba. Empecé a preguntarme por qué hacían eso. ¿Por qué lo hacían así? Resolví realizar estudios de desarrollo.

Se trataba de un enfoque funcional.
En efecto, noté que era importante comprender el desarrollo. Por ejemplo, observé que en una estructura similar a un pétalo de la flor de las velloziáceas toda la vascularización sale del pétalo o del sépalo. Nada que ver con los estambres, como decían. “¿Qué nombre le doy a eso?”, le pregunté a Joly. Él me dijo que no entendía nada de anatomía, pero sugirió que buscara una estructura denominada corona en la familia Amaryllidaceae. Noté que se trataba de lo mismo y comencé a denominarla corona. También describí una estructura en las hojas de las velloziáceas que las distingue de todas las otras angiospermas: las traqueidas de transfusión. Las traqueidas son células que corresponden a expansiones laterales del xilema. De haber agua disponible, la planta abre los surcos donde se alojan las estomas, en las hojas. Durante las sequías, esas ranuras se cierran y no se produce pérdida de agua. De esa manera, el agua pasa más rápido. Al igual que me enamoraba de las velloziáceas, cada vez me gustaba más Serra do Cipó. Comencé a invitar a todo el mundo a ir allá, incluso a Joly. Un día, durante un congreso en Paraíba, él me invitó a su disertación sobre algas. Fue a despedirse de los ficólogos, porque había resuelto cambiar de área y trabajar para realizar el estudio de la flora de Serra do Cipó. Casi me muero de la emoción.

¿Cómo le explicaría la importancia de la anatomía a alguien no pertenece a esa área?
La anatomía es importante para conocer el interior de la planta. Desde que empezamos a estudiar la vascularización, se redefinieron muchas cosas al respecto de la taxonomía de las plantas. Un día, mientras analizaba una rutácea junto a [el botánico de la USP, José Rubens] Pirani, le pregunté si había especies con más estambres en las flores, tal como indicaban los vestigios de una vascularización que había observado. Al otro día, él me dijo que en Australia existe una planta con varios estambres. ¡Es asombroso!

La anatomía propone un enfoque evolutivo.
Exactamente. Se pueden estudiar todas las transformaciones. Le doy un ejemplo: en las hojas de las velloziáceas, la savia fluye en haces conductores con dos floemas y un xilema, mientras que en el resto de las monocotiledóneas, cada haz se compone de un xilema y un floema dentro de la vaina del haz. Al analizar la evolución del haz vascular en varios grupos de velloziáceas, determiné que un ancestro de ellas debió contar con dos cordones  de xilema y floema dentro de la misma vaina. Ésa fue mi tesis de libre docencia, en 1984. En 1994, supe que se descubrió una nueva planta en China. Solicité que me enviaran una hoja, para seccionarla y determinar si era o no una velloziácea. Cuando lo hice, salí gritando por el pasillo: ¡es el ancestro! Porque el sistema vascular, por el que fluye el agua y la savia, presenta dos haces completos, con protoxilema, metaxilema, protofloema y metafloema.

Con alumnos en Serra do Cipó, en 2007, junto a una Vellozia gigantea, una especie que descubrió

Archivo personalCon alumnos en Serra do Cipó, en 2007, junto a una Vellozia gigantea, una especie que descubrióArchivo personal

Usted también demostró que las raíces aéreas de los árboles de los manglares, los rizóforos, no son raíces. ¿Cómo surgió ese hallazgo?
Durante años, enseñé que eran raíces aéreas, pero nunca había analizado su anatomía. Un día, nuestro equipo ofertó una disciplina electiva y planteamos un juego: recolectar y comparar plantas del manglar, la restinga, el Bosque Atlántico y las dunas. Desenterrábamos plantas para fotografiarlas y las replantábamos. Sugerí que lleváramos un ejemplar joven de Rhizophora mangle a la USP, que ya tuviera “raíces aéreas”, porque algunos alumnos del turno noche no habían ido en ese viaje. Sugería a mis colegas que yo comenzaría por las raíces.

Parecía ser algo sencillo…
Le dejé las raíces aéreas a un estudiante y me fui a tomar un café. Cuando regresé y lo vi, le dije que había seccionado el tallo y no la raíz. “No profesora, agarré la raíz de este frasco”, me respondió. Tomé la planta que trajimos viva, le indiqué dónde cortar, y lo examiné. “¿Quién dijo que esto es una raíz? Es tallo”. El primero que describió la especie en 1780 consideró que era un sistema de raíces, sin realizar un análisis anatómico. Y quedó así. [Philip Barry] Tomlinson, de Harvard, en Estados Unidos, decía que era una raíz con varias peculiaridades, entre otras, porque presentaba una diferenciación endarca ‒es decir, protoxilema en el interior del metaxilema‒, y toda raíz posee protoxilema externo. Xilema y floema forman haces vasculares, y la raíz no forma haz. Es de origen exógeno y toda raíz tiene origen endógeno. Toda una excepción. En realidad era tallo, con una única excepción: geotropismo positivo, porque crece hacia el interior de la tierra. Lo denominé rizóforo porque ya había descrito en 1977 una estructura similar en la especie Vernonia de Serra do Cipó. En 1994 presenté ese trabajo en un congreso en Japón.

