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Educación

El niño y el mundo

Una investigación relaciona las reflexiones de Hannah Arendt sobre la enseñanza con conceptos de su obra política

Neal Boenzi / New York Times Co. / Getty Images La filósofa alemana participa en 1969 en una conferencia en Nueva York: críticas al sistema educativo estadounidenseNeal Boenzi / New York Times Co. / Getty Images

La filósofa alemana Hannah Arendt (1906-1975) escribió un solo ensayo sobre educación en medio de una obra eminentemente política. En ese texto, intitulado “La crisis en la educación” (1958), publicado en Brasil en 1974 en el libro Entre el pasado y el futuro, cuestiona las orientaciones de enseñanza tenidas como las más avanzadas en esa época por pedagogos y educadores de Estados Unidos, país donde vivía la pensadora. Hannah Arendt iba intencionalmente a contramano de lo que se pensaba, al defender un sistema educativo que no se volcase por encima de todo hacia la práctica, sino hacia la tarea de llevarle al niño un legado cultural de realizaciones históricas. “La filósofa muestra que cambiar los métodos no resuelve el problema de la educación si no existe una discusión sobre su propia sustancia”, explica Celso Lafer, profesor emérito de la Facultad de Derecho de la USP y expresidente de la FAPESP.

“La función de la escuela es enseñarles a los niños cómo es el mundo, no instruirlas en el arte de vivir”, se lee en un tramo del ensayo en referencia al movimiento de la Escuela Nueva, que tiene en el filósofo pragmatista estadounidense John Dewey (1859-1952) a su nombre más importante. Esta vertiente educativa se hizo conocida por proponer “una educación para la vida”. Según la profesora Carlota Boto, de la Facultad de Educación de la Universidad de São Paulo (FE-USP), “el texto de Arendt constituye una referencia importante, por la crítica que formula a los modismos de la educación y porque apunta algunos equívocos que estaban en boga, como el de valorar en el aula únicamente lo que el propio niño crea”.

El ensayo de la filósofa alemana plantea varios desafíos. “Las reflexiones presentes en él sobre la educación son intricadas y suponen una razonable familiaridad del lector con la compleja trama conceptual de la que ella se vale en sus escritos políticos”, afirma José Sergio Fonseca de Carvalho, docente de la FE-USP. La investigación de dichas relaciones en la obra de la autora para entender en mayor profundidad su pensamiento sobre educación ha sido el objetivo de los estudios del investigador desde hace 15 años. El más reciente, su tesis de libre docencia, intitulada “Educación: una herencia sin testamento” (2013), saldrá en libro a comienzos de 2017, con ese mismo título aunque portugués, publicada por editorial Perspectiva. “Mi trabajo no apunta a plantear soluciones técnicas, sino a poner en cuestión la propia razón de ser del proceso educativo”, dice Fonseca de Carvalho, en consonancia con la afirmación de la filósofa de que la relación entre niños y adultos “no puede quedar restringida a la ciencia específica de la pedagogía” porque “se refiere a todos”.

Al intentar arribar a una comprensión más profunda de la dicotomía entre los conceptos de mundo y vida que Arendt plantea en “La crisis en la educación”, el investigador encontró la distinción entre dominio público y dominio privado en obras tales como La condición humana (1958) y ¿Qué es la política? (1955). En el ámbito privado, cabría a los cuidados destinados al niño dar cuenta de las actividades de supervivencia y manutención de la vida, mientras que la escuela ejercería la función de inmortalizar y superar una herencia recibida del mundo. “Para Hannah Arendt, es de esta manera que la formación y la experiencia educativa cobran un sentido público, y no en la preparación del individuo para la inserción en la economía”, explica Fonseca de Carvalho. Según la especialista en psicología escolar Maria Helena Patto, del Instituto de Psicología de la USP, la filósofa sostiene en ese punto del texto que la tarea de adaptación a la sociedad que las escuelas se adjudican a menudo “es más bien una deformación que una formación”.

Léo Ramos Una clase en una escuela de São Paulo: los adultos deben transmitir el legado de la humanidadLéo Ramos

Arendt rechazaba la idea de una educación al servicio de cualquier finalidad política. “Denunció la instrumentalización de la educación con fines políticos y la idea de que cabría a los educadores preparar a los niños para una idea predefinida de ciudadanía”, dice Yara Frateschi, docente del Departamento de Filosofía del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de Campinas (IFCH-Unicamp). “Esto puede siempre ocultar el deseo de sacarles de las manos a las nuevas generaciones la posibilidad de crear lo nuevo.”

