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Salud

Depresión adolescente

Un aumento en la actividad de la red cerebral asociada a la recompensa puede indicar un riesgo mayor de desarrollar la enfermedad

Un participante del estudio, durante un examen de resonancia magnética realizado en la Universidad de São Paulo

Eduardo Cesar

Al comienzo de la adolescencia, una etapa de grandes transformaciones en el cuerpo y en la mente, es cuando aumenta la frecuencia de casos de depresión, signada por una sensación prolongada de tristeza, la caída de la autoestima y pérdida del placer por realizar actividades anteriormente agradables. Estudios en cuyo marco se efectuaron seguimientos de niños y adolescentes de Estados Unidos al final de la década de 1990 constataron que el porcentaje de casos nuevos que surgen cada año pasa del 1% a los 11 años de edad, a un 2% a los 15 años y a un 15% a los 18. En promedio, una de cada seis personas sufrirá un episodio de depresión durante el transcurso de su vida. Y ahora, un grupo de científicos brasileños ha verificado que una alteración en el funcionamiento de la red cerebral asociada con la recompensa parece preceder en algunos años a la instalación del problema en los adolescentes. Si esto se confirma en otros estudios, esta particularidad quizá pueda servir como indicador del riesgo de sufrir depresión.

Tal conclusión se desprende de un estudio en el cual se evaluó al menos durante tres años a 529 niños y adolescentes brasileños (255 de São Paulo y 274 de Porto Alegre). Exámenes por imágenes que permiten visualizar el cerebro en funcionamiento revelaron que aquéllos que registraban mayor actividad en la red cerebral de la recompensa y con sus puntos más conectados entre sí, presentaban un riesgo un 54% mayor de ser diagnosticados con depresión en el examen psiquiátrico efectuado tres años después del test inicial que aquéllos niños y adolescentes en los que ese circuito operaba en niveles más bajos y se consideran adecuados.

La red de la recompensa comenzó a mapearse al comienzo de la década de 1950 en test con roedores que llevaron a cabo el psicólogo estadounidense James Olds (1922-1976) y el neurofisiólogo Peter Milner (1919). Esa red, conformada por diferentes regiones del cerebro sensibles a la acción de la dopamina, un comunicador químico (neurotransmisor) que transporta informaciones de una célula cerebral a otra, procesa las sensaciones de placer, tales como las generadas por el consumo de alimentos sabrosos, el contacto con amigos, un elogio del jefe o por la actividad sexual. También modela la motivación, una fuerza interna que estimula al individuo a perseguir sus deseos y satisfacer sus necesidades.

En el estudio con niños y adolescentes de São Paulo y Porto Alegre, el psiquiatra Pedro Pan, investigador de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), y el neurocientífico y estadístico João Ricardo Sato, docente de la Universidad Federal del ABC (UFABC), analizaron el grado de conectividad entre 11 puntos de la red de la recompensa, mientras los voluntarios permanecían acostados y en reposo en el interior de un resonador magnético. A los voluntarios se les había solicitado que miraran un punto fijo y que no se concentraran en ningún pensamiento específico. En tal situación, el cerebro se encontraría en su estado más básico –de cualquier modo, con varias redes cerebrales activas– y permitiría identificar las características intrínsecas de su funcionamiento.

Entre los participantes con un circuito cerebral de recompensa más conectado y activo, un área en particular les llamó la atención a los investigadores: el cuerpo estriado ventral izquierdo. Esta pequeña estructura localizada en una región profunda y evolutivamente primitiva del cerebro se encontraba más activa en los niños que más tarde desarrollarían depresión que en aquellos que no padecieron ese trastorno.

Antes de los síntomas clínicos
“Es la primera vez que se observa el funcionamiento anormal del circuito de la recompensa en reposo previo a que la depresión se manifieste desde el punto de vista clínico”, dice Pan, autor principal del artículo que describió esos resultados en noviembre de 2017 en el periódico American Journal of Psychiatry. Según refiere el psiquiatra, ese resultado refuerza la hipótesis de que la alteración en el funcionamiento de la red sería el origen de algunas formas de depresión, particularmente de aquellas caracterizadas por la anhedonia, es decir, la pérdida del interés por las actividades anteriormente placenteras.

El año pasado, Pan pasó cuatro meses analizando los datos con la colaboración del psiquiatra Argyris Stringaris, director de la Unidad de Humor y Desarrollo del Cerebro del Instituto de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH, según su sigla original en idioma inglés). Estudios anteriores conectaban la actividad anormal del estriado ventral con problemas neurológicos, tales como la enfermedad de Parkinson y trastornos psiquiátricos como por ejemplo, la esquizofrenia y la depresión. En 2015, Stringaris advirtió una conexión entre el funcionamiento del estriado ventral y la depresión: esa estructura se tornaba progresivamente menos activa a medida que los síntomas de depresión se instalaban en los adolescentes.

