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Memória

Una vacuna controvertida

El primer intento por evitar la fiebre amarilla en Brasil, en 1883, estuvo signado por la polémica

El comedor de la posada de Ilha das Flores, en Río de janeiro, que recibía inmigrantes: prioridad para la vacunación

Colección Leopoldina Brasil. Archivo Centro de Memória da Imigração da Ilha das Flores/ Uerj

En la mañana del 14 de abril de 1883, el médico carioca Domingos José Freire (1843-1899), docente de la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, dio un paso radical en su propósito de crear una vacuna contra la fiebre amarilla, una enfermedad que se había instalado en forma permanente en la sede de la Corte imperial a partir del primer brote, en 1849. Inspirándose en el químico francés Louis Pasteur (1822-1895), quien ya había creado las vacunas contra el cólera de las gallinas y el carbunclo de las ovejas, Freire y tres estudiantes de medicina ingresaron a una morgue de Niterói, abrieron el cadáver de un marinero fallecido a causa de la fiebre amarilla hacía menos de una hora, le extrajeron sangre del corazón y muestras de órganos y tejidos y se llevaron todo al laboratorio de química inorgánica de la facultad.

A la luz del microscopio, observaron en las muestras de sangre del marinero lo que supusieron que sería el agente causante de la fiebre amarilla, una bacteria a la que Freire ya había identificado y la había denominado Cryptococcus xanthogenicus. A continuación, inocularon sangre del cadáver en un conejo, que presentó un acceso de convulsiones y murió en 15 minutos. Extrajeron sangre del animal, en la cual identificaron el criptococo, y se la inocularon en un conejillo de Indias, que también murió, un indicador de la posibilidad de transmisión del agente causante de la fiebre amarilla. Con posterioridad, en 1928, se descubrió que la enfermedad era causada por un virus.

Doctrine Microbienne Ilustración de un globo de vidrio utilizado en la producción de la vacuna, publicada en un libro en 1885Doctrine Microbienne

Un mes antes, el ministro de Negocios del Imperio de Brasil, el consejero Pedro Leão Veloso (1828-1902), le había prometido a Freire una “merecida recompensa” si tenía éxito en su trabajo. También fue en el mes de abril que el médico empezó a relatar sus experimentos en la Gazeta de Notícias, en la cual además le respondía a médicos y cronistas que rechazaban o ridiculizaban su labor.

“La ciencia no había sido aún confinada solamente en los periódicos científicos y en el mundo académico”, dice el historiador de la ciencia Jaime Larry Benchimol, investigador de la Casa de Oswaldo Cruz en la Fundación Oswaldo Cruz (COC-Fiocruz), quien relató el evento de la morgue en el libro intitulado O desenvolvimento da vacina contra a febre amarela [El desarrollo de la vacuna contra la fiebre amarilla] (editorial Fiocruz, 1999) y redactó varios artículos que aluden a Freire. “El debate era público y la retórica era inherente al quehacer científico de aquel momento”.

O Album, año 1, nº 22. 1893 Freire adquirió prestigio y viajó a París y a Washington para hablar sobre su trabajoO Album, año 1, nº 22. 1893

Algunos meses más tarde, en agosto de 1883, Freire le presentó al nuevo ministro del Imperio, Francisco Antunes Maciel (1844-1917), los resultados de sus experimentos con los cultivos del microbio debilitado de la fiebre amarilla. Maciel nombró una comisión de la Junta Central de Higiene Pública para evaluar el trabajo efectuado en la facultad de medicina. Luego de enfrentarse al ministro a causa de ciertos problemas con la vacunación contra la viruela en Bahía, la comisión fue disuelta y, en el mes de octubre, Freire fue designado presidente de la Junta.

El médico ya había comenzado a inocular su vacuna en voluntarios, bajo protesta de la extinta comisión de la Junta. Decía que tenía autorización del gobierno, pero quien entonces era el presidente de la Academia Imperial de Medicina, Nuno de Andrade (1858-1915), comentó que “quien autorizó al Dr. Freire a inocular cultivos fue el propio Dr. Freire”, tal como se relata en el libro de Benchimol. Para el 1º de noviembre ya se había vacunado a 48 personas, en su mayoría españoles e italianos recién llegados a Río. Ese mismo mes, el Ministerio del Imperio autorizó la publicación de anuncios invitando a inmigrantes y nativos a vacunarse en el Instituto de Vacunación del Imperio, que aplicaba la vacuna contra la viruela. Se estima que la vacuna de Freire fue inoculada a unos 13 mil individuos entre 1883 y 1989 en la que por entonces era la capital federal y en los estados de Río de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais.

Ilustración de 1885 de la bacteria C. xanthogenicus (a la izq.) y foto obtenida por microscopia del virus causante de la fiebre amarilla, identificado en 1928

Para demostrar que su vacuna funcionaba, Freire elaboraba informes anuales, aunque recurriendo a métodos estadísticos bastante vulnerables, que mostraban la cantidad de personas vacunadas y las vidas que él supuestamente habría salvado”, dice Benchimol. Como parte de su argumentación, en 1885 el médico publicó en Río de Janeiro un libro de 451 páginas intitulado Doctrine microbienne de la fièvre jaune et ses inoculations préventives, con fotografías del supuesto agente causante y descripciones de su método y de los pacientes vacunados. Sus actividades le granjeaban fama y prestigio, hasta el punto de ser invitado a dar charlas sobre su trabajo en París y en Washington.

