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Comunicación

Una paz relativa

El intercambio entre científicos y periodistas ha mejorado, pero aún es posible un avance 

Jornalismo_Scan1028NegreirosEn el segundo de una serie de reportajes sobre periodismo científico, como homenaje a los 20 años de la publicación del primer boletín Notícias FAPESP, que fue el origen de esta revista, el enfoque es la relación, a veces tumultuosa, entre científicos y periodistas. La primera entrevista, publicada en la edición de agosto, relató el trabajo pionero de Júlio Abramczyk y José Hamilton Ribeiro

En 2008, a Ana Lúcia Azevedo, por entonces editora de ciencia en el periódico O Globo, se le encomendó la tarea de preparar con urgencia un reportaje sobre los 200 años del arribo de la familia real portuguesa a Río de Janeiro. El historiador con el que se contactó para concertar una entrevista concordó con el plan de su reportaje y a continuación le pidió: “Venga dentro de dos meses”.

Ella esperaba acordar la entrevista para ese mismo día o el siguiente. Eso no fue posible, y tuvo que buscar a otro experto, que la recibió inmediatamente. Los investigadores académicos están reconociendo, poco a poco, la importancia de comunicarse con públicos más amplios, pero aún hay discordancias en cuanto al ritmo y las expectativas en la relación entre científicos y periodistas.

“Ha habido épocas peores”, dice Azevedo, quien fue editora científica durante 22 años y desde mayo de este año se desempeña como reportera especial, escribiendo principalmente sobre temas científicos, ambientales y medicina. “Antes, los investigadores sencillamente no querían hablar. Ahora son más receptivos, fundamentalmente los jóvenes”. Tan sólo en una oportunidad, un investigador joven impuso una serie de condiciones previas a otorgar una posible entrevista: el periodista no las aceptó y se comunicó con el jefe de aquél, “un inglés muy amable, y el reportaje salió perfecto”, recuerda.

“En los últimos 10 años ha habido una evidente mejora en la forma de situarse de la prensa en relación con la ciencia”, señala el físico Paulo Artaxo, docente del Instituto de Física de la Universidad de São Paulo (USP). “En general, los reporteros parecen prepararse mejor para formular preguntas más consistentes. Antes, las preguntas eran muy básicas, me preguntaban: ‘¿Qué opina de las estrategias brasileñas de combate contra los impactos de los cambios climáticos?’”.

El profesor Artaxo posee una extensa trayectoria y una habilidad poco común para hablar con los periodistas. Su didactismo y cordialidad, empero, no bastaron para evitarle infortunios. En varias ocasiones él recibió a reporteros a los que se les había encomendado la labor de entrevistar a un experto en cambios climáticos. “Ellos me pedían: ‘Profesor, ¿qué es lo que debo preguntarle?’”, relata Artaxo. “Esas entrevistas son un fiasco”.

Otro problema son las entrevistas que comienzan bien, pero luego van revelando una tendencia política tácita para un abordaje con el que él no coincide y para el cual jamás emitiría ningún comentario voluntariamente. “Ya no les concedo entrevistas a algunos organismos de prensa porque sé que lo que se va a publicar no sería lo que yo dije, sino lo que el editor quiere”, decidió, luego de comprobar que los pedidos de erratas no eran bienvenidos. En cierta ocasión, se comunicó con un periodista de una revista y le dijo que lo que había publicado no era exactamente lo que él había dicho. “Y el reportero me respondió: ‘Eso fue lo que yo entendí’”, dice Artaxo.

“Quien redacta el titular no es el mismo que hizo la nota”, dice Esper Cavalheiro, docente de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp). Él reconoce que actualmente, los periodistas están más preparados y conocen mejor el funcionamiento de la ciencia, pero también recuerda decepciones. Hace muchos años, concedió una entrevista cuando comenzó a utilizar un compuesto convulsionante, para inducir epilepsia en animales que se utilizan en experimentos. “Y el título que apareció fue algo similar a: ‘Una investigación apunta a obtener una droga anticonvulsiva’”, recuerda.

