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Entrevista

Michael Shermer: A favor de la razón

El divulgador de ciencia combate irracionalismos y fundamentalismos en boga

El escritor se dedica a divulgar explicaciones científicas concernientes a fenómenos presuntamente extraordinarios o sobrenaturales

Léo Ramos Chaves

El californiano Michael Shermer, de 63 años, columnista desde 2001 de la edición estadounidense de la revista Scientific American, se dedica a divulgar explicaciones científicas que refutan la existencia de fenómenos supuestamente extraordinarios o sobrenaturales, tales como la posibilidad de resurrección, y a combatir ideas pseudocientíficas. Shermer está graduado como psicólogo y es doctor en historia de la ciencia, autor de libros sobre ciencia, moral y religión, y editor de la revista Skeptic. También es docente en una carrera básica sobre escepticismo en la Universidad Chapman, una institución regional de enseñanza superior del sur de California patrocinada por el culto protestante Discípulos de Cristo. El divulgador, quien otrora adhiriera a una confesión religiosa y hoy en día es ateo, visitó São Paulo a comienzos del mes de octubre para participar en un evento sobre divulgación de la ciencia.

¿Usted cree que ser religioso y dedicarse a la ciencia son cosas incompatibles?
Muchos científicos profesionales son personas religiosas. Por lo tanto, en teoría, eso es posible. ¿Pero eso es algo lógico? Creo que en la mayoría de los casos no lo es. Los científicos que poseen un credo religioso adoptan una estrategia para lidiar con ciencia y religión: ordenan los temas en diferentes categorías mentales que no dejan que se superpongan. La mayoría de las afirmaciones religiosas pueden ponerse a prueba con la ciencia. Si los religiosos dicen que la Tierra tiene 10 mil años de edad y los geólogos plantean que ella existe desde hace 4.500 millones de años, no pueden sumarse ambas edades y dividirlas por dos para determinar la verdad. Uno de los dos postulados simplemente es erróneo. En este caso, el de los religiosos. Pero cuando se trata de establecer valores morales, la espiritualidad, el sentido de la vida, lo que es cierto y lo que no, la mayoría de la gente cree que eso sólo puede obtenerse por medio de la religión. Yo no estoy de acuerdo. Creo que podemos valernos del método científico para abordar dichos temas. Debemos trabajar y hacer un esfuerzo para proceder en consecuencia.

¿Cómo puede ayudar el método científico en este tipo de asuntos?
Voy a brindar un ejemplo. Podemos usar la ciencia para determinar cuál es el mejor sistema político para vivir.  Hay muchos datos al respecto, que fueron registrándose en el transcurso de unos 500 años. La democracia es mejor que las teocracias, dictaduras, monarquías y estados comunistas. Estos últimos son estados fallidos. Se puede mensurar las consecuencias de los sistemas políticos en términos de los niveles de supervivencia de la población y del desarrollo. Éste es un argumento utilitario. Aquellas sociedades en las cuales se implementaron estos sistemas políticos constituyen experimentos naturales llevados a cabo por el hombre. Cuando se produjo la separación de Corea en dos países [en 1948], el norte y el sur eran iguales. En la actualidad, ambos países no son ni remotamente parecidos. Cada uno posee un sistema político, legal y económico distinto. ¿Por qué la antigua Alemania Occidental ostentaba un mayor desarrollo que la Oriental? Éstas son preguntas que pueden y deben ser respondidas por politólogos y economistas. Eso es ciencia.

¿Usted considera que las ciencias sociales deben encararse de la misma forma que las denominadas ciencias duras? ¿No es más difícil efectuar pronósticos en el campo de las ciencias sociales que en áreas tales como la química o la matemática?
En efecto. Pero en realidad, creo que las ciencias duras, en el sentido de que son más difíciles de practicar, son las ciencias sociales. En estas intervienen muchas más variables. Tanto átomos como moléculas, gases, rocas, planetas y estrellas, todos ellos objetos de estudio, presentan un número limitado de variables. Son sistemas más previsibles. Tal como ya dije, el comportamiento de los seres humanos, de la economía, involucra muchas más variables. No obstante, esa ciencia también puede hacerse y, por cierto, viene haciéndose desde hace siglos. Eso es lo que hizo Adam Smith [1723-1790] en su libro Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Él es el Newton [1643-1727] de la economía. Pero ésta es mi postura, que es minoritaria entre los científicos. Ellos no saben nada de las “ciencias blandas”.

¿Por qué la gente cree en poderes sobrenaturales y le atribuye explicaciones religiosas a ciertos fenómenos naturales?
Ocurre que el cerebro humano se encuentra preparado biológicamente para creer en esas cosas. La gente suele encontrar patrones en ciertos eventos e intentan determinar causas y conexiones entre ellos, y creen que esos modelos no son aleatorios, inanimados. Los eventos se producirían por alguna razón. Creen que existe alguna entidad subyacente, un espíritu, una fuerza, alguien que maneja los hilos. De ahí en adelante sólo hay que dar un paso para denominar a esa fuerza como Dios, espíritu, fantasma, alienígena, ángel o demonio. El mundo siempre vivió así hasta el momento en que la ciencia desbarató esas concepciones. No es porque la gente sea ignorante o tenga escasa instrucción. Tan sólo resulta más fácil seguir ese camino. Las teorías conspiratorias modernas también abrevan en esa lógica.

¿Por qué es tan fuerte el creacionismo en Estados Unidos?
Yo observo que hay dos razones. Somos, por mucho, la nación más religiosa entre las industrializadas de Occidente. Ningún país de Europa puede asemejarse ni de cerca. Y no se trata de cualquier tipo de religión. Estados Unidos es protestante, baptista. La mayoría de los católicos, incluso el Papa, hizo las paces con Darwin [1809-1882] y la teoría de la evolución. Para ellos, la evolución fue la forma que empleó Dios para crear las especies. También Newton creía que la gravedad era la forma que tenía Dios de crear planetas. En tanto, los protestantes, y más aún los fundamentalistas, necesitan creer que la Biblia está en lo cierto. Ellos realizan una lectura literal y no metafórica de la Biblia. Si la Biblia menciona días, ellos entienden que se trata cabalmente de días, y no de una construcción lingüística que alude a cierta noción de tiempo. Otra razón habla de cierta tensión entre religión y política en la esfera pública, a despecho de la división entre Iglesia y Estado. No existe, por ejemplo, un consejo general que establezca una pauta para todas las escuelas públicas del país. Cada estado, cada condado, y a veces cada distrito, tiene sus propios consejos. A veces, esos consejos están compuestos por una mayoría de religiosos fundamentalistas y por lo tanto deciden enseñar creacionismo a la par de la teoría de la evolución, o incluso en lugar de ella.

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