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Literatura

El modernismo revisitado

Investigadores repiensan el lugar del movimiento vanguardista de la ciudad de São Paulo en la escena cultural brasileña

Daniel Kondo

El protagonismo en el escenario cultural brasileño de la Semana de Arte Moderno −objeto de estudio de críticos, historiadores e investigadores del área de literatura durante casi un siglo, y realizada en febrero de 1922 en el Teatro Municipal de São Paulo− se encuentra en revisión. En la esfera literaria, estudios recientes indican que dicha semana forma parte de un proceso iniciado a finales del siglo XIX, y que incluye el trabajo de autores hasta ahora poco conocidos, que actuaron en distintas regiones del país y no se restringían al medio intelectual paulistano.

Inspirado por vanguardias europeas, el modernismo fue un movimiento artístico que intentó romper con características estéticas en ese entonces consideradas tradicionales. En la literatura brasileña, la abolición de las versificaciones utilizadas por los poetas parnasianos y la producción de textos sobre la identidad nacional, en un lenguaje popular, fueron algunas de sus directrices más significativas.

En la historiografía literaria nacional, la Semana de Arte Moderno es considerada el punto de partida del proceso de renovación de las letras. Bajo el liderazgo de Mário de Andrade (1893-1945), Oswald de Andrade (1890-1954) y Menotti Del Picchia (1892-1988), decenas de intelectuales, principalmente de las ciudades de São Paulo y Río de Janeiro, participaron en el evento, dictando conferencias y haciendo la lectura de textos y poemas. En común, tenían el deseo de transgredir y superar los temas y las formas que permeaban la literatura producida hasta entonces.

Maria Arminda do Nascimento Arruda, docente del Departamento de Sociología y directora de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), recuerda que las revisiones críticas al modernismo cobran cuerpo recién a partir de la década de 1990. “Hasta los años 1980, principalmente en el escenario académico paulistano, el movimiento fue tratado como si estuviera por encima de cualquier evaluación crítica”, comenta. Según la profesora, quien desde 2011 desarrolla el proyecto de investigación intitulado “Los trayectos del modernismo en Brasil: La novela de 1930 y la sombra del pasado en el tránsito de lo moderno”, eso se dio, en parte, porque la creación de la USP involucró a personas vinculadas al escenario cultural modernista. Esos intelectuales empezaron a reflexionar sobre el modernismo paulistano, tratándolo como punto de inflexión en la cultura de Brasil y contribuyendo para difundir la tesis de que tuvo un rol central en el proceso de renovación del campo literario.

La diseminación de abordajes de la historia a partir de la vida cotidiana permitió una nueva mirada sobre el modernismo, propone Mônica Pimenta Velloso, historiadora e investigadora en la Fundación Casa de Rui Barbosa, en Río de Janeiro. La historia pasó a pensarse también desde la perspectiva de la cultura, de las prácticas y representaciones construidas por los diferentes grupos sociales que componen la vida cotidiana. “Este cambio tuvo influencia sobre los análisis acerca del modernismo brasileño, que pasaron a priorizar las diversidades urbanas y regionales”, dice.

Autora de los libros Modernismo no Rio de Janeiro (KBR, 2015) e História e modernismo (Autêntica, 2010), la historiadora considera que ese cambio de perspectiva permitió que algunos estudiosos del movimiento vieran que las relaciones entre centro y periferia eran más complejas de lo que se pensaba y que ciertos autores considerados de menor importancia también tuvieron participación significativa en el desarrollo del modernismo en Brasil.

El año de 1922 fue emblemático para la creación de memorias en el país, a causa de las conmemoraciones del centenario de la Independencia, afirma Mônica Pimenta Velloso. Además de la Semana de Arte Moderno, Brasil realizó la Exposición Internacional, un evento oficial organizado en Río para exhibir al mundo el progreso de la industria brasileña. Dicho evento fue objeto de críticas de las revistas semanales de humor. A diferencia de la Exposición Internacional, la Semana de 22 fue exitosa en su pretensión de transformarse en hito histórico. La lectura consagradora de críticos e historiadores contribuyó para la construcción de esa posición en el imaginario cultural brasileño.