“Había varias teorías en disputa, que incluían la miasmática [según la cual, las enfermedades emanarían de los olores fétidos de la materia orgánica en descomposición y de las aguas estancadas], que justificaban la reforma urbana de Río de Janeiro”, recuerda Benchimol. “La fiebre amarilla era un problema polémico, con un índice de mortalidad cercano al 40%, igual que hoy”. La disputa por la autoría del hallazgo del agente etiológico de la enfermedad fue encarnizada hasta 1928, cuando ese rol fue atribuido a un virus aislado en primates naturalmente infectados en África occidental. En 1883, un fisiólogo del Museo Nacional, João Batista Lacerda (1846-1915), le presentó a la Academia Imperial de Medicina lo que él consideraba que era el verdadero causante de la fiebre amarilla: el Fungus febris flavae, que se acumulaba en el hígado y generaba una ictericia severa. Lacerda perdió credibilidad luego de que un bacteriólogo francés analizó su material y comprobó que se trataba de una bacteria y no de un hongo. Otros dos supuestos agentes causantes de la fiebre amarilla fueron descritos en una edición de los Annales de l’Institut Pasteur en 1897: el primero era una bacteria que viviría en el sistema digestivo de los pacientes, identificada por un médico de Río, Wolf Havelburg; el segundo era el Bacillus icteroides, identificado por el bacteriólogo italiano Giuseppe Sanarelli (1864-1940), director del Instituto de Higiene Experimental de la Universidad de Montevideo, en Uruguay.

Fondo Instituto Oswaldo Cruz Preparación de huevos embrionados para la producción de la vacuna contra la fiebre amarilla en Río, en 1943Fondo Instituto Oswaldo Cruz

Nuevos descubrimientos
En 1887, el bacteriólogo estadounidense George Sternberg (1838-1915), a pedido del gobierno de Estados Unidos, criticó la inconsistencia de los métodos de trabajo y de las vacunas desarrolladas por el médico Manuel Carmona y Valle (1831-1902) en México y por Freire en Brasil, luego de visitar los laboratorios de ambos. “Sternberg consideró que el fracaso de sus propios intentos por aislar el ‘germen de la fiebre amarilla’ como prueba suficiente de que el éxito de los demás no iba mucho más allá de una mera ilusión. Y sostenía que los trabajos de Freire y de Carmona y Valle no tenían ningún interés científico”, comentó la historiadora de la ciencia Ilana Löwy, investigadora del Centro de Investigación, Medicina, Ciencias, Salud y Sociedad (Cermes) de París, en el libro intitulado Vírus, mosquitos e modernidad: A febre amarela no Brasil entre ciência e política (editorial Fiocruz, 2006).

“Los nuevos descubrimientos y procedimientos del trabajo científico desestimaron aquello que Freire y otros habían hecho al final del siglo XIX”, dice la historiadora de la ciencia Marta de Almeida, investigadora del Museo de Astronomía y Ciencias Afines (Mast). En 1881, el médico cubano Carlos Finlay (1833-1915) presentó en un congreso científico en Washington la idea de que el agente causante de la fiebre amarilla sería transmitido a través del mosquito Stegomya fasciata, más tarde renombrado como Aedes aegypti. “Finlay también suponía que el agente que provoca la fiebre amarilla sería una bacteria, denominada Micrococcus tegraenus, lo cual ayuda a explicar por qué su teoría demoró en ser aceptada”, dice Benchimol. Recién para 1900, el Ejército de Estados Unidos, que también buscaba a una bacteria como agente de la fiebre amarilla, evaluó la hipótesis de transmisión de la dolencia propuesta por Finlay, combatiendo a los mosquitos en Cuba, y en seis meses la enfermedad que asolaba a los soldados había desaparecido. El médico Emílio Ribas (1862-1925), director del Servicio sanitario del estado de São Paulo, afianzó la idea de la transmisión que planteó Finlay en 1898, al dejarse picar por insectos infectados contrayendo un forma leve de la enfermedad. En Río de Janeiro, el médico Oswaldo Cruz (1872-1917) encabezó las campañas de erradicación del mosquito transmisor. “Al principio, los médicos descreían de la idea de la transmisión de la fiebre amarilla por mosquitos que, si bien eran molestos, se los consideraba inofensivos”, dice De Almeida.

Sternberg (a la izq.), crítico de Freire, y Finlay (a la der.), el descubridor del Aedes aegypti como transmisor del virus

En 1936, el médico sudafricano Max Theiler (1899-1972) concluyó el desarrollo de una vacuna contra la fiebre amarilla en los laboratorios de la División Internacional de Salud (IHD, por sus siglas en inglés) de la Fundación Rockefeller en Nueva York, con una versión atenuada del virus, para entonces ya reconocido como el agente causal de la enfermedad. La fundación financió las primeras pruebas de campo, que se realizaron en Brasil al año siguiente y, ante los resultados positivos, apoyó la producción de la vacuna a gran escala, que comenzó inmediatamente después en el Instituto Tecnológico en Inmunobiológicos (Bio-Manguinhos), en Río de Janeiro, con una cepa del virus original y un método de producción prácticamente inalterado desde ese entonces.

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