¿Por qué el artículo recién se publicó en 2006?
Lo envié a varias revistas internacionales, incluso al Journal of the Linnean Society, de Inglaterra, en la cual soy fellow desde 1979. Todas me lo devolvían objetado. Hasta que la última vez vino firmado: P. B. Tomlinson.

¿Él había sido el revisor en cada una de las ocasiones?
Exacto, y la última vez lo firmó como diciéndome: no podrás publicar eso fuera de Brasil. Por suerte, cuando ingresé en la Academia Brasileña de Ciencias, ellos me preguntaron si tenía algún trabajo listo para publicar en Anais da Academia. Les dije que tenía uno listo, dos meses después se había publicado.

Más allá de la anatomía, usted también trabajó en conservación, ¿cierto?
En los años 1970, el gobierno quiso construir un aeropuerto en Caucaia do Alto. Eso significaba talar Bosque Atlántico. Nuestra provisión de agua viene de allí, de esa región alta. El doctor Paulo Nogueira-Neto, que ocupaba el cargo de secretario de Medio Ambiente, me dijo lo que estaba ocurriendo y me pidió que no lo permitiera. Entonces convoqué a una reunión con otros cinco conservacionistas. Invitamos a la televisión, a la radio y dijimos que estaban intentando talar un monte nativo importantísimo. Asistieron más de 500 personas, 16 asociaciones proteccionistas se hicieron presentes. Nos empezaron a llamar los periodistas. Alguien comentó que un edil había dicho que esa región de Caucaia do Alto no era Bosque Atlántico, sino un carrascal. Le respondí que era un tremendo ignorante que no entendía nada de vegetación. Pero el que había dicho que era un carrascal había sido el gobernador Paulo Egydio Martins, y no el concejal. Eso fue en plena dictadura. Al día siguiente, la declaración del gobernador y mi respuesta salieron en primera plana del Jornal da Tarde. Lo que yo había dicho era verdad, sólo que no sabía que se trataba del gobernador. Si lo hubiera sabido, habría dicho: “El gobernador debería informarse mejor”. Hoy día, el aeropuerto se encuentra en Guarulhos gracias a esa primera victoria. Después luchamos contra la contaminación de Cubatão.

¿Cómo fue eso?
Durante un tiempo no fui a las excursiones a Paranapiacaba, en la cumbre de la sierra de Santos, y cuando regresé noté que la selva ya no era aquella maravilla, a causa de la polución de Cubatão. Entonces empecé una campaña contra la contaminación y tuvieron que poner filtros en las empresas contaminantes. Ya no será lo mismo, pero la selva se recuperó. Desde entonces comenzaron a llamarme para todas las campañas. Querían demoler la Casa Modernista, cerca de la estación Santa Cruz, en São Paulo, para construir edificios. Hablé con el ex gobernador Franco Montoro para que le solicitara al gobernador Mário Covas que fuera allá. A las 10 de la mañana del domingo, llegó Covas. Fue un espectáculo, no dejaron que se demoliera. La Casa Modernista sigue allí. Luego quisieron destruir una reserva en Itanhaém, en la costa sur de São Paulo. Allá fui. Iban a construir la carretera Tamoios, entonces viajé a São Sebastião. Después le avisé que ya no daba más. Había varios conservacionistas y yo necesitaba jubilarme de eso.

¿Y el Parque Nacional de Serra do Cipó?
Joly y yo reunimos la documentación que probaba la importancia de Serra do Cipó. El gobernador de Minas Gerais de ese entonces, Aureliano Chaves, creó el parque en 1975. Desgraciadamente, Joly falleció en agosto, estaba muy enfermo, y no pudo verlo. El parque recién se implementó 10 años después. El día que lo declararon yo estaba allá: el 27 de septiembre de 1984, el día en que cumplí 50 años, ¡por pura coincidencia!

Con Burle Marx, una pasión compartida por las plantas

Archivo personalCon Burle Marx, una pasión compartida por las plantasArchivo personal

Usted fue amiga del paisajista Roberto Burle Marx, ¿cómo lo conoció?
Cuando supe que él era un apasionado de las velloziáceas, pensé que sería una oportunidad para conocerlo. Entonces le pedí a Graziela Barroso que nos presentara refiriéndole que yo trabajaba con las canelas-de-ema que a él tanto le gustaban. La amistad con él fue una de las mejores cosas que me ocurrieron en la vida. Su pasión por las plantas era increíble. Cierta vez le propuse darles una clase sobre plantas a su equipo de jardineros, y el primero de la fila era él. Cuando tomé una flor, la seccioné y les mostré con una lupa los óvulos en el ovario, mencionando que el polen cae en el estigma y lo fecunda, él lloró. Lloró de la emoción.

