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Medio ambiente

Terreno frágil

Análisis de imágenes satelitales indican una pérdida de 266 mil km2 del Cerrado y 90 mil km2 de la Caatinga, aumentando los riesgos de falta de agua y desertificación

Incendio en el Cerrado en 2006, en el Parque Nacional das Emas, en Goiás

Fábio ColombiniIncendio en el Cerrado en 2006, en el Parque Nacional das Emas, en GoiásFábio Colombini

El municipio de Catolé do Rocha, ubicado en el sertón de Paraíba, con casi 30 mil habitantes, cada vez es más cálido y seco, a medida que la vegetación natural desaparece. En ocho años, entre 2005 y 2013, según un estudio efectuado por investigadores de universidades de Paraíba y de Rio Grande do Norte, la superficie de caatinga rala disminuyó en un 48% y el de la caatinga densa, un 13,5%, mientras que el área sembrada se incrementó en un 823%, de 2.450 a 22.640 hectáreas. Los autores de esas mediciones arribaron a la conclusión de que “la vegetación local fue suprimida indiscriminadamente”, y hubo “un crecimiento exorbitante” de las áreas dedicadas principalmente a la cría intensiva de vacunos.

Al sumar varias situaciones como esa, entre 1990 y 2010, la Caatinga perdió 9 millones de hectáreas ‒o 90 mil kilómetros cuadrados (km2), casi el área que ocupa Portugal‒ de vegetación autóctona, como consecuencia del desmonte y de la expansión agropecuaria, y también por el uso de madera de árboles nativos como fuente de energía (leña) en hogares y pequeñas industrias, según un estudio más amplio que se publicó en el mes de marzo en la revista Applied Geography. Ese trabajo indica que, en esos 20 años, el índice de tala de la vegetación natural se incrementó en la Caatinga (desde un 0,19% anual entre 1990 y 2000, hasta un 0,44% al año durante la década posterior), aunque los mapeos efectuados por el Ministerio de Medio Ambiente indiquen un descenso del desmonte en ese ecosistema. Para los autores del artículo, la divergencia surge de lo que se considera paisaje natural, donde ellos prefirieron no incluir las áreas cubiertas plenamente por gramíneas, que el gobierno federal consideró, y de la escala temporal (dos décadas en un caso y casi una década, en el otro).

La supresión de la flora autóctona ‒todavía más perjudicial, en tanto se realiza por medio del fuego, que destruye la materia orgánica del suelo‒ dejando la tierra al descubierto, con mayor capacidad de absorción de la radiación solar, y de tal modo, elevando la temperatura local, que acelera la evaporación del agua y disminuye la resistencia ante la erosión provocada por el viento y las lluvias, que arrastran la materia orgánica y reducen la fertilidad de suelos poco productivos y su capacidad de retención de agua. Además, según advierten los expertos, la erosión causada por las lluvias ‒raras, pero generalmente torrenciales‒ fomenta la acumulación de sedimentos en ríos, aumentando el riesgo de inundaciones, y expone las rocas anteriormente cubiertas por la tierra, dificultando la reforestación e incluso el uso mismo de la tierra con fines agrícolas. En Catolé do Rocha, el área de rocas expuestas, los denominados afloramientos, creció un 27%, pasando de 578 a 734 hectáreas, al cabo de ocho años.

Quema en el cerrado y palmar de Boa Vista, Roraima, en 2014

Fábio ColombiniQuema en el cerrado y palmar de Boa Vista, Roraima, en 2014Fábio Colombini

En la Caatinga, otra amenaza que se agrava es la desertificación. “Aquello que contribuye mayormente para desencadenar el proceso de desertificación es el mal uso de la tierra, que incluye el desmonte y frecuentemente el uso del fuego, profundizado por las condiciones climáticas”, dice Iêdo Bezerra Sá, investigador de Embrapa Semiárido. Junto a su equipo, Bezerra Sá estudió la región de Cabrobó, en el sertón de Pernambuco, uno de los dos núcleos de desertificación del nordeste brasileño, distante 400 kilómetros al sudoeste de Catolé do Rocha. Allí, los suelos son arenosos, permeables e incapaces de retener el agua de las lluvias. Sus relevamientos indicaron que el área con grado severo de desertificación, asociado a la ocupación agropecuaria, era de 100 mil hectáreas (1000 km2) y con alto grado, en tierras ocupadas por la caatinga arbórea, de 519 mil hectáreas (5 mil km2).

