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Comunicación

Reportar la ciencia

Júlio Abramczyk y José Hamilton Ribeiro escriben hace 60 años sobre temas científicos, médicos y ambientales. Y no piensan parar

Taller de linotipia del diario Estado de S.Paulo: proceso artesanal

Agência ESTADOTaller de linotipia del diario Estado de S.Paulo: proceso artesanalAgência ESTADO

El periodismo dedicado a la cobertura de la investigación científica en todas las áreas de conocimiento tiene sus particularidades, y a la vez forma parte del oficio periodístico en general. El vigésimo aniversario de la primera edición del boletín Notícias FAPESP, que se concretó en agosto de 1995 –y se transformó en Pesquisa FAPESP en la 47ª edición, en octubre de 1999–, motivó la publicación de una serie de reportajes, de la cual éste es el primero, sobre los orígenes, el estado del arte y el futuro de esta actividad.

Los orígenes más remotos del denominado periodismo científico en Brasil se remontan a los periódicos O Correio Braziliense y O Patriota, a comienzos del siglo XIX, y se abordaron en la edición nº 100 de Pesquisa FAPESP (“Los albores de la divulgación científica”), y los científicos que escribieron en periódicos al inicio del siglo XX aparecen en la versión online de esta edición.

Dos precursores, cuyos perfiles se leen a continuación, retratan un pasado más reciente: Júlio Abramczyk y José Hamilton Ribeiro. Ambos, actualmente con más de 60 años en el área, empezaron a trabajar como reporteros cuando las páginas de los periódicos se montaban con plomo caliente derretido en máquinas llamadas linotipos y siguen en plena actividad.

Buenas fuentes: Walter Leser (izq.), Abrahão Rotberg (centro), ambos de la Unifesp, y Abramczyk en 1962. Abajo, Abramczyk en 2013

Reproducción Eduardo Cesar Buenas fuentes: Walter Leser (izq.), Abrahão Rotberg (centro), ambos de la Unifesp, y Abramczyk en 1962Reproducción Eduardo Cesar

EL DOCTOR REPORTERO

Los escritorios de trabajo estaban ocupados casi enteramente con monumentales máquinas de escribir –los teléfonos aún eran raros– cuando Júlio Abramczyk, a los 17 años, empezó a trabajar en el periódico paulistano O Tempo, en 1949. Como revisor, mejoró su gramática, y después, como reportero, aprendió a escribir rápido: eran al menos tres reportajes diarios. Las redacciones, hoy en día silenciosas, en ese entonces eran lugares ruidosos a causa de las máquinas de escribir y de las conversaciones entre los periodistas, quienes además de hablar en alta voz, en general fumaban. “Estaba bueno, siempre había alguien cerca para despejar dudas”, comentó el doctor Júlio, tal como se lo conoce, a sus 82 años, en el living de su casa del barrio de Higienópolis, en São Paulo.

Abramczyk, un cardiólogo que trabajó en el Hospital Santa Catarina durante 47 años, hasta 2013, es uno de los precursores del llamado periodismo científico en Brasil, cuando aún no existía este término, que él ayudó a instaurar, cooperando en la creación o fortaleciendo asociaciones y promoviendo debates, congresos y cursos para periodistas. En 2009 cumplió 50 años de trabajo continuo como periodista escribiendo en Folha de S.Paulo, y no piensa dejar de redactar su columna “Guardia médica”, que se publica los sábados. Actualmente la escribe desde su casa y la envía desde la computadora.

Todos los días, pasa algunas horas buscando artículos para presentar en su columna de entre 200 y 300 palabras. Uno de los que analizaba durante la tarde del día 14 de julio abordaba los daños a la salud ocasionados por el uso del skate. Como buen periodista, le encanta tratar temas inexplorados. “Vea esto”, dijo abriendo una carpeta con los recortes de reportajes publicados en 1972 y leyendo los títulos: “‘Niños golpeados’, ‘La preocupación con los ancianos’. Creo que sólo abordé los temas antes de que se convirtieran en moda”. El entusiasmo del aprendiz convive con la madurez profesional de quien sabe que debe chequear siempre cualquier información y reconoce sus propios límites: “Nunca escribí como si yo mismo supiera. Hasta el día de hoy escribo sobre lo que el otro sabe. No seré yo el que vaya a pontificar al respecto”.

