Imprimir

LITERATURA

La figura poética de la prostituta

Analizan en un estudio el significado del personaje en el marco del modernismo brasileño

Lasar Segall, 1891, Vilna – 1957, São Paulo, Grupo do Mangue na escada, 1928, grabado a punta seca sobre papel, 24 x 18 cm

Patrimonio del museo Lasar Segall IBRAM/ MinC Lasar Segall, 1891, Vilna – 1957, São Paulo, Grupo do Mangue na escada, 1928, grabado a punta seca sobre papel, 24 x 18 cmPatrimonio del museo Lasar Segall IBRAM/ MinC

Una de las características significativas del modernismo brasileño fue la búsqueda de la naturaleza de la identidad nacional, un tema que encauzó una vasta tradición de estudios académicos en literatura. No obstante, al analizar el rol de la prostituta en la producción literaria del período, Eliane Robert Moraes, docente de literatura brasileña del Departamento de Letras Clásicas y Vernáculas de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), propuso una reflexión menos atenta a las cuestiones nacionales, en un intento por privilegiar ciertos sesgos universales. En el proyecto intitulado “Representaciones literarias de la prostituta en el modernismo brasileño”, desarrollado entre 2012 y 2015, la investigadora verificó que el personaje no sólo se hace presente en los trabajos de casi todos los autores de la época, sino que también aparece como elemento articulador de los propios textos. En el modernismo brasileño, tanto como en el europeo, dicha protagonista se impone como el lugar del sexo por excelencia y también como un espacio vacío en el cual pueden confluir toda clase de fantasías, por más raras e improbables que sean.

En Brasil existe una fuerte tradición de crítica literaria que interpela la obra a la luz de la realidad social del país. Tal perspectiva, según Robert Moraes, no siempre resulta favorable para el estudioso de la literatura erótica, puesto que éste trabaja con lo imaginario y no con lo real. En el curso de la investigación, ella constató que las representaciones de la prostituta no constituyen “documentos sociales”, sino interpretaciones de la realidad surcadas por las fantasías de sus creadores. De este modo, la figura representada se aparta de las mujeres de “carne y hueso” para ubicarse en una posición simbólica, un receptáculo de ciertos mitos que, en el mundo real, no siempre pueden concretarse. “El personaje de la meretriz no es una representación de sí misma, sino de un concepto del deseo”, sostiene Robert Moraes. Un claro ejemplo de eso figura en el poema “A puta”, de Carlos Drummond de Andrade, que comienza así: “Quiero conocer a la puta./ La puta de la ciudad. La única./ La proveedora./ en la calle del Bajo/ Donde está prohibido andar./ Donde la atmósfera es vidrio candente/ y las flamas abrasan la lengua/ De aquél que dice: Yo quiero/ A la puta/ Quiero a la puta, quiero a la puta”.

Robert Moraes explica que el poema articula un tópico geográfico y otro sexual, de tal manera que crea un espacio particular para el surgimiento del deseo, una dinámica que también detecta en otros versos de la época. Pero el acceso a esos dominios “bajos” ‒como la “calle del Bajo donde está prohibido andar”‒ sólo ocurre a través de la prostituta. Ella es la “guardiana de ese límite”, dice Robert Moraes, citando la expresión con la que el filósofo alemán Walter Benjamin califica a la prostituta, por ser una figura sagrada y profana simultáneamente. “Ella es quien guarda el paso entre la ciudad diurna y la nocturna, entre lo alto y lo bajo”, reitera. La investigadora recuerda que ese mismo sitial como límite aparece en los grabados del lituano-brasileño Lasar Segall sobre Mangue, la zona portuaria y prostibularia de Río de Janeiro, que siempre representan a las mujeres asomándose a las puertas y ventanas de los lupanares, ofreciéndose a los marineros de paso por la ciudad.

Lo impracticable
Durante su estudio, que contó con el apoyo del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq), Robert Moraes confirmó que el meretricio es un tema recurrente en la poesía modernista del país, tal como ya lo había notado en el estudio para su Antología da poesia erótica brasileira, publicada el año pasado. Manuel Bandeira escribió uno de los versos más conocidos en Vou-me embora pra Pasárgada (donde “hay lindas prostitutas para enamorarse”); Oswald de Andrade, Mário de Andrade y Vinicius de Moraes también les dedicaron poemas a las profesionales del sexo.

Lasar Segall, Casa do Mangue, 1929, xilografía sobre papel, 31,5 x 42 cm

Patrimonio del museo Lasar Segall IBRAM/ MinC Lasar Segall, Casa do Mangue, 1929, xilografía sobre papel, 31,5 x 42 cmPatrimonio del museo Lasar Segall IBRAM/ MinC

Robert Moraes dice que, pese a tal recurrencia, la crítica se ha enfocado poco en ese aspecto, algo que ella atribuye a diferentes factores. Uno de ellos es la censura ‒o autocensura‒ de autores y editores, que muchas veces derivó en la publicación póstuma de libros de carácter erótico, como en el caso de O amor natural (1992), de Carlos Drummond de Andrade, o de poemas tales como A morte da puta, de Murilo Mendes, que fue recientemente descubierto por el investigador Leandro Garcia entre la correspondencia del poeta católico con el crítico Alceu Amoroso Lima, también católico. “El erotismo constituye un campo que asusta, tal vez porque remite a nuestro origen así como al propio ‘origen del mundo’”, sostiene Moraes, haciendo referencia al cuadro L’Origine du monde (1866), del francés Gustave Courbet, que muestra el sexo de una mujer.