Maria Arminda do Nascimento Arruda recuerda que la primera revisión del movimiento ya ocurrió en la década de 1930, con la emergencia de autores de la novela social del nordeste brasileño, como José Lins do Rego (1901-1957) y Jorge Amado (1912-2001). La crítica leyó a esos novelistas como representantes de la segunda generación modernista, denominación que presupone que ellos partieron de los ideales de la primera generación para componer su universo narrativo. Sin embargo, los líderes del modernismo paulista –Mário de Andrade y Oswald de Andrade– tenían la percepción de que esa literatura se distanciaba de las propuestas experimentales que caracterizaron al momento inicial del movimiento en São Paulo. “Oswald de Andrade, por ejemplo, pasó a usar el término ‘búfalos del nordeste’ para referirse a esos autores, aludiendo a su literatura de denuncia social y tono sobrio, que difería de aquélla producida por los intelectuales en 1922, más interesada en captar la velocidad de las metrópolis con sesgo transgresor”, compara.

Investigaciones recientes procuran contradecir lecturas que plantean la literatura de la década de 1930 como repercusión del modernismo paulistano. Mônica Pimenta Velloso corrobora esa propuesta al indicar que Manaos, Belém y Recife tuvieron acceso a la cultura vanguardista europea sin la mediación de São Paulo o de Río. “Hoy en día sabemos que lo moderno brasileño resulta de una amalgama compleja que involucra distintas tradiciones y relecturas, combinando localismo, nacionalismo y cosmopolitismo”. La investigadora sostiene que ese proceso de renovación no tuvo sólo a la Semana de 22 como hito: “Localizo en intelectuales de la generación anterior algunas de esas voces, entre ellos Silvio Romero [1851-1914] y Euclides da Cunha [1866-1909]”. La historiadora rememora que, en su trayectoria, Romero hizo un mapeo de la cultura brasileña, creando instrumentales de investigación para poder estudiarla. “El proyecto de organizar y mapear la cultura nacional precede y dialoga con el historial de estudios considerados pioneros que desarrolló Mário de Andrade a partir de la década de 1930 sobre el folclore brasileño”, detalla. Pimenta Velloso considera, asimismo, que Euclides da Cunha ya buscaba crear símbolos de la identidad nacional al recurrir al imaginario del habitante del sertón en sus narrativas. “Antes del siglo XX ya existía una generación intelectual movida por una sensibilidad modernista”, argumenta.

Archivo Fundación Biblioteca Nacional El estudio sobre revista editada en Minas Gerais permitió revelar un aspecto ambivalente del modernismoArchivo Fundación Biblioteca Nacional

En un proyecto de investigación recientemente concluido, Humberto Hermenegildo de Araújo, profesor jubilado del Departamento de Letras de la Universidad Federal de Rio Grande do Norte (UFRN), identificó la existencia de un esfuerzo de renovación literaria en la región anterior a la Semana de 22. Como ejemplo, recuerda que la primera traducción y publicación del Manifiesto futurista, del italiano Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944), que difundía ideales estéticos vanguardistas europeos inspiradores de los paulistanos en su programa modernista, se concretó en el estado de Rio Grande do Norte, en 1909. Además, De Araújo comenta que los primeros vuelos comerciales desde Europa hacia América del Sur llegaban a Natal, inspirando a poetas de la ciudad como Jorge Fernandes (1887-1953) a escribir versos sobre aviones y los progresos de la civilización, temática que también permeó la poética de modernistas de la primera generación. “Había un interés por lo nuevo en todo Brasil. En aquel momento, el país recibía estímulos extraliterarios y se relacionaba con la modernidad, con la valoración de las máquinas, del mundo urbano y de la idea de progreso”, afirma De Araújo.