También está finalizando un mapeo que indica que 9 de las 12 regiones de Pernambuco ‒es decir, 122 de las 185 localidades del estado‒, principalmente en el sertón, están sujetas a un riesgo elevado de desertificación. Uno de sus estudios recientes indicó que casi toda la región donde se extiende el sertón del río São Francisco, donde se cultivan frutas mediante riego artificial, afronta el riesgo de transformarse en terreno estéril (el 75% del área se encuentra bajo riesgo moderado y un 23% bajo riesgo severo). Allí, según explicó, el consumo de agua para el riego de las plantaciones excede la capacidad de los ríos, cuyo caudal disminuye, afectando a toda el área que recorren. “La Caatinga es muy frágil”, dice. “En algunos casos, lo mejor sería no alterarla”.

Los expertos verificaron que el 94% del nordeste brasileño, además del norte de los estados de Minas Gerais y Espírito Santo, presenta una tendencia a la desertificación que varía de moderada a alta y señalaron las áreas con mayor potencial de tornarse terrenos yermos para el año 2040. En ese mapeo, las áreas más susceptibles se expandieron casi un 5%, el equivalente a 83 km2, entre 2000 y 2010. “Ése fue el primer estudio brasileño que trazó un diagnóstico a partir del análisis integral de los principales indicadores de la degradación y la desertificación”, dice Rita Vieira, investigadora del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe) y principal autora del estudio, que se publicó en la revista Solid Earth. Según Vieira, los resultados fueron presentados ante la Comisión Nacional de Lucha contra la Desertificación, que supervisa la implementación de compromisos internacionales asumidos por el país.

“La disminución del riesgo de desertificación es un proceso lento. El primer paso consiste en modificar la forma de lidiar con la tierra y detener el desmonte”, dice Carlos Magno, uno de los coordinadores del Centro Sabiá, una organización no gubernamental con sede en Recife. El centro, con financiación del gobierno federal, está trabajando con 200 familias de pequeños propietarios rurales del campo y del sertón de Pernambuco para recuperar 100 hectáreas de áreas sujetas a la desertificación mediante los sistemas denominados agroforestales, que consisten en la implantación de especies diferentes tales como maíz, frijol, calabaza, papa, forrajeras y frutales, como por ejemplo, umbú (Spondias tuberosa) y jobo o cajá (Spondias mombin) en el ámbito de la Caatinga.

“Estamos reconstruyendo la idea de que la Caatinga es un bosque que, como tal, debe ser protegido”, dice Magno.

Un cactus Xiquexique (Pilosocereus polygonus) en el suelo rocoso de la Caatinga de Caicó, Rio Grande do Norte: un ambiente frágil

Fábio ColombiniUn cactus Xiquexique (Pilosocereus polygonus) en el suelo rocoso de la Caatinga de Caicó, Rio Grande do Norte: un ambiente frágilFábio Colombini

El 16 de abril, él salió de su oficina en Caruaru y viajó 30 km hasta el municipio de Bezerros, para visitar a Maria Idalvonete Julião da Silva, dueña de tres hectáreas, que participa de ese proyecto. Ella, motivada por la perspectiva de aumentar la producción de alimentos incluso en temporadas de sequía, separó 1 hectárea y plantó palma forrajera y acacia forrajera (Leucaena), que sirven como alimento para el ganado, frijol guandú, papaya y ananá. “Más allá de que sirven para los animales y para la gente”, analiza, “los cultivos conservan el suelo; el agua, cuando llega, se queda en el suelo, abarrotado de raíces, en lugar de escurrir”. En un estudio realizado con 15 familias que adoptaron esa estrategia desde hace más de 10 años, Magno comprobó que “luego de las grandes sequías y lluvias, los sistemas agroforestales vuelven a producir alimentos con mayor rapidez que los sistemas agrícolas convencionales, lo cual implica una explotación excesiva del suelo de la Caatinga”.