Abramczyk salió de O tiempo al final del tercer año del secundario (actual enseñanza media) para estudiar y rendir los exámenes de ingreso a medicina; pero en el segundo año de la carrera de la Escuela Paulista de Medicina, actual Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), regresó a la labor periodística, en este caso en Folha, que estaba en busca de un redactor médico. El jefe de reporteros, quien quería contar con un médico graduado, no se mostró muy convencido al saber que él era un mero estudiante, pero le concedió un tiempo a prueba. Abramczyk lo aprovechó para demostrar que era un buen reportero. Varios de sus artículos aparecieron destacados en la primera plana. Uno abordaba el cultivo de células del bacilo de Hansen, causante de la lepra, en ese entonces una enfermedad bastante desconocida y sin tratamiento. “Los reporteros eran más audaces en aquella época.”

Abramczyk recordó que la investigación sobre el bacilo de Hansen que motivó su reportaje había sido tratada inicialmente con indiferencia por José Reis, médico e investigador del Instituto Biológico, quien escribía desde 1947 en Folha, y contribuyó con el periódico durante 55 años, hasta poco antes de su muerte, en 2002. Reis había ejercitado su talento de escribir de manera sencilla en la revista O Biológico, que publicaba artículos de los propios investigadores sobre sus especialidades, destinados a los productores rurales (él era un experto en enfermedades de las aves).

Abramczyk empezó a interesarse en ciencia cuando era adolescente, al leer un libro escrito por Rômulo Argentieri, físico nuclear paulista y prolífico divulgador científico. Argentieri escribió alrededor de 30 libros sobre astronomía y trabajó como redactor de ciencia en varios periódicos de São Paulo entre 1939 y 1967. Otro divulgador de amplio alcance fue el agrónomo carioca Eurico Santos, quien escribió en diarios, creó cuatro revistas de agronomía y publicó alrededor de 50 libros sobre animales y plantas de Brasil desde 1910 hasta finales de la década de 1960 (lea en Pesquisa FAPESP, edición no 229). Los expertos escribían sobre los temas más complicados, pero un compañero de Abramczyk en Folha, el periodista José Hamilton Ribeiro, en esa época empezaba a escribir sobre ciencia, y posteriormente hizo historia con sus reportajes publicados en la revista Realidadd y elaborados para el programa Globo Rural.

“Teníamos el placer de noticiar las novedades de la ciencia”, recuerda Abramczyk. “Hoy en día quizá falte un poco de joie de vivre [alegría de vivir], como dirían los franceses”. Es cierto que había una libertad mayor que la que hay ahora, como en la primera plana del 9 de marzo de 1948 del periódico A Noite, ya extinto, al igual que en O Tempo: “Sensacional descubrimiento de un científico brasileño”, para noticiar la identificación de una nueva partícula atómica a cargo del físico Cesar Lattes.

Abramczyk en 2013

Eduardo Knapp/ FolhapressAbramczyk en 2013Eduardo Knapp/ Folhapress

En la selva
Contratado por Folha en enero de 1960, Abramczyk era el responsable de la sección de medicina y biología. Para enterarse de las novedades, leía las revistas médicas y asistía a innumerables congresos en Brasil y en otros países. “Vea cuánto espacio que tenía yo”, dijo al mostrar un recorte de 1972 de un reportaje su sobre un congreso de inmunología en Lisboa, que salió en tres columnas, en página entera del diario.

Al principio él estudiaba durante el día, llegaba al diario a fin de tarde y trabajaba hasta empezar la madrugada, pero a veces ambos mundos se cruzaban. En una reunión de la Asociación Paulista de Medicina, Abramczyk escuchó a los colegas médicos hablar de una investigación sobre una enfermedad transmitida en la Amazonia. Fue allá e informó en la edición del día 9 de febrero de 1961: “Una persona hace de señuelo de los mosquitos: con sus brazos y sus piernas descubiertos, queda a la espera de que los insectos la piquen. Antes incluso de que lleguen al cuerpo de la carnada humana, se captura a los mosquitos en redomas individuales”. También tomó él mismo la foto del investigador en el monte espeso con el recipiente de vidrio en la mano aprestándose a capturar al mosquito, y con ese trabajo ganó el Premio Gobernador del Estado en 1961.