La crisis en la educación referida en el título del ensayo no tiene como consecuencia necesaria un desastre, tal como la filósofa advierte en el texto. Las crisis, escribió, son situaciones en las cuales se han perdido las respuestas aceptadas anteriormente, pero sin que la sociedad perciba cuáles eran las cuestiones que demandaban esas respuestas. De esta forma, dice Fonseca de Carvalho, “el mundo moderno no se mantiene cohesionado ni por la tradición ni por la autoridad, de las cuales la educación, según Hannah Arendt, no puede dejar de echar mano”. Según la filósofa, las crisis nos fuerzan a regresar a los temas originales. La complejidad de la situación de la educación contemporánea, dice, consiste en que se trata de un prolongamiento de una “crisis del mundo moderno”. Frateschi explica que esa pérdida de la tradición es una preocupación de la filósofa provocada por el impacto de sus estudios sobre el totalitarismo nazifascista. “Su obra es una búsqueda incansable de los motivos que habría llevado a la humanidad a un tal grado de barbarie que todos los recursos teóricos disponibles son insuficientes para explicar”, dice la investigadora.

El mundo al que se refiere la filósofa en su ensayo no corresponde al planeta Tierra, y ni siquiera a la esfera pública por mera contraposición al espacio privado. “Es más bien una creación del artificio humano, un legado en el cual los recién llegados deben iniciarse a través de la educación”, explica Fonseca de Carvalho. En el proceso educativo, esa iniciación llevará a que el legado público se convierta en un legado de cada niño, “transformando lo que le pertenece por derecho en algo que le pertenece de hecho”.

Un concepto de la obra de Arendt articulado con su concepción de la escuela es el de amor mundi, que desarrolló a partir de su tesis doctoral sobre la idea de amor en la filosofía de San Agustín (354-430), defendida en la Universidad de Heidelberg (Alemania) en 1928. Amor al mundo es lo que se espera de los educadores al transmitir el legado humano y responsabilizarse por él. Según Fonseca de Carvalho, esto tiene tres implicaciones: compartir el aprecio por el esfuerzo de la humanidad para inmortalizar su existencia mortal, crear la sensación de pertenencia y recibir a los niños en un mundo “en el que se sientan cómodos, pero no tanto”. Ese “no tanto” produciría una incomodidad que sería el motor de la acción, incluso de la acción revolucionaria.

Léo RamosPara que se plasme la inclusión del niño en un mundo por el cual él aún no puede responsabilizarse, resulta indispensable que los adultos tomen las riendas, en la escuela o fuera de ella. “Aun cuando no les guste el mundo tal como es, los adultos no pueden dejar en de responsabilizarse por él como herencia en la tarea educativa”, afirma Fonseca de Carvalho. “Si no tenemos arraigo en el pasado, que es lo que define nuestra humanidad, seremos seres necios, que viven solamente en el presente, como una pieza más de un engranaje.”

Sobre esta misión, Arendt afirma que “la educación es el punto en el cual decidimos si amamos lo suficientemente al mundo como para asumir la responsabilidad del mismo”. Tal responsabilidad es necesaria porque, de acuerdo con la filósofa, el mundo no es de los niños, sino de los adultos. “Arendt argumenta que un grupo de niños dejados libres para hacer lo que quieran crea una tiranía de muchos contra pocos, cuyo ejemplo claro es la práctica del bullying”, dice Lafer.

En el origen del rol dinámico de la educación en la historia humana, estaría para Fonseca de Carvalho la noción de natalidad, que Arendt también desarrolló a partir de San Agustín y que está presente en La condición humana. “El significado y la naturaleza de la educación, para la filósofa, son producto del hecho de que el nacer de cada niño representa simultáneamente que hay un nuevo ser en el ciclo vital de la naturaleza, pero que hay también un ser nuevo en el mundo de los hombres”, dice Fonseca de Carvalho. La simultaneidad puede desplegarse a la luz del pensamiento de la filósofa en dos momentos: la del nacimiento biológico y la del nacimiento para el mundo función de la escuela.

Hannah Arendt planteaba una separación radical entre los dominios de la educación y de la política. “Sostenía que la educación se inscribe en un ámbito pre-político, pues debe salvaguardar a los más chicos de asumir una responsabilidad del mundo de la cual aún no pueden hacerse cargo”, aclara Adriano Correia Silva, profesor de filosofía de la Universidad Federal de Goiás (UFG). Como consecuencia de ello, la pensadora afirmaba que “es necesario proteger al niño del mundo y al mundo del niño”. Para ello, es indispensable que el educador tenga una autoridad –definida por Lafer como “más que un consejo y menos que un mando”– que sólo se alcanza mediante el respeto que se despierta en los alumnos por la responsabilidad que la escuela debe abrazar. “La protección debe ser retirada gradualmente”, dice Fonseca de Carvalho. “Eso es el proceso educativo.”

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