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PATENTES

Un protagonismo poco común

Las universidades brasileñas redoblan esfuerzos para transferirle conocimientos a la sociedad y ocupan espacios que, en otros países, cubren las empresas

Bárbara Malagoli Las universidades públicas prevalecieron otra vez en el ranking 2015 de los depositantes de solicitudes de patentes de invención en Brasil. Hay 15 universidades ubicadas entre los primeros 20 puestos, según un estudio efectuado por el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (Inpi), el ente autárquico que se ocupa de la concesión y la garantía de los derechos de la propiedad intelectual en el país. Cuatro empresas y una organización de investigación científica privada completan la lista. Si bien es cierto que el primer puesto lo ocupa Whirlpool, con 90 depósitos, luego de esa multinacional aparecen instituciones de educación superior, tales como la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), con 56 solicitudes, y la Universidad de Campinas (Unicamp), con 52 (vea el recuadro).

Esos datos apuntalan un comportamiento infrecuente del sistema de ciencia y tecnología del país. En los países desarrollados, contrariamente a lo que puede observarse en Brasil, son las empresas, y no las universidades, las organizaciones que se preocupan mayoritariamente por la obtención de patentes. En la clasificación de las instituciones alemanas con mayor cantidad de patentes concedidas en ese país en 2015, 18 de los primeros 20 puestos están ocupados por empresas, más de la mitad de ellas pertenecientes al sector automovilístico, donde General Motors lidera la lista, con 436 concesiones, según datos aportados por la Oficina de Patentes y Marcas Comerciales de Alemania.

Esos datos resultan útiles para apuntar tendencias, aunque no sean comparables con los de Brasil, donde las estadísticas, a raíz de la demora de más de 10 años en el análisis de solicitudes de patentes, monitorean los depósitos y no la obtención de registros. En el ranking alemán, las dos instituciones públicas que figuran entre los primeros 20 puestos son los institutos Fraunhofer y el centro de investigación aeroespacial DLR. En Estados Unidos, la primacía de las empresas es todavía más elocuente, siendo la Universidad de California la primera institución pública que figura en el ranking 2015 de la Oficina de Patentes y Marcas Comerciales de Estados Unidos (USPTO, por sus siglas en inglés), que figura en el puesto 82º. La lista está dominada por empresas de tecnología tales como IBM, Samsung, Canon, Qualcomm y Google a la cabeza.

La patente protege una invención, otorgándole a su creador el derecho de establecer, durante un determinado lapso de tiempo, las condiciones en que los terceros podrán utilizar esa idea. Se trata de un instrumento que emplean las empresas para salvaguardar sus esfuerzos de investigación y desarrollo. “Una patente es un bien industrial. Generalmente, las empresas son las principales interesadas en la defensa de la propiedad intelectual”, dice la química Vanderlan Bolzani, directora de la Agencia Unesp de Innovación, oficina de la Universidade Estadual Paulista (Unesp), institución que figura en el 8º puesto en el ranking del Inpi, con 33 patentes depositadas en 2015. “En Brasil, donde hay un sistema de ciencia y tecnología emergente y aún en etapa de consolidación, y un sector privado históricamente reacio a los riesgos, sólo en forma reciente surgió esa preocupación en su agenda”.

Brasil, Estados Unidos y Alemania presentan distintos desempeños en cuanto a la producción de innovaciones y en la protección de la propiedad intelectual. Basta tomar como ejemplo un indicador que utiliza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) a los efectos de evaluar el impacto internacional de las patentes y comparar la capacidad tecnológica de los países: las familias de patentes triádicas (FPT). En lenguaje simple, éstas son las patentes que se obtuvieron en más de un país con el objetivo de dotar de una amplia protección a una invención. Las empresas e instituciones brasileñas solicitan entre 50 y 60 patentes triádicas por año, mientras que las de Estados Unidos solicitaron 14.200 y las de Alemania, 5.500, en 2013. “Tal disparidad parece revelar que, en general, y con las honrosas excepciones acostumbradas, la mayoría de las empresas  de Brasil realiza investigación y desarrollo para objetivos relativamente modestos, relacionados con el mercado interno, y con escasas chances de repercusión mundial, al contrario de lo que hacen las empresas de Estados Unidos, China, España o Alemania. Las características de la economía brasileña parecen vedar la osadía internacional de nuestras empresas”, dice Carlos Henrique de Brito Cruz, director científico de la FAPESP.