Jornalismo_Scan1029NEGREIROSOtros embates surgieron por descuidos con el lenguaje o por la dificultad para hallar un lenguaje común. Cavalheiro se refiere siempre a “individuos con epilepsia” y en los periódicos figura como si él hubiera dicho “epiléptico” o “portador de epilepsia”, términos que aborrece. “Y después los pacientes me preguntan: ‘¿Cambió de idea?’. Nunca hablo así. Debemos tener cuidado con las palabras que el público va a leer”.

La tensión entre periodistas y científicos –aunque en la actualidad sea menor, a causa de la madurez de la relación, las concesiones y el conocimiento mutuo– probablemente existirá siempre, porque ambos grupos trabajan con diferentes reglas y ritmos, analiza Alicia Ivanissevich, editora ejecutiva de Ciência Hoje, una revista de divulgación científica híbrida, donde aparecen entrevistas y noticias realizadas por periodistas y artículos redactados por investigadores. “Es una tensión positiva, que nos compele a investigar, a simplificar sin caer en el simplismo y a ubicarnos del lado del lector”.

Como editora de Ciência Hoje desde hace 18 años, ella recibe y, junto a editores científicos, analiza artículos de investigadores para su eventual publicación. “En muchas ocasiones, los artículos tienen una cantidad enorme de errores en temas que los científicos deberían dominar. Son errores de contenido, de interpretación de gráficos, de nombres científicos, de metodología, errores de todo tipo”, dice. “A veces me pregunto si el error no se traslada al periodista por comodidad o falta de modestia del científico. Así como hay buenos y malos periodistas, también hay buenos y malos científicos”. Las precauciones con el texto en la revista aseguran la calidad de los artículos. “La gran mayoría reconoce la intervención positiva de los periodistas”, relata. “En la actualidad, el 90% de los autores agradece por la edición y por la difusión”.

Tres investigadores de la Universidad de Twente, en Holanda, entrevistaron a 21 científicos del área de las ciencias biomédicas y 14 periodistas científicos para analizar las ventajas, desventajas y dificultades de comunicarse con un público más amplio que el académico. En Holanda, según surge de ese trabajo, que fue publicado en mayo de este año en la revista Journal of Science Communication, los científicos consideran que la interacción con periodistas puede incrementar la visibilidad, el prestigio académico, la posibilidad de conseguir nuevos colaboradores y la ayuda económica para sus investigaciones, y atraer el interés hacia su área de trabajo. En cambio, si el reportaje fuera malo, puede dañar la credibilidad científica y el estatus académico, además de atraer críticas negativas de los colegas.

Los científicos consideran a la divulgación de su trabajo como un deber, principalmente cuando la financiación proviene de aportes públicos, y comentan que los artículos de divulgación científica son superficiales, incompletos y siguen una tendencia sensacionalista. Para ellos, los periodistas deberían tener mayor conocimiento al respecto de los temas que escriben y contar con una formación académica más consistente. Además, ocurre con mucha frecuencia que los profesionales de la prensa no revelan claramente sus intenciones y son arrogantes, exigentes e inflexibles, aunque haya claras diferencias entre los periodistas y los vehículos de comunicación para los cuales trabajan.

Simultáneamente, los periodistas manifestaron que, en general, les gusta conversar con científicos, aunque no posean gran habilidad para comunicar lo que hacen con un lenguaje sencillo. Además, los periodistas sostuvieron que tenían dificultades para hallar a otros investigadores para entrevistar, algo que explicaría la escasa diversidad de los entrevistados, agravada por los reducidos plazos para la producción de reportajes. “Tanto los periodistas como los científicos ya conocen mejor los roles que cumplen unos y otros”, le dijo Anne Dijkstra, primera autora del estudio, a Pesquisa FAPESP. Según la investigadora, los periodistas deberían hacer públicos los resultados o descubrimientos controvertidos cuando ello fuera necesario, incluso dejando de lado las relaciones amigables con los científicos.