El Cerrado
En el estudio publicado en la revista Applied Geography, el equipo coordinado por René Beuchle, del Joint Research Centre de la Comisión Europea, en Italia, también estudió otro amplio ecosistema brasileño, el Cerrado, que perdió incluso más que la Caatinga. En 20 años, el área del Cerrado sufrió una reducción de 26 millones de hectáreas (260 mil km2), el equivalente al doble de la superficie de Inglaterra, también a causa de la expansión agropecuaria. Otra conclusión es que la tasa de destrucción de la vegetación natural disminuyó en el Cerrado (de un 0,79% anual entre 1990 y 2000, a un 0,44% al año en la década siguiente), en este caso, en coincidencia con las conclusiones del gobierno al respecto del retroceso del desmonte.

Para establecer lo que estaba ocurriendo en la Caatinga y en el Cerrado, el equipo coordinado por Beuchle analizó 974 imágenes provistas por el satélite Landsat, con una resolución de 30 metros, que registraron las alteraciones en la cobertura vegetal del suelo en 1990, 2000, 2005 y 2010 en 243 áreas de muestra, cada una  de 10 km por 10 km. Esos dos ecosistemas cubren el 35% del territorio brasileño y están entre los ambientes naturales más amenazados del planeta, a causa de la conversión de bosques nativos para su utilización agrícola. Actualmente, la flora autóctona de la Caatinga ocupa un 63% de su área original, y la del Cerrado, un 47%, según indica ese estudio. Los estudios del gobierno federal consideran un área remanente de cobertura vegetal algo mayor, en ambos casos. No obstante, hay consenso de que el área de vegetación nativa protegida por medio de unidades de conservación aún es muy limitada: un 7,5% de la Caatinga y un 8% del Cerrado.

Un síntoma del avance de la ganadería en Currais Novos, Rio Grande do Norte

Fábio ColombiniUn síntoma del avance de la ganadería en Currais Novos, Rio Grande do NorteFábio Colombini

Las transformaciones en esos ecosistemas no tienen tanta repercusión como las de otros dos biomas brasileños, el Bosque Atlántico y la Amazonia, porque, en parte, no resulta sencillo detectarlas. En las imágenes satelitales tomadas durante la estación seca ‒y la mayoría de las imágenes que se utilizan son de dicha época, a causa de la ausencia de nubes de lluvia‒, “resulta difícil separar los árboles sin hojas del Cerrado y de la Caatinga de otras coberturas del terreno, incluyendo a las áreas agrícolas”, dice Beuchle. Como contrapartida, las imágenes del Bosque Atlántico y de la Amazonia exhiben un claro contraste entre la selva alta y densa y las superficies taladas, más bajas.

Además, a diferencia del Bosque Atlántico y de la Amazonia, la Caatinga y el Cerrado no han sido reconocidos como patrimonios naturales. El Ministerio de Medio Ambiente señala, en su sitio web: “Debemos reconocer que la Caatinga todavía carece de marcos regulatorios, acciones e inversiones para su conservación y uso sostenible”. Según el ministerio, una de las medidas fundamentales en ese sentido sería la aprobación de la propuesta de enmienda constitucional que eleva a la Caatinga y al Cerrado a la categoría de patrimonios nacionales, algo que podría facilitar la implementación de medidas a favor de la conservación de esos biomas.