Aunque el protagonismo académico en los rankings de patentes pueda ser visto como una anomalía, existe un interés mundial por aproximar a la universidad con el sector productivo, así como un esfuerzo permanente de las instituciones de investigación para transmitirle el conocimiento a la sociedad. Brasil, Estados Unidos y Alemania disponen de leyes que buscan transformar los resultados científicos en aplicaciones para el sector privado. En 1980, Estados Unidos instituyó una ley que se convirtió en referencia para otros países, el Bayh-Dole Act, allanando el camino para que empresas, universidades e instituciones de investigación patentaran y comercializaran invenciones financiadas con recursos públicos. En 2002, Alemania promovió una reforma que les sacó a los investigadores de las universidades la libertad de decidir patentar las innovaciones resultantes de su trabajo. Las universidades pasaron a disponer de esa primacía. En el caso de Brasil, el marco legal es la Ley de Innovación, que data de 2004 y que, entre otras disposiciones, estableció que todas las instituciones de ciencia y tecnología del país formaran Núcleos de Innovación Tecnológica (NIT), creados para la gestión de sus políticas de innovación.

Datos que surgen de dos informes del Formulario para Informaciones sobre la Política de Propiedad Intelectual de las Instituciones Científicas y Tecnológicas de Brasil (Formict), compilados por Carlos Américo Pacheco, docente del Instituto de Economía de la Unicamp, revelaron que el número de NITs que funcionan en el país se incrementó de 19 en 2006 a 180 en 2014, y los diversos tipos de protección, tales como patentes de invención y registros de software y de marcas, entre otros, evolucionaron en ese mismo período de 680 a 2.026 en el país, y de 37 a 137 en el exterior. “Resulta bastante asombroso observar el crecimiento del número de patentes y la evolución de los ingresos declarados en contratos de tecnología, que pasaron de menos de 1 millón de reales en 2006 hasta alrededor de 338 millones de la misma moneda en 2014. Las universidades respondieron en forma muy positiva a lo solicitado mediante la Ley de Innovación. A este aspecto positivo podría añadírsele el estímulo al emprendimiento que ese cambio trajo consigo. La duda reside en si ese desplazamiento tiene sentido en términos económicos, dado que las patentes también son un costo”, dice Pacheco, quien ostenta el cargo de presidente del directorio del Consejo Técnico Administrativo de la FAPESP.

En el año 2000, 20 universidades concentraban el 85% de los depósitos de patentes en el país. En tanto, en 2012, ese porcentaje cayó al 60%, un síntoma de que hubo más instituciones que se involucraron en esa actividad. El director de patentes del Inpi, Júlio César Castelo Branco Reis Moreira, considera que los NITs están apuntalando en las empresas y en las universidades el interés por la innovación. “Estos núcleos contribuyen a establecer colaboraciones con empresas en los niveles aún iniciales de la investigación”.

Innovación disruptiva
Precursora de los NITs, la Agencia de Innovación Inova Unicamp se transformó en referente entre las universidades brasileñas. Su creación oficial fue en 2003, aunque ya existía desde los años 1980 como Comisión Permanente de la Propiedad Intelectual y Oficina de Transferencia de Tecnología (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 155). Los depósitos de tecnologías protegidas rebasaron las 1.000 patentes activas y 131 de ellas se utilizan bajo licencia por empresas. En 2015, los ingresos por regalías llegaron a 2 millones de reales. “Nuestro sueño es poder licenciar una innovación disruptiva que genere recursos significativos”, dice Milton Mori, director ejecutivo de Inova Unicamp.

La experiencia de los NITs revela que la inversión de las universidades en patentes y en la adquisición de licencias de tecnología no se justifica por su potencial retorno financiero directo, sino porque genera un ámbito de innovación en torno a la institución, con posibilidades de generar riqueza. En este aspecto, la Unicamp ha logrado resultados significativos: suma 434 empresas incubadas en la universidad o creadas por gente con vínculos con la institución. Estas empresas emergentes de la Unicamp, brindaron empleo a más de 20 mil personas y facturaron más de 3 mil millones de reales en 2015.

Las patentes académicas son bastante onerosas. Los datos que aporta la Asociación de Administradores de Tecnología de las Universidades (AUTM) para 2015 revelan que las universidades estadounidenses destinaron 66.500 millones de dólares para la investigación científica y solicitaron 15.953 patentes, a un promedio de 4,2 millones de dólares en investigación por cada patente. En la mayoría de los casos, las licencias de tecnologías y la comercialización de patentes no cubren los costos de las agencias de innovación. “Incluso entre las universidades estadounidenses, se necesita que haya 100 colaboraciones entre universidades y empresas para generar 10 patentes y que una de ellas sea licenciada”, dice Moreira, del Inpi.

