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Intelectuales en acción

Editores, docentes, periodistas y traductores se articulaban para producir libros infantiles

Patrimonio del Museo Paulista de la USP/ Créditos fotográficos de la reproducción: Hélio Nobre/ José Rosael Cena familiar en la década de 1920: leerles a los hijos era un hábitoPatrimonio del Museo Paulista de la USP/ Créditos fotográficos de la reproducción: Hélio Nobre/ José Rosael

Al analizar la producción, la distribución y el consumo de los denominados “libros para varones” –o pornográficos–, Alessandra El Far, docente de antropología en la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp) y autora del libro Páginas de sensação (Companhia das Letras, 2004), notó que “los libros para niños también fueron bastante populares en Río de Janeiro, merced a la iniciativa de Pedro da Silva Quaresma, propietario de la Livraria do Povo, quien publicó la denominada Biblioteca Infantil”.

Ambos segmentos editoriales estaban conectados. Pimentel, quien compiló la colección de libros infantiles, había ganado gran visibilidad pública como autor del polémico O aborto, de 1893, ejemplo de un libro dedicado a los varones y también editado por Quaresma, “con muchas escenas de sexo, lujuria y obscenidades, no recomendable para mujeres”, describió El Far. Según la investigadora, O aborto y A mulata, del novelista portugués Carlos Malheiro Dias (1875-1941), quien también escribió libros infantiles, vendieron más de 5 mil ejemplares en pocos meses, lo que le permitió a Quaresma ganar impulso financiero para invertir en el mercado infantil. Al mismo tiempo, a partir de 1860, las novelas de José de Alencar y Machado de Assis empezaban a llegar a las librerías, concentradas en la calle Ouvidor y en las calles cercanas al centro de la ciudad de Río de Janeiro.

Eduardo Cesar Clásicos europeos: Juca e Chico [Max y Moritz, de Wilhelm Busch], traducido por Olavo Bilac…Eduardo Cesar

Los editores, además de buscar nuevos autores, trababan contacto con la red escolar en expansión, con el gobierno, que compraba material didáctico para los estudiantes, y con los periódicos, que sacaban partido inmediatamente con la publicidad de las obras. “Paulatinamente, la prensa asume el papel de ‘garante’ de la calidad de los libros y de los autores didácticos, algo que anteriormente estaba garantizado, básicamente por la pertenencia a instituciones, como por ejemplo el Colegio Pedro II y el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño”, comentó Alexandra Lima da Silva, docente del Programa de Posgrado en Historia de la Universidad Federal de Mato Grosso (UFMT), en un artículo publicado en 2014 en la Revista Brasileira da História da Educação. “La difusión resultaba crucial para el negocio de libros, y alternaba entre anuncios pagos por las editoriales, publicados en la prensa, y los folletos y extractos divulgados en los versos de los propios libros”, dice.

La socióloga Andréa Borges Leão, docente de la Universidad Federal de Ceará (UFC), analizó la formación y la labor de la librería Garnier y, en un artículo publicado en 2007 en História da Educação, arribó a la siguiente conclusión: No coincido con la hipótesis que define a la historia de la librería francesa en Brasil como una mera acción colonialista”. Según ella, el editor Baptiste-Louis Garnier (1823-1893), pese a su fama de mercenario, hasta el punto de decirse que las iniciales de su nombre correspondían a la expresión Buen Ladrón, fue un personaje decisivo en cuanto a la producción de libros para niños en Brasil, porque publicó traducciones de obras clásicas europeas, tales como los cuentos de Perrault y las novelas de Julio Verne, que abastecieron tanto a los lectores como a los futuros escritores de las obras nacionales que fueron surgiendo.

Eduardo CesarAventuras pasmosas do celebérrimo barão de Münchhausen [Las aventuras del Barón de Münchhausen], de 1901, y Robinson Crusoe, de 1884, ambos traducidos por Carlos JansenEduardo Cesar

“La mayoría de los libros para niños y jóvenes al final del siglo XIX se imprimían en Francia y en Alemania, porque los costos eran menores y la calidad de impresión era mejor que la de Brasil”, dice Patrícia Raffaini, de la USP. Los libros llegaban a Río de Janeiro por barco, en algo más de 20 días, y el servicio de correos y telégrafos les permitía a los editores conocer las obras de éxito en Europa para luego publicarlas en Brasil pocos años después de haber sido lanzadas en sus países de origen”. A causa de esa red de producción y relaciones comerciales, los libros de autores ingleses, italianos o estadounidenses, tales como Alicia en el país de las maravillas, Pinocho y Las Aventuras de Tom Sawyer, llegaban por medio de las traducciones en francés o en alemán y sólo se editaron en Brasil a partir de 1920. Los relatos de los expertos que evaluaron esa época resaltan la calidad del trabajo de Carlos Jansen (1829-1889), un alemán residente en Río de Janeiro desde 1878. Como profesor del Colegio Pedro II, hizo traducciones y adaptaciones que contaron con el beneplácito del público y de los críticos, como fue el caso de Las mil y una noches, publicadas en 1884 con prólogo de Machado de Assis (1839-1908), y Los viajes de Gulliver, de 1888, prologado por Rui Barbosa (1849-1923), además de escribir Contos para filhos e netos, de 1889, todos publicados por editorial Laemmert.

El editor portugués Francisco Alves (1848-1917), propietario de la librería y editorial con el mismo nombre, heredada de un tío, también publicó traducciones, pero se destacó en la producción intensiva de libros escolares y silabarios a partir de 1860. Algunos libros se leían tanto en las escuelas como en los hogares, como fue el caso de Corazón, de Edmundo De Amicis (1846-1908), que contenía relatos heroicos de niños de varias regiones de Italia, publicado en Milán, en 1886, y en Río de Janeiro, en 1891, y de cuya traducción se ocupó un prestigioso profesor del Colegio Pedro II, el escritor sergipano João Ribeiro (1860-1934).

Los intelectuales de esa época también escribían libros de carácter cívico, “buscando cimentar valores morales y éticos en los niños”, dijo Patrícia Hansen. “Se atribuía tanto a libros como a lectores el rol de transformadores sociales”. En su doctorado, concluido en 2007 en la USP, Hansen analizó 18 libros escolares, entre los cuales figuraban América, un libro del escritor gaúcho Henrique Coelho Neto (1864-1934) publicado en 1897 e inspirado en Corazón; Poesias infantis, de 1904, libro del poeta y periodista carioca Olavo Bilac (1865-1918), quien firmó como Fantásio la traducción de Juca e Chico, publicado por editorial Laemmert tres años antes; y Saudade, de 1919, uno de los libros raros que tratan sobre la vida en el campo, escrito por el historiador y profesor paulista Tales de Andrade (1890-1977), cuyo tiraje fue de 15 mil ejemplares ya en la primera edición.

Artículos científicos
LEAO, A. B. A Livraria Garnier e a história dos livros infantis no Brasil – Gênese e formação de um campo literário (1858-1920). História da Educação. v. 1, p. 159-84, 2007.
SILVA, A. L. da. A carne do mercado: Livros didáticos e o florescimento do comércio livreiro na cidade do Rio de Janeiro. Revista Brasileira de História da Educação. v. 14, p. 223-49, 2014.

Libro
EL FAR, A. Páginas de sensação. São Paulo: Companhia das Letras, 2004, 408 pág.

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