Los resultados del estudio de Pan y los de Stringaris parecen contradictorios, pero no lo son. Stringaris había utilizado una estrategia distinta y al mismo tiempo complementaria. En el estudio publicado en 2015 en el American Journal of Psychiatry, Stringaris incluyó a voluntarios que participaron de un juego que podría otorgar una recompensa (golosinas) mientras se tomaban imágenes del cerebro en funcionamiento. No obstante, ese trabajo no permitía saber si la alteración en la actividad del estriado era causa o consecuencia de la depresión.

“Si se los analiza en conjunto, los datos sugieren que los cambios en el cerebro comienzan algún tiempo antes de la manifestación clínica de la enfermedad”, dice Pan. Él y Stringaris interpretan la hiperactividad inicial del estriado ventral, previa a su pérdida de función, como una forma a la que apela el cerebro para intentar compensar un problema que aún no está instalado o como un síntoma de que no está logrando procesar en forma adecuada los estímulos que generan la sensación de recompensa.

El uso de neuroimágenes para detectar factores de riesgo intenta aproximar a la psiquiatría con las áreas médicas que actúan de manera preventiva

El primer paso
Si otros estudios confirman ese hallazgo, la activación excesiva del estriado ventral puede tornarse predictiva del riesgo de depresión en los adolescentes. “Este es un primer paso”, dice el psiquiatra Luis Augusto Rohde, docente de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS) y coautor del estudio de Pan. “previamente, se necesita replicar el estudio con otro grupo de voluntarios para comprobar si el efecto se mantiene y, quién sabe, acaso un día podría incorporárselo a la práctica clínica”. Ese estudio, que en un principio estuvo coordinado por Rohde y por el psiquiatra Euripedes Constantino Miguel, de la Universidad de São Paulo (USP), y ahora se encuentra a cargo de los psiquiatras Rodrigo Bressan, de la Unifesp, y Giovanni Salum, de la UFRGS, es pionero en América Latina y efectúa un seguimiento de largo aliento a esos 529 voluntarios, además de a otros 2 mil niños y adolescentes. El trabajo también cuenta con la participación de la bióloga experta en neuroimágenes Andrea Jackowski, de la Unifesp, y tiene como objetivo identificar las alteraciones en la estructura y en el funcionamiento del cerebro que caracterizan su maduración saludable y las modificaciones que indiquen un riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos.

“El trabajo presenta diversas cualidades, como el hecho de haber conseguido replicar en los niños de São Paulo aquello que había podido observarse en los de Porto Alegre, afianzando la idea de que el efecto de la alteración en el estriado ventral sobre la depresión sea real”, comenta el psiquiatra Christian Kieling, quien no intervino en la investigación. Experto en psiquiatría infantojuvenil y docente de la UFRGS, Kieling desarrolló junto a colaboradores de la Universidad Federal de Pelotas un sistema de puntuación (score), actualmente en fase de prueba, que intenta predecir el riesgo de desarrollar depresión a partir de las características sociodemográficas de los adolescentes. En caso de que funcione, esta estrategia se utilizará para seleccionar adolescentes de alto riesgo para realizarles estudios por neuroimágenes. “El uso de la neuroimagen para identificar factores de riesgo de depresión es un área que comienza a ser explorada e intenta servir como nexo entre la psiquiatría y otras especialidades médicas, que intervienen de manera preventiva y no sólo curativa”, dice Kieling.

“Si algún día logramos identificar el aumento del riesgo de desarrollar depresión a partir de la actividad del cuerpo estriado, podría resultar viable intervenir antes de que la enfermedad se manifieste”, supone Pan. “Existen técnicas de psicoterapia que ayudan a combatir la anhedonia y pueden ser importantes para esa franja etaria”.

Proyectos
1.
INCT 2014: Psiquiatría del desarrollo para niños y adolescentes (nº 14/50917-0); Modalidad Proyecto Temático; Programa Institutos Nacionales de Ciencia y Tecnología; Investigador responsable Euripedes Constantino Miguel (USP); Inversión R$ 3.418.957,70
2. Cohorte de alto risco para trastornos psiquiátricos en la infancia: Estudio por neuroimagen después de 3 años (nº 13/08531-5); Modalidad Ayuda a la Investigación – Regular; Investigadora responsable Andrea Parolin Jackowski (Unifesp); Inversión R$ 319.256,76

Artículo científico
PAN, P. et al. Ventral striatum functional connectivity as a predictor of adolescent depressive disorder in a longitudinal community-based sample. American Journal of Psychiatry. v. 174(11), p 1112-19. 1º nov. 2017.

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