En el caso del único libro de poemas publicado por Jorge Fernandes, reseñado por Antônio de Alcântara Machado (1901-1935), un importante escritor y crítico literario de la época, De Araújo explica que, al tiempo que se veían motivados por elementos culturales tradicionales de Natal, sus versos contenían aspectos vanguardistas de la poesía visual, que sólo desarrollarían en Brasil por los concretistas en la década de 1950. Aunque participaba en la vida intelectual del país, habiendo recibido a Manuel Bandeira (1886-1968) y a Mário de Andrade cuando estuvieron en el nordeste, y habiendo publicado poemas en la Revista de Antropofagia, editada en São Paulo a finales de la década de 1920, Fernandes quedó olvidado hasta mediados de los años 1970, cuando fue revisitado en el marco de estudios dedicados a revelar movimientos literarios más allá del eje Río-São Paulo. “Las culturas regionales repercutieron en el modernismo paulistano e investigaciones recientes muestran cómo lugares periféricos produjeron un conocimiento que fue absorbido por áreas centrales”, enfatiza Humberto Hermenegildo de Araújo. En estudios que relativizan la centralidad de los intelectuales paulistanos en el proceso de renovación literaria, el investigador nos recuerda que Luís da Câmara Cascudo (1898-1986), historiador y folclorista oriundo de Rio Grande do Norte, fue el principal divulgador del modernismo de 22 en su estado, al igual que ayudó a difundir la cultura regional entre autores de São Paulo. Según De Araújo, cuando Mário de Andrade emprendió sus viajes etnográficos por Brasil a finales de la década de 1920, Da Câmara Cascudo lo recibió y lo guió por Rio Grande do Norte, y esas visitas permitieron ampliar la visión que el paulistano tenía de Brasil, hasta entonces más centrada en los medios urbanos de São Paulo y de Río de Janeiro. Macunaíma, publicado por Mário de Andrade en 1928, se escribió después de esos viajes.

Para De Araújo, las actuales investigaciones que buscan revelar autores, obras o aspectos desconocidos del modernismo privilegian el estudio de documentos que van más allá del texto literario, tales como diarios personales, correspondencias y periódicos regionales, entre ellos Leite criôlo, que circuló en Belo Horizonte en 1929. Miguel de Ávila Duarte, doctor en estudios literarios por la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), participó en el proceso de edición, en 2012, de un libro que contiene 19 ediciones en facsímil de ese periódico. Según el estudioso, en los años 1920, Leite criôlo tuvo participación significativa en la red de revistas modernistas. “Una prueba de ello es que varios poemas del paulista Raul Bopp [1898-1984] fueron publicados en el periódico de Minas Gerais, bajo el pseudónimo Jacop Pim Pim, al lado de versos de autores de otros estados, tales como Pará y Paraná”. Duarte explica además que Leite criôlo es mencionado repetidas veces en la Revista de Antropofagia, publicación que se volvió una de las más conocidas en la historia del movimiento. “Pese a su importancia en el inicio del modernismo, Leite criôlo dejó de considerarse significativo durante las décadas siguientes, por no encajarse en la narrativa que pone al grupo paulistano como central en el proceso de renovación de la literatura nacional”, afirma.

El investigador de Minas Gerais recuerda que luego de la revisión realizada entre los años 1930 y 1940 por parte de los propios autores que participaron en la Semana de 22, el modernismo paulistano volvió a ser objeto de estudios académicos durante la década de 1950, cuando emergieron análisis más profundos sobre obras como Macunaíma. En la celebración de los 50 años de la Semana, el modernismo de la ciudad de São Paulo consolidó su posición hegemónica en la historiografía, con la edición de obras completas y publicaciones en facsímil de revistas como Klaxon, que circuló en São Paulo entre 1922 y 1923.

En el ensayo intitulado “Estéticas da ruptura”, Eneida Maria de Souza, profesora de teoría literaria de la UFMG, sostiene que el culto a la novedad y el impulso de romper con los movimientos anteriores orientó el discurso crítico en el análisis de las obras literarias. “La dictadura de lo nuevo representó una tendencia común a las teorías vanguardistas brasileñas que, inspiradas por las europeas, pretendían acompañar en el ámbito cultural las transformaciones modernizantes de la técnica de la revolución industrial”, escribe la investigadora. De esta forma, obras que quedaban al margen de esa “estética de la ruptura” fueron menos privilegiadas en el discurso crítico, que pasó a valorar los trabajos alineados a la idea de vanguardia, en detrimento de la literatura con características estéticas asociadas a movimientos anteriores, como el parnasianismo.

La actual dinámica de revisitar el modernismo literario proviene de la relación que éste establece con el proceso de modernización de Brasil, afirma Maria Arminda Arruda. “Nuestra modernización se encuentra actualmente en una encrucijada. La idea de que la sociedad avanza en constante progreso se ha puesto en duda”, observa. “Esos cuestionamientos nos han hecho repensar nuestro ideal de modernidad y la forma como trató al modernismo la historiografía literaria”.