“Es fundamental contar con buenas fuentes”, dijo, apuntando hacia una foto amarillenta de tres hombres en uno de los estantes. El año es 1962. A la izquierda está Walter Leser, docente de medicina preventiva de la Unifesp y secretario de Salud dos veces, en el medio está Abrahão Rotberg, profesor de dermatología también en la Unifesp, y a la derecha se ubica Abramczyk. “Eran mis fuentes. Cené con los dos durante más de 30 años, una vez por mes. Y cada uno se pagaba lo suyo.”

Él también se disponía a evaluar y fortalecer el periodismo científico. En 1974, al cubrir el 1º Congreso Iberoamericano de Periodismo Científico, realizado en Caracas, escribió sobre la finalidad del profesional que se dedica a esa área: “Informar sin deformar y, de ser posible, interpretar. Asumir una postura decidida en pro de la ciencia y de la cultura”. Después, él mismo ayudó a organizar el 4º Congreso Iberoamericano y el 1º Congreso Brasileño de Periodismo Científico, en 1982, en São Paulo. Sus artículos sobre periodismo científico constituyen uno de los bloques de su libro Médico e repórter, junto a otros sobre salud pública, enfermedades del corazón, salud personal y enfermedades de personalidades.

Como presidente de la Asociación Brasileña de Periodismo Científico (ABJC) que ayudó a fundar en 1978, Abramczyk intentó crear núcleos de periodismo en los estados brasileños. Pero no todo salió como esperaba. Pocos núcleos efectivamente se formaron y avanzaron. Para hablar sobre periodismo científico en una de las reuniones de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC), invitó a un colega de Folha, Claudio Abramo, quien, sin embargo, dijo que el periodismo científico no debería existir y que los periodistas no deberían especializarse. Una de sus ideas consistía organizar pasantías de estudiantes de periodismo en laboratorios de investigación, de manera tal que los investigadores le perdiesen el miedo a hablar con periodistas y los futuros periodistas dejasen de ver a los científicos como personas inaccesibles. En alguna medida, esta idea cobró forma en los cursos promovidos por el Laboratorio de Periodismo (LabJor, por sus siglas en portugués) de la Universidad de Campinas (Unicamp), que reúnen a ambos grupos –científicos y periodistas– para debatir problemas comunes.

Inmersión en el reportaje: José Hamilton en Pantanal, en el río Paraguay,  en 2006

Reproducción Eduardo CesarInmersión en el reportaje: José Hamilton en Pantanal, en el río Paraguay,
en 2006Reproducción Eduardo Cesar

LAS LECCIONES DE LA REVISTA REALIDADE

En su etapa de mayor vitalidad, entre 1966 y 1969, la revista Realidade conquistó ocho premios Esso, el más importante del periodismo brasileño, en reconocimiento por reportajes tan bien elaborados que aún hoy en día pueden leerse con gusto. De los ocho premios, cuatro fueron por reportajes de ciencia. Y de éstos, tres los escribió José Hamilton Ribeiro, quien dice haber sentido el placer de ser reportero a los 9 ó 10 años de edad, al saber que un avión monomotor había caído en las cercanías de su ciudad, Santa Rosa do Viterbo, cerca de Ribeirão Preto. Corrió hasta allí con otros niños, presenció la escena, habló con el piloto y luego volvió a informarles sobre el suceso a sus familiares y vecinos que lo aguardaban en su casa. A los 80 años, cumplidos durante este mes de agosto, José Hamilton, tal como es conocido, dice que ahora vive “a un ritmo muy manso”. No necesita más seguir la rutina acelerada de producción del programa Globo Rural –en donde empezó hace 33 años, imaginando que pasaría allí tan sólo algunos meses, antes de regresar a Globo Repórter, ambos de TV Globo–, pero aún viaja y escribe reportajes. A finales de julio, estaba trabajando en dos de esos artículos, uno sobre San Gonzalo, un santo portugués poco conocido en Brasil, y otro sobre una nueva raza de vaca criada en la zona de Pantanal.