¿De qué se trata la Fundación Burle Marx?
Junto a arquitectos que trabajaban con él, le dijimos a Roberto que si deseaba que aquellas plantas se perpetuaran alguien debía hacerse cargo. Si las donaba al gobierno, las declararían patrimonio para siempre. Así se formó el consejo de la Fundación Sitio Roberto Burle Marx, de la cual fui presidenta por varios años.

¿Usted fue con él a Serra do Cipó?
En 1993, él dijo que no quería festejar su cumpleaños, deseaba ir de excursión con algunos amigos que venían del exterior. Yo iba a programar ese viaje. Fuimos a Serra do Cipó, a Serra do Grão Mogol, llegamos a Bahía, y regresamos. A él sólo le gustaba si la que conducía era yo y dijo que fue el viaje más lindo de su vida, un año antes de morir. Decía que conmigo todo era más hermoso, porque yo iba mostrando todo. “Mira esa glándula, mira esta planta, ¡qué maravilla!”. Yo siempre llevaba una lupa e iba mostrándole. Él iba encantado. Decía que, si tenía tiempo, iba a estudiar biología conmigo.

¿Todavía viaja a Serra do Cipó?
Sí. Tenemos esa rutina. Son 45 lugares y más de 90 candidatos. Los colegas consideran que soy indispensable en esos viajes. Les cuento historias de mi vida, de mi infancia. Nos divertimos mucho.

¿La colección de madera del Instituto de Biociencias de la USP lleva su nombre?
En efecto. Yo pensaba: soy tan feliz trabajando con las velloziáceas, pero ¿qué significa eso para Brasil? Fui al IPT [el Instituto de Investigaciones Tecnológicas] a aprender anatomía de la madera y decidí enseñar. Durante cuatro años viajaba a Manaos, me quedaba un mes en el posgrado del Inpa [Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia]. Enseñaba sobre madera y sistemas subterráneos, como son los tubérculos comestibles. Seguía con mis Vellozias, pero enseñaba algo útil para Brasil. Todos los que trabajan con madera comenzaron conmigo, o con alguien que empezó conmigo. La primera anatomista de la madera en Brasil fue Verônica Angyalossy, mi primera alumna de doctorado.

Muchos botánicos le rinden honores. ¿Cuántas especies llevan su nombre?
Un montón. Vellozia nanuzae, Barbacenia nanuzae, hay un género de las velloziáceas que se llama Nanuza. Y varias más.

¿Animales también?
Hay una rana arborícola, Bokermannohyla nanuzae. Les cuento a los alumnos que hasta me convertí en el nombre de una rana. Una profesora de Argentina estudia dos géneros de la familia Turneraceae: Turnera y Piriqueta. ¿Adivinen cuál de los dos eligió para ponerle mi nombre? ¡Piriqueta! Mencioné eso en un congreso en Manaos, ¡y el auditorio estalló en carcajadas! Le expliqué a ella que, en Brasil, los términos periquita y perereca [rana] quieren decir vagina.

Pero no son sólo las bromas lo que garantizan su éxito, ¿cierto?
No. Recientemente estuve en el Centro de Arte Contemporáneo Inhotim, en Minas Gerais, después de un congreso. Me topé con un muchachito que dijo que si hubiera sabido que yo iba allí, me hubiera pedido que presente la misma conferencia que brindé en el congreso. Yo tenía conmigo el pen drive, entonces acepté. Los fines de semana, Inhotim tiene alrededor de 3.500 visitantes por día. Cuenta con un auditorio para 500 personas. Él lo anunció por los altavoces, y se llenó y quedó gente afuera. Esa fue la primera vez que brindé una conferencia para los legos, les mostré las plantas de la Serra do Cipó. Cuando acabé, aplaudían de pie. Se acercó un señor con lágrimas en los ojos, junto a su esposa, el hijo, la hija, y una nieta. Decía que su nieta debería estudiar biología.

¿Descansar no está en sus planes?
Yo tengo intolerancia al gluten y me enteré de eso a los 79 años. Andaba con un problemita, ni recuerdo qué, mi sobrino me dijo que fuera a consultar a un médico japonés amigo suyo, que es formidable. Él tenía un sistema que consistía en colocar unos electrodos en las yemas de los dedos y leía los resultados en la computadora inmediatamente, y me dijo que yo tenía intolerancia al gluten y a la lactosa. Luego de eso consulté con mi médico clínico y le comenté lo que el otro me había dicho. Le pregunté si iba a tener que dejar de comer pan, algo que me encanta y que comí toda mi vida. Me respondió que, si había comido pan durante toda mi vida, ¿para qué lo iba a abandonar? Como quien dice: “Morirás pronto”. Le agradecí, regresé con el japonés y le pregunté qué me sucedería si no lo dejaba. Él me dijo que llegaría a los 90 lúcida como hasta ahora. ¿Y si lo abandonaba? Dijo que pasaría los 100 con la misma salud y lucidez. ¿Adivina? ¡Lo dejé!

Republicar