La vanguardia argentina

El movimiento vanguardista paulistano no es el único que pasa por un proceso de revisión. En un libro recientemente publicado, el sociólogo Sérgio Miceli, docente de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la USP, efectúa un análisis crítico de escritores consagrados del movimiento de vanguardia argentino. En Sonhos da periferia: Inteligência argentina e mecenato privado, el investigador examina las actividades intelectuales que ocurrieron en torno a la revista Sur. Creada en 1931, dicha publicación tuvo a la escritora Victoria Ocampo (1890-1979) como una de sus principales patrocinadoras y a Jorge Luis Borges (1899-1986) como su autor más célebre.

En el libro, Miceli analiza la historia de la publicación desde dos perspectivas. En la primera, reconstituye el panorama social y político en el cual estaba inserta la revista y reflexiona sobre el proceso de consagración de esos intelectuales como íconos de la literatura vanguardista argentina. Uno de los efectos de ese proceso, en opinión del investigador, fue que encubrió, en un primer momento, el trabajo de escritores y poetas de clases sociales menos pudientes, entre ellos Alfonsina Storni (1892-1938) y Horacio Quiroga (1878-1937). “Esos escritores tenían éxito al publicar textos en la gran prensa y su exclusión del ambiente de Sur no tuvo que ver con la ausencia de calidad literaria, sino que fue la distancia social la que motivó ese rechazo”, afirma. Según el sociólogo, en estudios recientes sobre la historiografía literaria argentina se comenzó a percibir el rol significativo de esos autores, que la crítica terminó por reconocer.

El segundo punto de atención de Miceli atañe a la comparación con la novela social brasileña de la década de 1930. Para él, las actividades literarias de los escritores reunidos alrededor de la revista Sur hicieron que Buenos Aires se convirtiera en el epicentro cultural del mundo hispano. Entre otros motivos, esto sucedió a causa del idioma. Publicados en español, los libros de esos intelectuales circulaban por distintos países de América Latina y también por España. Miceli explica que los temas abordados en las obras tenían carácter universal, lo cual atraía la atención de lectores de distintas nacionalidades. A diferencia del grupo de Sur, los escritores brasileños de la novela social de la década de 1930 basaban sus narrativas en el desarrollo de sagas autobiográficas, mezclando historias personales con la historia social de la nación.

Wikimedia Commons Intelectuales de la revista Sur: los íconos de la literatura vanguardista argentina ganaron proyección internacionalWikimedia Commons

A juicio de Miceli, tal literatura estaba atravesada por temas locales, lo cula restringía el interés de los lectores extranjeros por los libros. “Graciliano Ramos convierte su realidad en materia ficcional, mientras que Borges satiriza estereotipos relacionados con la identidad nacional”, compara. De este modo, la literatura del autor argentino se distancia de lo que aquí se convertiría en el “paradigma realista” brasileño, y él “fue elevado al podio de escritor mundial, cosmopolita, capaz de agenciar universos de experiencia representativos de una pretensa condición humana”.  El investigador sostiene que, mientras que autores como Borges ganaron proyección internacional, los escritores brasileños quedaron confinados a la escena local. Miceli destaca además que Victoria Ocampo y otras intelectuales mujeres que orbitaban alrededor de Sur eran protagonistas en la escena cultural, algo que tampoco encuentra parangón en Brasil. “En el modernismo brasileño, las pocas escritoras ocupaban una posición marginal en la escena literaria, tal como fue el caso de Patrícia Galvão, alias Pau, que solo tuvo reconocido su trabajo después de morir”, detalla.

Como punto en común entre las dinámicas literarias de ambos países, Miceli apunta la incorporación de referencias de las vanguardias europeas, así como la existencia de un movimiento de fluctuación en el proceso de reconocimiento de escritores y poetas, que cambia a medida que avanzan los estudios sobre intelectuales menos conocidos. “Aquí, como allá, la consagración de autores ha oscilado en función de circunstancias que no necesariamente guardan relación con la calidad de las obras”, concluye.

Artículo
Arruda, M. A. N. El concepto de formación en tiempos críticos: Esbozo de reflexión. Sociológica. v. 90, p. 47-68. 2016.

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