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CARTA DE LA EDITORA | 247

Un paseo por la prehistoria brasileña

La fascinación por la muerte es posiblemente una característica atemporal de la humanidad. Y una forma que ejerce el hombre para lidiar con su propia finitud consiste en comprender de qué manera las generaciones pretéritas cuidaron a sus muertos. Esto implica a su vez entender cómo vivían y cómo veían el mundo.

Investigaciones recientes, basadas en excavaciones aún en curso en el sitio arqueológico de Lapa do Santo, en la región de Lagoa Santa, estado de Minas Gerais, Brasil, proporcionan un vasto retrato al respecto de las costumbres funerarias de los pueblos que habitaron en esa zona hace entre 12 mil y 8 mil años. Ese período, que anteriormente era considerado homogéneo en términos de ocupación humana, reveló una división en tres culturas bastante diferenciadas. Cada una configuró modelos de sepultura complejos, con rituales mortuorios sujetos a reglas precisas, según revela el reportaje de tapa de la presente edición.

La riqueza arqueológica del conjunto de sitios de Lagoa Santa ha sido estudiada para poder responder diversas preguntas formuladas a lo largo de los años. El proyecto multidisciplinario en curso actualmente en Lapa do Santo apunta a contribuir para  explicar los modos de vida de esos pueblos. El potencial de la región se conoce desde el siglo XIX, cuando el naturalista danés Peter Lund descubrió huesos humanos asociados a los de grandes animales. El problema desde entonces estaba relacionado con la posible coexistencia de los homínidos con la megafauna que habitó el continente. Más adelante, los resultados de las excavaciones se utilizaron para tratar de entender el proceso de poblamiento del continente americano. El cráneo de Luzia, que data de unos 11 mil años atrás, extraído de Lapa Vermelha en la década de 1970 por una expedición arqueológica francobrasileña, le permitió al bioantropólogo de la USP Walter Neves elaborar la propuesta de que el continente habría sido ocupado no por una, sino por dos oleadas migratorias distintas: una con morfología parecida a la de los africanos y aborígenes australianos y otra, similar a la de los asiáticos, de los cuales descienden los aborígenes actuales.

El interés principal de la arqueología es la cultura material. Un buen ejemplo de ello es la diversidad de adornos en piezas de cerámica halladas, que revela muchos aspectos sobre la vida de sus dueños. Las variadas formas de vivir derivan en modos diferentes de percibir el mundo, una característica presente en los ritos y objetos, que son la principal evidencia de los pueblos antiguos a la que tenemos acceso. En el trópico, los artefactos orgánicos, elaborados con madera y paja, puede que no sobrevivan para tornarse objetos de estudio. En el sitio de Lapa do Santo, los complejos ritos de sepultura hallados no se encuentran acompañados por adornos u objetos sofisticados. ¿Sucumbieron a la descomposición o nunca existieron? Es una de las muchas preguntas que intentarán responder los equipos actuales y futuros.

Lo que les permitió a los investigadores entender los hábitos alimenticios de esos amerindios fueron los objetos y restos de comida que dejaron los antiguos habitantes del litoral fluminense en un período algo más reciente (cinco mil años). Los sambaquíes o concheros, vestigios arqueológicos también relacionados con las prácticas funerarias, constituyen un registro de la dieta de aquellos habitantes. La investigación que se detalla en la página 22 muestra que esos pescadores y recolectores precoloniales tenían una actividad de recolección de peces muy desarrollada y diversificada. Los indicios de una pesca excesiva o de especímenes muy jóvenes de peces tales como corvinas y tiburones sugieren que dicha práctica podría haber representado la primera amenaza significativa a las existencias naturales de esas poblaciones marítimas.

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