Para ella, la literatura puede trabajar con lo inconfesable, con “nuestro trasfondo oscuro”, sin que ello signifique que los escritores aprueben prácticas ilegales. “La concepción de lo inconcebible no implica la práctica de lo impracticable”, dice, al tiempo que considera al debate ético como algo fundamental y necesario para encauzar la conducta, pero no así la imaginación. Según ella, la conciencia ética no debe impedir (como no impidió) el derecho de la novelista y poeta Hilda Hilst de escribir, en O caderno rosa de Lori Lamby (1990), las memorias sexuales de una niña de 8 años que se prostituye, y le gusta. Lo cual, en ninguna instancia, avala la pedofilia. “No podemos anteponer ese juicio a la literatura, tal como ocurrió en los años 1990 con el libro de Hilda Hilst”, arguye. “La literatura debe concebirse como un ámbito de libertad, en el cual podemos dar rienda suelta a nuestros fantasmas y los tabúes que nos limitan en el plano real”.

Robert Moraes también destaca que autores anteriores al modernismo ya se valían de la figura de la prostituta para construir sus narrativas. Ella cita la novela Luciola (1862), de José de Alencar, que puede leerse a la luz de las relaciones de poder durante el Imperio. La cortesana brasileña presenta singularidades insoslayables, pues, a diferencia de la Dama de las Camelias francesa, ella vive en una sociedad con valores esclavistas. Pese a ello, la perspectiva histórica converge con la interpretación de las fantasías sexuales que el libro pone sobre el tapete. “Y estas lecturas deben contrastarse puesto que el tema no se agota ni en una ni en otra”, sostiene la profesora.

Mangue
Si bien “Representaciones literarias de la prostituta” ha sido sólo un proyecto, Robert Moraes contó con interlocutores no oficiales, entre los cuales figura Alcir Pécora, docente de teoría literaria en la Universidad de Campinas (Unicamp). “Hasta hace poco, las investigaciones en las universidades paulistas se centraron en autores del canon modernista; el trabajo con el erotismo literario trajo a colación a autores posteriores tales como el poeta Roberto Piva e Hilda Hilst, quienes no presentan vínculos directos con  las tendencias de ese movimiento y se expresan abiertamente sobre la sexualidad”, dice la investigadora. Como el núcleo primordial de interés de Robert Moraes se relaciona con la literatura libertina francesa, Pécora deduce que la investigadora elabora reflexiones singulares, lo cual configura una renovación para los estudios literarios en Brasil.

Mujer do Mangue sentada, 1942, xilografía sobre papel, 20,5 x 10,5 cm

Patrimonio del museo Lasar Segall IBRAM/ MinC Mujer do Mangue sentada, 1942, xilografía sobre papel, 20,5 x 10,5 cmPatrimonio del museo Lasar Segall IBRAM/ MinC

Para Camille Dumoulié, docente de literatura comparada de la Universidad Paris Ouest Nanterre, y uno de los principales interlocutores de Robert Moraes en diferentes frentes de trabajo, el aporte más significativo de la investigación fue que revela cómo la literatura brasileña, en su evocación de la prostituta, presenta relaciones de fondo con la literatura francesa. Otro aspecto importante, fue que torna evidente las singularidades poco conocidas de la representación de la prostituta en Brasil, algo que ayuda a rever los cánones franceses.

Como resultado del proyecto sobre las representaciones de la prostituta, Robert Moraes también dictó conferencias en países europeos y en Estados Unidos y, en 2014, se desempeñó como docente invitada en la Universidad de Nanterre. La investigación también se desplegó en otro proyecto, actualmente en curso, intitulado “Mangue: poesía y erotismo”, que articula relaciones al respecto del tema en las artes plásticas y la literatura a lo largo del siglo XX. La trama central de la investigación estudia las particularidades del imaginario de la baja prostitución en el contexto brasileño. Según Robert Moraes, a ejemplo de lo que ocurría en Mangue de los años 1920-30, en la Francia de la Belle Époque, del pintor Toulouse-Lautrec, las prostitutas y los artistas compartían los mismos ambientes.

Empero, hay una diferencia fundamental en la iconografía de esos lugares y de sus personajes. Mientras la francesa es siempre muy blanca y está marcada por las ojeras, es decir, una mujer de la noche, circunscrita a los cabarets sin ver la luz del día, en las imágenes de Mangue las prostitutas son negras y mulatas, con otro tipo de integración a la calle. “Se trata de un emprendimiento desafiante, que me situará frente a las desigualdades del país. Mi interés, en esta ocasión, radica en conocer las relaciones entre el bajo corporal y el bajo social”, dice.

Republicar