Ni siquiera la Universidad Stanford, pionera en la creación de una oficina de transferencia de tecnología en 1970, escapa a esa problemática. En un informe reciente, la oficina anunció que a partir de 2017, por primera vez en más de tres décadas, la tasa de un 15% que se cobra sobre las regalías de licencias no será suficiente para sostener su operación, a raíz de la pérdida de valor de las patentes de alto valor económico. Y eso pese a que Stanford obtiene 180 patentes por año en Estados Unidos y un porcentaje que fluctúa entre el 20% y el 25% de esas tecnologías se licencian.

La Agencia Unesp de Innovación resolvió recientemente dejar de abonar las tasas que cobra el Inpi para mantener decenas de pedidos y registros de patentes que no encontraban interesados en licenciarlas. Para mantener una solicitud de patente de innovación, el depositante debe abonar una tarifa anual de 295 reales, y fuera del plazo de vencimiento, ese valor sube a 590 reales. Una vez que se concede la patente, el costo anual va de 780 a 2000 reales y, cuánto más antigua sea la patente, mayor será ese valor. “Elaboramos un protocolo para definir cuáles solicitudes y registros de patentes deben abandonarse, seleccionando a aquéllos que son muy antiguos y que ya se han ofrecido a varias empresas sin tener éxito”, dice Bolzani. La agencia fue creada hace siete años y su equipo administra  más de 300 patentes. La universidad prosigue en la búsqueda de aplicaciones para sus tecnologías. En una experiencia piloto, se está evaluando parte de la cartera de pedidos de patentes de la Unesp para integrar un programa conjunto con el Centro Estadual de Educación Tecnológica Paula Souza y otros agentes financieros, y será objeto de estudios de factibilidad técnica y económica. “Se espera que eso ayude a detectar empresas e instituciones que puedan explotar las innovaciones de la Unesp”, dice Bolzani.

Redacción de patentes
También se destaca el trabajo de la Coordinación de Transferencia e Innovación Tecnológica (CTIT) de la UFMG. La misma es responsable de 818 depósitos de patentes en el país y más de 200 en el exterior, y ha firmado 87 contratos de licencias. Su actividad se inició hace 20 años, enfocándose en las patentes, y a partir de 2006 comenzó a trabajar en otros frentes para transferir tecnologías. “Somos una de las pocas universidades del país donde la redacción de las patentes está a cargo de un equipo interno”, dice la coordinadora general de la CTIT, Juliana Crepalde. El equipo de redacción de patentes posee siete colaboradores y está integrado por expertos en química, farmacia e ingeniería. “La mayoría de las agencias contrata oficinas especializadas para esa labor”.

La agencia USP de Innovación fue fundada en 2005 y tuvo una evolución notable. Hace 15 años, depositaba entre 5 y 10 patentes por año, y actualmente esas solicitudes son anualmente entre 60 y 80. El licenciamiento de tecnologías aún es restringido, manteniéndose en alrededor de cinco por año. El físico Vanderlei Bagnato, coordinador de la agencia, relata que la crisis económica dificultó los planes de alcanzar un ingreso por regalías de 5 millones de reales y actualmente ese valor ronda los 2 millones de reales. “Se cayó la facturación de las empresas a las cuales les transferimos tecnologías y la recaudación por regalías perdió aliento”, explica. “También disminuyó el interés de las empresas por adquirir la licencia de patentes”. Para afrontar esta situación, la estrategia pasa por negociar patentes a precios simbólicos. “Pero acordamos que dentro de dos años, dependiendo de los beneficios obtenidos, volveremos a conversar. Estamos negociando en esos términos con 20 empresas”, dice. Otra de las preocupaciones es tratar de acercar a los grupos de investigación de la USP y las empresas, con la expectativa de firmen convenios. “La cantidad de nuevos proyectos de empresas con la USP se mantiene en un rango de 70 a 90 por año”, dice Bagnato. “Las patentes resultantes de esas colaboraciones también pertenecen a las empresas”.

La iniciativa de la Agencia USP de Innovación no es un ejemplo aislado. Hace dos años, la UFMG comenzó a difundir la labor de sus grupos de investigación en busca de colaboraciones con empresas. Ya se han pactado 90 acuerdos de codesarrollo, donde confluyen equipos de investigadores de la UFMG y de empresas colaboradoras. La agencia Inova Unicamp se contactó con empresas pero no para ofrecerles patentes, sino para divulgar el trabajo de los grupos de la Unicamp que tienen vocación por establecer colaboraciones. “Cuando una patente surge de un trabajo mancomunado entre la universidad y la empresa, las posibilidades de que la empresa haga uso de tales tecnologías es bastante mayor”, dice Milton Mori.

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