La periodista Fabiane Cavalcanti, arribó a conclusiones similares luego de entrevistar a diez científicos y siete periodistas de Recife en un estudio llevado a cabo en 1993, en la Universidad Federal de Pernambuco. De acuerdo con ese trabajo, los científicos temen que la objetividad e inmediatez de los periodistas simplifiquen demasiado sus trabajos, mientras que los periodistas se quejan de que los científicos se mantienen reacios a brindar informaciones. El profesor Cavalheiro, de la Unifesp, se muestra molesto ante el maniqueísmo de los periodistas, que provocan que un científico sea endiosado, cuando realiza cosas supuestamente extraordinarias, y olvidado rápidamente en caso de que cometa algún error. Artaxo también señaló la dificultad de los periodistas para lidiar con las dudas científicas: “No existe una ciencia 100% exacta”.

Una comprensión más minuciosa de los procesos de producción del conocimiento científico por los periodistas y –algo rarísimo en las universidades brasileñas–  la capacitación de los científicos para interactuar con la prensa conducirían al logro de reportajes más satisfactorios. El biólogo Guilherme Becker descubrió que algo de preparación para hablar con los reporteros puede ser de utilidad. En 2007, el concedió algunas entrevistas sobre el declive de las poblaciones de anfibios en el Bosque Atlántico, como resultado de su máster en la Universidad de Campinas (Unicamp). Como no estaba habituado a exponer sus ideas ante públicos no académicos, no le gustaron algunos de los reportajes que se publicaron y descubrió que tampoco les gustaron a sus entrevistadores. Para 2014 fue diferente, y él se explayó con seguridad ante periodistas de Estados Unidos y de Brasil, al respecto de su trabajo de doctorado, realizado en la Universidad Cornell, en Estados Unidos (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 226).

Lo que en esta nueva ocasión le ayudó a que todo saliera bien fue una conversación con su directora de tesis, Kelly Zamudio, quien le dio a conocer el media box, una táctica que ella había aprendido en un curso de desarrollo profesional que les habían brindado a los profesores de Cornell. El media box, al que también se denomina press box, es una guía con los puntos principales del trabajo a exponer, que ayuda a organizar el razonamiento y a mantener el hilo de la conversación. En un cuadrado en el centro de la hoja debe ubicarse la idea central que se desea que aparezca en el título del reportaje. Por encima, debajo y a los lados del cuadrado, el investigador que va a ser entrevistado debe ubicar los comentarios complementarios, ordenados por temas, sobre la metodología o implicaciones del trabajo, todo ello con frases cortas, claras y sintéticas. Para reducir el riesgo de decir algo que pudiera ser mal interpretado, “no hay que brindar demasiados detalles ni hablar tanto”, sugiere él.

Un detalle del media box son los conectores, que son temas que los periodistas podrían mapear –puesto que hoy en día cuentan con un mayor conocimiento al respecto de la ciencia– y que el entrevistado debería evitar, retomando rápidamente la idea principal o bien, las complementarias. “Zamudio me dijo que incluso el presidente Barack Obama empleaba el media box, mentalizando los comentarios, para no caer en trampas”, dice Becker. “En Holanda, el media training es algo común” comenta Anne Dijkstra. “En mi universidad, los docentes de relaciones públicas capacitan a los investigadores que van a entrar en contacto con los medios”.

Artículos científicos
CAVALCANTI, F. G. Jornalistas e cientistas: os entraves de um diálogo. Intercom. v. 18, n. 1, p. 140-152. 1995.
DIJKSTRA, A. M. et al. The science-media interaction in biomedical research in the Netherlands. Opinions of scientists and journalists on the science-media relationship.Journal of Science Communication. v. 14, n. 2, A03, p. 1-21. 2015.

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