José Hamilton Ribeiro empezó a trabajar como periodista en 1955, en el diario O tiempo, y al año siguiente pasó a Folha de S.Paulo. Era reportero de la sección general, cubría el día a día y a veces ciencia. “En aquella época había un prejuicio de que los periodistas comunes estaban mal preparados y no lograrían entender y escribir sobre los temas de ciencia”, comenta al repasar su trayectoria en el despacho de su casa, situada en el barrio de Aclimação, en São Paulo. “Del otro lado, el científico no creía que un repórter generalmente joven sería capaz de entender un fenómeno con tal profundidad como para escribir sobre aquello para que lo leyera la gente común”. Por ese motivo existían los especialistas –en agronomía, medicina o ingeniería– que escribían sobre sus respectivas áreas en los periódicos. Uno de ellos, en Folha, era el médico carioca José Reis, quien un día le aconsejo al joven repórter leer las revistas especializadas para prepararse mejor en la elaboración de sus artículos.

Su práctica en el área se intensificó luego de su salida de Folha y, al cabo de una temporada en la revista Quatro Rodas –en esa época cursó Derecho y se recibió–, entró a Realidade en 1966. Allí aguzó su mirada y su habilidad para describir gente, lugares y situaciones. Durante los primeros años, hasta que la censura a la prensa la bloqueó, la revista publicaba largos artículos, muy bien redactados, sobre temas sorprendentes, tales como la vida difícil y rodeada de prejuicios de las mujeres separadas.

“La clave de la historia de Realidade, en todas las áreas, residía en el tratamiento de los textos. En los diarios, el llamado corrector de estilo corregía y a veces reescribía el texto del reportero”, dijo. “En Realidade, el editor de textos trabajaba el texto junto al reportero, mapeaba los problemas, le decía ‘el comienzo no está bueno’ o ‘está terminando por muerte súbita’, y le pedía al reportero construir mejor los personajes y las situaciones, para que la historia fluyese mejor. Porque, en un texto largo, si uno no entiende algo, deja de leer el resto.”

Poco a poco, él y los otros reporteros que escribían sobre ciencia, como Marcos de Castro, quien ganó un Premio Esso con un artículo sobre ciencia en la etapa inicial de la revista, perfeccionaron el método de trabajar con temas complicados y con los científicos. “Cuando me compete redactar un reportaje sobre medicina, ingeniería o agronomía, tengo una fuente básica o, de preferencia más de una, y le pido al entrevistado principal que haga una lectura del borrador, de la primera versión, antes de la edición del texto, para corregir cualquier error técnico. No lo hacía para que la fuente examinase la estructura o si el texto estaba lindo o feo, sino sencillamente para que dijera ‘este concepto no es así, vamos a explicarlo mejor’.”

En Realidade, esa práctica, que después se volvió habitual, nació con un artículo sobre el primer trasplante de riñón realizado en Brasil, en São Paulo. Los médicos habían evitado a la prensa por miedo al sensacionalismo, pero coincidieron en atender al equipo de la revista. “Fue una negociación, un pacto de confianza. Un asistente del médico leería el material bruto, para evitar cualquier error. Al margen de ello, el trabajo seguía al ritmo de siempre, con las mismas preocupaciones en la edición de textos”. El reportaje, publicado en diciembre de 1966, empieza con una descripción del hombre que recibiría un riñón: “Valter Mendes de Oliveira tiene 41 años y tres hijos. Es socio de una planta de torrefacción de café en São Paulo, y es bastante cuidadoso con su salud. Ya la ha pasado muy mal y ahora actúa con cautela. Temprano, a la hora del desayuno, toma su pastilla diaria. Es un medicamento caro, que viene del exterior y sólo seis personas lo toman en Brasil”. Recién después de esta introducción se presenta a los médicos.