El investigador Edson Sano, de Embrapa Cerrados, quien trabajó junto a Beuchle en ese análisis, determinó que la reducción de las áreas de vegetación autóctona, principalmente en el Cerrado, refleja la expansión agrícola del final de la década de 1990, “cuando la tierra en el centro-oeste era barata y la producción en el sur y en el sudeste ya estaba saturada”. Con todo, a su juicio, a partir del año 2000 esa expansión se desaceleró a causa del aumento del costo de la tierra, del incremento de la fiscalización (actualmente los hacendados deben obtener autorización de organismos federales o estaduales para talar vegetación nativa, bajo el riesgo de perder su derecho al uso del área) y del aumento de la productividad  en función de las nuevas tecnologías de cultivo. “Ahora la tendencia es a la reducción”, dice.

En el estado de São Paulo, según un mapeo reciente, efectuado en 2010, el Cerrado ocupa 847.400 hectáreas, el equivalente al 8,5% del área original, de 9,9 millones de hectáreas, y tan sólo 25.900 hectáreas se encuentran protegidas por algún tipo de unidad de conservación. Los bosques de ese tipo de vegetación aún pueden detectarse en las regiones de Ribeirão Preto, Franca, São José do Rio Preto, Bauru, Sorocaba y Campinas, entre otras, acorraladas por las plantaciones de caña de azúcar (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 170). “Para alcanzar las metas de recuperación que establecen los acuerdos internacionales, que proponen la recuperación del 17% del área original terrestre de cada bioma, deberíamos plantar alrededor de 800 mil hectáreas de Cerrado en São Paulo”, informa Marco Aurélio Nalon, investigador del Instituto Forestal y uno de los coordinadores del Inventario Forestal de la Cobertura Vegetal Nativa del Estado de São Paulo.

Con las cifras y los mapas a mano, Nalon se reunió con otros expertos de organismos ambientales del estado con el propósito de reponer lo que fuera posible de los bosques perdidos. No sólo São Paulo se está movilizando. En enero de este año, el Ministerio de Medio Ambiente presentó para su debate público la versión preliminar del Plan Nacional de Recuperación de la Vegetación Nativa, elaborado con base en la Ley de Protección de la Vegetación Nativa, de 2012, para fomentar la plantación de especies autóctonas, la restauración de áreas degradadas y las prácticas agropecuarias que promuevan la recuperación de por lo menos 12,5 millones de hectáreas de flora nativa en los próximos 20 años, por medio de la plantación o restauración de áreas degradadas.

Existen técnicas agrícolas que evitan el agotamiento del suelo y reducen la necesidad de otras tierras para cultivo o pasturas. Sano destaca dos de ellas. La primera es la rotación del cultivo: una parte del área de pasturas se ocupa con un cultivo agrícola, que en los años siguientes ocupa otros sectores de la propiedad, en forma alternada. La segunda es el cultivo de árboles comerciales en las tierras de pastoreo: los árboles ofrecen sombra para el ganado y después pueden venderse. “Nada impide que en una misma finca exista una integración entre labranza, ganadería y selva”, dice.

La superficie con vegetación nativa por recuperarse, de acuerdo con la meta del plan del gobierno federal, corresponde a más de la mitad de las 21 millones de hectáreas que representan el déficit nacional de flora nativa en el país, dimensionado por la suma de las áreas de bosques nativos que los propietarios rurales deben, por ley, mantener en sus tierras o en las cercanías de ríos y arroyos. “La recuperación de la vegetación nativa es muy importante, fundamentalmente en áreas de cabeceras de ríos”, subraya Sano. “Si no protegemos los ríos, en algunos años podríamos no disponer de agua para beber”.

Artículos científicos
OLIVEIRA, R. A. N. de et al. Dinâmica do processo de desmatamento de caatinga no município de Catolé do Rocha-PB. Agropecuária Científica no Semiárido. v. 10, n. 4, p. 1-4. 2014.
BEUCHLE, R. et al. Land cover changes in the Brazilian Cerrado and Caatinga biomes from 1990 to 2010 based on a systematic remote sensing sampling approach. Applied Geography. v. 58, p.116-27. 2015.
VIEIRA, R. M. S. P. et al. Identifying areas susceptible to desertification in the Brazilian Northeast. Solid Earth. v. 6, p. 347-60. 2015.

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