En Portugal: José Hamilton recorre los campos para mostrar los usos de la corteza del alcornoque, en 2013

Reproducción Eduardo CesarEn Portugal: José Hamilton recorre los campos para mostrar los usos de la corteza del alcornoque, en 2013Reproducción Eduardo Cesar

Vivir antes que escribir
La elaboración de ese reportaje, que le redituó a José Hamilton el primero de sus siete Esso, constituye uno de los capítulos del libro Jornalismo científico: teoría e prática, publicado en 2014 y escrito en coautoría con Jose Marques de Melo, docente de la Universidad de São Paulo y de la Universidad Metodista. Sin embargo, su artículo preferido es uno en el cual presenta a Chico Heráclio, un auténtico capo rural del nordeste brasileño, que salió publicado en noviembre de 1966 y republicado en el reciente libro O jornalista mais premiado de Brasil, producto de 10 años de investigaciones del periodista Arnon Gomes.

De los tiempos de Realidade, José Hamilton se acuerda de otra lección importante, a la caracterizó como vivencia. “Ningún reportero escribía sin tener un mínimo de conocimiento práctico sobre el tema. Si fuese a escribir sobre una colonia de pescadores, debería pasar algunos días con éstos, es decir, convivir con los pescadores, comer la misma comida que ellos. Cuando se pusiera a escribir, lo haría sobre aquello que conocía, no sólo por haber escuchado  ni únicamente en referencia a lo que otras personas observaban”. Él sabe que hoy en día a veces hay que dar una noticia con base solamente en un artículo científico, “a vuelo de pájaro”, tal como él lo denominó, pero también se puede “hablar con el autor, visitar su laboratorio, ver con quien interactúa y las condiciones en que trabaja. Depende de lo que se pretenda hacer”, ponderó.

Mientras trabajaba en Realidade, José Hamilton dictó clases de periodismo en la facultad Casper Líbero (en donde estudió, pero no se recibió), en Fundação Armando Álvares Penteado (FAAP) y en Faculdades Objetivo. Una de sus clases fue en un anfiteatro, con una puerta a cada lado de la mesa del profesor, frente a un auditorio con los alumnos sentados. De repente una mujer entró gritando: “¡Socorro! ¡Me quiere matar!”, y a continuación, por la otra puerta, entró un hombre con lo que parecía ser un cuchillo en la mano, también gritando: “¡Te voy a matar!”. Eran solamente dos actores amateurs, que enseguida salieron de la escena. El profesor les pidió a los alumnos que escribieran acerca de lo que habían visto. A la clase siguiente, sorprendió a todos mostrando que los colores de las ropas del hombre y de la mujer variaban de un relato a otro, y el hombre, en vez del cortaplumas que efectivamente sujetaba, habría tenido en su mano un puñal o incluso una pequeña espada. “Si ustedes, futuros periodistas, en una condición privilegiada, sentados y con una visión amplia de la escena, la vieron con tantas distorsiones, imagínense la gente común”, comentó. “Ustedes no pueden confiar demasiado solamente en su observación”. Aún preocupado con la formación de los profesionales en ese campo, José Hamilton fue presidente de la Asociación de Periodismo Científico (ABJC) entre 1999 y 2001, en una época de pérdida continua de socios, y ayudó a organizar un congreso en Florianópolis.

Tras algunos años dirigiendo periódicos de Ribeirão Preto, São José do Rio Preto y Campinas, José Hamilton regresó a São Paulo a comienzos de la década de 1980 para trabajar en Globo Repórter. Su primer reportaje fue sobre los garimpeiros, los buscadores oro de Serra Pelada, en ese entonces la mayor mina a cielo abierto del mundo. En carácter temporal, mientras el equipo del Globo Repórter se reorganizaba, fue a Globo Rural, y de allí no salió más. Al saber escuchar y narrar, mostró los termiteros luminosos de Goiás junto al químico de la USP Etelvino Bechara, acompañó a investigadores por el Pantanal, recorrió Brasil y se granjeó el respeto de los entrevistados y del público, a punto tal de que su nombre, como homenaje, pasó a formar parte de la denominación científica de la especie vegetal antúrio-mirim (Anthurium hamiltonii nadruz), descubierta en 2009 en una reserva de Bosque Atlántico del estado de Espírito Santo.

Libros
ABRAMCZYK, J. Médico e repórter. São Paulo: Publifolha, 2012.
GOMES, A. O Repórter mais premiado do Brasil. Araçatuba: Eko, 2015.
MELO, J. M. y RIBEIRO, J. H. Jornalismo científico: teoria e prática. São Paulo: Intercom, 2014.

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